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El Cardenal
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Homilía en la Solemnidad de Ntra. Sra. de La Almudena

Plaza Mayor 9.XI.2005 11,00h.

(Za. 2,14-17; Sal. Jdt. 13, 18bcde.19; Ap. 21,3-5ª; Jn. 19,25-27)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Fiesta de “La Almudena”: Memoria renovada de la especial protección de la Virgen para con Madrid

La Fiesta de Nuestra Señora la Real de La Almudena nos trae de nuevo en este año 2005 la memoria renovada de la especial protección de la Virgen María, Madre del Hijo de Dios, que Madrid siente y reconoce desde hace más de un milenio; más precisamente: desde el descubrimiento de su imagen venerada el 9 de noviembre de 1085, el año de la reconquista de Toledo por el Rey Alfonso VI. Esta protección maternal de la Madre de Dios la ha percibido y vivido en un primer plano y directamente la Iglesia en Madrid, es decir, la comunidad de los cristianos madrileños; pero, también, con una honda incidencia en el devenir social y humano de Madrid la misma comunidad civil, la de los ciudadanos madrileños. Los testimonios y los testigos de esa historia del amor de la Virgen a Madrid son innumerables y los que lo ponen hoy de manifiesto también. ¡Ahí están para demostrarlo con fresca gallardía y con no disimulada emoción los jóvenes madrileños que ayer honraron a la Virgen de La Almudena en la Vigilia de Oración que tuvo lugar en su Catedral, recreando una tradición de amor y piedad mariana de la juventud madrileña que se enriquece año a año en la autenticidad de la fe, en la sintonía vibrante de la esperanza cristiana y en los deseos de amar como Cristo nos ha amado hasta entregar su vida por nosotros!

Haciendo viva hoy esta memoria en el contexto litúrgico de la gran y central MEMORIA EUCARÍSTICA, no podemos olvidar ni de que se trata de un don especial de Dios Padre para con sus hijos de Madrid que se nos renueva festiva y gozosamente en el día de la Fiesta de nuestra Patrona, ni de que somos llamados a acogerlo con la urgencia que nos señalan los signos de los tiempos, y, por lo tanto, con un corazón renovado por la oración humilde y sincera que nos lleve a la conversión y a la penitencia. La fuerza y el significado espiritual de ese don y el compromiso de vida o la apuesta total de la existencia que comporta la apertura a él y su asimilación personal y eclesial, se desprende con una conmovedora claridad de la escena del Calvario que nos relata San Juan en el Evangelio que acabamos de proclamar; más aún, que se hace realidad actual, presencia viva en el Sacramento de la Eucaristía que estamos celebrando. De nuevo oímos al Señor desde la Cruz con un realismo que no admite rebajas escépticas ni interpretaciones propias de un humanismo a ras de tierra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: ahí tienes a tu madre”.

El Señor nos hace hoy el don de “su Madre” a los madrileños

Sí, hoy, aquí y ahora, en esta Plaza Mayor de Madrid, los cristianos de Madrid y, en ellos y por ellos, todos los madrileños, somos de nuevo testigos y destinatarios de un acontecimiento absolutamente singular que rompe todas las formas estrechas de concebir la situación del hombre respecto a Dios y, sobre todo, que es capaz de disipar todos los sentimientos de soledad y desesperación que embargan tantas veces al hombre, y que ocurre con una frecuencia insólita en muchos de nuestros contemporáneos, sin exceptuar a los madrileños de hoy día. El acontecimiento es el siguiente: Jesús desde su Cruz −¡la Cruz redentora, victoriosa sobre el pecado y sobre la muerte!− nos confía a nosotros a su Madre como sus hijos. Hoy, Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Salvador del hombre, le está diciendo a su Madre Santísima con un acento especial: ¡Mira a Madrid! ¡Mira a los madrileños! ¡Son tus hijos! Ahí los tienes delante de ti, con dudas y vacilaciones en su fe, con sus negaciones y abandonos, no raras veces, del patrimonio más valioso de su historia común y de su vida personal y familiar, es decir, del Evangelio, y, por ello, nostálgicos, con relativa frecuencia, de sólidas esperanzas que sustenten su presente y les permitan mirar confiados hacia el futuro de forma que puedan saber acertar con el verdadero conocimiento, teórico y práctico, del amor y de su principio o punto de partida inexcusable: el de la unión fiel y entregada del hombre y la mujer en el matrimonio, fuente de nueva vida.

