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Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Pza. de Oriente, 25.V.2008; 18’30 horas

(Dt 8,2-3.14b-16a; Sal 147,12-13.14-15.19-20; 1Cor 10,16-17; Jn 6,51-58)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos convoca de nuevo, este año 2008, en la Plaza de Oriente, para venerar y adorar públicamente el Sacramento que el Señor nos dejó como prenda de su amor redentor, hasta que Él vuelva: el Sacramento de la Eucaristía.

Por la fe conocemos su verdad en toda la plenitud e integridad enseñada por el Magisterio de la Iglesia desde los primeros tiempos de las comunidades apostólicas. Los textos eucarísticos de San Pablo nos refrescan año tras año esa memoria primera de la Iglesia que nace y vive de la Eucaristía. “El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. Y, Jesús dice en el Evangelio de San Juan: “mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Dos enseñanzas contiene el texto de la primera Carta del Apóstol Pablo a los Corintios que nos iluminan la verdad de la Eucaristía, hoy como ayer y como siempre: la transformación –que el Magisterio Conciliar de Trento precisará como “transubstanciación”– del vino y del pan de la Eucaristía en la Sangre y el Cuerpo de Cristo y la constitución de la Iglesia como “un solo cuerpo” “porque todos –sus hijos– comemos del mismo pan”.

2. Profesar la fe verdadera en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía significa reconocer la presencia real y substancial del Señor en las especies consagradas por el sacerdote. ¡Dios está aquí! ¡Venid adoradores! ¡Adoremos a Cristo Redentor! cantamos con fervor, en España, desde aquel Congreso Eucarístico Internacional de Madrid de 1911 que tantas huellas dejó en la piedad eucarística de los españoles. Renovar la profesión de Fe en esa presencia eucarística de Jesucristo, en comunión con la fe de la Iglesia, es hoy no menos urgente que entonces, cuando España, Europa y el mundo de principios del siglo XX, fascinados ya por los progresos de las ciencias empíricas modernas, sentían fuertemente la tentación de declarar “la muerte de Dios”; despreocupados de sus fatales consecuencias para el futuro del hombre. Tres años más tarde estallaba la I Guerra Mundial. Esa tentación, latente siempre en el corazón del hombre pecador, vuelve a manifestarse en nuestros días, un siglo más tarde, con expresiones sociales y culturales que niegan la verdad de la presencia de Dios en el mundo y en la historia, con los riesgos, naturalmente, de los mismos –o, quizá, más graves– efectos destructivos, que se corrieron fatalmente a comienzos del siglo XX a costa de los bienes más preciados del hombre. También hoy vuelve a ser cuestionado en múltiples contextos de la sociedad actual el reconocimiento incondicional de su dignidad personal, sea cual sea su edad, su procedencia étnica, su estado físico y psíquico de salud, su preparación profesional, sus cargos y riquezas, su visión de la vida… etc. Los más débiles acostumbran a ser en estas coyunturas históricas los más directamente afectados por “la ausencia de Dios”, propagada y querida por sus contemporáneos.

3. ¡Renovemos hoy, pues, públicamente, en esta celebración eucarística de la Solemnidad del “Corpus Christi”, a la que seguirá la tradicional procesión con el Santísimo Sacramento por las calles del viejo Madrid, nuestra fe ¡la fe de la Iglesia! en la presencia real y substancial de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía! No disminuyamos el significado de esta presencia dentro de la vida de la comunidad eclesial, ni tampoco en su relación con las realidades temporales. Los signos eucarísticos del pan y del vino, consagrados por el sacerdote en la Santa Misa, no se reducen a ser el instrumento simbólico de un recuerdo más o menos entrañable de una persona y de unos acontecimientos importantes en la historia religiosa de la humanidad, con el que se pretende –con mayor o menor intención pedagógica– favorecer la imitación de unos ejemplos de vida, que no deben de ser olvidados. No, esos signos contienen infinitamente más: lo que las palabras de la consagración anuncian y proclaman: el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo derramada en la Cruz por nuestra salvación. Ni tampoco ocultemos timoratamente su valor para el mundo: la presencia eucarística de Jesucristo representa la forma de la presencia de Dios más directamente divina y más cercanamente personal y humana que jamás el hombre pudiera esperar y concebir. En la Eucaristía, Dios se da al hombre con la totalidad de la entrega sacerdotal de su Hijo Jesucristo en la Cruz. La humildad, con la que el Hijo de Dios sufre la pasión y la muerte ignominiosa y espantosa del Calvario, continúa manifestándose y prolongándose en la fragilidad de las especies eucarísticas, confiadas totalmente al cuidado de los hombres. Hombres, proclives al pecado y que pueden no retroceder ante su profanación y desprecio. ¡Hasta esos límites de amor redentor al hombre pecador ha llegado el Sacratísimo Corazón del Hijo de Dios!

