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El Cardenal
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“La Almudena – 2007”, en el recuerdo vivo y agradecido de Juan Pablo II

Testigo de Esperanza en su Viaje Apostólico a España de 1982

Mis queridos hermanos y amigos:

Hace 25 años, precisamente en los días que van desde el 31 de octubre al 9 de noviembre del año 1982, Juan Pablo II, el Papa venido del Oriente a la Iglesia del Vaticano II con un espíritu de renovación auténtica de la Iglesia, apostólicamente vibrante y desbordante de amor a Cristo y al hombre de nuestro tiempo, hacía su primer viaje pastoral a España como “Testigo de Esperanza”. Él mismo nos confesaba en sus emocionadas palabras de saludo al tocar el Aeropuerto de Barajas, y después de besar el suelo español, que “desde los primeros meses de mi elección a la Cátedra de San Pedro pensé con ilusión en un viaje a España, reflexionando incluso sobre la ocasión eclesial propicia para tal visita”. Que no fue otra que el IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús, probablemente la española más universal en la historia de la Iglesia y de la historia en general. Inició el Santo Padre su visita pastoral a España en Madrid rindiendo “homenaje a esa extraordinaria figura eclesial, proponiendo de nuevo la validez de su mensaje de fe y humanismo” y atraído por una “historia –la de España– admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia… y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto, gracias sobre todo a esa sin par actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla hoy y reza a Dios en español”. Esa memoria de la historia católica de España le lleva a Juan Pablo II a proclamar ya desde ese primer momento de su llegada a España: “¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!”. Su viaje lo encomendaba al Apóstol Santiago y lo confiaba a la protección de la Virgen Santísima del Pilar, Patrona de la Hispanidad.

Siguió a continuación una incansable peregrinación por toda la geografía física y espiritual de nuestra Patria a lo largo de diez jornadas agotadoras para el cuerpo, pero de una jubilosa y refrescante frescura, espiritual y humana, para el alma. El Papa, con su entrega generosa a los pastores y fieles de la Iglesia en España, a las consagradas y a los consagrados, a los fieles laicos, con los gestos exquisitamente paternales para con los niños y los jóvenes, los enfermos y los ancianos… con su siempre deferente y respetuosa actitud para con los Reyes y las autoridades, con su disposición al abierto diálogo con el mundo de la ciencia, las artes, los medios de comunicación social, del trabajo y de la cultura en general, a la que acompañaba una manifiesta sintonía ¡verdaderamente clamorosa! con el pueblo, va haciendo realidad, jornada a jornada, el objetivo pastoral y religioso de su viaje: “confortar la esperanza, que es consecuencia de la fe y que ha de abrirnos al optimismo. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!”. Lo había dicho al mundo al principio de su pontificado, todavía reciente y probado pronto martirialmente con el atentado del 13 de mayo del año anterior, 1981. Es el mensaje que traía también a España. Y verdaderamente España, la que acababa de iniciar un nuevo camino histórico, marcado por el signo político y cultural del asentamiento definitivo de la reconciliación nacional y de la voluntad común de construir el presente y el futuro acogiendo todo el rico y variado patrimonio de su pasado espiritual y humano y configurándolo con los valores del Estado Democrático de Derecho, que incluían los del mejor humanismo de raíces cristianas,… ¡esa España! vibró de entusiasmo y de esperanza. No es extraño, pues, que cuando el Papa se despide de nosotros en el Aeropuerto de Labacolla de Santiago de Compostela el 9 de noviembre  –en Madrid, día de la Virgen de La Almudena–, después de finalizado el Acto Europeísta en la Catedral del Apóstol, exclamase: “Los brazos abiertos del Papa quieren seguir siendo una llamada a la esperanza, una invitación a mirar hacia lo alto, una imploración de paz y de fraterna convivencia entre vosotros. Son los brazos de quien os bendice e invoca sobre vosotros la protección divina, y en un saludo lleno de afecto os dice: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!”.

