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Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Pza. de Oriente, 29.V.2005; 19’30 horas

(Gt 8,2-3.14b-16a; Sal 147; 1Co 10,16-17; Jn 6,51-58)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

“Mane nobiscum Domine”: “quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va declinando” (Lc 24,29).

¡Con cuánta razón debemos hoy, en este “Corpus” del año 2005, renovar en la Iglesia y en el mundo la súplica de los discípulos de Emaús al Señor Resucitado: “quédate con nosotros”! La hora histórica que estamos viviendo nos mueve a ello como un impulso vibrante y ardiente del Espíritu.

1. Nos mueve el momento actual de la Iglesia, convocada por nuestro amado Juan Pablo II a celebrar un Año de la Eucaristía, como coronación del camino recorrido con él durante casi tres décadas en la encrucijada de un nuevo Milenio.
¿Cómo proseguir el camino emprendido? No había otra fórmula para poder ofrecer al hombre de este tiempo, tan magnífico y tan dramático a la vez, un horizonte de verdadera esperanza que la de mostrarle el rostro de Cristo en todo su esplendor y belleza. ¿Y dónde se le encuentra a este Cristo, Crucificado y Resucitado por nuestra salvación, sentado a la derecha del Padre, de forma más realmente presente y cercana para el hombre que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía? El mismo Juan Pablo II enseñaría con un nuevo y encendido vigor expresivo que por medio de la Eucaristía “Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre… La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo” (Mane Nobiscum, 16). Nuestro nuevo Santo Padre no dudaría ni un segundo en confirmar la vigencia del Año de la Eucaristía, subrayando sus intenciones teológicas y pastorales más profundas y actuales: “pido a todos -nos decía en su primer Mensaje al finalizar la Santa Misa en la Capilla Sixtina al día siguiente de su elección- que en los próximos meses intensifiquen su amor y su devoción a Jesús Eucaristía y que expresen con valentía y claridad su fe en la presencia real del Señor, sobre todo con celebraciones solemnes y correctas”.

La Iglesia de este siglo y milenio que acaba de comenzar, cuarenta años después de la clausura solemne del Concilio Vaticano II, necesita empaparse de la mirada de luz, del amor transformador y de toda la vida y persona de Cristo si quiere estar a la altura de lo que el Señor le pide y los hombres de este tiempo necesitan y ansían en el secreto más íntimo de su corazón. Esa fue la senda doctrinal y pastoral marcada luminosamente por Pablo VI y Juan Pablo II en sintonía y continuidad mutua y creativa. Esa fue la senda fiel y dinámicamente seguida por todos aquellos de sus hijos que nunca abandonaron ni cuestionaron el surco jerárquico de la comunión eclesial. Los frutos de la buena semilla sembrada están a la vista: son frutos de santidad, de nuevas y jóvenes realidades eclesiales y de nueva evangelización. ¡No nos dejemos engañar pues por los espejismos de los que desde dentro o desde fuera de la Iglesia proponen sustituir explicita o implícitamente, en orden a una supuesta y todavía pendiente renovación conciliar, la medida de la vivencia plena del Misterio de Cristo por la de la acomodación relativista y secularizadora de su palabra, de sus sacramentos y de la ley nueva y mandamiento del amor. Se trata, en el fondo, de la fórmula contemporánea de la tentación que ha acechado a la Iglesia siempre y reiteradamente desde los días de la primitiva comunidad cristiana: la fascinación por el éxito y la eficacia humana; cambiar el Espíritu de Cristo por el espíritu de este mundo. Es lo de siempre, lo de los judíos que disputaban entre sí, “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”; y que no querían comprender el discurso de Jesús: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (cfr. Jn 6, 5-58). ¡No! no podemos caer en la tentación de querer ofrecer un cristianismo a muestra pobre medida, a la medida de lo más elementalmente humano, supuestamente accesible y aceptable para la sociedad actual, a costa de empequeñecerlo ética y espiritualmente: a costa de la verdad y de la vida que viene del Misterio de Cristo.

