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El Cardenal
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Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado

Jóvenes madrileños –

Jóvenes emigrantes bajo el signo del amor de Cristo que nos une en su Iglesia

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El próximo 20 de enero celebramos en Madrid, junto con toda la Iglesia, la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado. En el mensaje de este año el Papa Benedicto XVI nos invita a tener presentes muy especialmente a los jóvenes inmigrantes.

Esta indicación del Papa es muy oportuna para nosotros, porque en nuestra diócesis de Madrid hace ya dos años que estamos empeñados en la Misión Joven, que este curso de 2007-2008 se extiende también a las familias.

Los inmigrantes cuentan

Los jóvenes extranjeros, inmigrantes o hijos de inmigrantes, así como las familias formadas por jóvenes inmigrantes, van siendo cada vez más numerosa

os en la sociedad madrileña y en nuestra Iglesia. En la ciudad de Madrid, en 2006, eran el 31,5% de los jóvenes de veinticinco a veintinueve años. Y contando los jóvenes que tenían entre veinte y treinta y cuatro años, los inmigrantes eran el 28%. Además, estos jóvenes viven en barrios en los que la población mostraba ya una clara tendencia al envejecimiento. Hay barrios, tanto en el centro de la ciudad como en la periferia, donde los extranjeros con edades comprendidas entre dieciséis y veinticuatro años suponen más del 50% de las personas de esas edades.

Estos datos nos revelan hasta qué punto la juventud inmigrante va a influir en el futuro de nuestra sociedad y de la Iglesia. Los que hoy son jóvenes serán los responsables de la vida familiar de mañana, y de la vida ciudadana. Su presencia en la Iglesia está siendo ya muy significativa. Se nota, por ejemplo, en el número creciente de jóvenes inmigrantes a los que administramos el sacramento de la Confirmación en nuestras parroquias -a veces son mayoría en el grupo-, o en los que asumen distintas responsabilidades y servicios en la actividad pastoral, o en los niños y adolescentes inmigrantes que se incorporan a los colegios católicos concertados.

Los inmigrantes, recibidos como don de Dios

La presencia de los inmigrantes en medio de nosotros es un don de Dios, porque nos da la oportunidad de ver y vivir con más claridad que la Iglesia es universal, católica. Unos y otros, distintos por la procedencia y la cultura, hemos sido llamados y reunidos por Dios en una misma Iglesia, abierta a todos. “Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13). Es un don de Dios también, porque nos permite enriquecernos con sus tradiciones religiosas y sus expresiones de fe, y el enriquecimiento es mutuo. Con frecuencia la juventud, el entusiasmo, el fervor de los inmigrantes católicos, fortalecen y renuevan nuestras comunidades.

Unidos en la Iglesia

Juntos, queridos jóvenes, habéis sido llamados y acogidos en la Iglesia. Si no os dejáis llevar por la superficialidad que tienta a muchos, en la Iglesia oís resonar, como dirigida a vosotros, la pregunta inquietante y atrayente del Señor a los primeros discípulos: ¿Qué buscáis? Él os toma más en serio que vosotros mismos. Los discípulos que iban tras de Jesús, desarmados por esta interpelación tan directa, le confiesan con toda franqueza: Maestro, ¿dónde vives? Es a Él a quien buscan, quieren estar con Él. Andrés y el otro discípulo que le acompañaba se quedaron toda la tarde con Jesús, vivieron una experiencia inolvidable. Desde entonces su vida fue otra. El encuentro con el Señor produce siempre los mismos efectos. A quien cree en Él se le revela como el Camino, la Verdad y la Vida. También vosotros, una vez confiados al Señor, vivís de un modo nuevo vuestros temores y preocupaciones, vuestras expectativas y esperanzas. Sois transformados, sois hechos capaces de una fraternidad y una generosidad inimaginables.

Jesús, el Maestro, enseña siempre; Jesús, el Amigo, lo comparte todo. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”. Los discípulos aprenden de Jesús a quererse como hermanos y a servir a los hermanos más pequeños.

