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El Cardenal
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Homilía en la Solemnidad de la Sagrada Familia

Catedral de la Almudena; 30.XII.2005; 19’00 horas

(Eclo 3, 26.12-14; Col. 3,12-21; Lc. 2,22-40)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Contemplad con fe y devoción la Sagrada Familia

El Misterio de la Sagrada Familia se presenta en la Liturgia de la Iglesia dentro de la Octava de la Navidad. Y, no en vano, pues es inseparable del Misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios al llegar la plenitud de los tiempos definida por el Padre. No, no es posible llegar a Belén en la noche santa de la Natividad del Señor, quedándose solamente en la contemplación del Niño, envuelto en los pañales improvisados por su Madre, y acostado en el pesebre. Ciertamente Él es el centro que domina toda la escena evangélica y suscita en nosotros ayer como hoy una honda e inmensa ternura que no encuentra otra forma de expresarse que la de la adoración rendida ante un amor tan grande. Pero, a la vez, la mirada se dirige rápida y simultáneamente a la joven Madre, María, que no aparta sus ojos, llenos de una luminosa y conmovedora dulzura, de su Hijo, carne de su carne, y que llevó en su seno virginal como fruto inefable del Espíritu Santo y por obediencia al Padre. Ella conoce el secreto divino de ese Niño como nadie. Y, también, está allí José, descendiente de la Casa de David. Precisamente por esa circunstancia de ser él del linaje davídico, se encuentran en Belén para empadronarse, aunque en este momento no sea sino un sencillo y humilde carpintero. Tampoco puede disimular la ternura y la responsabilidad que le embargan como custodio del Niño y de la Madre. Él había asumido una paternidad absolutamente singular con una fe y una disponibilidad sin condiciones para asentir a lo que la voluntad de Dios le había pedido y le pediría pronto ante la persecución de Herodes. José no les fallaría nunca: ni a Jesús, ni a María.

Se trata de una familia en la que aletea la sombra de la Cruz desde el principio. Así ve y predice el viejo Simeón la realidad presente y futura de sus miembros más destacados: “el Niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida”, y a la Madre, “una espada le traspasará el alma”. Aunque no había que esperar a verse cumplida plenamente la profecía para poder constatar cómo los primeros pasos de la historia de ese Niño y de esa Familia única van acompañados por el sufrimiento, la oblación y la entrega de toda la vida a la obra de la salvación de los hombres. Las huellas de la Pasión son descubiertas en el itinerario inicial de la Sagrada Familia por los Padres de la Iglesia y destacadas con exquisita y certera sensibilidad espiritual. También lo serían por aquella poesía castellana, expresión señera de la renovación católica de la España de los siglos XVI y XVII que influiría decisivamente en toda la Iglesia moderna y contemporánea, poniendo acentos de una fina sintonía espiritual:

“Blanco lirio,
florecido la noche de Navidad
en la cumbre del Calvario,
¡cómo te deshojarán!”

Santa Teresa de Jesús dirá con su inimitable percepción de la hondura del Misterio de la Navidad: que “este niño viene llorando” y que “fue tan grande el amorío, que no es mucho estar llorando”.

¡Sí, es toda esa admirable Familia, verdaderamente Sagrada, la que se nos presenta hoy a la contemplación de la Iglesia y del mundo! ¡Para conocerla mejor, imitarla, dejarnos acoger por ella y confiarnos a su protección, nuevamente, en las circunstancias y avatares de este año 2005 que toca a su fin!

¡Qué gozo tan grande poder acercarse hasta el Portal de Belén, en esta celebración solemnísima de la Sagrada Familia, en la Catedral de Nuestra Señora de La Almudena, todos juntos, los fieles de la Archidiócesis de Madrid, sabiéndonos en comunión con el Santo Padre y toda la Iglesia! Yo me siento especialmente gozoso por poder hacerlo con tantas familias jóvenes con sus niños –¡familias numerosas!–, con los abuelos, con los que están aquí y con los que faltan porque el Señor los ha llamado ya a su presencia; con las familias y padres que sufren por cualquier causa; con los sacerdotes y consagrados… con toda la comunidad diocesana que hoy más que nunca se reconoce como la gran Familia de los Hijos de Dios! ¡De nuevo brilla y se abre a nuestros ojos con nuevo resplandor la verdad de la familia!