¡Cómo no vamos pues a suplicarle al Señor en esta Solemnidad del Corpus Christi del año 2005: “Quédate con nosotros”! Quédate con nosotros para que la nueva primavera de la Iglesia que ya se anuncia, avance y florezca en toda la geografía de la tierra.

2. Nos mueve el momento actual de nuestra Archidiócesis de Madrid

La Iglesia particular de Madrid ha vivido en los tres últimos años un tiempo extraordinario de gracia y bendición con motivo de la preparación y celebración del Sínodo Diocesano, el tercero de su joven historia ¡el Sínodo del Vaticano II! Pastores y fieles veníamos sintiendo la urgencia de trasmitir el don de la fe a nuestros hermanos, los madrileños de toda suerte y condición, especialmente, a los más jóvenes y más frágiles ante la fuerza seductora de las propuestas y modelos de vida -¡una vida supuestamente feliz!-, planteadas explícitamente en contra de Dios o, en todo caso, al margen de Dios; como si no existiese. ¿Cuál sería el método para convencerles de la verdad, la eterna novedad y belleza de la propuesta cristiana, la del Evangelio? Puestos en un ambiente de libre, honda y auténtica comunión eclesial, escuchando la Palabra de Dios y orando unidos, con nuestros pastores, conociéndonos y queriéndonos con el estilo y la forma de la fraternidad cristiana, descubierta de nuevo como una riqueza absolutamente singular, nos dimos cuenta de que sólo había un verdadero camino: el de la Iglesia de María y de los Santos, los conocidos y los anónimos, es decir, el de la Iglesia que busca experimentar en su vida, cada vez más intensa e integralmente, la presencia y acción de Jesucristo, Verbo de Dios Encarnado, el Cristo de la Pascua Nueva y Eterna, el Cabeza de la Iglesia y el Señor del Universo, el que vendrá de nuevo y definitivamente para examinarnos del amor en el momento final de la historia, en la hora de “los nuevos cielos y de la nueva tierra”.

Esta excepcional circunstancia diocesana nos impulsa a suplicar en esta Misa del Corpus Christi y en la procesión que recorrerá a continuación las calles de “nuestro querido y viejo Madrid”: ¡“quédate con nosotros, Señor”! ¡Quédate con nosotros para que podamos trasmitir a todos los madrileños con nuevo ardor el don de la fe que profesaron sus padres, fuente infatigable de la verdadera vida, la gran novedad que nunca envejece, ni fenece!

3. Nos mueve el momento actual del mundo

Un mundo globalizado en todos los ordenes de la existencia humana… ¡ese es nuestro mundo! Los distintos ámbitos donde se desarrolla la vida y se labran los destinos de la humanidad -la economía, la sociedad, la comunidad política, la ciencia y la cultura, la religión…- se encuentran relacionados a nivel mundial con creciente complejidad, produciéndose un fenómeno histórico singular, indiscutible y probablemente irreversible. ¿Cuáles son las bases jurídicas y políticas que lo sustentan y los criterios éticos y humanos que lo guían? El panorama de pobreza y miseria material y espiritual que se ofrece al observador de la mayor parte de la geografía humana de comienzos del siglo XXI y que se entrecruza con el escenario de los países más desarrollados de Europa y América -incluida España- donde se ponen en cuestión derechos fundamentales de la persona humana, cuando no su propia dignidad y las de sus instituciones básicas -el matrimonio y la familia-, obliga a pensar que no es el hombre, su bien integral, su futuro en justicia y solidaridad y una paz digna lo que se ha colocado en el centro de los planes, programas e iniciativas que tratan de dirigir y controlar el proceso globalizador; y menos se tiene en cuenta a Dios y a su Ley. Es más, se usa mal y se manipula su nombre, vaciándolo de todo su contenido real y de cualquier significado trascendente, e, incluso, se le instrumentaliza blasfémicamente al servicio del terrorismo y de la siembra de odio entre los pueblos. Tampoco puede extrañarnos: ¡perdiendo a Dios, pervirtiendo el uso de su nombre santo…, se pierde al hombre, se le convierte en muñeco del poder, se le explota y se degrada al máximo, hasta su eliminación física si conviene.