Testigos de Jesucristo en el mundo

Si la Iglesia, de la que somos miembros, es católica, es misionera. La misión constituye su dinamismo más propio. La fe y la fraternidad que vivimos en la Iglesia, pide y demanda ser anunciadas. La experiencia que vivieron Andrés y el otro discípulo con Jesús, la contaron enseguida a sus amigos, antes que a nadie, y a su propio hermano Simón Pedro: Hemos encontrado al Mesías.

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje de la Jornada de las Migraciones de este año, os lo dice directamente a los jóvenes: “Jesús quiere que seáis sus testigos y por eso es preciso que os comprometáis a vivir con valor el Evangelio, traduciéndolo en gestos concretos de amor a Dios y de servicio generoso a los hermanos. La Iglesia también os necesita y cuenta con vuestra aportación. Podéis desarrollar una función providencial en el actual contexto de la evangelización. Originarios de culturas distintas, pero unidos todos por la pertenencia a la única Iglesia de Cristo, podéis mostrar que el Evangelio está vivo y es apropiado para cada situación; es un mensaje antiguo y siempre nuevo; Palabra de esperanza y de salvación para los hombres de todas las razas y culturas, de todas las edades y de todas las épocas”.

Testigos de Jesucristo hemos de ser en cualquier circunstancia de la vida normal de cada día. No hace falta un lugar ni un momento especial. Siempre hemos de estar dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida. La propia familia, el colegio o el instituto, la universidad, el trabajo, los distintos ambientes en los que transcurre la vida, indican los lugares y las personas ante las que el testimonio cristiano puede ser especialmente oportuno o necesario.

El testimonio requiere ordinariamente la palabra humilde y franca, que explica y aclara el por qué y el para qué de lo que vivimos. El testimonio requiere siempre, queridos jóvenes inmigrantes y madrileños, que sea expresado “en comunión”, ¡juntos! Sólo así influirá en nuestra sociedad para que se configure como una auténtica comunidad de hombres y pueblos, en la que se respeta por encima de todo la dignidad de las personas en las relaciones sociales, laborales y económicas, logrando una calidad de vida, digna de este nombre. No podemos actuar de otro modo los que sabemos que todos somos hijos de Dios y que es Él quien nos otorga los derechos inviolables que corresponden a esa dignidad. De esta manera común, nadie está dispensado. ¡Implicaos todos! ¡Implicad a todos vuestros compañeros y amigos!

Reconocer los valores de los otros

En este esfuerza se debe prestar atención a la llamada “pertenencia cultural”. Valorar la propia cultura es legítimo y necesario. Pero hay que evitar que se transforme en cerrazón y gueto. Para ello es preciso cultivar la apertura cordial a las otras cultura y su conocimiento objetivo y sereno. Como recuerda el Papa en su Mensaje de este año, “los jóvenes inmigrantes sois particularmente sensibles a la problemática constituida por la denominada dificultad de la doble pertenencia: por un lado, sentís vivamente la necesidad de no perder la cultura de origen, mientras, por el otro, surge en vosotros el comprensible deseo de insertaros orgánicamente en la sociedad que os acoge, sin que esto, no obstante, implique una completa asimilación y la consiguiente pérdida de las tradiciones ancestrales”. También los españoles, que hemos vivido esta experiencia con los desplazamientos de tantos de nosotros de las zonas rurales a las ciudades y más allá de nuestras fronteras, hemos de aprender positivamente la lección de Benedicto XVI.

Juntos podéis afrontar el desafío de pasar de la mera tolerancia en relación con los demás al respeto real de sus diferencias; juntos podéis vencer la tendencia a encerraros en vosotros mismos. Sólo el acercamiento respetuoso a las diversas culturas, sin caer en la indiferencia sobre los valores morales y espirituales últimos, os llevará a reconocer la riqueza de la diversidad y dispondrá los ánimos a la recíproca aceptación, en la perspectiva de una auténtica colaboración, que responda a la originaria vocación de unidad de toda la familia humana y que abra nuevos caminos para nuevas formas, ricas humanamente, de ser expresada y vivida.

Debéis tener presente, por otra parte, que no se puede condicionar, implícita o explícitamente, el reconocimiento de los derechos humanos a la pertenencia nacional o étnica de las personas. La dignidad de la persona es irrenunciable e intransferible y no depende de la concesión graciosa de institución humana alguna. Sin este presupuesto, no podríamos avanzar en la construcción de una sociedad nueva, integrada e integradora.

