Discurso Inaugural XCVIII Asamblea Plenaria de la CEE

Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos,

Señor Nuncio,
colaboradores de esta Casa,
señores y señoras:

La Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal comienza hoy, según el calendario previsto, su nonagésima octava reunión ordinaria. Al tiempo que agradezco a nuestro Señor que podamos encontrarnos una vez más para ayudarnos en nuestro servicio al Pueblo de Dios, doy a todos los Hermanos obispos la más cordial bienvenida y saludo con todo afecto a quienes nos acompañan en esta sesión inaugural.

Deseo comenzar notando que se encuentra por primera vez entre nosotros el señor obispo de Huesca y de Jaca, Mons. D. Julián Ruiz Martorell, consagrado el día 5 de marzo en la catedral oscense; y también el señor obispo de Tarazona, Mons. D. Eusebio Hernández Sola, consagrado el 19 de marzo en Veruela. Para ellos nuestra más cordial enhorabuena y nuestras oraciones. Mons. D. Rafael Zornoza Boy ha tomado posesión de la diócesis de Cádiz-Ceuta el pasado día 22 de octubre. Encomendamos al Señor la nueva misión que le ha sido confiada. En las manos del Padre de las misericordias y de todo consuelo ponemos el alma de los dos Hermanos que han muerto en estos meses: el obispo, emérito, de Guadix, Mons. D. Juan García-Santacruz Ortiz, fallecido el 12 de marzo, y el arzobispo, emérito, de Valencia, cardenal D. Agustín García-Gasco Vicente, fallecido el 1 de mayo en Roma. Descansen en paz

 

I. “Una verdadera cascada de luz”: la JMJ Madrid 2011

Comenzamos nuestros trabajos de esta Asamblea de otoño, cuando todavía no se han apagado los ecos de la sonora riada de jóvenes de todo el mundo que el pasado mes de agosto se dieron cita en Madrid, respondiendo a la llamada que Su Santidad el papa Benedicto XVI les había lanzado desde Sydney en 2008. Acudieron por centenares de miles, contentos de venir a la gran fiesta de la Jornada Mundial de la Juventud, deseosos de encontrarse con sus coetáneos del orbe católico y de celebrar su fe en Jesucristo en esa asamblea tan especial que es la Jornada Mundial de la Juventud, sin avergonzarse en absoluto de mostrar ante el mundo entero su pertenencia al Señor y a la Iglesia.

Madrid y España entera quedaron gozosamente sobrecogidas; en particular, nuestras comunidades eclesiales: ¡hay una juventud de hoy, alegre, educada, sacrificada, expansiva y comunicativa que es Iglesia al cien por cien! ¡Es posible transmitir la fe a las nuevas generaciones! Mejor dicho: ¡son los mismos jóvenes quienes se han convertido en evangelizadores de sus compañeros y de los mayores! De este modo somero podemos describir los efectos más externos y generales de aquella gracia extraordinaria, de un valor espiritual y pastoral inmenso -¡incalculable!- que ha sido la XXVI Jornada Mundial de la Juventud no solo para Madrid, para las diócesis de su provincia eclesiástica y para todas las diócesis de España, sino también, sin duda alguna, para toda la sociedad española.

1.- Preparación espiritual, pastoral y apostólica

Antes de la semana del 18 al 20 de agosto -cuando tuvo lugar, propiamente hablando, la JMJ- la Iglesia que peregrina en España vivió un intenso proceso de preparación espiritual, pastoral y apostólico, acompañado por la necesaria organización técnica y de comunicación social. Recordemos los momentos más sobresalientes de esa preparación.

En primer lugar, hay que mencionar la peregrinación de la Cruz de las Jornadas Mundiales y del Icono de la Virgen por toda la geografía española a lo largo de dos intensos años. El camino comenzó en Roma, el domingo de Ramos de 2008, cuando los jóvenes y el arzobispo de Sydney, sede de la anterior Jornada Mundial, hicieron entrega de la Cruz y del Icono a los jóvenes y al arzobispo de Madrid, en presencia del Papa. Allí arrancó su recorrido por todas las diócesis de España, a partir de las de Madrid. Vosotros, queridos hermanos en el episcopado, sabéis bien lo que supuso aquella peregrinación. Muchos habrían deseado que la Cruz y el Icono se hubieran podido quedar por más tiempo. Su presencia fue ocasión para un espléndido testimonio público de la fe, para la adoración orante y para la penitencia que sigue a la conversión; todo protagonizado por los jóvenes de las diversas comunidades diocesanas, que participaron en los actos con un fervor y afluencia desconocidos, junto con padres, educadores y sacerdotes.

