Carta por la Jornada Mundial de las Migraciones

Una sola comunidad, un solo pueblo, un solo barrio, juntos lo construimos

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El próximo día 15 de enero, bajo el lema: una sola comunidad, un solo pueblo, un solo barrio, juntos los construimos, celebraremos en nuestra Provincia Eclesiástica la Jornada Mundial de las Migraciones, que en el actual contexto histórico –como nos recuerda el Papa– se han convertido por el volumen de los flujos y la forma en que se plantean y realizan en un signo de los tiempos y se revisten de una compleja problemática que nos interpela, hoy más que nunca[1], sobre el sentido del hombre, de la sociedad, de la cultura y de las instituciones en la forma en que se plantean y conciben entre nosotros. Las comunidades cristianas somos interpeladas en nuestra fidelidad al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús para la salvación de todos los hombres.
Desde hace más de una década han llegado y continúan llegando a todas las regiones de España, y de una forma muy acusada a la Comunidad de Madrid, inmigrantes procedentes de las naciones hermanas de América y Filipinas, de otras zonas de Asia, así como ciudadanos del Magreb y de otros países de África. Más recientemente se observa también una acentuada presencia de inmigrantes del Centro y del Este de Europa.
Estos trabajadores inmigrantes y sus familias forman parte ya de nuestros pueblos y ciudades, de nuestras diócesis y de nuestras parroquias. No podemos considerarlos como extraños, como forasteros. Son nuestros vecinos y nuestros feligreses, son nuestros diocesanos, son nuestros conciudadanos. Toda inmigración de trabajo se transforma en población de ciudadanos. Muchos se muestran decididos a quedarse aquí son su familia a vivir y trabajar entre nosotros. Todo un reto en orden a afrontar la tarea histórica de hacer posible una sociedad nueva y una convivencia profundamente humana, sobre la base, eminentemente evangélica, del mutuo reconocimiento como hermanos. Los españoles hemos vivido esta experiencia con los desplazamientos de tantas gentes nuestras de las zonas rurales a las ciudades y más allá de nuestras fronteras.
Por ello, con la mirada puesta en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que acabamos de celebrar, la Jornada Mundial nos estimula para conseguir que nuestras comunidades cristianas sean constructoras de unidad integradora, capaces de abrazar a todos por encima de las diferencias de nuestros orígenes. Es el compromiso evangelizador que nos urge, a los cristianos del lugar y a los de reciente inmigración. Exigencia misionera que brota, justamente, de la Eucaristía, el Sacramento de la unidad, como subrayó el Papa Benedicto XVI el 29 de mayo último, en la celebración del Congreso Eucarístico Nacional italiano en Bari, donde proclamó con fuerza, evocando a san Agustín, que en la Eucaristía el centro es Cristo que nos atrae hacia Sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él. De este modo –añadía–, nos introduce en la comunidad de los hermanos[2].
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Desde que el viejo Adán le diera la espalda, Dios no ha cesado de salir en busca del hombre. En la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo en una carne semejante a la nuestra[3]; y lo ungió con el Espíritu Santo, para que diese a conocer su amor por los hijos perdidos, dispersos y frágiles[4]. Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la Humanidad, y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La Encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana. Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida, como les ocurre a los primeros apóstoles según nos narra el Evangelio de este domingo[5].
La esperanza que nace de esta presencia de Cristo, de una parte, nos mueve a los cristianos a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, de otra, nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para hacer frente, inmigrantes y madrileños, al apasionante reto de construir un futuro de esperanza para todos más concorde con el proyecto de Dios.
Por ello, en el actual contexto social –este mundo urbano, plural, complejo y cambiante, en el que nos toca vivir–, los cristianos, madrileños e inmigrantes, estamos llamados a reconocernos entre nosotros como hermanos, a compartir los bienes provenientes de Cristo, a ocupar el lugar que nos corresponde en la comunidad cristiana y a ser testigos del Evangelio. Es, precisamente, con la fuerza que brota del Evangelio como se hace realidad esa convivencia profundamente humana, pacífica, solidaria y enriquecedora que todo corazón humano desea desde lo más hondo de su ser, de modo que la nueva sociedad emerja cada vez más visiblemente, por encima de las diferencias de nuestros orígenes y de nuestra condición, con gestos de respeto, de solidaridad, de mutua ayuda, de amistad y fraternidad, realizados con sencillez y constancia en la vida diaria, y de este modo se derriben las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, existen, y se rechace la discriminación o exclusión de cualquier persona, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables para que aumente la comprensión y la confianza.
El secreto de esta vida nueva, en efecto, está en el Evangelio, en Jesucristo mismo presente en su Iglesia, en la Eucaristía, la Presencia que es origen de todas las otras presencias del Señor, y la Fuerza transformadora que pone en movimiento todas las otras transformaciones. Lo expresó admirablemente el Papa Benedicto XVI, el pasado agosto, en la Misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia: Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida, lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto –continúa el Papa–, la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente[6]. El Sacramento del altar, que hace a la Iglesia –no lo olvidemos–, nos configura como signo e instrumento del amor gratuito y universal de Dios, como sacramento de unidad, como servidores de la esperanza de los indigentes[7]. Ante la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, surge espontánea la súplica de la Plegaria eucarística: Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando[8].
En este nuevo contexto social, las experiencias de éxodo y la transferencia a un mundo urbano complejo y cambiante han de ser iluminadas y discernidas desde la luz que proyecta la visión cristiana de la vida sobre toda la realidad, hasta en los más pequeños detalles. Es preciso que los cristianos, los lugareños y los inmigrantes, no tengamos ningún miedo a vivirlo todo desde la fe; de este modo, los demás, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, pueden descubrir cómo es verdaderamente necesaria para ellos la Iglesia, y, a través de su misión y su servicio, podrán descubrir el tesoro infinito que encierra, a Cristo Salvador, cuya Presencia en la Eucaristía es el centro y la fuente de todo. Es en, y desde, la Eucaristía, justamente, como somos verdaderos hermanos, y en esta fraternidad se manifiesta la paternidad de Dios Creador, de modo que se haga visible y fecunda allí donde se vive y se trabaja, en la familia y en la escuela, en la fábrica y en las más diversas condiciones de la existencia humana.
Hacer de nuestra sociedad una comunidad de hombres y de pueblos, un pueblo solidario en la esperanza de que nadie queda excluido; un pueblo realmente preocupado por la calidad de vida de las personas, salvaguardando la dignidad del hombre en las relaciones sociales, laborales y económicas y preparando así a las generaciones futuras un entorno cada día más conforme con el proyecto del Creador, no es sólo una cuestión de tiempo, en definitiva sólo es posible con el anuncio, gozoso y valiente, de Jesucristo, Redentor del hombre.
