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El Cardenal
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Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Plaza de Oriente, 14.VI.2009; 18’30 horas

(Ex 24,3-8; Sal 115,12-13.15 y 16bc. 17-18; Heb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo vuelve a colocar en el centro de la Liturgia de la Iglesia, de su fe y de su culto, al Sacramento admirable de la Eucaristía. Admirable y adorable porque en Él el Señor nos ha dejado “el memorial de su Pasión” y la prenda inconfundible y permanentemente viva y eficaz de la Nueva Alianza de Dios con los hombres.

Aquí, en este insondable e inefable Sacramento, instituido por el Señor en la última Cena pascual celebrada con sus discípulos, se actualiza precisamente el sacrificio de aquella Sangre, la suya, –¡sacrificio sin mancha!– en virtud de la cual ha quedado establecida para siempre la alianza nueva por la que somos salvados. El Sacramento de la Eucaristía es, pues, el memorial de una Presencia Salvadora: la presencia de los sagrados Misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Presencia para la Iglesia y presencia, mediada por ella, para el hombre y el mundo. Hoy celebramos esa Presencia públicamente en el corazón de “la ciudad”. El simbolismo sobrenatural y, al mismo tiempo, profundamente humano, de la Celebración de la Santa Misa en esta Plaza histórica de la Capital de España y la procesión con el Santísimo Sacramento recorriendo las calles y plazas de nuestro antiguo Madrid, es extraordinariamente significativo.

La presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía se presenta y opera dentro y en medio de las circunstancias vivas y concretas de la vida de cada persona y de la misma sociedad, redimiendo y salvando al hombre, peregrino de la historia, que busca el camino que le conduzca a la felicidad y que se afana ansiosamente y, tantas veces, dolorosa y dramáticamente, por encontrarlo. Esa presencia eucarística de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, nos ilumina también hoy las difíciles encrucijadas en las que nos han metido los acontecimientos de la historia más reciente. De Él, del Cristo-Eucaristía, nos viene no sólo la luz para discernirlas, sino también el consuelo, la esperanza y el valor para superarlas con la fuerza de su amor. Con el autor de la Carta a los Hebreos podemos afirmar con certeza inquebrantable que “la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu Eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto de Dios”.
2. Son muchas “las obras muertas” de las que nuestra conciencia ha de ser purificada en el momento actual de nuestra vida: de la vida más propiamente personal y también de la vida social.

El pecado nos sigue lastrando el alma y la conciencia colectiva con una gravedad innegable Cáritas nos alienta a no tener miedo, a ver las necesidades más acuciantes y angustiosas de nuestros hermanos, a mirar de frente al rostro de tanto dolor y de tantas tragedias por las que atraviesan. Una de ellas es el paro o desempleo creciente que afecta no sólo a las condiciones básicas imprescindibles para que el hombre pueda vivir y desarrollar su personalidad con un mínimum de dignidad humana, sino que también pone en peligro el futuro de las familias y, aún, su misma subsistencia. Lo que es un derecho inalienable de la persona humana, el derecho al trabajo, lo vemos hoy expuesto a la intemperie de la crisis económica que lo amenaza y que condiciona su garantía y realización a la intervención de factores poco menos que incontrolables en los más distintos campos de la realidad socio-económica y política. Y, en el trasfondo de la crisis, aparece actuando el pecado de injusticia, de insolidaridad, de falta de caridad, es decir, de amor sacrificado ¡de amor verdadero!, a la vez que se asoma la figura y la conducta de los hombres de mala conciencia, del pecador obstinado en “sus obras muertas”.
3. Dolorosa y trágica al máximum es también la situación de los que van a nacer: del hombre en el estadio de mayor indigencia y desvalimiento. ¡No tiene garantizado el derecho a la vida! Un derecho que es el primero de los derechos de todo ser humano y que precede a todos los demás en el orden de su realización, y, por supuesto, en el orden lógico y ético que los relaciona entre sí.