En segundo lugar, no podemos dejar de mencionar la caudalosa corriente de oración e intensa plegaria que surcó sin parar los campos de nuestras Iglesias diocesanas en aquel tiempo de preparación. Ocupan aquí un lugar eminente las comunidades de religiosas contemplativas de toda España, pero tampoco se pueden olvidar tantas y tantas comunidades parroquiales, asociaciones piadosas, de apostolado, etc.; y tantas almas, que presentaron en escondido su oración al Padre, haciendo ofrenda personal de sus vidas por los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud. Solo Dios sabe los nombres de todos ellos. Pero estamos seguros de que sin el fluir de la oración y del sacrificio así ofrecidos no hubiera sido posible el acontecimiento de gracia que se nos ha dado vivir.

En tercer lugar, ya a las puertas de la semana culminante de Madrid, tuvieron lugar los llamados “Días en las Diócesis”. Fueron días en los que las comunidades diocesanas pudieron recoger los frutos de maduración interior y de compromiso apostólico a los que había conducido la peregrinación previa de la Cruz y el Icono de la Virgen por toda España, cuando llegó el momento de acoger a jóvenes peregrinos venidos de todos los puntos del planeta, en número cercano a los doscientos mil. A estos jóvenes se les ofreció la posibilidad de un encuentro vivo con la historia y la realidad presente de la Iglesia en las distintas ciudades y lugares de España, con sus parroquias, familias, jóvenes, etc. Las comunidades locales, que con tanta generosidad abrieron sus puertas a los peregrinos, se vieron agraciadas, en un ejemplar intercambio de dones, con el entusiasmo de quienes llegaban dispuestos a celebrar la fiesta de la fe, vivida y proclamada en la comunión de la Iglesia católica, celebrada en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía y manifestada y verificada en la fraternidad y la amistad compartida. Todo ello contagió ya en aquellos días a muchos pueblos y ciudades de la alegría de la vida cristiana, públicamente expresada, y les ayudó a redescubrir en su propia casa la riqueza humana del impagable tesoro de la fe en Jesucristo. Parecía como si el lema de la JMJ 2011 -“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”- brillase ya por toda la geografía española, vertiendo su luz bienhechora sobre todos, especialmente sobre los jóvenes.

2. Y llegamos a la semana de la JMJ en Madrid

a) Para ir a lo esencial de lo acontecido en los días de la JMJ, nada mejor que las mismas palabras pronunciadas por el Santo Padre, el papa Benedicto XVI, en la audiencia general del miércoles 24 de agosto, en Castelgandolfo, cuando hizo un primer balance de los que él calificaba como «extraordinarios días transcurridos en Madrid para la Jornada Mundial de la Juventud». «Fue, y lo sabéis -decía- un acontecimiento eclesial emocionante. Cerca de dos millones de jóvenes de todos los continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: una verdadera cascada de luz».[01]

Efectivamente, eso fue lo esencial que vivimos en aquellos días inolvidables y lo que hemos podido comprobar por nuestra propia vivencia pastoral de los mismos: ¡un acontecimiento eclesial emocionante, una experiencia festiva y un echar raíces en el Señor!

Fue un acontecimiento eclesial emocionante, porque pocas veces se tiene la ocasión de poder vivir así, en toda su plenitud católica, la comunión de tantos, de todos en la Iglesia con quien es su Cabeza y Pastor visible, el Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Pocas veces se tiene la experiencia de que tantos pastores, con  tantos fieles, hagan visible en torno a Pedro la comunión católica: no anduvieron lejos del millar los obispos llegados de todo el mundo; y fue notabilísimo el número de sacerdotes, cercano a los catorce mil. Fueron también muchos consagrados y guías de la juventud los que acompañaron a los jóvenes en esta magna asamblea. No hay duda: los jóvenes son los protagonistas de la JMJ. Pero la JMJ no ha sido una concentración azarosa y amorfa; la JMJ ha sido una gran asamblea de comunión eclesial. Los números no valen solo de por sí: no se trata antes que nada de enumerar grandes cifras. Lo importante ha sido la cualidad eclesial de los grandes números. Lo emocionante ha sido el buen ser Iglesia de tantos y tantos jóvenes en torno a Pedro, con sus pastores y con sus educadores en la fe, poniendo de relieve que la Iglesia, en su comunión jerárquica, es un don inapreciable de Dios para la humanidad.