4. ¿Cómo no vamos, pues, a ofrecer y a sentir nuestra veneración y adoración pública de hoy al Santísimo Sacramento del Altar como un deber de reparación, que nos urge en lo más hondo de nuestra conciencia cristiana, de los gravísimos pecados de escarnecimiento y uso sacrílego de las especies eucarísticas que se vienen reiterando impunemente, con excesiva frecuencia, en nuestras Iglesias de la ciudad y de la comunidad de Madrid? ¡Cómo nos duele el corazón ver así a Nuestro Señor, de nuevo inerme ante el odio y la soberbia del hombre, mofado, escarnecido y ultrajado en el Santísimo Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre! Este dolor, ante el hecho tristísimo de las profanaciones de la Eucaristía, debería convertirse en una respuesta y en un propósito de toda la Iglesia diocesana: ¡revisemos y reformemos nuestra forma habitual de considerar y tratar la presencia eucarística del Señor en el Altar y en el Sagrario! Es preciso que cuidemos mucho más el respetuoso silencio y la atención amorosa a Él en las Iglesias y lugares donde se conserva el Sacramento de su Presencia admirable. ¡Que ese piadoso silencio lo guardemos antes, durante y después de los actos litúrgicos! Volvamos a enseñar a nuestros niños y jóvenes que en la Iglesia, que visitan, en su Sagrario, pueden encontrar a Jesucristo, el gran amigo que les ama, les quiere salvar y hacer felices. Queremos que vuelvan a aflorar en nuestras comunidades cristianas aquellos sentimientos de delicada piedad eucarística que hemos heredado de nuestros mayores y que propicia la disciplina de la Iglesia. Toda renovación pastoral de la vida cristiana y de la vida y ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia –¡la que hemos querido promover con nuestro III Sínodo Diocesano!– pasa por una renovación de la fe, de la piedad y de la vida eucarística: autentica, perseverante, finamente espiritual.

5. De esa presencia del Señor en la Eucaristía, de la actualización incesante del Sacrificio de la Cruz, en su celebración, nace y vive la Iglesia. Este es el otro gran aspecto de la verdad eucarística que nos enseña San Pablo. La Iglesia es la comunidad de los que por la fe y el Bautismo han recibido y reciben a través de la palabra y del ministerio de los Apóstoles, y de sus sucesores, presididos por Pedro y por los que le suceden en la Iglesia de Roma, la vida nueva de Jesús Crucificado y Resucitado por nuestra salvación, presente en la Eucaristía. Sólo, por tanto, si alimentan esa vida nueva con “ese pan vivo que ha bajado del cielo” que es Jesús; sólo si comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre…, tendrán vida eterna: “vivirán para siempre”. Sólo así Jesús habitará en nosotros y nosotros en Él. La Iglesia sólo puede constituirse, y aparecer de forma visible, como “un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), si crece y vive como el Cuerpo de Cristo que se alimenta de su Carne santísima y se reconforta con la bebida de su Sangre preciosa, salida de su Corazón, traspasado por la lanza del soldado en el Gólgota. Sólo acudiendo a la fuente de la santidad y de la gracia que es y representa la presencia eucarística del Señor en medio de su Iglesia, sus hijos e hijas podrán caminar juntos por la vía regia de la conversión y del amor cristiano, buscando la santidad personal en la realización de la perfección de la caridad. Esa caridad que los une con los hombres, mediante los vínculos del amor fraterno, y que los capacita para ser verdaderos testigos de ese Amor redentor en el mundo. O, dicho con otras palabras, que les permite ser testigos valientes, entre los hombres, del Evangelio de Jesucristo, el único Salvador del hombre.

6. ¡No conviene olvidarlo! En el Corazón Eucarístico de Jesús, en su presencia eucarística entre nosotros, se encuentra el tesoro del verdadero amor que el hombre necesita para salvarse. Todos estamos necesitados de ese amor. En el fondo de nuestras almas, tan debilitadas, heridas y dolidas por nuestros pecados, sentimos la sed humanamente inapagable de ese Amor. La verdad última sobre Dios, que su Palabra nos revela, la verdad de que “Dios es Amor”, la encontramos presente y viva en este Adorable Sacramento de la Eucaristía. Seamos pues consecuentes en la acogida de ese Amor, acerquemos con nuestro humilde servicio esa fuerza salvadora a nuestros hermanos, tratemos de hacerlo movidos por aquella especial ternura que Jesús mostró en el Evangelio en su trato con los más pequeños, los más necesitados del perdón de Dios, con los pobres…, entonces despuntará una nueva civilización: “la civilización del amor”.

Del Corazón de Cristo y de la Iglesia debe nacer, alimentarse y vivir la Caridad: la caridad de los hijos e hijas de la Iglesia y su “Caritas” institucional. Así lo recordamos y subrayamos todas las Fiestas del “Corpus Christi”. También en la del presente año. Si vemos las huellas del dolor y de la necesidad física o espiritual en el rostro de cualquier hermano nuestro, no torzamos la cara: ¡ayudemos eficazmente! ¡amemos…!

7. La lección más sublime de cómo venerar y adorar al Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por salvarnos del pecado y de la muerte eterna, se recibe en “la Escuela de María”, su Madre, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Dos son los momentos de su relación con Jesús, su divino Hijo, donde brilla con singular belleza la forma como su amor de Madre envuelve de gestos de exquisita y femenina adoración a ese Hijo de sus entrañas, que era el Hijo Unigénito de Dios: en la Cuna de Belén y en el Árbol de la Cruz.

Imitémosla hoy en nuestra celebración solemnísima del Corpus: adorando y presentando públicamente a Jesucristo Sacramentado a nuestra Ciudad y al mundo, como su único y verdadero Salvador.

¡“Nos diste Señor el pan del cielo que contiene en sí todo deleite”!

Amén.