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Jornada PRO ORANTIBUS. “Sólo Dios basta” “Sólo Dios”

“Sólo Dios basta”
“Sólo Dios”

Jornada PRO ORANTIBUS
19 de junio de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas:

La vida consagrada contemplativa, de monjes y monjas de clausura, es fundamental para la acción apostólica de la Iglesia y para la propia vida cristiana: para nuestra propia vida.

En la solemnidad de la Santísima Trinidad, cuando las diócesis de la Iglesia en España, por acuerdo de la Conferencia Episcopal, celebran la Jornada “Pro Orantibus” (por quienes oran), damos gracias a Dios por tantas personas que han respondido a su llamada, abrazando la vida contemplativa y ofreciéndose con todo lo que son por nuestra salvación y la del mundo entero.

Al mismo tiempo, queremos poner la vida consagrada contemplativa ante los ojos y el corazón de jóvenes para que, conociéndola mejor y amándola más, puedan experimentar la misma llamada que quienes a lo largo de la historia ingresaron en monasterios de clausura.

La vida consagrada contemplativa da testimonio de que Jesucristo es el primero y de que no hay que anteponerle nada; quienes la profesan en un monasterio han comprendido que el Señor merece la entrega de la vida entera: en la oración y el trabajo, la penitencia y el sacrificio. Vida ofrecida con la alegría inagotable de hacerse víctima y oblación “por Él, con Él y en Él”.

Los santos que vivieron este modo específico de vida consagrada en la Iglesia supieron expresar la preeminencia de Dios en la existencia del hombre con pocas palabras. En el siglo XVI Santa Teresa de Jesús, la profunda reformadora del Carmelo, lo decía con el conocido: “Sólo Dios basta”; y en el siglo XX San Rafael Arnáiz, el joven trapense canonizado por Benedicto XVI recientemente, con la bella fórmula: “Sólo Dios”. Los dos, Patronos de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Amar así a Dios −¡“Sólo Dios”!− que “es Amor” y sin el cual ningún amor es verdaderamente “Amor”, encarna y manifiesta la dimensión esponsal de la vida monacal como la expresión más completa y lúcida de lo que le debe la Iglesia, “esposa”, al Señor Jesucristo, “el esposo”.

De modo eminente, la dimensión esponsal de la Iglesia florece en cada monasterio de monjas de vida contemplativa, incluso visiblemente, como enseña el Beato Juan Pablo II en su magisterio de los últimos años: “Por medio de la clausura, las monjas llevan a cabo el éxodo del mundo para encontrar a Dios en la soledad del ‘desierto claustral’, que comprende también la soledad interior, las pruebas del espíritu y la dificultad cotidiana de la vida común (cf. Ef 4, 15-16), compartiendo de modo esponsal la soledad de Jesús en Getsemaní y su sufrimiento redentor en la cruz (cf. Ga 6, 14). Además, las monjas, por su misma naturaleza femenina, manifiestan más eficazmente el misterio de la Iglesia ‘Esposa Inmaculada del Cordero Inmaculado’, reconociéndose a sí mismas de manera singular en la dimensión esponsal de la vocación íntegramente contemplativa” (Instrucción “Verbi Sponsa”, 4).

Las monjas de vida contemplativa presentan al Señor, cada día, las ocupaciones y las preocupaciones de toda la Iglesia, que se hace eco de las esperanzas y de las dificultades del mundo. Hay una relación íntima y fecunda entre la oración de los contemplativos y la misión apostólica de la Iglesia para la salvación de todos. Nada de cuanto sucede o de cuanto podría mejorar en la Iglesia y en su servicio salvador al mundo, les es ajeno; al contrario, todo lo sienten cercano en el Corazón de Cristo.