La Jornada fue una experiencia festiva: sencillamente, ¡una Fiesta, con mayúscula! Porque hizo aflorar desde el fondo de tantas almas jóvenes la inconfundible verdadera alegría de la fe: esa que es posible vivir en la generosidad del sacrificio y en las contrariedades personales y sociales e incluso en la persecución; porque es la alegría que brota del existir personal en Cristo, en quien se ha encontrado al Hermano, con quien somos hijos del Padre; al Amigo, que da su sangre redentora por nosotros y nos fortalece con su Espíritu; al Señor, a quien es posible consagrar por entero la vida y la muerte. El encuentro con Cristo se celebra festivamente en el sacramento del perdón y en la participación activa en la mesa del sacrificio eucarístico. En este contexto, la consagración que el Papa hizo de los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús, ante la custodia, en la Vigilia de Cuatro Vientos, adquirió un relieve y una fuerza totalmente única: «mira con amor a los jóvenes aquí reunidos -rogaba el Papa-. Han venido para estar contigo y adorarte. Con ardiente plegaria los consagro a tu Corazón para que, arraigados y edificados en ti, sean siempre tuyos, en la vida y en la muerte».[02]

La JMJ, en fin, si fue una emocionante experiencia eclesial y una fiesta perfecta es porque ha pivotado sobre la edificación de la vida de los jóvenes en Cristo, piedra angular de todo el edificio. Todo tiende en la JMJ a ese fin. En la Misa de inauguración de la Jornada, el obispo diocesano de Madrid, al dar la bienvenida a los jóvenes, centró su homilía precisamente en este punto, en el que se halla «la clave del éxito de toda Jornada Mundial de la Juventud», es decir, en «dejarse encontrar por Él»,[03] por el Señor. Se celebró la Misa de la memoria del beato Juan Pablo II, el providencial iniciador de las Jornadas Mundiales, un “valiente de Cristo” a quien nada pudo apartar de su amor, hecho en el que radica el secreto de la confianza que los jóvenes le otorgaron y el amor de él por los jóvenes, a quienes no dudó en desafiar en nombre de la Verdad salvadora del Evangelio, que es Cristo mismo.

En esa dirección fueron también las catequesis que los obispos de todo el mundo impartieron en las más variadas lenguas de la tierra en cerca de trescientos lugares: iglesias y otros grandes espacios. La afluencia de los jóvenes fue masiva. Las comunidades que los acogieron quedaron edificadas por la devoción, la alegría y la dedicación con la que tantos chicos y chicas escuchaban la explanación multiforme del lema de la Jornada: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Escuchaban, compartían y celebraban la eucaristía todos los días.

El sacramento de la reconciliación se celebró esos días por todo Madrid, Alcalá y Getafe, convertidas en un gran templo de templos. Pero tuvo especial significado la “Fiesta del Perdón”, como se llamó a la celebración continuada y plurilingüe de confesiones en el parque del Retiro, transformado en lugar abierto para el encuentro con el Amor misericordioso de Dios.

Naturalmente, los encuentros y las celebraciones con el Santo Padre constituyeron los momento culminantes, que abrieron el espacio litúrgico, piadoso y espiritual para el gran sí a Cristo: el personal e íntimo y el público y manifiesto, delante de los ángeles y de los hombres: ¡delante de todo el mundo! Recordémoslos brevemente.
b) Benedicto XVI fue acogido por los jóvenes en la emblemática plaza madrileña de Cibeles, después de que también el pueblo de Madrid le hubiera tributado un recibimiento masivo, cálido, emotivo y entusiasta en su recorrido por las calles de la ciudad desde el aeropuerto de Barajas a la Nunciatura y, de nuevo, desde la Nunciatura hasta la Puerta de Alcalá. En medio de la incontenible emoción de aquel primer encuentro, el ambiente se llena de gestos simbólicos, y la música, bella y festiva, elevaba los espíritus. En la liturgia de la Palabra, el Papa, glosando la parábola de la casa edificada sobre roca (cf. Mt 7, 24-27), invitó sin rodeos a los jóvenes: «Sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre la roca firme, que es Cristo». «Él no enseña lo que ha aprendido de otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del hombre hacia Dios».[04] Ese es el camino de la felicidad y de la libertad -les recordaba- no el de creerse dioses que «desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no».[05]

En el monasterio de San Lorenzo de El Escorial el Papa sostuvo sendos encuentros con religiosas y profesores universitarios jóvenes. El entusiasmo fue indescriptible en ambos casos. El Santo Padre les emplazó a vivir a fondo su vocación, con fidelidad generosa a Jesucristo y a la Iglesia. A ellas les recordó que la radicalidad evangélica de la vida consagrada «significa ir a la raíz del amor a Jesucristo, con un corazón indiviso, (…) con una pertenencia esponsal como la que han vivido los santos». Lo cual «cobra una especial relevancia hoy, cuando se constata una especie de eclipse de Dios».[06] A los profesores les animó a ejercer como verdaderos maestros, hablándoles de que su tarea de universitarios consiste en la búsqueda de la verdad, antes que de la eficacia instrumental; y de que la verdad es inseparable del bien. Por eso -les dijo- «no debemos atraer a los estudiantes hacia nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos; (…) a Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad».[07]