¿Qué significa todo ello para los jóvenes españoles? En primer lugar, acoger a los inmigrantes respetando su dignidad y procurando para ellos y sus familias que se les garantice la equiparación en derechos y deberes, sin detrimento alguno. Ello comporta: abrirles las puertas de nuestra convivencia, de nuestras asociaciones, grupos, e instituciones; abrirles el mundo del trabajo sin considerarlos rivales y propugnando el reconocimiento de sus derechos adquiridos como trabajadores; abrirles nuestros municipios para hacerlos partícipes de todos los planes y mejoras sociales que se proyecten, y asociarlos plenamente a las tareas de participación ciudadana en el pueblo, el barrio y la ciudad.

En justa y necesaria correspondencia, los jóvenes inmigrantes y sus familias, parte integrante de nuestra sociedad, conscientes de ser portadoras de valores culturales y religiosos, que contribuyen al bien de la sociedad, tenéis que desarrollar el sentimiento de pertenencia a nuestra sociedad y vuestra voluntad de integración.

Crear espacios de encuentro

El testimonio de nuestra fe en Dios Padre, que nos creó a su imagen y semejanza; de nuestra fe en Jesucristo, que nos redimió en su vida, muerte y resurrección; de nuestra fe en el Espíritu Santo, que nos mantienen unidos como familia de Dios y nos impulsa a amar y buscar a los hermanos todavía dispersos, necesita ser concretado como concretos son los lugares en que se desenvuelve vuestra vida.

Por ejemplo, el lugar donde estudiáis. La formación en orden a vuestra inserción y participación social, requiere que el instituto o el colegio sea verdaderamente un espacio de encuentro y mutuo reconocimiento. Debéis de evitar todo tipo de discriminación, de violencia, de acoso y exclusión por parte de compañeros y profesores. Es preciso que cambien y se conviertan todos aquellos que se empeñan en comportamientos violentos. Unidos a vuestros profesores y a vuestros padres en el Consejo Escolar y en la vida ordinaria, haced de vuestro centro de estudios una auténtica comunidad de compañeros amigos, que posibilite y facilite la seriedad en el estudio y la responsabilidad en la formación.

Otro ejemplo es el lugar del trabajo. Con los compañeros con los que convivís a lo largo de la jornada laboral, promoved juntos relaciones justas, solidarias y fraternas, evitando la rivalidad y anteponiendo los intereses de los más débiles y vulnerables a los propios. Si en el ámbito del trabajo fomentáis las relaciones de amistad, respeto y mutua valoración, sentáis ya las bases para una integración más humana y fraterna.

El impulso de la comunidad cristiana

Deseo y confío que todos los miembros e nuestras comunidades parroquiales –presbíteros, laicos y consagrados–, los grupos, asociaciones y movimientos apostólicos y, muy especialmente, las comunidades religiosas, ayuden a los jóvenes en esta tarea.

En la Iglesia no hay extraños. En nuestra Iglesia Diocesana nadie debe sentirse extranjero. Estamos llamados a hacer de ella, cada vez más, una casa común, una verdadera escuela de comunión. Jesucristo nos ha llamado a todos a formar la familia de Dios. Por encima de las fronteras nacionales, de las culturas o de los lazos sanguíneos, somos una familia que nace y vive de la fe en Cristo Jesús y de su Gracia salvadora.

En medio de esta sociedad plural, compleja y cambiante, urge reavivar con realismo la esperanza de la unidad lograda a la que convoca la palabra apostólica: “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo y lo penetra todo y lo invade todo” (Ef 4,4-6).

A María, Madre de toda la Humanidad, venerada en Madrid como Santa María de La Almudena, encomiendo a cada uno de vosotros, queridos jóvenes, a vuestras familias, a todos los que de distintas maneras trabajan con vosotros y a vuestro servicio, a nuestras comunidades cristianas y a cuantos buscan la justicia y la paz. Por su intercesión estamos seguros de recibir la luz y la fuerza necesarias para avanzar por el camino que su Hijo Jesucristo nos señala.

Con mi afecto y bendición,