Sin embargo, no faltan las luces que iluminan el horizonte de ese movimiento imparable de unidad que abraza ya a todo el orbe: la luz de la búsqueda del verdadero Dios en el dialogo interreligioso, el ansia de proyectos grandes y solidarios de vida de muchos jóvenes, la entrega activa de personas, grupos e iniciativas institucionales que han vislumbrado y, muchas veces, puesto en práctica el valor de lo que los últimos Papas han llamado y proclamado “la civilización del amor”; y, luego, la inmensa y silenciosa solidaridad de la oración de tantas almas contemplativas, que según el modelo de la mejor tradición cristiana abarca todas las necesidades espirituales y corporales de los hombres sin conocer fronteras. ¿Y cómo no recordar en este contexto la forma tan llena de hondo respeto y de conmoción espiritual con que el mundo globalizado ha respondido al fallecimiento de Juan Pablo II y a la elección del nuevo Romano Pontífice, Benedicto XVI?

Sí, el mundo necesita a Cristo. Lo necesita próximo, realmente presente y operante en el corazón de cada hombre y en el interior de toda la familia humana…

¡Señor, quédate con nosotros para que lo que parece ocaso en la hora actual del mundo se convierta en una nueva y luminosa aurora de vida y de paz!

4. ¡El Señor se ha quedado ya entre nosotros!

Pero… si Jesucristo está ya entre nosotros, en su Iglesia, en el Sacramento de la Eucaristía de forma inefable… Se han quedado atrás los desiertos de la humanidad a la búsqueda religiosa de Dios, de un Dios vivo y verdadero; ya ha sido recorrido el camino del desierto por el Pueblo elegido, Israel, alcanzando la tierra prometida, en virtud de la intervención libérrimamente misericordiosa y liberadora de Yahvé; incluso Jerusalén, la ciudad del templo y de la alianza, la ciudad santa, ha quedado superada como lugar privilegiado de la presencia del Altísimo: una presencia distante y muchas veces burlada y olvidada por sus hijos e hijas… El Señor habita ya en medio de nosotros como uno de nosotros, por su Encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección. Es Él mismo, su Cuerpo, el nuevo y definitivo Templo, levantado en tres días para la gloria de Dios y la salvación del hombre. A Él, el Señor del cielo y de la tierra, se le encuentra substancialmente presente en la indecible humildad de las especies eucarísticas.

El “quédate con nosotros” de nuestras plegarias debe ser convertido en este tiempo de la Iglesia y por el Sacramento de la Eucaristía en un: ¡“Señor que reavivemos y revitalicemos la fe, la piedad, el culto y la veneración eucarística en la vida de nuestras comunidades parroquiales, en las celebraciones de la Iglesia Diocesana, en los encuentros de la Iglesia Universal…! Muy cerca está ya la         XX Jornada Mundial de la Juventud con el Santo Padre en Colonia… ¡Señor, que sepamos colocar de verdad en el centro de toda la vida cristiana el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, su fuente y culmen, el Sacramento del Amor de los Amores, como lo venimos cantando en España tan bellamente desde hace casi un siglo! Y, permitidme ahora un ruego: hagamos objeto de nuestra plegaria eucarística de este Corpus Christi del Año de la Eucaristía en el Madrid del III Sínodo Diocesano, el deseo final de Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Mane nobiscum Domine”: “Aunque el fruto de este año fuera solamente avivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística fuera de la Misa, este Año de Gracia habría conseguido un resultado significativo” (Mane Nobiscum, 29).

¡Venid, pues, adorémosle! ¡Adoremos a Jesús-Eucaristía! ¡Que le digamos con Santa Tersa de Jesús: “Oh Señor mío y Bien mío, que no puedo decir esto sin lágrimas y gran regalo de mi alma! ¡Que queráis vos, Señor, estar así con nosotros, y estáis en el sacramento, que con toda verdad se puede creer, pues lo es… pues decís ser vuestro deleite estar con los hijos de los hombres!” (Libro de la Vida 14, 10).

Se lo sabremos decir con acierto si nos dejamos llevar de la mano de la Virgen María, Virgen Inmaculada de La Almudena, Madre y Señora nuestra, “Mujer Eucarística”.

Amén.