El Santo Padre presidió el ejercicio del viacrucis que, en la tarde del viernes, discurrió, en medio de un gran silencio, entre las plazas de Colón y Cibeles. Al final, invitaba a los jóvenes a llenarse del amor a Cristo, para entregarse, con Él, al amor a los hermanos: «La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes. Al contrario, se hizo uno de nosotros para poder compadecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre; (es) el consuelo del amor participado de Dios, y así aparece la estrella de la esperanza».[08]

En la mañana del sábado, la catedral de Madrid no podía contener a los miles de seminaristas, venidos de todo el mundo, que llenaban también la explanada a la que el templo se abre, para participar en la celebración de la Santa Misa, presidida por Benedicto XVI. El Papa les dijo que «al veros, compruebo de nuevo cómo Cristo sigue llamando a jóvenes discípulos para hacerlos apóstoles suyos»; les recordó que «como seminaristas, estáis en camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre»; y, por eso, les exhortó a «configurarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima; la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida».[09] «Una vida así, a pesar del posible ambiente adverso e incluso del menosprecio, será nueva y atractiva para quienes buscan a Dios» -concluyó el Papa.

Por la tarde, de camino hacia el aeródromo de Cuatro Vientos, donde iba a tener lugar la gran Vigilia de oración, el Papa hizo un alto en la Fundación Instituto San José para visitar a los jóvenes y mayores discapacitados y enfermos que son atendidos allí. Les dijo que se encontraba agradecido al Señor por haberlos conocido. El dolor y la enfermedad, particularmente cuando se hace presente en vidas jóvenes -dijo el Papa- «suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre a la salvación». Citando su encíclica Spe salvi, recordó que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con quien lo padece».[10]

La Vigilia de Cuatro Vientos ofreció un espectáculo inolvidable. La inmensa asamblea, multicolor y universal, soportó primero uno de los días más calurosos del verano madrileño, y luego fue azotada por una corta pero fuerte tormenta veraniega, de lluvia y viento. Algunos jóvenes de los cinco continentes tuvieron tiempo de formular al Santo Padre sus inquietudes, dudas y problemas personales o procedentes de los desafíos de su entorno. La respuesta fue, de hecho, la exposición del Santísimo en la majestuosa custodia toledana de Arfe y la adoración en emocionante silencio de los dos millones congregados, estando a la cabeza de todos el Papa, arrodillado, clavado ante el Señor, con sus jóvenes, mientras ya amainaba la tempestad. «Os doy las gracias por el maravilloso ejemplo que habéis dado -dijo el Santo Padre al despedirse-. Igual que esta noche, con Cristo podréis siempre afrontar las pruebas de la vida».[11]

La mañana del domingo amaneció radiante. Era el momento de la celebración de la eucaristía de clausura de la JMJ, de despedida y de envío. Era el momento del sí clamoroso a Jesucristo resucitado y a su llamada, a seguirle por la senda de la santidad y del compromiso apostólico en la comunión de la fe de la Iglesia, cuya roca firme es la confesión de fe de Pedro (cf. Mt 16, 13-20). «No se puede seguir a Jesús en solitario -comentó el Papa-. Quien cede a la tentación de ir por su cuenta o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. (…) Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha permitido conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor».[12]

No podía el Papa volver a Roma sin haberse encontrado con los voluntarios que ayudaron decisivamente al buen desarrollo de la JMJ. Camino del aeropuerto de Barajas hizo un alto en la Feria de Madrid, donde le esperaban en un gran pabellón miles de aquellos chicos y chicas de la camiseta verde. Fue una despedida intensa, como a un gran amigo. El Papa les dio las gracias, pero les hizo también una última petición: es -les dijo- «la misión del Papa, el Sucesor de Pedro, (…) que respondáis con amor a quien por amor se ha entregado por vosotros». Y precisó, como resumiendo todo: «Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esta inquietud, dejaos llevar por el Señor».[13]

 

 

II. Los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011

1. Frutos inmediatos y de fondo

No podemos desperdiciar la gracia tan singular de la JMJ de Madrid, a la que el Papa ha calificado como «una estupenda manifestación de fe para España y, ante todo, para el mundo».[14] Hemos de recoger sus frutos y hemos de aprovechar el impulso apostólico que de ella se deriva para proseguir con decisión y confianza la tarea de la nueva evangelización en todos los campos, pero, en particular, en la pastoral juvenil.

