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El Cardenal
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La Jornada por la Vida – 2008

Jesucristo Resucitado Autor y Señor de la Vida

Mis queridos hermanos y amigos:

La vida es el don más precioso que ha recibido el hombre. Si se entiende esta palabra –vida– en toda la riqueza que contiene su significado, es el don sin el cual nuestra existencia –la existencia humana– no tiene el menor sentido. Sin vida y sin la vida el hombre quedaría condenado al absurdo. Sin vida el hombre se queda sin presente; pero, sobre todo, se queda sin futuro. Por ello, la vida plena se inicia en el tiempo cuando somos engendrados en el vientre de nuestra madre y tiende a durar más allá de la muerte, en la eternidad. Sólo cuando se vive en el espacio y en el tiempo, las coordenadas propias de este mundo, buscando y esperando la eternidad, la vida es la premisa “sine qua non” –sin la cual– no es posible hablar de felicidad. ¡Una vida a la vez física y espiritual! ¡Una vida, que aún pasando por el trance de la destrucción física del cuerpo humano, perdura en la feliz eternidad! La única vida verdadera es pues la que lleva en lo más íntimo de sí misma el fundamento y la garantía de esa eternidad: nuestro espíritu –el alma–, por una parte, y el Espíritu Santo, por otra, el que nos ha sido dado por la Resurrección de Jesucristo y que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Por el Bautismo hemos sido “sepultados con Cristo”, nos dice San Pablo, para “resucitar con Él”.

Hoy, III Domingo de Pascua, la Iglesia en España celebra la Jornada de la Vida, ya que la Solemnidad a la que los Obispos españoles han unido este día de la Vida, la Asunción del Señor el 25 de marzo, ha caído este año dentro de la Octava de Pascua providencialmente, porque nos permite comprenderla y valorarla en el marco celebrativo del Tiempo Pascual, el que más luminosamente nos recuerda y más íntimamente actualiza la verdad de la vida al hacer presente simultáneamente al protagonista único y al momento cumbre de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte –sobre la muerte del alma, primero, y, sobre la muerte del cuerpo, después–, a saber: a Jesucristo, resucitado de entre los muertos verdaderamente con toda su humanidad, y a “su paso” por la terrible pasión y la muerte crudelísima de la Cruz, convirtiéndose de este modo por la oblación de su Cuerpo y de su Sangre en el autor definitivo de la vida plena y feliz: la vida eterna en la gloria del Padre por el don del Espíritu del Amor, el Espíritu Santo. Sí, Jesucristo es el Autor y Maestro de la Vida, el Autor y Defensor del mandamiento de la Vida, el Autor y Dador de la Gracia de la Vida. Su Evangelio es “el Evangelio de la Vida” como nos enseñó y proclamó nuestro inolvidable Siervo de Dios, Juan Pablo II, ante la dolorosa y dramática constatación de que en la sociedad de nuestros días había comenzado a propagarse una inhumana y desalmada cultura de la muerte, promovida por las fuerzas más poderosas del mundo, turbando y enturbiando la conciencia de muchos y a costa de la vida de los más débiles e indefensos.

Se comenzó hace ya décadas por negar sistemáticamente en las legislaciones proabortistas el valor incondicional del derecho a la vida de los no-nacidos, abandonándolos a la decisión de terceros bajo el eufemismo de la interrupción voluntaria del embarazo, y se está acabando por cuestionar la vida de los ancianos y de los enfermos incurables con el falaz y engañoso pretexto de la muerte digna. Y como, cuando se hace una excepción respecto al valor incondicional de la vida humana en cualquiera de sus estadios y formas, se está implícitamente afirmando el poder del hombre para decidir sobre el derecho a la vida     –sobre quién lo tiene y quién no lo tiene– y, a la vez, negando a Dios y a Cristo el ser los Autores y Señores únicos del bien de la vida humana, ya no hay nada que impida que la carrera a favor de nuevas excepciones en contra del principio inviolable del derecho a la vida de todo ser humano ya no conozca límites que no puedan ser removidos según lo que convenga a los más fuertes y poderosos. ¡Entonces no hay ya quien pueda parar el curso social de la cultura de la muerte!

Ante esta situación de relativismo moral y de agnosticismo espiritual, tan típica de la sociedad actual, la responsabilidad de los cristianos, que hemos recibido el don, la gracia y la misión del Evangelio de la Vida, es muy grande. Se nos llama por el Señor con una urgencia histórica apremiante a ser sus testigos, con el estilo y método que nos enseñó el Concilio Vaticano II y que Juan Pablo II urgió a los jóvenes de España en la Vigilia mariana de “Cuatro Vientos” la noche del 3 de mayo del año 2003, es decir: a ser testigos de la verdad de Cristo y de su Evangelio de la Vida, proponiéndola, conscientes de que “la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra con suavidad y firmeza, a la vez, en las almas” (DH, 1). “Propuesta” que hemos de difundir incansablemente en nuestro propio entorno familiar, en los lugares de trabajo y de tiempo libre, entre nuestros amigos y en la vecindad, en el mundo de la cultura, de la enseñanza y de la Universidad, a través de los Medios de Comunicación Social… ¡en la vida pública! No hay que rendirse ni al miedo ni a la fatiga en esta gran empresa espiritual y cultural que está necesitando con la máxima gravedad de la respuesta del amor cristiano comprometido con el don de la vida. Respuesta clara, valiente, tenaz, esperanzada y generosa, expresada con palabras de bondad y de paz y testimoniada con el servicio prestado generosamente a todas las madres atrapadas en la red de los intereses egoístas y de las actitudes gélidas de próximos y extraños que las empujan al terrible no de la muerte para los hijos de sus entrañas, no nacidos. Respuesta personal y respuesta organizada en la Iglesia y en la sociedad.

El escándalo masivo del aborto provocado, de la investigación con embriones sin reparo ético alguno, cuando implica inexorablemente su muerte, y de la tentación de la eutanasia, sólo puede ser deshecho con la respuesta clara y amorosa de la vida. Porque “la vida es siempre un bien”. ¡Hemos de dejar atrás para siempre aquella clasificación de la vida “con valor y digna de vivirse” y “sin valor e indigna de ser vivida”, de tan infausta memoria y que tanta muerte, tanto dolor y tantas desgracias trajo a Europa en la primera mitad del siglo XX! El objetivo de la victoria de la vida se logrará si miramos a Cristo Resucitado y, unidos en la oración ferviente y perseverante de toda la Iglesia, con las comunidades religiosas de vida contemplativa, le cantamos con el salmista: “me enseñarás el camino de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Con María, su Madre y nuestra Madre, la Virgen de la Vida, acertaremos con esa mirada de amor que nos abre el corazón para ser testigos de su Evangelio: ¡el Evangelio de la Vida!

Con todo afecto y mi bendición,