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El Cardenal
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Preparar la Navidad

El Nacimiento del Hijo de Dios está cerca

Mis queridos hermanos y amigos:

Todo el Adviento es tiempo para preparar la Navidad, para preparar  los caminos del Señor. Sus últimos días han de servirnos para intensificar y culminar esa preparación abriendo nuestro corazón “con un impulso nuevo”–como nos propone el III Sínodo Diocesano– a la verdad de ese Misterio de salvación que se hará actualidad el próximo domingo para la Iglesia, para cada uno de nosotros y para el mundo.

La Navidad es un acontecimiento. Va a tener lugar el próximo día 25 de diciembre. El Hijo de Dios va a nacer del seno purísimo de su Madre, la Virgen María, doncella de Nazareth  desposada con José descendiente de la Casa de David. Ella y él saben muy bien como la concepción de ese Niño divino es obra del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Lo saben y, por ello, esperan y preparan  su nacimiento con una actitud de profunda fe y esperanza, sometiéndose en todo a la voluntad divina. ¡Ocurrió hace dos mil años y ocurrirá nuevamente en este año 2005! El primer nacimiento de Jesús, “del Hijo del Altísimo”, “a quien el Señor Dios dará el trono de David su padre” y cuyo “reino no tendrá fin”, no ha pasado a la historia, no es un  simple hecho del pasado como otro cualquiera de los que es autor y agente el hombre, sino que se mantiene permanentemente presente y renueva su actualidad año tras año en la liturgia de la Iglesia como un hecho del que es primero y directo protagonista el mismo Dios. ¡Sí, el Señor nos nace de nuevo a los hombres del año dos mil cinco! Importa subrayarlo con fuerza si queremos celebrar en verdad y con verdad la Navidad, si la queremos celebrar con verdadero provecho para nuestras vidas y para la vida del mundo. Encerrados muchas veces en nosotros mismos, renunciando, al menos en la práctica, a levantar la vista hacia un horizonte de vida y felicidad eternas… ¡qué efecto tan liberador conseguiríamos si nos preparásemos, ya desde ahora mismo, con una fe renovada a celebrar la próxima Navidad como un acontecimiento de salvación, el más importante –y lo más importante– que podría sucedernos en los próximos días! ¿Y a la humanidad en esta hora de su historia, tan cargada de problemas y ansiedades por las nuevas amenazas de la guerra y del terrorismo implacable, por el hambre y la miseria de sociedades enteras, por el dolor de esa ingente multitud de niños y de jóvenes abandonados física y espiritualmente a su suerte, etc., no le vendría bien abrirse al acontecimiento de Belén y dejar que la salvación del Dios que allí va a nacer, penetre las conciencias y las voluntades de los hombres y de los pueblos transformándolos para el bien, el amor y la paz? Más aún ¿no le sería necesario y urgente hacerlo?

Para conseguir avances significativos en la dirección de este objetivo en la Navidad, que está ya a las puertas, resulta imprescindible que la misma Iglesia, que conoce como nadie ese Misterio por pertenecer al origen y fundamento de su mismo ser y existencia, se prepare para vivirlo con todas las exigencias de conversión interior, de penitencia sacramental y de renacimiento de su entrega y compromisos apostólicos, dispuesta sin miedos y cobardía alguna a anunciar y a testimoniar  la perenne novedad del Evangelio para nuestro tiempo, como en la primera hora y en los mejores momentos de su historia. Comenzando para ello en nuestra Archidiócesis de Madrid por asumir a fondo y cumplir lo que nos pide nuestro III Sínodo Diocesano: “Hacer de las parroquias y comunidades cristianas  auténticas escuelas de oración, en las que se cultive la relación íntima con el Señor a través  de la oración personal y comunitaria, dejando que el Espíritu Santo avive en nosotros la memoria de sus palabras y acciones, de su alabanza y obediencia al Padre”. Cuidando, por tanto, ¡y ya! las celebraciones litúrgicas de la próxima Navidad.

Pero también es preciso que cada uno de nosotros descubra en su interior, en el cara a cara con el Señor delante del Sagrario, con una conciencia sincera y auténtica, que el nuevo Nacimiento de Jesús  le atañe profundamente: que es un nuevo e irrepetible ofrecimiento de gracia, fresca y amorosa, para el cambio de vida; quizá,  para una conversión radical e, incluso, para un plantearse  de nuevo la respuesta a una vocación recibida del Señor y de la que estamos huyendo o a la que nos estamos resistiendo tenazmente. ¿Por qué no intentamos desde una oración personal intensificada estos días dejar que el Niño Dios, que Jesucristo renazca en nuestros corazones?

¡Qué importante es que toda la familia viva en este ambiente de fe gozosa, de esperanza alegre y de oración auténtica las Fiestas de la Natividad del Señor! “El Belén” en casa y la participación en las celebraciones litúrgicas navideñas centrarán a padres e hijos, y al conjunto de los demás familiares, en los más valiosos recuerdos del amor que los sustenta, y les animará a afrontar su futuro con proyectos estimulantes de vida según Dios.

Si así, a la luz de fe y desde la aceptación más honda de la verdad divino-humana del Misterio de la Navidad, celebramos su actualidad en la comunidad eclesial, en el seno de nuestras familias cristianas y en nuestras propias vidas, entonces brillará la caridad, el amor a nuestros hermanos los más necesitados, sin hipocresías y baratijas sentimentales, yendo a su encuentro de nuevo ya desde ahora mismo y en los próximos días navideños. Nos esperan en los hospitales de Madrid, en las casas de acogida, en el piso del vecino sólo y olvidado, en las cárceles, en la calle…; a lo mejor, en nuestro propio entorno familiar.

Acudamos a María, la de la Anunciación, la que se puso en camino hacia Belén con José para empadronarse en tiempo frío de invierno, con el gozo contenido de saberse elegida en su humildad para ser la Madre de Dios y de los hombres ¡Acompañémosla!… y seguro que nuestra Navidad del año 2005 será de verdad una fiesta de gracia y de salvación para todos nosotros.

Con el deseo de una semana de piadosa y religiosa preparación navideña, os saluda y bendice de corazón,