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El Cardenal
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Esperar la Fiesta del Nacimiento de Jesucristo. Fiesta de gozo y salvación

Mis queridos hermanos y amigos:

Ya está cerca la Navidad. El nacimiento del Hijo de Dios, el que nació en Belén de Judá, la ciudad del Rey David, próxima a la Ciudad Santa de Jerusalén, vuelve a hacerse actualidad para nosotros y para el mundo: para los hombres y la humanidad del año 2008. La Iglesia vive este acontecimiento desde sus primeras andaduras por los caminos de la historia como una Fiesta de Gozo y de Salvación. Y así se dispone a celebrarla el próximo 25 de diciembre. El Nacimiento de Cristo significa un don de Dios para el hombre de un alcance tan definitivamente decisivo para que pueda llegar a la verdad, al bien, a la salud, a la felicidad y a la vida sin fin, libre de todo mal e, incluso, de la muerte, que los hijos de la Iglesia, que conocen la noticia en toda la inmensa e insuperable riqueza de su contenido, no pueden celebrarla si no es con “desbordante alegría”. El gozo y la alegría que nos trae la Navidad por ser de una naturaleza tan sólida y auténticamente arraigada en las respuestas que el hombre necesita para salir de sus miserias e infortunios materiales y espirituales, son gozos y alegrías que vencen todas nuestras tristezas, las desdichas y las aflicciones aún las más amargas. ¡La Navidad puede y debe ser, por tanto, una Fiesta que todos los hombres, incluso los no creyentes, perciban y vivan como un acontecimiento de gozo y alegría honda, profunda, que toca las fibras más íntimas de su ser y que perdura sin limitaciones de tiempo y de espacio!

Naturalmente una cosa es el gozo que colma el alma de serenidad, de paz interior y de esperanza y otra muy distinta el placer desordenado de los sentidos y sus destructivas y absurdas expresiones que dejan el interior de las personas, sobre todo de los más jóvenes, vacías y secas de toda verdadera y esperanzadora experiencia de bondad, de sentido y de amor auténtico. Hay pues dos formas de celebrar la Navidad que el pasado más reciente de las llamadas Fiestas Navideñas ha puesto cada vez más crudamente de manifiesto: la que celebra en la fe el hecho más trascendental ocurrido en la historia de la humanidad en toda su fuerza salvadora para nosotros –el hombre de hoy– y la que lo hace al margen de la fe, simplemente como una bienvenida oportunidad para recordar, en el mejor de los casos, hechos y costumbres ligadas a la memoria familiar, popular y cultural y, siempre, como una fecha en el calendario laboral a aprovechar para las diversiones más banales, típicas de las modas actuales de pasar el tiempo libre; cuando no como un pretexto, usado a placer, para el derroche y el desenfreno personal y social…

Si en cualquiera de “las Navidades” de años pasados ¡de las vividas y disfrutadas a lo largo de toda nuestra vida! la opción de la celebración digna y fructuosa de la Fiesta del Nacimiento del Señor no ofrecía para el cristiano duda alguna; mucho menos hoy. Nuestras Fiestas Navideñas del 2008 se encontrarán con el hecho lacerante de muchos hermanos nuestros en paro, en situaciones familiares de ruptura matrimonial y de hijos traumatizados por las disputas paternas, de jóvenes en soledad, huérfanos de acogida y comprensión humana y espiritual profundas… enfermos y ancianos solos… emigrantes y nacionales, carentes de lo más elemental: de alimentos y de techo para pasar “la Navidad”. En estas circunstancias dolorosas en que se encuentran tantas personas, dentro y fuera de Madrid y de España, ¿cómo no vamos a sentirnos los hijos de la Iglesia –y cualquier persona de buena voluntad– conmovidos ante lo que se anuncia y espera en el día de la Navidad del Señor y a ofrecerles la cercanía de nuestro amor fraterno y la invitación veraz a participar de nuestro gozo?

El Profeta Isaías hablaba a las gentes de su pueblo, de vuelta del destierro en tierras extrañas, de “un ungido” del Señor, “enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los convertidos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”. Los desterrados de Israel, regresados a la patria, no captaron quizá con suficiente nitidez de lo que se trataba: no tanto del propio Profeta que les hablaba cuanto del Mesías que iba a venir. Nosotros sí lo sabemos: ¡ese Mesías ha llegado ya! ¡Ese “Ungido por el Espíritu del Señor” es el Hijo de Dios mismo que se encarnó en el seno de la Virgen María y va a nacer en Belén! Él ha hecho ya brotar la justicia en el corazón de todos los pueblos; más aún, nos ha traído la gracia que sana el alma y a todo el hombre capacitándole para vivir de y en el Amor verdadero, el amor que da la vida: la vida en plenitud y sin fin. San Pablo insistirá a los cristianos de Tesalónica que no apaguen este Espíritu que han recibido y que se dejen custodiar sin reserva alguna por el Dios de la Paz, ese “Dios-con-nosotros” que les ha consagrado totalmente: en el alma, en el cuerpo ¡en todo su ser! Y, para ello, que sean constantes en la oración y, por ello, que estén siempre alegres. Juan el Bautista, el último y más grande Profeta de Israel, cuando su pueblo se encontraba en su territorio patrio, subyugado y sometido a una potencia extranjera, sabe que esperar y preparar la venida del Ungido del Señor sólo es posible a través de un nuevo, misterioso y simbólico paso del Río Jordán: el paso del bautismo en sus aguas; bautismo de penitencia por los pecados personales y los del pueblo.

Eh aquí la fórmula hondamente cristiana para celebrar nuestra Navidad del 2008 en la comunidad eclesial y en la sociedad: recuperar el espíritu y el propósito eficaz del arrepentimiento de nuestros pecados en el Sacramento de la penitencia; restablecer y cuidar el espíritu y la disposición para orar; ser sembradores eficaces de caridad cristiana con obras y palabras; ser distribuidores gozosos de alegría y de esperanzas que no engañan. Es la fórmula que se aprende al lado de la Virgen, de María, la Madre del Mesías, del Señor que viene, y perseverando en su compañía. Pidámosle amparo y ayuda para que no desfallezcamos en el testimonio de la fe, de la esperanza y de la caridad en estas Navidades del 2008 ante los que paganizan y deforman su espíritu y, consiguientemente, sus manifestaciones sociales, artísticas y culturales. Esta fórmula auténticamente gozosa y alegre de celebrar la Navidad culminará en la gran Eucaristía por la familia cristiana ¡por nuestras familias! en la Plaza de Colón el próximo 28 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia.

Con el deseo de un santo tiempo de Adviento para todos, van mi afecto y bendición,