También, están ahí, delante de ti, en torno al Altar, el del Sacrificio y Banquete Pascual, de la Acción de Gracias, de la Alabanza y de la Comunión Eucarística, después de haber celebrado “Sínodo”, el tercero de la historia de su Iglesia Diocesana, durante tres largos años, en los que la oración, la escucha de la Palabra de Dios y el ejercicio del amor fraterno, vivido en sincera y estrecha unión con sus Pastores, les han impulsado a comprender mejor y a vivir más fielmente el mandato de ir a predicar el Evangelio a toda criatura, bautizándola en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a manifestarse dispuestos a cumplirlo sin desmayo entre sus hermanos de Madrid y de todo el mundo. Hoy van a recibir de las manos de su Obispo y Pastor Diocesano la muestra más sencilla y auténtica de sus mejores frutos: las Constituciones y decretos sinodales. ¡Les servirán para una nueva siembra evangélica en la vida y corazón de todos los madrileños! Confiamos plenamente que la Virgen de La Almudena cuidará de que fructifiquen, en la comunión católica de la Iglesia, abundantemente, en esta nueva etapa de la transmisión de la fe cristiana a los madrileños que comienza hoy en Madrid. Fe que convierte a las personas y a las comunidades humanas −a la sociedad− a una vida según la gracia y la ley del amor a Dios y al prójimo. Fe que abre el surco del Reino de Dios en el corazón de las personas y de la vida de los pueblos, alumbrando “los nuevos cielos y la nueva tierra” que se harán realidad plena y definitiva cuando el Señor vuelva en gloria y majestad.

¡Acojamos ese don! ¡Acojamos a María en nuestras casas!

Simultáneamente, nosotros, los madrileños, muy en especial los hijos de la Iglesia, representados en la persona del Apóstol Juan, oímos a continuación de los labios de Jesucristo Crucificado estas otras palabras: “¡ahí tienes a tu madre!”; ¡ahí tenéis a vuestra Madre! Y desde aquella hora, dice el Evangelio, Juan, el discípulo amado, “la recibió en su casa”. He ahí el reto para nosotros, los católicos de Madrid del año 2005, después de la clausura del III Sínodo Diocesano: recibir con nueva y sincera apertura de corazón a la Virgen en nuestra casa: ¡en nuestras casas! ¿De dónde nos vendrán sino las fuerzas interiores y las energías pastorales y humanas para salir “en misión” hacia nuestros hermanos, ¡al mundo!, como testigos valientes y ardientes de Jesucristo con obras y palabras?

Abrir de nuevo las puertas de casa a la Virgen ¡de par en par!, significa en primer lugar hacerle sitio en nuestra oración personal y en la oración de la familia. ¡Cuán significativo ha sido, en el contexto de la Iglesia que acababa de iniciar la andadura del tercer Milenio, el gesto mariano de Juan Pablo II dedicando una bellísima Encíclica al rezo del Santo Rosario! Si no impregnamos de oración mariana nuestra espiritualidad personal y, sobre todo, la vida de las comunidades eclesiales y, muy especialmente, de las familias cristianas, la Virgen no podrá entrar “en nuestra casa”, o lo que es lo mismo, no podrá hacerse presente ni influirá en los distintos ámbitos de vida en los que se desenvuelve nuestra existencia.