El número de niños no nacidos a causa del aborto provocado alcanza en la Europa y en la España de los últimos treinta años cifras indecibles; en cualquier caso, enormes. Las nuevas legislaciones en vez de corregir y rectificar este curso fatídico del ordenamiento jurídico en el sentido de un pleno reconocimiento del derecho a la vida de todo ser humano, como un derecho fundamental, anterior al Estado y a la sociedad, lo que hacen es disponerse a ampliar y a facilitar los cauces legales para esa práctica tan terriblemente deshumanizadora para la propia mujer afectada y para la sociedad que la permite, tolera y acoge sin excesivos remordimientos de conciencia. Lo más triste de lo que está sucediendo es, a fin de cuentas, el grado de la aceptación social del aborto por amplios sectores de la opinión pública. Aquí es, pues, donde entran en juego principalmente nuestras responsabilidades de fieles y ciudadanos católicos que saben y conocen la gravedad del mandamiento de Dios que es quebrantado y que conlleva una profunda negación de la caridad cristiana y, consiguientemente, el desprecio de Aquél que dio su vida para que tengamos vida y vida abundante, Jesucristo, nuestro Señor, presente con el sacrificio de su Amor, en este Santísimo Sacramento que hoy adoramos y veneramos de nuevo como “el Sacramento del Amor de los Amores”. Seamos conscientes de que la hora presente en la que estamos viviendo es de un innegable dramatismo, lacerante y cruel. ¡No cerremos los ojos a la realidad que nos circunda! Si nuestra adoración eucarística es vivida en verdad, con la conciencia purificada de “nuestras obras muertas” por el Sacramento de la Penitencia, aportaremos a nuestros hermanos, dentro y fuera de nuestras comunidades eclesiales, un testimonio gozoso de esperanza, tanto más creíble cuanto más se traduzca en una conversión sincera de nuestras vidas y en un cambio de dirección de nuestras miradas, para que vuelvan a fijarse en las necesidades y miserias corporales y espirituales de los que nos rodean y de la entera sociedad, con la voluntad dispuesta a aliviarles y curarles con verdadero amor.
4. La celebración de la Solemnidad del Corpus de este año nos compromete a ver con mayor profundidad espiritual y apostólica el nexo íntimo que existe entre la Adoración eucarística, auténticamente amorosa y contemplativa, y una eficaz acción práctica a favor de nuestros hermanos necesitados, configurada como amor cercano y concreto. Es este amor no calculado, gratuito, desprendido y cordial –del que no sólo da de lo que tiene sino que también se da a sí mismo– el que, en definitiva, se revela como sólo capaz de sanar y de transformar profundamente las vidas de las personas y los estilos, costumbres y estructuras, socio-económicas, culturales e ideológicas, tan duras e inhumanas, en las que estamos inmersos. Nuestro Santo Padre nos enseña al respecto en su Exhortación postsinodal “Sacramentum Caritatis” que “cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante” (n. 86). “La unión con Cristo –añade más adelante– que se realiza en el Sacramento nos capacita también para nuevos tipos de relaciones sociales: ‘la mística’ del Sacramento tiene un carácter social” (n. 89). Sí, queridos hermanos, sólo “un nuevo tipo de relaciones sociales”, “el tipo eucarístico”, inspirado y modelado por la ley nueva del amor de Cristo y por su gracia, está en condiciones, de devolver la esperanza a tantas personas heridas por la desgracia de la pérdida del trabajo, por la ruptura familiar y matrimonial, por el desprecio del derecho a la vida que deja impresas para siempre tan hondas heridas en el alma de la madre que decide o consiente la eliminación de la vida del hijo que lleva en sus entrañas. Estar al lado de los que sufren, acercarse a ellos personalmente, ayudar con todo lo que se tienen y con lo que se es a estos hermanos y hermanas, actuar con delicadeza y respeto, pero con firme y valerosa fortaleza en los campos de la vida pública más importantes –espiritual, socio-político y jurídico– buscando, labrando y esperando firmemente una verdadera renovación ética y espiritual de la conciencia social, es el camino ineludible para ir tejiendo con éxito ese nuevo tipo de relaciones humanas que tanto necesitamos y que son posibles si se vuelve a una vivencia auténtica de la espiritualidad eucarística. Sí, enraizados en la celebración frecuente y fervorosa del “memorial de la Pasión de Jesucristo”, del Sacramento de la Eucaristía, podremos ser testigos fieles y activos de la Nueva Alianza para nuestro tiempo: testigos de la Alianza salvadora establecida para siempre por el sacrificio de Cristo en la Cruz. En ella hemos entrado por la purificación de nuestros pecados el día de nuestro Bautismo. De ella hemos recibido el Don del Amor: la nueva vida y la libertad de los hijos de Dios. Vida y libertad que se alimentan y robustecen en el sacrificio y banquete eucarísticos constantemente.
5. No es la sangre de animales, que ofrecía Moisés para sellar la Alianza con el Pueblo elegido, la que nos posibilita el cumplimiento de la voluntad de Dios, sino la sangre de Cristo, del mismo Hijo Unigénito de Dios hecho hombre, derramada por nosotros y por todos los hombres para la redención de los pecados, en virtud de la cual somos y vivimos llamados para la realización universal, siempre más grande, de la vocación para el Amor. Los israelitas no eran capaces de cumplir la ley de Dios que se les había entregado en el Sinaí. Les faltaba la plenitud de la gracia. Ahora sí, todos nosotros podemos cumplir esa ley en la forma nueva del Evangelio y, por tanto, con una fidelidad que no rebaja el contenido de ninguno de sus preceptos, más aún que la vive con una superabundancia espiritual que sólo conoce una medida: el Amor del Corazón de Jesús.

Vivir el Amor en toda su verdad no es un imposible, antes bien, es la vocación propia del hombre, llamado a ser hijo de Dios por adopción. Esta vocación, que reciben todos los cristianos por el Bautismo, es la vocación para la verdadera santidad. ¡Es nuestra vocación! Brilla hoy con luz inconfundible cuando celebramos con el esplendor de la liturgia del “Corpus Christi” el Sacramento de la Eucaristía ¡el Sacramento del “Amor de los amores”!
6. Retornemos a la narración de San Marcos, a aquel primer día de los ázimos, en el que Jesús, en la víspera de su pasión y muerte en la Cruz, invita a sus discípulos a la Cena de Pascua, su última Cena con ellos…: “no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Ese día, queridos hermanos y hermanas, nos lo anticipa y nos lo regala constantemente en la celebración de la Eucaristía, que encuentra en esta solemnísima Fiesta del “Corpus Christi” una bellísima expresión. A María, su Madre y Madre de la Iglesia, Virgen de La Almudena, “la Mujer Eucarística”, como la denominaba el Siervo de Dios, Juan Pablo II, nos confiamos. A ella confiamos también, con todo el ardor de nuestras plegarias, a tantos hermanos necesitados material y espiritualmente. María sabe muy bien cómo abrir nuestro corazón para que sepamos acercarnos a la Mesa Eucarística del Sacrificio de su Hijo, el Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, y recibir su Cuerpo y beber su Sangre, hoy y todos los días de nuestra vida, de modo que nos mostremos dispuestos a dejarnos prender e inflamar por el fuego del amor del Sagrado Corazón de su divino Hijo Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, y así, consecuentemente, nos decidamos eficaz y valientemente a ser los protagonistas de una nueva civilización: “la civilización del amor”.

Amén.