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Homilía en la Solemnidad de Pentecostés y de San Isidro Labrador – Patrono de la Archidiócesis de Madrid

Pentecostés: año 2005

Colegiata de San Isidro; 15.V.2004; 12’00 horas

(Hch 2,1-11; Sal 103; 1Co 12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23)

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Celebramos hoy con la Iglesia universal la solemnidad litúrgica de la gran fiesta de Pentecostés, día en que el Señor, Resucitado y Ascendido al Cielo, envía su Espíritu, la persona del Espíritu Santo, a los Apóstoles reunidos en el cenáculo con María, la Madre de Jesús, otras mujeres y discípulos del Maestro. La descripción de lo ocurrido que leemos en el Libro de los Hechos de los Apóstoles es fascinante: ruido del cielo como un viento recio que conmueve toda la casa; lenguas de fuego como llamaradas que se reparten y se posan sobre cada uno; una multitud, compuesta de judíos venidos de todas las naciones, que acude masivamente hasta el cenáculo…; su curiosidad se convierte en desconcierto y admiración cuando oyen a los Apóstoles -¡unos galileos!- hablarles a cada uno en su propio idioma un único anuncio y mensaje: “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2.32-33).

Lo que podían ver y oír saltaba a la vista: los seguidores de Jesús de Nazareth, hasta aquél momento atemorizados y huidos, se presentaban valientemente ante el pueblo y las autoridades judías para decirles abiertamente, en la forma de una solemne proclamación: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 4, 36). También saltaba a la vista el efecto de aquella primera predicación, encendida de Espíritu, que sonaba como la Buena Noticia por excelencia para los que la escuchaban, y, en el fondo, para toda la humanidad, para todo hombre ansioso y necesitado de verse libre del pecado y de la muerte que aspirase verdaderamente a la libertad: muchos de los oyentes se convirtieron y se bautizaron en el nombre de Jesucristo ¡Se hicieron “suyos”! ¡Su vida se hizo de Cristo! (cfr. Hch 2, 37-39). Comenzaba así la historia de la Iglesia, de todos aquellos que unidos a Pedro y a los Apóstoles, junto con María, la Madre de Jesús, dejaron que su vida se conformase con Cristo y en Cristo, por la fuerza y efusión del Espíritu Santo… Comenzaba un nuevo tiempo para la historia del hombre y de la entera creación, marcada por la esperanza de recobrar definitivamente la plenitud del ser y poder ser hombre a imagen de Dios, como hijo de Dios, o lo, que es lo mismo, de alcanzar la gloria y la felicidad eterna: ¡la salvación!

El primer Pentecostés sigue operante en la Iglesia y el mundo

El acontecimiento del primer Pentecostés sigue operante en la Iglesia y el mundo del 2005 con un viveza sorprendente y singular. Lo hemos podido comprobar todos los católicos y los hombres de buena voluntad en lo vivido en Roma los días de la muerte de nuestro muy querido Juan Pablo II y de la elección de nuestro nuevo Santo Padre Benedicto XVI. Hemos asistido con honda emoción al ejemplar y piadoso paso de este mundo al Padre del que el pueblo de Dios no ha vacilado en llamarle “santo” “el grande”. La Iglesia que peregrina en Madrid guarda un recuerdo imborrable de la cercanía y del cariño de Aquel que nos visitó en tres ocasiones con solicitud de padre: entusiasmó a los jóvenes, nos alentó para no decaer en el desánimo y las frustraciones de nuestro tiempo y, así, poder continuar nuestra labor evangelizadora. Con la esperanza puesta en la resurrección de la carne y el triunfo del Resucitado por la obra santificadora del Espíritu custodiaremos el piadoso recuerdo de su amor inquebrantable a Cristo y de su entrega martirial a la Iglesia. Nosotros seremos su más hermosa memoria. Y hemos vivido también el regalo del Espíritu, que jamás abandona la nave de la Iglesia y que la conduce al puerto del Reino de Dios, en la persona del nuevo Vicario de Cristo en la tierra, sucesor de Pedro y obispo de Roma, Su Santidad Benedicto XVI. También él ha estado entre nosotros y conoce nuestra Archidiócesis. Agradecemos al Señor el nuevo Papa y rogamos por él para que sea el pastor y pescador de hombres que Cristo quiere y la Iglesia necesita.