Superar todas las incomprensiones y las dificultades propias de una convivencia entre personas y grupos que no tenemos la misma historia, ni las mismas costumbres, que no hablamos la misma lengua, incluso, en no pocos casos, que no profesamos la misma religión y que, en último término, no nos conocemos, no es evidentemente una mera cuestión de tiempo; sobre todo, si lo que nos impulsa a encontrarnos es la mera e inevitable vecindad, forzada por las circunstancias, en un contexto de asimetría social. Supone e implica, antes que nada y principalmente, llevar a cabo una tarea humana y cristiana que entraña y exige conversión de actitudes y de corazones. Supone e implica que la Eucaristía, que estructura la acción litúrgica y el anuncio del Evangelio, debe estructurar también la acción caritativa y social de nuestra comunidad eclesial[9].
El camino pasa por la afirmación práctica de cuatro pilares éticos y espirales, fundamentados en el ser mismo del hombre creado a imagen y semejanza de Dios: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. La vedad será fundamento de una convivencia auténticamente humana, cuando cada individuo tome conciencia rectamente, más que de los propios derechos, de los propios deberes con los otros. La justicia edificará la nueva sociedad cuando cada uno respete concretamente los derechos ajenos y se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes con los demás. El amor será fermento de una sociedad integradora, cuando la gente sienta las necesidades de los otros como propias y comparta con ellos lo que posee, empezando por los valores del espíritu. Finalmente, la libertad, que tiene su expresión más decisiva en la libertad religiosa, alimentará el crecimiento humano y lo hará fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarlo, los individuos se guíen por la razón y asuman con valentía responsabilidades de las propias acciones[10].
En esta tarea de construir una sola comunidad, un solo pueblo y un solo barrio, compromiso de los cristianos del lugar y los de reciente inmigración, nadie está dispensado, y en este proceso debemos implicar a todos los estamentos sociales, desde la familia a la escuela, pasando por las organizaciones y las instituciones. En particular, nuestras comunidades parroquiales, cuya misión primordial es el anuncio de Jesucristo y de la Salvación propuesta en el Evangelio, tienen en este orden de cosas el papel decisivo de procurar servir de mediadoras entre esos grupos sociales que se ignoran o que desconfían los unos de los otros, muy especialmente cuando sus procesos de integración avanzan tan trabajosamente. Para ello, nos ha de ayudar mucho el reconocimiento del otro en su identidad y en su diferencia, descubriendo que no sólo no son motivo de enfrentamiento, sino que son fuente de enriquecimiento mutuo. Como Iglesia, la parroquia, que se encuentra entre las casas de los hombres, vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas, puede y debe conformar un espacio privilegiado donde se lleve a cabo una verdadera pedagogía del encuentro entre inmigrantes y autóctonos, ayudando a superar el desafío de pasar de la mera tolerancia en relación con los demás al respeto real de sus diferencias; de vencer toda tendencia a encerrarse en sí mismos y de transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el rechazo en solidaridad[11].
Es más, la comunidad cristiana está llamada a promover, en medio de sus realidades pastorales, auténticos laboratorios de convivencia civil[12] y de diálogo constructivo. Se ha de comenzar por mostrar una gran capacidad de escucha y una gratitud total en la acogida del otro. Luego, se ha de facilitar la creación de espacios en los que sea posible el intercambio de experiencias y dones y el descubrimiento de las semillas de la verdad en las diversas culturas y credos, donde todos, autóctonos e inmigrantes, sepamos plantear las grandes y pequeñas cuestiones de la vida -de su sentido último, de las exigencias de la ley moral, de su relación con Dios, etc.- y de abordarlas, abriendo horizontes de solidaridad y de esperanza, precisamente dando espacio privilegiado, con sencillez de corazón, y con toda libertad, para la evangelización y el anuncio explícito de Jesucristo.
Cada día, los cristianos en los arciprestazgos y parroquias, y no digamos los movimientos apostólicos en la vida pública y en el mundo del trabajo, no pueden renunciar a comprometerse, junto con los vecinos del lugar y los de reciente inmigración, en la construcción del pueblo, del barrio, de la ciudad, a la luz de la rica y experimentada Doctrina Social de la Iglesia, participando en las organizaciones civiles en el mundo de la familia, del trabajo, de la acción política y sindical, de la educación, de la cultura y de los medios de comunicación, en orden a lograr una actuación de la sociedad más justa, solidaria y acorde con la dignidad de la persona[13].
Semejante actitud exige un cambio de mirada, un cambio de mentalidad y el testimonio de vida de todos: inmigrantes y españoles, clero, religiosos y laicos. Implica una experiencia de comunión, de encuentro y de reconciliación. Presupone conversión. Cuando permanece vivo el sentido de la parroquia -nos enseñaba Juan Pablo II-, se debilitan o desaparecen las diferencias entre autóctonos y extranjeros, pues prevalece la convicción de la común pertenencia a Dios, único Padre. De la misión propia de toda comunidad parroquial y del significado que reviste en el seno de la sociedad brota su importancia y su insustituible función en la acogida del extranjero, en la integración de los bautizados de culturas diferentes y en el diálogo con los creyentes de otras religiones. Para la comunidad parroquial no se trata de una actividad facultativa de suplencia, sino de un deber propio de su misión institucional[14].
La Iglesia, como signo de salvación y sacramento de unidad del genero humano[15], es casa y escuela de comunión de donde irradia a la sociedad ese estilo nuevo de vivir y convivir digno del hombre. El Pueblo de Dios, precisamente porque es unidad en la diversidad, comunidad de hombres y pueblos diversos, que no pierden su diversidad, aparece como anuncio y figura; más aún, como germen y principio vital de la paz universal…; lo que acontece en el Pueblo de Dios sirve de base para que se cree lo mismo entre los hombres[16]. No se trata, pues, de otra cosa que de poner en práctica esa íntima catolicidad de la Iglesia que nos enseña el Concilio Vaticano II: Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la humanidad entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu. En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes ofrece sus dones a las demás y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se enriquecen con las aportaciones mutuas de todos y con la tendencia común de todos a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que está integrado por diversos elementos[17].
Para terminar os animamos a todos a responder a la llamada del Señor: restablecer la fraternidad, asumiendo juntos, cristianos del lugar y de reciente inmigración, el compromiso de construir una sola comunidad, un solo pueblo, un solo barrio. Tarea que sólo podemos llevar a cabo unidos a Jesucristo, real y eficazmente presente en la Eucaristía. Nos lo dijo bien claramente Juan Pablo II: A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la Humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres[18].
Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por la intercesión de Nuestra Señora de La Almudena, nuestra Madre, nos ayude a conseguirlo.
Con nuestro afecto y bendición para cuantos están comprometidos en el servicio a los inmigrantes,