Madrid, la Capital de España, se constituyó en la residencia del Santo Padre y el epicentro de su actividad apostólica en las distintas ciudades y en lugares emblemáticos elegidos a lo largo y a lo ancho del mapa eclesiástico de nuestra patria: Ávila, Alba de Tormes, Salamanca, Guadalupe, Segovia, Toledo, Sevilla, Granada, Loyola, Javier, Zaragoza, Montserrat, Barcelona, Valencia, Santiago de Compostela. En las dos agotadoras jornadas dedicadas totalmente a Madrid, el 2 y 3 de noviembre, el Santo Padre abordó dos de los más graves y acuciantes problemas de la sociedad contemporánea y que se presentan como los retos pastorales más decisivos para la Iglesia del Tercer Milenio: la suerte de la familia, fundada sobre el verdadero matrimonio entre un hombre y una mujer, y el futuro de las nuevas generaciones en el mundo occidental, desarrollado y de herencia cristiana.

La inmensa multitud en la Eucaristía de la Plaza de Colón pudo oír de los labios del Sucesor de Pedro, delante de la imagen de La Almudena, palabras de enérgico e indisimulado profetismo: “cualquier ataque a la indisolubilidad conyugal, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la dignidad y la verdad del amor conyugal. Se comprende, pues, que el Señor, proclamando una norma válida para todos, enseña que no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido”; “existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud del cual, como enseñó Pablo VI, todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de la vida”; “quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad”. Asimismo los centenares de miles de jóvenes, concentrados en el Estadio Santiago Bernnabéu y en sus alrededores, que recibieron a Juan Pablo II con una cordialidad jubilosa y contagiosa sin precedentes, asentían a su alocución, concebida y expresada para dirigirse y tocar directamente al corazón del joven contemporáneo, aclamándolo con un entusiasmo sorprendente para los escépticos de la sensibilidad cristiana de la juventud española. El Papa les proponía “las Bienaventuranzas”, el programa de Cristo, el amigo que no defrauda, como el programa verdadero para dar auténtico sentido a sus vidas, el único capaz de vencer el mal con el bien.

Han transcurrido ya 25 años de aquel inolvidable acontecimiento de gracia para España y para Madrid. ¿No sería obligado hacer examen eclesial y social de conciencia? ¿Qué hemos hecho de aquél tesoro de doctrina evangélica, de celebración y fiesta litúrgica, de irradiación de humanidad salvada y transida por el amor de Cristo y de los hermanos, que nos legó Juan Pablo II? El Papa vendría luego cuatro veces más a España. La última a Madrid, con los memorables encuentros de Cuatro Vientos y la Plaza de Colón. La melodía espiritual y apostólica de fondo permaneció inalterable: “España evangelizada, España evangelizadora, ¡ese es el camino!”.

Celebramos a nuestra Patrona, la Virgen de La Almudena, este año 2007, curso pastoral 2007/2008, con “la Misión Joven” en marcha y con el compromiso evangelizador de las familias –¡la familia joven evangeliza a la familia joven!–, con la memoria viva de nuestros 498 mártires de Madrid y de España, beatificados el pasado domingo en Roma, y bajo el lema “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Estas palabras de la Virgen a los servidores de las Bodas de Caná resuenan hoy para nuestra Iglesia Diocesaza como una invitación fuerte a escuchar a Jesucristo, su Hijo, a través del recuerdo agradecido y responsablemente revivido de Juan Pablo II, Testigo de Esperanza, y también de las palabras que su sucesor, Benedicto XVI, dirigía a los jóvenes de Madrid el 9 de agosto pasado en Castelgandolfo:

“Os animo a perseverar en el camino emprendido, dejándoos guiar por vuestros pastores, colaborando con ellos en la apasionante tarea de hacer llegar a vuestros coetáneos la dicha indescriptible de saberse amados por Dios, el amor que nunca falla ni termina”:

¡Feliz y santa Fiesta de la Santísima Virgen de la Almudena para todos los madrileños! ¡Confiamos una vez más a su maternal cuidado todos nuestros enfermos y necesitados de Madrid!

Con todo afecto y mi bendición,