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Homilía en la Vigilia de la Inmaculada

Catedral de La Almudena, 7.XII.2005, 21’00 horas

(Gén 3, 9-15. 20;Ef 1, 3-6. 11-12; Lc 1, 26-38)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

I.    Ha concluido el Año de la Inmaculada

Sus frutos son abundantes. Los que se han podido ver y constatar al hilo de las celebraciones e iniciativas pastorales, puestas en marcha por la Conferencia Episcopal Española y por cada una de las Diócesis de España. Y, sobre todo, los invisibles a los ojos de los hombres, pero no para la mirada de Dios que penetra en lo más hondo en las almas, e, incluso, en el mismo “corazón de la Iglesia” como diría Sta. Tersa del Niño Jesús, que −quería y fue de hecho−, el amor en el corazón de su madre la Iglesia: “en el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor”. Destaca, como expresión y síntesis pastoral y espiritual a la vez de los mejores momentos del Año de la Inmaculada, la consagración de España al Inmaculado Corazón de María, en el Pilar de Zaragoza, hecha en común por todos los Pastores de las diócesis españolas. El Santo Padre Benedicto XVI subrayaba la importancia del acto con un Mensaje dirigido a los Católicos españoles que no ha perdido ni un ápice de actualidad. Es más, a la luz de los acontecimientos que han sucedido y vienen sucediendo en la comunidad eclesial y en la sociedad española en los últimos meses, se ha revelado como una clara pauta de acción y de vida para los Obispos y los fieles de la Iglesia en España, si quieren responder fielmente a lo que les pide el Señor y les indica el Espíritu Santo a través de los signos de los tiempos. ¡Todo lo vivido, oído y celebrado en la Plaza del Pilar de Zaragoza aquel día memorable queremos recordarlo hoy en esta Vigilia con emoción y devoción no disimuladas!

II.    El Mensaje del Papa

Nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, nos decía: “Con esta peregrinación queréis profundizar en el admirable misterio de María y reflexionar sobre su inagotable riqueza para la vocación de todo cristiano a la santidad. Al coincidir el Año de la Inmaculada con el año de la Eucaristía, en la Escuela de María, podremos aprender mejor a conocer a Cristo. Contemplándola como la mujer eucarística, ella nos acompaña al encuentro con su Hijo, que permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, especialmente en el Santísimo Sacramento”.

Efectivamente, con el Año Mariano quisimos entrar más profundamente en la contemplación y comprensión del admirable misterio de la Madre de Dios para aprender a conocer mejor a Cristo, “Camino, Verdad y Vida”, y, para recorrer más expeditamente de la mano de la Madre Inmaculada, los nuevos caminos de la santidad, abiertos a  los cristianos de la España del siglo XXI. Ese conocimiento más hondo y más vivo del misterio de María fue el que nos inspiró a lo largo de todo el itinerario mariano de este año, dedicado a Ella, la Inmaculada Concepción, y el que nos guía en esta celebración de la Vigilia de clausura.

El Concilio Vaticano II ya había iluminado nuestra fe en “la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia” con el capítulo que coronaba su Constitución Dogmática más solemne, la Constitución “Lumen Gentium” sobre la Iglesia. María, su figura, su persona, su misión y papel en la historia de la salvación, especialmente como Madre de Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del hombre, apareció proyectada ante los ojos de los creyentes con un nuevo y deslumbrante resplandor que brotaba de la misma entraña del Evangelio:

“El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre  precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida. Esto se puede decir de manera eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la Vida misma que renueva todo y que recibió de Dios unos dones dignos de tan gran misión. No hay, pues, que admirarse de que entre los Santos Padres fuera común llamar a la madre de Dios toda santa, libre de toda mancha de pecado, como si fuera una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo”; y de que, “enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular, la Virgen de Nazareth, fuese saludada por el Ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como llena de gracia”; y de que, con su Sí, humilde, obediente… ¡total! a la Palabra y a la Voluntad de Dios, se pusiese sin condiciones al servicio del misterio de la redención (LG 56). Con ese sí de la obediencia a la voluntad del Padre había quedado vencida para siempre la serpiente del Paraíso, la que había tentado a Eva hasta hacerla pecar; a la vez que se consumaba lo que Dios le había dicho: “establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (cfr. Gén 3, 14-15). En ese preciso momento de la Anunciación del Ángel comenzaba a desvelarse nuestra elección “en la persona de Cristo antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (cfr. Ef 1, 3-6).