Si en cada iglesia diocesana un monasterio de clausura es un don de Dios, qué diremos de la de Madrid que cuenta con la gracia de tres monasterios de monjes (Benedictinos) y treinta y cuatro de monjas (uno de Agustinas, dos de Agustinas Recoletas, dos de Benedictinas, uno de Carmelitas, cuatro de Carmelitas Descalzas, dos de Cistercienses, tres de Clarisas, uno de Comendadoras de Santiago, cuatro de Concepcionistas, dos de Dominicas, dos de Jerónimas, uno de Mercedarias, uno de Oblatas de Cristo Sacerdote, uno de Pasionistas, uno de Redentoristas, uno de Religiosas de la Cruz, tres de Salesas, uno de Servitas y uno de Trinitarias).

Durante estos tres años de preparación para la Jornada Mundial de la Juventud con el Santo Padre en Madrid, la labor pastoral de toda la Archidiócesis y, en especial, de tantos voluntarios, ha sido sostenida por la oración de nuestros monjes y monjas madrileños, unidos a los de toda la Iglesia en España y en el mundo. Estamos seguros de que, cuanto más se acerca el momento de la llegada del Papa Benedicto XVI para el encuentro con los jóvenes, venidos de todos los países de la tierra, en lo que será un acontecimiento inolvidable de gracia y bendición para ellos y para toda la Iglesia, la oración y el sacrificio de cada monasterio, acrecentados incesantemente, son la garantía de los frutos espirituales que esperamos de Dios en esos días de una singular presencia del Señor en medio de ellos.

Durante la semana de la Jornada Mundial, del 16 al 21 de agosto próximo, los monasterios de la archidiócesis de Madrid mantendrán de forma continuada la oración ante el Santísimo Sacramento, expuesto solemnemente, para interceder por los jóvenes que participarán en las catequesis de señores cardenales, arzobispos y obispos procedentes de diversas naciones y lenguas, que tendrán abundantes ocasiones para acceder al Sacramento de la Penitencia y que, sobre todo, formarán la gran asamblea litúrgica de las celebraciones que presidirá el Santo Padre. Como en las otras Jornadas Mundiales de la Juventud, también en Madrid el Señor hablará al corazón de muchos jóvenes y muchas jóvenes, llamándoles a seguirle en esa hermosa vocación de monjas y de monjes en los monasterios de vida contemplativa, imprescindible para la fecundidad pastoral de la acción misionera de la Iglesia. Su respuesta no se hará esperar. La vida contemplativa, como escribía Santa Teresa del Niño Jesús, permite, además, ser fuente fecunda de todas las demás vocaciones con las que el Espíritu Santo anima el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, al poder estar y vivir “en el corazón de la Iglesia”.

“Ser el amor en el corazón de la Iglesia” significa vivir el misterio de Dios en sí mismo, es decir, el Misterio de la Santísima Trinidad: ¡el misterio central de la fe y de la vida cristiana! Dios es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Jesús, Dios y hombre verdadero, nos ha revelado a Dios Padre y nos ha enviado desde el Padre al Espíritu Santo, Dios, que nos abre al conocimiento y al amor del Padre y del Hijo. Veneramos, pues, y adoramos a un solo Dios en la Trinidad: a las tres divinas personas que son un solo Dios verdadero.

La vida consagrada contemplativa en la Iglesia nos acompaña y nos sustenta para que cada uno de nosotros en las diversas vocaciones, ministerios y carismas de la Iglesia creamos, esperemos y amemos a la Santísima Trinidad y edifiquemos nuestra vida únicamente en Dios en medio de las vicisitudes de este mundo. Como vivió sólo en Dios Santa María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, y Madre nuestra, que, llevada ya al cielo en cuerpo y alma, vive gloriosa en Dios para interceder por nosotros.

Que Santa María, a quien en la Iglesia en Madrid invocamos bajo la advocación de La Almudena, nos ayude a comprender y a vivir con las monjas y monjes de vida contemplativa que “Sólo Dios basta”: ¡“Sólo Dios”!

Con mi afecto y bendición,