La voluntad de recibirla en “nuestra casa” implica, además, el acudir a Ella para que nos enseñe la acogida de la Palabra de su Hijo ¡la Palabra hecha carne en su seno! con la debida sencillez y humildad de corazón, a fin de que el don de la fe reverdezca de nuevo en nuestras vidas y en las de nuestras familias. Cuando los padres se preguntan por la fe de sus hijos, por el cómo trasmitírsela desde su despertar religioso hasta esa edad difícil de la adolescencia y de la juventud −difícil por sí misma, pero mucho más en el ambiente de la sociedad actual que les rodea tan cargado de mensajes materialistas y hedonistas y tan displicente respecto a la realidad de Dios y a la presencia de Cristo en medio de su historia y la de su pueblo− hay una respuesta primera: ¡cuidad su devoción a la Virgen desde que son pequeños, enseñadles a mirarla y a confiar en Ella como Madre y Modelo insuperable que les llevará indefectiblemente a Cristo! Invocando e imitando a María, comprenderán mejor la riqueza de la gracia y de la propuesta de vida a la luz del Evangelio de su Cruz y de su Resurrección. La devoción a esa Madre del Cielo y de la Iglesia, a esa Madre de toda la familia humana, cultivada en el día a día de la familia, compartida por padres e hijos, constituye el mejor método para mantener vivo y fecundo el sí de la fe no sólo en el hogar, sino también en el escuela, en la universidad, entre los amigos y en los distintos lugares donde viven y se forman las jóvenes generaciones. Con Ella, aprenderemos esa virtud de la fortaleza cristiana, tan necesaria actualmente para los padres y madres de familia en su tarea de ser los primeros educadores de sus hijos y de defenderlo así privada y públicamente. El de determinar la educación moral y religiosa que quieren para sus hijos en los centros de enseñanza, de acuerdo con sus propias convicciones es su responsabilidad y su derecho.

Acoger a la Virgen en nuestra casa supone finalmente dejarla entrar en nuestra intimidad con “su Escuela”, “la Escuela de María”. Juan Pablo II se lo explicaba así a los jóvenes de Madrid y de toda España en la inolvidable Vigilia Mariana de “Cuatro Vientos” del 3 de mayo del 2003: “Queridos jóvenes, os invito a formar parte de ‘la Escuela de María’. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación”. Solamente de este modo, como enseñaba el Papa, colocándola en el centro más íntimo de nuestra búsqueda espiritual, es como encontraremos a su Hijo, el que nos salva, y comprenderemos la belleza y riqueza de la experiencia cristiana. Experiencia que se nutre de la oblación del amor pascual de Jesucristo en la Cruz Gloriosa y que nos lleva a dar la vida por Él y por los hermanos; o lo que es lo mismo, a ser sus testigos entre los que más lo necesitan: testigos de verdad, de justicia, de misericordia, de amor verdadero, de compasión activa con todos los que sufren, de amor y de paz.

Con María “en casa”, “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor porque el primer mundo ha pasado”

¿Qué mejor forma de celebrar esta Solemnidad de la Virgen Nuestra Señora y Madre Inmaculada de La Almudena que renovando nuestro propósito, mejor aún, nuestra firme decisión de acogerla en “nuestra casa”, de verdad, sin condiciones de ningún tipo? Y, al decir “nuestra casa”, entiendo la de nuestra propia familia, la de la Iglesia Diocesana y, ¿cómo no?, la de la gran comunidad humana formada por todos los madrileños. No hay otro modo de avanzar eficazmente en la realización de esa “morada de Dios con los hombres” donde “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor porque el primer mundo ha pasado”. Realización que ha de contemplarse ciertamente en la perspectiva última del tiempo definitivo que ha de venir, según el vidente del Apocalipsis, pero que se inicia ya aquí y ahora en la historia personal y colectiva de este mundo.

Si no nos volvemos atrás de nuestra decisión, se irá haciendo en Madrid realidad fluida y generosa la unidad de muchas gentes, venidas de dentro y de fuera de España, siguiendo las huellas de su mejor historia cristiana; irá creciendo la comprensión mutua y fraterna y se irá extendiendo la solidaridad que acoge, no separa y une. Sí, con María, Virgen de La Almudena, “en casa”, podremos ser a fondo lo que nuestro Santo Padre Benedicto XVI nos alentaba a ser en la inolvidable audiencia que nos concedía a la peregrinación de los sinodales madrileños el pasado cuatro de julio: una “comunidad eclesial que ha tomado conciencia de ser ‘familia en la fe’, una familia unida por un vínculo profundo y misterioso que congrega a las más diversas realidades y se convierte por la presencia de Dios en ella, en signo de unidad para toda la sociedad”; una comunidad de creyentes, que “en una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas… ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es ante todo comunicación de la verdad”; y, desde luego, podremos cantar y proclamar hoy con el Salmista ¡festiva y gozosamente!, mirando a un futuro que actúa ya en el presente: “aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío”.

AMEN.