¡Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Madre del Redentor y Madre de los redimidos! Eso es María Inmaculada, la “Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora”, nuestra: “con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz” (LG 62).

III.    María Inmaculada ha cuidado de la Iglesia y de la humanidad en el último siglo y medio de su historia con muestras extraordinarias de su amor maternal

Tiempos difíciles. Muchas veces, dramáticos . Las apariciones de la Virgen a Bernardette en Lourdes, presentándose como la Inmaculada Concepción a aquella muchacha campesina, pura y sencilla y utilizando el modo de hablar aldeano de su gente, a la orilla del río Gade, muy cerca de la frontera con los Pirineos españoles, no sólo se hacían eco de la proclamación del Dogma que había tenido lugar hacía cuatro años en la Basílica de San Pedro, sino que, además, llamaban simultáneamente la atención sobre la fuente de donde podría venir consuelo, curación y esperanza para una humanidad, la de la Europa revolucionaria, que había plantado cara a Dios y a su ley con una radicalidad desconocida. La llamada a la conversión resonaba inequívoca y el rezo del Rosario se mostraba como un itinerario de una nueva vida en la Gracia, sencillo y fuertemente centrado en el Misterio de Cristo. La Virgen se volvería a aparecer en Fátima −siempre cerca de las fronteras españolas− en vísperas de la Revolución Soviética, aún no terminada la Primera Guerra Mundial, a tres niños que, a pesar de múltiples intimidaciones, se hicieron auténticos testigos de la nueva y urgente llamada de la Madre de Dios a la conversión de los pecadores y al rezo del Santo Rosario. Juan Pablo II beatificaría a dos de ellos, Francisco y Jacinta, en la explanada del Santuario de Fátima el 13 de mayo del año 2000, en el marco de una de las más multitudinarias y conmovedoras ceremonias del Año del Gran Jubileo.

IV.    María nos sigue guiando y cuidando en las difíciles encrucijadas de nuestro tiempo

¡Cuida a nuestros jóvenes!

Ella, nos decía el Papa en el Mensaje de Zaragoza, continúa al lado de su Hijo como “la Inmaculada” que  “refleja la misericordia del Padre”, capaz de perdonar a los que lo clavaban y siguen clavándolo en la Cruz y que como abogada nuestra “nos ayuda en nuestras necesidades e intercede por nosotros ante su Hijo diciéndole como en Caná de Galilea: no tienen vino… y que, al indicar claramente: Haced todo lo que Él os diga, nos invita a acercarnos a Cristo y, en esa cercanía, experimentar, gustar y ver que bueno es el Señor”.

¡Cómo necesitamos que María cuide nuestra fe; que cuide la fe de nuestros jóvenes! Envueltos en una cultura del escepticismo, de la increencia religiosa y del relativismo moral −del ¡todo vale! y del ¡nada vale!−, tantas veces fascinante y poderosa, la cuesta arriba de la vida se les hace empinada al súmmum ¡hasta lo imposible!; se les nubla la vista para conocer el pecado y su origen y ya no son capaces de ver la senda del verdadero amor, fecundo, generoso, que se dona y ofrece personalmente a través de la entrega fiel entre el esposo y la esposa en el seno de la familia, y que se realiza de forma eminente en el darse  exclusivamente a Jesucristo y a los hermanos por la vía excepcional de la vocación sacerdotal y religiosa.