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[1] Benedicto XVI, Mensaje Jornada Mundial de las Migraciones 2006.

[2] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de clausura del XXIV Congreso Eucarístico Nacional italiano (cfr. San Agustín, Confesiones VII, 10, 16).

[3] Cfr. Rom. 8, 3-4; Gal 4, 4-6.

[4] Cfr. Sínodo Diocesano de Madrid, 2005, Ponencia Vª.

[5] Jn 1, 35-42.

[6] Benedicto XVI, Homilía de la Misa de clausura de la XX Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia.

[7] Sínodo Diocesano de Madrid, 2005, Ponencia, Vª.

[8] Plegaria Eucarística V, b.

[9] Sínodo Diocesano de Madrid, 2005, Ponencia Vª.

[10] Juan XXIII, Pacem in terris, 35.

[11] Juan Pablo II, Mensaje Jornada Mundial de las Migraciones, 2003.

[12] Ibídem.

[13] Antonio María Rouco Varela, Fortalecer la fe y el testimonio de todo el Pueblo de Dios. Cartas Pastorales, nº 3. Pág. 40.

[14] Cfr. Juan Pablo II, Mensaje Jornada de las Migraciones, 1999.

[15] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 1.

[16] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos Argentinos, 1982.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 13. Cfr. S. Juan Crisóstomo. In Jo. Hom. 65,1 (PG 59, 391).

[18] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 24.

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