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El Cardenal
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Misioneros de Jesucristo en el Madrid del curso 2007/2008

Mis queridos hermanos y amigos:

¡La Misión Joven que con tanta ilusión apostólica emprendimos el curso pasado continúa en el que acaba de comenzar! Ha sido el clamor de los propios jóvenes misioneros, que lo han pedido con un entusiasmo espiritual y eclesialmente contagioso, lo que nos mueve a ello. Y, por supuesto, ha sido también, y decisivamente, el impulso pastoral recibido del Santo Padre en la inolvidable audiencia del 9 de agosto pasado en Castelgandolfo. La palabra del Papa nos está expresando de modo inequívoco, que la continuación ampliada, renovada y profundizada de la Misión entre los jóvenes madrileños responde a lo que el Espíritu Santo, el Espíritu del Señor, nos está exigiendo a la Iglesia Particular de Madrid con un apremio interior y con una urgencia histórica que no cesan. Les decía Benedicto XVI a los jóvenes misioneros madrileños: “Os animo a perseverar en el camino emprendido, dejándoos guiar por vuestros Pastores, colaborando con ellos en la apasionante tarea de hacer llegar a vuestros coetáneos la dicha indescriptible de saberse amados por Dios, el único amor que nunca falla ni termina”: ¡el amor que se encuentra y se realiza en Jesucristo, por Jesucristo y con Jesucristo! Él es el único camino para vivir en la plena, rica y eterna verdad de lo que somos –hijos de Dios–, de lo que esperamos –gozar de la gloria del Padre–, y de su progresiva e incesante realización, abrazando su Cruz con la fuerza del Amor de su Espíritu, del Espíritu Santo. Recorrer ese camino de nuevo, queridos jóvenes de Madrid,… ¡eso significa y garantiza el vivir a fondo la novedad imperecedera del gozo del Evangelio!

Lo habéis podido comprobar vosotros mismos en vuestra acción misionera del curso pasado. Habéis verificado, sobre todo, lo que os decía Benedicto XVI: “el entusiasmo de salir al descubierto y comprobar con sorpresa que, contrariamente a lo que muchos piensan, el Evangelio atrae profundamente a los jóvenes; el descubrir en toda su amplitud el sentido eclesial de la vida cristiana; la finura y belleza de un amor y una familia vivida ante los ojos de Dios, o el descubrimiento de una inesperada llamada a servirlo por entero consagrándose al ministerio sacerdotal” y, sin duda también, a la vocación de consagración específica al servicio del Reino de Dios. O, lo que es lo mismo, habéis experimentado cómo resulta siempre una nueva y fresca verdad –como os recordaba Juan Pablo II– que la fe se enriquece, dándola, trasmitiéndola.

Vamos, pues, a reanudar la Misión Joven de Madrid con el corazón encendido de amor a Cristo y a los jóvenes madrileños. ¡Cuánto lo necesitan! También ellos están expuestos a dejarse arrastrar por esa poderosa ola de persuasión –de la que les acaba de hablar el Papa a los jóvenes italianos en Loreto– que se levanta de los hondones más oscuros de nuestra sociedad y de la cultura dominante que nos envuelve, “que promueven modelos de vida caracterizados por la arrogancia y la violencia, la prepotencia y el éxito a toda costa, la apariencia y el tener”.

Reemprendemos la acción misionera directa, aquella por la que se anuncia la Buena Noticia de la Vida Nueva que nos viene de Jesucristo Crucificado y Resucitado por nuestra salvación, en lugares y ambientes a los que nos hemos llegado, o no con la intensidad suficiente, el curso pasado: Universidad, Colegios, lugares de trabajo… ¡la familia! Es muy importante que las familias, sobre todo las familias jóvenes, se comprometan en el curso que viene en este gran empeño apostólico de “la Misión Joven” de Madrid. Los madrileños jóvenes no han de tener miedo a ser testigos, abiertos, valientes –aunque con mansedumbre– de la esperanza que les anima y que renace y se alimenta cotidianamente del amor compartido en el Señor Jesucristo, vivido en su Iglesia. El Sacramento del matrimonio, que ha santificado el amor de los esposos, y lo ha abierto sin condiciones egoístas al don de la vida, actualiza constantemente el amor esponsal de Cristo a su Iglesia y la respuesta de ésta a su Señor, entregándose sin reservas de ningún tipo a “la misión” de dárselo a los demás. ¡No habrá evangelización no sólo de las familias jóvenes madrileñas, sino de las nuevas generaciones en general –de los niños y jóvenes– de Madrid, sin el compromiso misionero de esas mismas familias!

Con esta “nota familiar”, pastoralmente tan enriquecedora, habremos de continuar con ánimo e imaginación espiritual y apostólicamente creadora la labor de “las Mesas de Arciprestazgo” en el campo de la acción pastoral con los jóvenes por parte de las Parroquias, de los Movimientos y Asociaciones de apostolado, de las consagradas y consagrados… ¡Son necesarias la presencia y la colaboración de todos, manifestadas y activas en la Comunión de la Iglesia! Así madurará de forma auténtica y evangelizadoramente fecunda la semilla plantada por nuestro III Sínodo Diocesano de Madrid; y su gran objetivo pastoral de transmitir la fe a los madrileños del Tercer Milenio se irá haciendo cada vez más verdad en la vida de la Iglesia y de la sociedad madrileña.

Escribimos estas líneas en el contexto litúrgico de la Fiesta de la Natividad de la Virgen María, Madre y Señora Nuestra. Es la Fiesta del comienzo real –en la realidad de la historia humana– de la nueva y decisiva época –¡la última!– de la muestra y donación definitiva e inaudita del amor de Dios para con los hombres. Desde el día de ese Nacimiento bendito de María siempre es posible, más aún, gozoso, comenzar de nuevo a recorrer el camino del conocimiento pleno de su Hijo, nuestro Señor y Salvador. “Conocimiento” solamente pleno si es compartido y comunicado desde el Corazón de Cristo y de su Iglesia. Que Ella, bajo la advocación de La Almudena, nos anime y guíe en esta segunda etapa de “la Misión Joven” de Madrid; que sostenga y fortalezca especialmente a sus “jóvenes misioneros” en el cultivo diario del encuentro personal con Cristo, en el tenerlo siempre en el centro de su corazón; pues así toda nuestra vida –como nos decía el Papa– ¡toda vuestra vida!, queridos jóvenes, “se convertirá en misión; dejaréis trasparentar al Cristo que vive en vosotros”.

Con todo afecto y mi bendición,