¡María Inmaculada cuida a nuestros niños y nuestros jóvenes! ¡en la escuela, en la Universidad…! Sus padres no lo tienen fácil a la hora de buscar centros adecuados que las eduquen y enseñen en conformidad con sus convicciones morales y religiosas, ni siquiera a través de la fórmula mínima de la asignatura de religión, configurada con dignidad pedagógica y académica. ¡Cuánto cuesta reconocer que el sistema educativo ha de concebirse y de estructurarse en correspondencia con las legítimas demandas de los padres de familia y sus derechos, a los que han de subordinarse otros intereses, cualesquiera que sean, incluso los políticos!

¡Cuida a nuestras familias!

El Santo Padre pedía, además, a la Virgen que preservase a cada hogar de “toda injusticia social, de todo lo que degrada su dignidad y atenta a su libertad”. Sólo la familia, constituida sobre la base del verdadero matrimonio entre el hombre y la mujer que se entregan mutuamente en amor para toda la vida, es capaz de crear aquellas condiciones en que es posible el nacimiento del ser humano −¡de la persona!- su crecimiento y formación de acuerdo con la inviolable dignidad y vocación para ser hijo de Dios. En la familia se es querido y amado por uno mismo; en la familia se aprende la verdadera experiencia de cómo vencer el mal con el bien y de cómo se percibe y siente la presencia amorosa de Dios en la historia de uno mismo como el dato fundamental para la vida, desde su comienzo hasta su fin, compartiendo gozos, tristezas y expectativas en un clima de comprensión y ayuda mutua.

¡Qué difícil se lo ponen hoy a los jóvenes que quieren contraer matrimonio y fundar una familia según Dios y el Evangelio las corrientes sociales, culturales y políticas dominantes!

Desde el marco laboral y su regulación jurídica, insensibles a las exigencias irrenunciables que conllevan la vida matrimonial y familiar y las responsabilidades propias del padre y de la madre, hasta los obstáculos numerosos para encontrar vivienda adecuada a sus necesidades, mas los reclamos agobiantes de la cultura egoísta y hedonista que se respira…, todo se alía para hacer difícil una realización de la vocación al matrimonio y la familia, digna de tal nombre, y sin la cual ni es posible la subsistencia misma de la sociedad, ni, por supuesto, tampoco, la implantación duradera de la Iglesia.

¡Cuida, Madre Inmaculada, Madre del Hogar de Nazareth, a nuestras familias! ¡Cuida a España!

“Una gran oración por España”

Cuando en circunstancias difíciles para Italia, a comienzos del año 1994, Juan Pablo II, en un mensaje dirigido a la Conferencia Episcopal Italiana, convocaba a todos los católicos italianos a “una gran oración por Italia”, les invitaba a adoptar “una actitud honrada de amor al bien de la propia nación” y “a un comportamiento de solidaridad renovada”. No son menos difíciles nuestra circunstancias actuales en la España de hoy que en la Italia de entonces. Sí, también nosotros necesitamos invocar a la Virgen Inmaculada, para que España, de la que fue declarada Patrona en el siglo XVIII, conserve viva la herencia de la fe y el patrimonio común de una cultura florecida en el tronco de la tradición cristiana de todas sus gentes y lugares y para que se mantengan vivos y generosos en ella los vínculos de unidad solidaria que han marcado siglos y siglos de una historia común que nos abraza a todos, y que ha estado siempre abierta a Europa y a América; renovándola con nuevas solidaridades para con los que desde fuera de nuestras fronteras vienen a compartir con nosotros casa, trabajo, patria y pan.

Hagamos nuestra hoy con nuevo fervor, actualizando nuestra consagración al Inmaculado Corazón de María, la oración del Papa Benedicto XVI en Zaragoza: “Imploro a la Virgen Inmaculada, con total confianza, que proteja a los pueblos de España, a sus hombres y mujeres, para que contribuyan todos a la consecución del bien común y, principalmente, a instaurar la civilización del amor”.

¡Sí, que nuestras plegarias de esta noche, confiadas al amor maternal de María, Virgen Inmaculada, Madre de España, sean recordadas y compartidas en el momento de la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que vamos a recibir!

Amén.