Lo acaecido en Roma ofrecía al mundo una hermosa imagen de la Iglesia habitada por el Espíritu Santo. Su eco en Madrid no fue menos emocionante: jornadas de intensa oración que nos descubrían el rostro de una Iglesia joven que quiso -y quiere- caminar por las sendas, siempre nuevas, del Evangelio, convencida de la intercesión de ese inigualable Papa, peregrino de todos los caminos del mundo, el inolvidable Juan Pablo II, que supo hablar al hombre de nuestro tiempo en todos sus lenguajes y con un mensaje bien cercano y comprensible: ¡Jesucristo te ha salvado! ¡Dios te ama por su Espíritu infinitamente! Una Iglesia que pedía con confianza y emoción al Espíritu Santo un nuevo Pastor que la guiase y animase a asumir con fresco vigor apostólico el reto de una renovada trasmisión de la fe a todos los madrileños. Como lo había venido sintiendo y percibiendo en su III Sínodo diocesano de Madrid. Los que hemos participado en él, tanto los numerosos grupos de preparación y consulta como los miembros elegidos para la Asamblea Sinodal, hemos podido experimentar gozosamente la presencia del Espíritu Santo en la común escucha de la Palabra, en la oración compartida y robustecida por la vuelta a la vida interior y en la experiencia de los vínculos de caridad y de comunión que nos unen tan íntimamente a Pastores y fieles. Sí, lo comprobamos: ¡alumbra la esperanza! ¡alumbrará la esperanza en el corazón de la Iglesia Diocesana de Madrid, de todos los madrileños, sus hijos! ¡de los que están dentro y de los que se han quedado fuera! Hemos podido verificar de nuevo que el Espíritu del Padre y del Hijo, como alma de la Iglesia naciente y de la humanidad, engendra la nueva familia de Dios cuando no encuentra los obstáculos de la cerrazón del corazón y de una libertad mal usada y obstinada en el pecado; es más, hace que los que encuentran y siguen al Señor formen una comunidad nueva, la Iglesia siempre viva, joven y libre; y convierte este valle de lágrimas en jardín de Dios (Benedicto XVI).

¡Pentecostés del año 2005! De nuevo se hace actualidad el envío del Espíritu Santo y se nos abre una vez más la puerta de la única esperanza que no defraudará jamás a ninguna criatura. Porque se llena el vacío del hombre y se hacen fértiles todos los desiertos humanos, los de la pobreza, los del hambre y la sed, el del abandono y soledad y, sobre todo, el desierto interior del que tiene que vivir sin fe. Con la llegada del “dulce huésped del alma” se sanan las heridas del hombre enfermo con la promesa cierta y segura de la vida eterna. El es la luz que proviene de Dios, el Padre amoroso del pobre: del pobre del cuerpo y del pobre del alma, del que carece de vida interior.

¡Pentecostés del año 2005! En la Iglesia sigue presente el amor con que nos amó Jesucristo; ella es el lugar donde podemos reconocerle en su palabra, en sus gestos, en sus acciones -¡los sacramentos tienen la eficacia de las acciones del Señor!-, en la gracia y el mandamiento del amor.

Pentecostés del año 2005 en Madrid: San Isidro Labrador

Pentecostés coincide este año con la Fiesta de nuestro santo Patrón, san Isidro Labrador: Patrono de la Corte y Villa de Madrid y de los labradores de España y de muchos pueblos de Europa. Los santos son el fruto permanente de Pentecostés; el mejor espejo en el que se descubre la presencia y acción del Espíritu Santo en la historia del hombre y de un pueblo; los testigos vivos y concretos de una existencia, alumbrada por la esperanza. Así sucede con San Isidro Labrador, sencillo y humilde padre de familia, que conoció la orfandad y la pobreza desde su más temprana infancia. Así se nos muestra de nuevo a los madrileños en este año singular de la coincidencia de la celebración de su Fiesta con la Solemnidad de Pentecostés.

La biografía de San Isidro Labrador es inseparable de la de su esposa Santa María de la Cabeza y de la familia que ambos formaron a través de su matrimonio. Lo vivieron santamente desde sus comienzos. Cooperadores de Dios y testigos de la fe, manifestaron con su vida de un amor acrisolado al hijo y a los pobres la santidad del vínculo matrimonial y la fecunda belleza, humana y espiritual, del matrimonio cristiano. Su ejemplo -y precisamente como ejemplo de familia cristiana- sigue siendo tan actual como lo fue a lo largo de los siglos. ¡Quizá nos resulte hoy más aleccionador que nunca!

