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Mensaje del cardenal, para la Pascua de Resurrección 1998

Un Anuncio de imperecedera actualidad

La noticia de que Jesucristo ha resucitado llena otro año más toda la tierra. Anunciar que Jesús, el Nazareno, en el que tantos de su pueblo -amigos y menos amigos- habían depositado sus más deseadas esperanzas, y a quien incluso habían aclamado como el Mesías esperado, ha resucitado verdaderamente de entre los muertos: he ahí la primera y fundamental misión de Pedro y de los demás apóstoles al iniciarse el tiempo de la Iglesia. Y continúa siéndolo ahora para sus sucesores: el obispo de Roma, Sucesor de Pedro, y los demás obispos que, en comunión jerárquica con él, presiden las Iglesias particulares extendidas por el mundo.

Ese anuncio queremos renovar hoy con toda la frescura de la primera predicación de Pedro el día de Pentecostés: participando de su experiencia personal como una proclamación de la plena verdad y de la imperecedera actualidad de ese acontecimiento central y decisivo en la historia de nuestra salvación.

La experiencia apostólica del primer encuentro vivo con Jesucristo resucitado se entreteje de ansias y esperanzas contenidas, de aceptación humilde de la primera noticia trasmitida por las mujeres más cercanas a Jesús y a sus apóstoles. Su fe en la Resurrección empieza a abrirse paso dando crédito al testimonio de María la Magdalena, de María la de Santiago y la de Salomé, a quienes un joven misterioso y refulgente les aclara ante la tumba vacía del maestro y profeta de Nazaret: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea. De esa forma, por el ejercicio; de una humilde confianza y por la vía intentada e incoada del amor incondicional a semejanza de María, la Madre de Jesús, y del de las demás mujeres del Evangelio, aprendieron cómo se logra abrir los ojos del corazón para poder captar las maravillas de Dios.

Ese camino de la experiencia apostólica del Resucitado queremos -y debemos- reemprenderlo en la presente celebración de la Pascua de Resurrección de 1998. La fe apostólica en el Resucitado es la nuestra. No tenemos otra. Esa fe nos llena del gozo y de la alegría de una Fiesta que ya no concluirá jamás: la Fiesta de la Vida y de la Felicidad eternas.

Hoy también, con los apóstoles y con Pedro ante el mundo, en medio de la Iglesia, entre vosotros los que permanecéis en su comunión, damos testimonio de que Jesucristo, el Señor, ha resucitado de entre los muertos en cuerpo y alma. Jesús se lo iba a mostrar a los suyos fehacientemente, con apariciones de una objetividad inapelable. Esa humanidad de Cristo glorioso era y es la nuestra.

Nuestro testimonio no se refiere exclusivamente a un hecho pretérito de una historia fenecida, sino a un acontecimiento de presencia inmarchitable, actual para nosotros por la mediación sacramental de la Iglesia, que celebra hoy la nueva y definitiva Pascua: la de Jesucristo resucitado. ¡Nos ha resucitado Cristo, nuestra Esperanza! Nos ha resucitado a todos nosotros: los fieles de la Iglesia particular de Madrid, los de la Iglesia católica diseminada por todo el orbe; a todos los cristianos, a todo hombre de buena voluntad que no se proponga rechazarlo. Ha resucitado, de un modo especialmente significativo y real, para los que la noche santa de la Vigilia Pascual han recibido las aguas del bautismo en la catedral de La Almudena, los que renovaron las promesas de su bautismo, los que han sentido y admitido la acción especial de la gracia del Resucitado en sus vidas.

Así, pues, celebremos la Pascua -como nos exhorta el Apóstol- no con la levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y de la verdad.

Entonces comprenderemos y experimentaremos por qué podemos y debemos decirnos, fraternalmente, todos, con verdad auténtica, no simulada: ¡Felicidades! ¡Aleluya!