La verdad de la Familia

En el Misterio de la Sagrada Familia se pone de manifiesto un hecho indiscutible: el Hijo de Dios nace en el seno de una familia para llevar a cabo la obra de la salvación del hombre: una familia formada y constituida según la ley de Dios, de acuerdo con su Voluntad. La familia, como está prevista y dispuesta en el designio de la creación por parte de Dios, queda simultáneamente santificada y consagrada para siempre de forma eminente y sublime por la Sagrada Familia. No hay otro modo, digno del hombre, creatura e imagen de Dios, por el que pueda ser engendrado y educado que no sea el de la alianza del amor, fiel e indisoluble, entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Y más aún, no hay ya posibilidad de vivir plenamente esa realidad renovada y santificada por el Misterio de la Familia de Nazareth que es la familia, surgida del verdadero matrimonio, sino es en virtud del amor redentor de Jesucristo, operante desde el principio en el Sí purísimo de su Madre al anuncio del Ángel y en el desposorio virginal con José. Un amor que es en sí mismo ¡todo él! OBLACIÓN, un darse gratuitamente y totalmente al otro, el esposo a la esposa y viceversa, que implica la donación mutua y total a los hijos. El amor redentor es por definición gratuito, incondicional, lleva a la expropiación de uno mismo. ¡Es ya posible y hermoso vivirlo en el matrimonio y en la familia a través de la participación creyente y orante en el Misterio de la Sagrada Familia! Su vivencia en el seno de las familias cristianas es uno de los mejores servicios a la Evangelización que pudieran prestarse jamás y del que está necesitada con máxima urgencia la sociedad actual.

La ‘MEMORIA’ de una situación y de un reto difíciles y prometedores

El valor natural y sobrenatural de la familia cristiana se hace tanto más precioso e imprescindible cuanto más sean los extractos ideológicos, culturales, socio-económicos y/o políticos de una sociedad en la que se dificulta su aprecio y su realización, cuando no se ignora y se pone radicalmente en cuestión.

El año 2005 pasará a la historia como aquél en el que en España ha desaparecido de su ordenamiento jurídico la protección específica e irrenunciablemente propia del matrimonio verdadero entre el varón y la mujer del que nace y sobre el que se edifica la verdadera familia. También será recordado como el año en el que, abierto de nuevo el debate sobre la educación, no se ha logrado salvaguardar de verdad el principio del derecho fundamental de los padres a decidir el tipo de escuela que quieren para sus hijos y, en todo caso, para determinar su formación moral y religiosa de acuerdo con sus propias convicciones. La sombra de una ideología de Estado, en la fórmula de una asignatura obligatoria impuesta en todos los niveles primarios y secundarios de la Enseñanza, pende en estos momentos sobre todo el sistema educativo. El número de abortos, por otra parte, practicados en España en el último año, dado a conocer oficialmente estos días, revela hasta qué grado de gravedad está llegando la relativización moral de las conciencias respecto al derecho a la vida de los más indefensos e inocentes y al lugar humano natural y propio donde puede ser respetado y promovido como merece: la familia como la comunidad de amor y de vida por excelencia. No faltará tampoco el recuerdo de que han comenzado a abrirse política y jurídicamente las puertas para una manipulación de los embriones humanos en aras del puro pragmatismo científico y de un utilitarismo social sin fronteras éticas infranqueables.

