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El Cardenal
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Carta Pastoral con ocasión del día de la Campaña contra el Hambre-Manos Unidas

“Combatir el hambre, proyecto de todos”

Madrid, 8 de febrero de 2009

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hace 50 años, un grupo de mujeres respondió audazmente a la llamada que pocos años antes había realizado la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas. En 1955 esta organización mundial había lanzado al mundo un manifiesto en el que denunciaba el hecho de que millones de hombres, mujeres y niños morían en el mundo a causa del hambre. “¡Hagamos la guerra al hambre!” eran las conmovedoras palabras con las que terminaba dicho manifiesto.

En España, un grupo de entregadas mujeres de Acción Católica no podían desviar la mirada ante esta dolorosa situación. En sus oídos resonaban las palabras de Nuestro Señor: “Tuve hambre y me diste de comer” (Mt 25, 35). Por eso respondieron a este llamamiento mundial a poner un remedio concreto a esta situación y para eso daban, movidas por el amor de Cristo, un paso decidido al frente. Así, confiadas en que “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7), comenzaron la “Campaña contra el Hambre”, que después desembocaría en la constitución de la asociación “Manos Unidas – Campaña contra el Hambre” para la estabilidad del camino emprendido.

Este año celebramos la 50 campaña en la lucha contra el hambre. Si nuestra mirada se dirigiera al resultado externo del trabajo emprendido, podríamos vernos desanimados al ver que el número de hambrientos y personas que sufren las causas de un subdesarrollo integral, lejos de disminuir, ha aumentado a lo largo de estos años.

Este sería, sin embargo, un punto de vista ajeno al del Señor. Durante todo este tiempo hemos prestado atención a la multitud que clama: ¡Tengo hambre! Y como los apóstoles hicieron en su día, miles de hombres y mujeres han escuchado las palabras del Señor: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). Así, a lo largo de estos años, Manos Unidas ha realizado multitud de proyectos para el desarrollo integral de nuestros hermanos más necesitados, convirtiéndose en la asociación pública de fieles encargada por la Iglesia en España para la ayuda al desarrollo en el Tercer Mundo. La historia de Manos Unidas se encuentra entretejida de la respuesta de muchos hermanos nuestros, entregando su tiempo y sus bienes a la mejora de las condiciones materiales básicas de muchos hermanos necesitados. ¿Cómo no alegrarnos y dar gracias a Dios por esta hermosa obra suya?

Pero no podemos quedarnos tranquilos mientras tantos hermanos nuestros siguen teniendo carencias fundamentales en elementos tan básicos en su vida como el alimento, el vestido, la salud o la educación. “Si alguno tiene bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo es posible que en él resida el amor de Dios?” (1 Jn 3, 17). Es el mismo amor de Dios el que nos mueve a seguir acudiendo, sin caer en el desánimo ni en la desesperanza, en auxilio de los que padecen estas necesidades. Al obrar de esta manera, les llevamos el amor de Dios, que permanece fiel a su amor creador, y nos convertimos en Sus manos que les alimenta, cura y consuela.

Hoy sigue siendo necesario para nosotros, ante el dolor producido por la situación de subdesarrollo que tantos hombres, mujeres y niños viven hoy, mirar al Señor y escuchar su Palabra. Ella es el verdadero alimento de Vida eterna, el Pan venido del Cielo; y ella nos mueve a dar la vida y nuestros bienes ayudando a tantos hermanos nuestros que, entre nosotros o en otros países, sufren por el hambre y el subdesarrollo.

Hoy hemos de renovar en nuestros corazones el impulso que condujo a estas mujeres a comenzar esta gran obra, confiadas en la fuerza del Señor. Nuestra esperanza no está únicamente en la eficacia exterior de las acciones y proyectos que podemos llevar a cabo, sino en la certeza de que podemos esperar más allá de lo que nuestras pequeñas acciones o las acciones de los gobernantes o de las grandes instituciones internacionales puedan llevar a cabo. Es la certeza de la acción redentora de Cristo que obra a través de nosotros. La experiencia de estos 50 años de trabajo de Manos Unidas nos lleva a confirmar que “de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás”. Así lo hemos comprobado al cumplir esperanzas concretas a través de tantos proyectos realizados.

Nos unimos así a toda la Iglesia en España y en tantos países del Tercer mundo en una profunda acción de gracias a Dios por tanta generosidad derramada; y ponemos en manos de nuestra Madre la Virgen de La Almudena, la continuación de esta hermosa obra al servicio de los más pobres y necesitados.

Con mi afecto y bendición,