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El Cardenal
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El Misterio de la Stma. Trinidad y el don de la vida

Mis queridos hermanos y amigos:

Concluida la celebración del Tiempo Pascual con la Fiesta de Pentecostés el pasado domingo, hemos vivido un año más en comunión con toda la Iglesia el Misterio de nuestra Redención: el Misterio de la Pascua de Cristo, de su paso victorioso de la muerte a la Vida por el triunfo de su Cruz y de su Resurrección por nosotros y por nuestra salvación; a fin de que pudiésemos nosotros también pasar de la muerte, producida por el pecado, a la Vida, fruto de la Gracia del Espíritu Santo. Hoy, Domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia nos invita a dirigir la mirada de la Fe al Misterio de Dios mismo de donde procede, mejor, en el que está escondida la única razón -la razón inefablemente divina- del Misterio de nuestra salvación. Sólo en el Misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo se encuentra ese manantial de todo lo que es y de todo lo que somos, de toda verdad y de toda vida, de todo amor, de la creación y de nuestra redención, que tan sublimemente supo cantar San Juan de la Cruz:

“Que bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no lo tiene,
Más sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche”

El hombre moderno ha intentado una y otra vez a través de múltiples -y a veces contradictorias- fórmulas teóricas y prácticas responder a las más grandes y radicales cuestiones de su existencia -las de su origen, su destino, del mundo y de la historia, del dolor, de la enfermedad y de la muerte…- negando a Dios o prescindiendo de él. Ofuscado y embriagado por sus éxitos científicos y técnicos, envanecido por una autosuficiencia ciega y orgullosa, ha creído bastarse a sí mismo para dar sentido a su vida. Los resultados de ese humanismo ateo, con el que se idearon y programaron intelectual y políticamente las experiencias históricas más trágicas de nuestro siglo, están a la vista de todos. Nos cuesta discernirlas y asimilarlas con criterios de valor, auténticamente humanos y éticos, y, mucho más, con espíritu de conversión.
La cultura del “superhombre”, del hombre que lo puede todo, continua actuando en la conciencia colectiva de nuestra sociedad con un vigor sorprendente. Bajo formas más sutiles, que las de comienzo de siglo, pero igualmente destructivas de la dignidad de la persona humana. Las teorías con las que se pretenden justificar las políticas de lo que se llama la liberalización de aborto, son buena prueba de ello. Con las tesis del derecho de la mujer a disponer en ciertas situaciones del hijo concebido en sus entrañas, como si fuera su dueña, se declara en el fondo al hombre con poder último sobre la vida de sus semejantes. El reconocimiento incondicional e inviolable del derecho fundamental a la vida de todo ser humano, el primero en la Declaración universal de los derechos humanos de las Naciones Unidas de 10 de diciembre de 1948, lo que parecía una conquista ética de la humanidad, irreversible, fruto de la lección histórica de la Segunda Guerra Mundial, se va erosionando y perdiendo hasta unos extremos en los que se puede poner precio a la vida del otro y no pasa nada, y donde ya no es viable una paz social verdadera.
La Fiesta de la Santísima Trinidad nos desvela de forma radicalmente nueva cual es la hondura del amor y de la vida divinas, de donde trae su origen la existencia y la salvación del hombre y donde se fundamenta en ultimidad, por lo tanto, su derecho a la vida: en su condición de persona humana creada por Dios como imagen suya desde el momento mismo de su concepción, llamada a participar de su misma vida por la adopción filial, otorgada en su único Hijo, por el Espíritu Santo, que el Padre e Hijo Jesucristo nos han enviado. El Dios Trinitario -el de la Trinidad- es el Dios de la Vida por encima de lo que el ojo vio, el oído oyó y todo lo que el hombre pueda pensar e imaginar (cf. 1 Cor 2,a).
La mirada de la Fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el Misterio de la Trinidad Santísima revelada por Jesucristo, confesada por la Iglesia, debe impulsarnos en la celebración de su solemnidad de 1998 con renovado fervor a la oración de adoración, de alabanza y de acción de gracias; pero también a la de la súplica por el respeto al derecho a la vida especialmente de los más indefensos e inocentes: los que no han nacido.
A “La Iglesia Orante”, la de nuestras comunidades de vida contemplativa, se le pide con una urgencia cada vez más apremiante: rogad por la Vida, suplicad de la Madre del Autor de la Vida, de la que es “vida, dulzura y esperanza nuestra” que abra y mantenga abierto nuestro corazón al don de la Vida.

Con mi afecto y bendición,