No es posible medir ni contar los efectos exactos que la gracia de la JMJ haya podido tener en el corazón de los fieles, jóvenes y mayores. Pero sí sabemos que son muchos los jóvenes y los mayores que han sido tocados por esa gran manifestación de fe; y que no son pocas las conversiones que se han operado y que seguirán produciéndose gracias a ella. Muchos han vuelto a recibir los sacramentos mejor preparados, y otros se han acercado por primera vez o desde hacía mucho tiempo a ellos como, por ejemplo, a la confesión. Consta que hay lugares donde se ven ahora colas junto a los confesionarios. Se han suscitado o decidido vocaciones para el sacerdocio y para la vida consagrada en jóvenes que ya han dado el paso; otros disciernen todavía el camino que deben seguir y no excluyen que el Señor les llame para alguna especial consagración. Muchos han visto con mayor claridad la belleza del matrimonio y de la familia, vividos como vocación cristiana, que es la de ellos y que tan urgentemente necesita nuestra sociedad.

Tampoco es del todo posible calibrar con precisión las consecuencias espirituales de la profunda impresión que causó en toda la sociedad el estilo y calidad humana y religiosa de una juventud tan numerosa y sorprendentemente pacífica, solidaria, generosa y alegre que convirtió toda la ciudad de Madrid y alrededores en escaparate de una forma de vivir que irradia esperanza y entrega para el trabajo, el servicio y la convivencia. Se trataba, sin duda, de una especial manifestación de la “humanidad nueva” que nace y se desarrolla con la fe en Cristo, vivida con autenticidad.[15] Tal manifestación pública no puede dejar de ayudar mucho a la obra de la nueva evangelización.

2. En la perspectiva del crítico momento social que vivimos

La Jornada Mundial de la Juventud ha supuesto, sin duda, para la Iglesia que peregrina en España un formidable impulso apostólico que la ha llenado de ilusión y de esperanza. Incluso toda la sociedad se ha visto como aliviada, cuando atravesamos momentos de tensiones y dificultades. No podemos olvidar la gravísima crisis económica, descubierta ya en el verano de 2008, que no hace más que agravarse en toda Europa y también en España. Urge intensificar nuestra respuesta pastoral.

Los impulsos procedentes de la JMJ ayudarán, en efecto, a acrecentar la implicación de todos en el servicio de la caridad y de la solidaridad con los que más sufren los efectos de la crisis. Es necesario seguir incrementando los recursos económicos, a través de nuestras Cáritas, pero sobre todo tiene que seguir aumentando el número de personas que se deciden a ofrecer su tiempo y sus conocimientos presentándose como voluntarios de la caridad; se espera, en particular, la contribución personal de los jóvenes.

Pero también continúa, sin duda, siendo particularmente urgente apuntar a las causas más profundas de la crisis, tan claramente señaladas en el magisterio de Benedicto XVI a partir de su encíclica Caritas in veritate, y recogidas por la Declaración ante la crisis moral y económica, publicada por esta Asamblea Plenaria[16]. Se trata, en síntesis, y en el fondo, de la pérdida de valores morales, que va de la mano del relativismo y del olvido de Dios y de su santa Ley, cuyas consecuencias son la corrupción política y económica, la codicia, la búsqueda del propio interés a toda costa, el menosprecio de la vida humana mediante políticas y conductas abortistas y antinatalistas, la desprotección y la disolución institucional del matrimonio y de la familia, la instrumentalización y el deterioro de la educación. Todo ello no puede conducir más que a situaciones sociales y económicas muy delicadas.

Los jóvenes son precisamente los más afectados por ese trasfondo de relativismo moral, de escepticismo espiritual y religioso y de concepción egocéntrica e individualista del ser humano y de la vida, que tanto daño les causa a ellos mismos y al conjunto de la sociedad. Ellos deben ser protagonistas de su propio presente y futuro. Pero para ello es necesario que se les ofrezcan los medios adecuados, empezando por una educación integral, que no se reduzca a una pobre y a veces inmoral transmisión de conocimientos, sino que les capacite para el desarrollo de todas sus posibilidades humanas. Solo así se podrá contar con “hombres rectos” -como dice el Papa- de quienes quepa esperar una justa y solidaria comprensión del bien común y del desinteresado y entregado ejercicio del trabajo y de la autoridad en la sociedad y en la comunidad política.

