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El Cardenal
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La vida ordinaria, camino de santidad y oportunidad de evangelización

Mis queridos hermanos y amigos:

El retorno de las vacaciones nos devuelve siempre a los lugares tiempos y circunstancias de lo que llamamos y conocemos como vida ordinaria. Es la fórmula habitual de nuestra existencia diaria y en la cual se labra y decide principalmente nuestro destino. Si se logra configurarla con verdadero sentido cristiano, desplegando todas las posibilidades que encierra el don de la nueva vida recibido por el Bautismo en el ámbito de lo personal y en la inserción en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, el presente y el futuro de la persona ¡la suerte de cada uno de nosotros! será de realización de lo mejor de nosotros mismos y del cumplimiento de las aspiraciones más nobles de nuestro corazón; de lo contrario, será de frustración permanente y de la pérdida de la esperanza. En definitiva, la salvación o la perdición temporal y eterna del hombre se juega en una decisiva medida en eso que designamos vida ordinaria. Usamos esta expresión con desdén y abulia resignada, a veces; pero, en ocasiones, la empleamos también con el sentido recto y humilde del que ha intuido e, incluso, experimentado en lo más hondo de sí mismo que el camino mejor probado y más auténtico para vivir la experiencia del amor más grande, que nos ha mostrado y comunicado Jesucristo desde su largo período de vida oculta en Nazareth hasta la Cruz, es el de la vivencia de los dones y de la gracia de Dios en la vida cotidiana. En realidad se podría afirmar en virtud de la sabia experiencia de culturas y religiones, purificada y elevada a su plenitud por la Palabra de Dios y la Revelación cristiana, que es en el marco de la vida ordinaria donde en definitiva se resuelven los grandes problemas que envuelven a la humanidad de todos los tiempos. También hoy. El logro de la justicia, de la solidaridad, de la benevolencia y de la paz es fruto principalmente del día a día del hombre, vivido en la presencia y según la voluntad de Dios. En el acontecer diario de la vida de las familias, en la vecindad, en la empresa privada o pública, en el círculo de nuestras amistades, en el municipio y en la comunidad política y, muy singularmente, en la parroquia y en la Iglesia diocesana… se encuentra el campo primero de la victoria sobre el pecado y sobre la muerte a través del ejercicio del amor paciente, sacrificado y ofrendado gratuitamente, es decir, del amor auténtico ¡del amor de verdad! La vida diaria, impregnada de la gracia del Espíritu Santo, representa el camino indispensable para alcanzar la santidad personal y el crecimiento de la Iglesia en lo que la define en lo más esencial de su ser y de su misión como Comunión de los Santos, así como también significa el instrumento imprescindible para la evangelización de toda la realidad terrena, proyectándola a su horizonte final cuando la humanidad misma se convierta en oblación grata a Dios, como enseña el Concilio Vaticano II. El mismo Concilio advierte, incluso, con una especial y fina sensibilidad para los problemas más característicos del hombre y del cristiano actuales, hablando del amor “que es Dios”, “que no hay que buscar este amor sólo en las grandes cosas, sino especialmente en las circunstancias ordinarias de la vida” y que “la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerado como uno de los errores más graves de nuestro tiempo” (GSp, 38).

El camino de la vida ordinaria, ordenado, realizado y dirigido “al otro” y “a los otros” como hermanos, es la vía regia a seguir para nuestra propia santificación y la santificación del mundo. En el momento actual de viejas y nuevas pobrezas, potenciadas por la crisis económica y la crisis demográfica –consecuencia directa del deterioro moral y espiritual del matrimonio y de la familia–, con las secuelas cada vez más patentes y difundidas de los muchos casos de personas mayores y enfermas solas y, paradójicamente también, con las frecuentes situaciones extremadamente dolorosas de la soledad de los niños y de los adolescentes, apelar a la caridad cristiana, sencilla, cercana y directamente practicada con todos los que nos rodean es de una urgente necesidad, imprescindible para crecer verdaderamente en gracia y santidad dentro de nuestras comunidades cristianas y, por supuesto, para abrir surcos de luz y de consuelo en los ambientes sociales y culturales tan dados al escepticismo y al desaliento en los que estamos inmersos. No hay duda que hoy, como siempre y quizá más que en otras épocas de la humanidad, la vivencia cristiana del diario caminar de las personas y de las familias en los contextos tanto privados como públicos, donde transcurre su existencia, adquiere un valor extraordinario para el testimonio y la acción evangelizadora de la Iglesia: ¡para “la misión”! Nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en su Encíclica “Deus Caritas est” de la Navidad del año 2005, nos recordaba que ciertamente “la caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo” porque “el amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decirlo así, dejar de lado a Dios y a Cristo. Siempre está en juego todo el hombre. Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios” (Deus Caritas est, 31 c).

Un nuevo curso escolar, universitario, familiar, personal… se presenta, sobre todo a nuestra mirada interior, como una gran oportunidad de conversión y de compromiso cristiano y apostólico para responder a las exigencias del amor de Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo, en todas las circunstancias de nuestro acontecer diario. Ese amor es el del Dios todopoderoso que manifiesta especialmente su poder en el perdón y en la misericordia con la que nos ha amado infinitamente ayer, hoy y mañana. ¡No huyamos del Corazón de Cristo! ¡Aprendamos de El, que es manso y humilde de corazón, en la forma de tratar a nuestros hermanos y de vivir toda nuestra existencia en el mundo! Entonces, madurarán los frutos de la transmisión de la fe en nuestras familias y en la sociedad madrileña. Confiemos a la Virgen María de La Almudena, Madre de Misericordia, nuestros sinceros deseos y nuestro propósito de avanzar por el camino de la santidad en la vida ordinaria del curso que acaba de comenzar.

Con todo afecto y mi bendición,