Sin embargo, no faltan luminosos contrapuntos para la esperanza. La memoria histórica reseñará, sin duda, el año 2005 como el del despertar de un nuevo y activo sentido de responsabilidad de los seglares católicos respecto a la familia, conscientes de que con su futuro “está” o “cae” el futuro de la sociedad en justicia, libertad, solidaridad y paz, estando dispuestos a asumir su defensa y promoción como un aspecto fundamental de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Los seglares y las familias católicas de España han tomado conciencia, junto con muchos otros ciudadanos preocupados por la suerte que puede correr la institución socialmente más necesaria, con anterioridad al Estado y a su ordenamiento legal, de que la suerte de los suyos, ¡de la familia!, está en sus manos. Es más, que, incluso, el futuro de la trasmisión de la fe a las nuevas generaciones depende decisivamente de sus familias. No es casualidad que el Santo Padre haya convocado para los días del dos al nueve de julio del próximo año, 2006, el V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia con el significativo lema: “la transmisión de la fe en la familia”. El III Sínodo Diocesano de Madrid, cuyo objetivo central e inspirador ha sido el de cómo transmitir la fe a los madrileños “con un impulso nuevo”, ha colocado, por lo demás, en un lugar preeminente de sus proposiciones el “aportar a la sociedad la verdad profunda del matrimonio y la familia que vivimos en la Iglesia”.

No queda mucho tiempo que perder en esa apremiante tarea, urgida de nuevo por el Santo Padre, de testimoniar con obras y palabras el Evangelio de la familia. Su incomprensión –la de este Evangelio– por parte de muchos contemporáneos nuestros no conoce muchos precedentes en la historia de la Iglesia y de la humanidad.

Ser testigos del Evangelio de la familia: Un imperativo de la hora histórica

En primer lugar, con el testimonio de la vida. El bien social que irradia la familia cristiana es incalculable cuando trata de conformar su vida matrimonial y familiar según el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth. Porque es entonces cuando se respira en ella ese ambiente de “misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión” al que exhortaba San Pablo a los Colosenses, animándolos a sobrellevarse mutuamente y perdonándose cuando alguno tenga quejas contra otro, como perdona el Señor; y poniendo “por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”. Cuando el amor y respeto mutuo entre los esposos reina en las familias, cuando el amor y respeto de los hijos a los padres y el amor y cuidado de los padres para con los hijos marcan el estilo de vida en común, se abren los verdaderos espacios de la paz en los que florece la fe y se siembra la esperanza: paz interior y paz exterior; paz entre las personas y paz social; paz interna en cada nación y paz internacional.

En segundo lugar, con el testimonio de la palabra y de la presencia y acción públicas. El año que acaba ha señalado buenos caminos para ese compromiso de palabra y de obra a favor del Evangelio de la Familia en la vida pública. Hay que ahondar en ellos con espíritu y ánimo apostólico. En España y en Europa. No hay duda: en el campo de la defensa y promoción del matrimonio y de la familia, santuarios de la vida y comunidades del amor, ha comenzado a alumbrar entre nosotros, de nuevo, la esperanza.

La oración por la familia

La contemplación del Misterio de la Sagrada Familia de Nazareth, nos lleva, finalmente, a confiar a esta Familia bendita las nuestras: el bien y el futuro de todas las familias que viven en Madrid, en España y en todo el mundo. Apoyados en el amor de Jesús, María y José, invocado con plegaria ardiente, seremos, con toda seguridad, capaces de vivir la experiencia –ordinaria y extraordinaria– de la familia cristiana en los nuevos tiempos del Tercer Milenio y, más cercanamente, en el próximo año, como un renovado testimonio del Evangelio de la Esperanza para todos los que buscan “la vía real” de la buena salud humana, moral y espiritual de la familia, a pesar y por encima de tanto sufrimiento y dolor causado por las crisis matrimoniales y familiares, típicas de este cruce de milenios.

¡Jesús, José y María, a vosotros nos confiamos! ¡A vosotros nos consagramos de todo corazón! En vuestras manos dejamos y depositamos el futuro de lo que más queremos en este mundo: ¡nuestras familias!

Amén.