 

 

III. Hacia el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal

1. La pastoral de la juventud

La pastoral juvenil va bien cuando el conjunto de la vida de la Iglesia tiene buen pulso apostólico. Lo mismo se puede decir de la pastoral vocacional. Pero es necesario prestarles una atención especial. Permítanme trazar algunas pinceladas sobre este tema.

El Plan Pastoral que estamos estudiando prevé la realización de un congreso nacional sobre pastoral de la juventud, que tendría lugar antes de un año, si Dios quiere. Como es sabido, los Planes Pastorales de la Conferencia no pueden ni quieren sustituir a los de las diócesis, ámbito propio de la actividad pastoral directa. El congreso no será, por tanto, un instrumento inmediato de trabajo apostólico con los jóvenes, sino un foro en el que los responsables diocesanos y de otros ámbitos eclesiales puedan reflexionar en común y recibir estímulos para el trabajo que hay que proseguir y mejorar. Parece que, en este contexto, habría que prestar atención a asuntos como los siguientes.

La formación doctrinal ha de ser particularmente cuidada. El Santo Padre ha querido hacer un particular “regalo personal” a todos los jóvenes que participaron en la JMJ de Madrid: y fue precisamente el llamado “Catecismo Joven de la Iglesia Católica” o Youcat. El Papa lo define en el prólogo como un intento de «traducir el Catecismo de la Iglesia Católica al leguaje de la juventud».[17] A este significativo hecho se añade la reciente convocatoria del Año de la fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012, coincidiendo con los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II y los veinte años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de ofrecer una oportunidad a toda la Iglesia de salir al paso de la «profunda crisis de fe que afecta a muchas personas»[18], por medio de una especial confesión y celebración de la fe, a las que irá unido el testimonio correspondiente de la vida (cf. 9). El Año de la fe no es, pues, solo para los jóvenes, ni tiene solo un sentido estrictamente catequético. Sin embargo, el Papa pone un acento especial, para ese Año, en el uso del Catecismo, en los contenidos de la fe y en su mejor transmisión a las generaciones futuras (cf. 10). Subraya, en efecto, que «para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable»; y añade que «el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe» (cf. 12). Será, pues, bueno que, en este marco trazado por el Papa, la pastoral juvenil preste particular atención al conocimiento de los contenidos de la fe, sin el que es difícil, por no decir imposible, la comunión en la Iglesia. Un campo doctrinal especialmente urgente para los jóvenes en las circunstancias actuales es el del Evangelio del amor: la educación para conocer y vivir la verdad del amor humano en Cristo.

Naturalmente, la comunión con Cristo en la Iglesia tampoco es posible sin el cultivo de los otros elementos esenciales de la vida cristiana, como son la participación activa en la liturgia y en la oración. Los jóvenes son capaces de tal participación y están abiertos a comprenderla y a vivirla mejor. Será necesario facilitarles los medios adecuados.

Como hemos recordado hace un momento, el Papa se dirigió a los jóvenes durante la JMJ con un lenguaje estimulante y exigente, para proponerles el camino de la santidad, invitándoles a descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas y a responder con amor decidido. La pastoral juvenil ha de mantener constantemente esa interpelación personal; ha de ser capaz de ofrecer cauces para que los jóvenes puedan acceder al encuentro personal con Dios en Cristo y para ser capaces de ordenar su vida de modo duradero hacia Él. Ese ha de ser el objetivo de todas las actividades, acciones y planificaciones. Que los chicos y chicas, que se encuentran en un momento de la vida en el que han de tomar opciones muy determinantes de toda su existencia, puedan hacerlo en la perspectiva básica de llegar a ser santos en todo: en el estado de vida elegido; en la profesión para la que se preparan o que desempeñan; en el trabajo, en el ocio y en el disfrute de la creación y su belleza; en las relaciones de amistad; en la alegría y en el dolor.

La introducción de los jóvenes a los caminos de una vida cristiana seria, que aspira a la santidad, exige que se les ofrezcan ámbitos donde eso sea realmente factible. Será muy difícil que ese propósito fundamental de la pastoral juvenil cuaje realmente en hechos si los jóvenes participan en actividades apostólicas más o menos esporádicas y quedan luego abandonados a los ambientes y grupos de diversión despersonalizadora e inmoral, o se les deja solos consumiendo su tiempo aislados frente a alguno de sus aparatos informáticos o de comunicación. Es necesario ofrecerles cauces asociativos: a poder ser los ya conocidos y experimentados, sean antiguos o más nuevos, siempre de acuerdo con las enseñanzas y directrices del Papa. No es nada aventurado afirmar que sin tales cauces asociativos no hubiera existido la juventud católica que ha constituido el núcleo motor de la JMJ.