La familia en un momento de graves dificultades

A nadie se le oculta que la familia atraviesa hoy por uno de los momentos más difíciles de su historia. Muchas son, en la actualidad, las hondas discrepancias sobre la naturaleza del matrimonio y de la familia, al menos por lo que respecta a las teorías y formas de concebirla, propuestas en los más variados foros de la vida cultural, social y política. Muchos son también los problemas y las crisis con que se tienen que enfrentar hoy en España y en Madrid. Se acrecientan las distancias, incomprensiones y rupturas matrimoniales. Se impone, de un modo irracional, una nueva comprensión de las relaciones entre el varón y la mujer. Se pretende incluso, usando el instrumento noble de la ley humana, desnaturalizar el matrimonio y la familia en lo más hondo y constitutivo de su ser, con la desnaturalización consiguiente de la ley misma que pierde la función que le da sentido, de ser cauce vinculante de realización de justicia. Las víctimas primeras y principales… los hijos; y, luego, los actores mismos de las crisis y toda la sociedad. Debemos sentir como una llamada urgente, en el interior de nuestras conciencias, que únicamente protegiendo y promoviendo la dignidad natural del matrimonio y de la familia encontrarán las nuevas generaciones el lugar insustituible ¡el hogar! donde se recibe, conoce y aprende la lección fundamental e imprescindible del amor gratuito, fuente de una vida digna del hombre y clave de su desarrollo como persona, llamada a ser y vivir como hijo de Dios y hermano de sus semejantes, responsable de su destino y del bien común.

Ese deber nos incumbe a todos. A la Iglesia y a sus pastores de un modo especialmente grave e ineludible. No pueden ni deben callar la voz del Evangelio de la familia y de la vida. Han de saber colocar en el centro mismo de la comunidad cristiana, en cualquiera de sus formas, la verdad y la presencia de la familia como “la Iglesia doméstica”, la célula básica con la que se entreteje todo el organismo divino-humano de la Iglesia.

Incumbe a los poderes e instituciones públicas con no menor gravedad y con una urgencia que no admite demoras. El vigente marco jurídico y administrativo en el que se ven obligados a desarrollar hoy los jóvenes el proyecto y la realidad de su matrimonio, deseosos de fundar un hogar y una familia en el que puedan nacer y educarse sus niños como se merecen, está cuajado de impedimentos y dificultades cada vez más onerosas. La responsabilidad de sus titulares en este estado de cosas es enorme ante Dios y ante los hombres.

Incumbe, por supuesto, a toda la sociedad y a los ciudadanos sin excepción, pero principalmente a los propios padres y madres de familia que necesitan del apoyo afectivo y efectivo de todos, al menos de los cristianos, especialmente a la hora de tener que unirse y apoyarse mutuamente de cara al futuro. Muchas han sido las voces que se han dejado oír en nuestro reciente Sínodo Diocesano reclamando una atención pastoral, social y jurídica, decidida, a favor del verdadero matrimonio y de la familia, cuna y hogar de la vida y de la fe y escuela básica e insustituible del más rico humanismo, como lo ponen por lo demás de manifiesto con una nueva e irrefutable evidencia el matrimonio y la familia del Patrono de Madrid.

¡Que se facilite y no se entorpezca a los jóvenes esposos, marido y mujer, el que puedan vivir su matrimonio como una unión y comunión indisoluble de amor y de vida! ¡Que puedan educar ellos, en primera persona, a sus hijos en todos los aspectos y ámbitos que implican y determinan la vida y el destino de las personas, desde la fe y la conciencia moral hasta la sociedad y la cultura, sin intromisiones impositivas de ningún género! ¡Que la labor de la madre, o, en su caso, del padre, al engendrar y al educar a sus hijos en el cuidado diario de su hogar se valore y retribuya justamente con no menor peso y significado económico y jurídico que el de los profesionales  que se dedican a tareas similares en centros de acogida y de enseñanza! ¡Que todos los niños puedan nacer sin que nadie los destruya o manipule en los primeros instantes de su existencia! ¡Que no haya hogar sin niños; ni niños sin padre ni madre; ni hijos sin hermanos! ¡Que no nos sobren en casa nuestros padres y familiares mayores o enfermos!

Nuestras plegarias por las familias madrileñas

Madrid ha celebrado siempre la Fiesta de su Patrono en familia. San Isidro ha sido primariamente a lo largo de toda la historia religiosa y civil de Madrid una fiesta de las familias madrileñas. Vamos a pedirle hoy, como intención especial de la celebración de este año, que continúe siendo su modelo y aglutinador en el presente y en el futuro. Que cuenten para ello con la presencia y acción del Espíritu Santo y con los continuos cuidados maternales de Ntra. Sra. de La Almudena que no les faltarán. La respuesta generosa y comprometida de los cristianos madrileños no puede ser otra que la de defender, proteger y promover la verdad y el bien del matrimonio y de la familia de acuerdo con la voluntad de Dios: ¡la verdad y el bien de nuestras familias!

De este modo se abrirán y ampliarán los caminos de la paz interior, de la felicidad personal y familiar, de la comprensión mutua entre generaciones y entre grupos humanos, entre nosotros y los emigrantes, ¡también hermanos nuestros! Se asentará firmemente la paz: la paz que Dios da por su Espíritu a los que le temen y le aman.

Amén.