La pastoral juvenil es el marco natural de la pastoral vocacional específica para una vida de especial consagración. Esta resultará muy difícil si aquella no discurre por las vías y los cauces que acabamos de referir. Y, a la inversa, una pastoral juvenil orientada al discernimiento vocacional, dotada de los elementos esenciales de una buena formación doctrinal, litúrgica y espiritual, en un marco de vida que permita desarrollar las virtudes cristianas, ofrecerá una base estupenda para las acciones específicas que ayuden al descubrimiento de la vocación de especial consagración. En esta Asamblea dialogaremos sobre una ponencia titulada “Hacia una renovada pastoral de las vocaciones sacerdotales”.

2. La pastoral del matrimonio y de la familia

Entre los escenarios más importantes de la nueva evangelización, en cuyo marco se desarrollará el Plan Pastoral de nuestra Conferencia, tiene especial relevancia la realidad de una cultura matrimonial y familiar gravemente herida, en España y en el mundo, por el individualismo hedonista y el positivismo jurídico, a los que ha conducido el alejamiento de Dios y de la verdadera humanidad. Esperamos poder abordar con calma en esta Asamblea el estudio del documento acerca de “La verdad del amor humano”, que hubo de ser pospuesto la vez pasada por falta de tiempo.

3. Próximos acontecimientos de relevancia para la Iglesia en España

Además del Año de la fe, convocado por el Papa con ocasión del cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, en los próximos años tendrán lugar otros acontecimientos relevantes que serán tenidos en cuenta en nuestro Plan Pastoral.

Benedicto XVI anunció el pasado mes de agosto en Madrid, al concluir la celebración de la Santa Misa con los seminaristas, que declarará “próximamente”  a san Juan de Ávila doctor de la Iglesia universal. Es un acontecimiento de gracia que traerá consigo muchas bendiciones. La recientemente creada “Junta San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia”, trae a nuestra Asamblea una propuesta de acciones encaminadas a preparar la celebración de la declaración del doctorado que, previsiblemente, tendrá lugar en Roma, y también, a difundir la figura y la doctrina del nuevo doctor. El santo patrono del clero secular español, ahora con una nueva proyección, será sin duda un estímulo para los nuevos evangelizadores que hoy se necesitan.

Por otro lado, en el año 2015 se celebrará el quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, la primera mujer declarada doctora de la Iglesia. Estudiaremos la conveniencia de solicitar la convocatoria de un Año jubilar teresiano, centrado especialmente en el cultivo de la oración, de la que la santa abulense fue y es maestra consumada. En cualquier caso, esta efemérides nos ofrece una ocasión particular para orientar nuestros planes apostólicos de manera más decidida en la perspectiva de la santidad. La figura de la santa abulense ha jugado un papel decisivo en la historia moderna de la mujer en la Iglesia. Su influencia espiritual en ese fascinante panel de mujeres santas, que a lo largo, sobre todo, de los siglos XIX y XX, ha enriquecido a la Iglesia con múltiples iniciativas de caridad, apostólicas y misioneras, ha sido extraordinaria.

Pronto va a hacer un año de la publicación de la Sagrada Escritura. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. La acogida que esta obra ha experimentado es, gracias a Dios, muy buena. También en los países hermanos de lengua española. Ahora, a partir del próximo año, irán apareciendo los nuevos libros litúrgicos, que incorporarán la traducción bíblica de la versión oficial de la Conferencia. Se dará a conocer oportunamente un calendario indicativo de la publicación progresiva de esos nuevos libros. Dios mediante, para el año litúrgico 2012/2013 se podrá disponer ya de los leccionarios básicos para ese año. Estos acontecimientos son también ocasiones hermosas para la nueva evangelización. En concreto, ofrecen la oportunidad de ahondar en el significado de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia[19] y también de la sagrada Liturgia como lugar especialmente apto para el encuentro con Cristo-Verbum Domini: el Verbo eterno del Padre.[20]

 

A modo de conclusión

Con nuestra Asamblea Plenaria ha coincidido el comienzo de un nuevo período político para España, después de las elecciones generales de ayer. Desde nuestro ministerio de Pastores del Pueblo de Dios, deseamos a quienes han sido elegidos para gobernar, en tiempos tan difíciles, acierto, serenidad y espíritu de servicio en su noble y decisiva tarea. Como siempre hace la Iglesia con los gobernantes, les ofrecemos el apoyo espiritual de nuestras oraciones y las de todos los católicos.

Es oportuno recordar aquí algunas significativas palabras pronunciadas en agosto por Su Santidad, el papa Benedicto XVI, en la que también fue una visita suya a España. Al llegar al aeropuerto de Barajas dijo: la fe «es un gran tesoro que ciertamente vale la pena cuidar con actitud constructiva, para el bien común de hoy y para ofrecer un horizonte luminoso al porvenir de las nuevas generaciones. Aunque haya actualmente motivos de preocupación, mayor es el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza, y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas, muy fecundas a lo largo de los siglos».[21]

Al despedirse, antes de volver a Roma, de nuevo en el aeropuerto, decía el Papa: «España es una gran nación, que en una convivencia sanamente abierta, plural y respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma profundamente religiosa y católica. Lo ha manifestado una vez más en estos días, al desplegar su capacidad técnica y humana en una empresa de tanta trascendencia y de tanto futuro como es el facilitar que la juventud hunda sus raíces en Jesucristo, el Salvador».[22]

Ese progreso es el que, con el Papa, los obispos españoles deseamos para nuestra patria y por el que rogamos a Dios. Ofrecemos con ese fin nuestra específica y humilde colaboración. La modélica cooperación de todas las instancias concernidas del Estado, de uno u otro color político, entre ellas y con diversos sectores de la sociedad -no solo con la Iglesia-, puesta de manifiesto con ocasión de llevar a buen puerto la celebración de la JMJ, ha de ser calificada de modélica. Ojalá que pueda repetirse en el futuro, no solo para ocasiones extraordinarias, sino también en la vida de cada día.

Ponemos en manos de santa María el trabajo de estos días. Ella es la estrella de la nueva evangelización.

 

Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela
Cardenal Arzobispo de Madrid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

 

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[01] Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de agosto de 2011, en Ecclesia 3.586/87 (3 y 10-IX-2011) p. 14; y en Benedicto XVI, Discursos en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, edición preparada por Jesús de las Heras Muela, BAC, Madrid 2011, p. 133.

[02] Benedicto XVI, Oración de consagración de los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús, Vigilia de Cuatro Vientos, 20 de agosto de 2011, en Ecclesia 3584/85 (20 y 27.VIII.2011) p. 11; y en Discursos,  BAC, p. 97.

[03] Antonio Mª Rouco Varela, Homilía en la Misa de apertura de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, en Ecclesia 3584/85 (20 y 27.VIII.2011) p. 14; y en Discursos, BAC, p. 20.

[04] Ecclesia, p. 28; Discursos, BAC, p. 51.

[05] Ecclesia, p. 29; Discursos, BAC, p. 53.

[06] Ecclesia, p. 30; Discursos, BAC, p. 58.

[07] Ecclesia, p. 36; Discursos, BAC, pp. 66s.

[08] El Papa cita aquí su encíclica Spe salvi, 39: Ecclesia, p. 37; Discursos, BAC, p. 70.

[09] Ecclesia, pp. 39s; Discursos, BAC, pp. 75 y 77.

[10] Ecclesia, p. 43; Discursos, BAC, pp. 87s.

 

[11] Ecclesia, p. 45; Discursos, BAC, p. 95.

[12] Ecclesia, p. 49; Discursos, BAC, pp. 105s.

[13] Ecclesia, p. 53; Discursos, BAC, pp. 120s.

[14] Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de agosto de 2011, en Ecclesia 35.86/87 (3 y 10-IX-2011) p. 15; y en Benedicto XVI, Discursos BAC, p. 135.

[15] En todo caso, el impacto mediático objetivo fue excepcional: «13 veces mayor que la no selección de Madrid como organizadora de los Juegos Olímpicos y 1,3 veces superior a la beatificación de Juan Pablo II», según un estudio elaborado por la Universidad de Navarra; cf. Ecclesia 3.586/87 (3 y 10-IX-2011) p. 8.

[16] Cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española, 84 (2009) pp. 58-61.

[17] Youcat español. Catecismo joven de la Iglesia Católica. Prólogo del papa Benedicto XVI, Encuentro, Madrid 2011, p. 9.

[18] Benedicto XVI, Porta fidei. Carta apostólica en forma de motu proprio con la que se convoca el Año de la fe, en Ecclesia 3.595 (5.XI.2011) pp. 24-29. Los números indicados en el texto se refieren a los párrafos correspondientes de esta carta apostólica.

[19] Cf. XCI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, Edice, Madrid 2011; y www.conferenciaepiscopal.es/documentos

[20] Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010.

[21] Ecclesia, p. 25; Discursos, BAC, p. 42.

[22] Ecclesia, p. 55; Discursos, BAC, p. 128.