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La nueva dirección de la residencia del Cardenal Arzobispo Emérito de Madrid Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, será:

C/ Bailén, 12 8º dcha.

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El Cardenal
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Objetivo de la peregrinación diocesana a Roma

Dominus Jesus: profesar la fe en Jesucristo, el único salvador del hombre

Mis queridos hermanos y amigos:

En nuestra peregrinación diocesana a Roma hemos profesado la fe en Jesucristo, el Salvador del hombre, el único Salvador de todo hombre que viene a este mundo; con el corazón convertido y renovado por la gracia jubilar y en sintonía plena con el Sucesor de Pedro. Él es el que confirma la fe de sus hermanos en la integridad de su verdad y en la energía de la vida que transforma a cada persona y a toda la familia humana.

Hemos confesado a JESÚS, EL SEÑOR, con todo el corazón, con toda el alma y todas nuestras fuerzas en comunión visible con toda la Iglesia y su Pastor universal. El Arzobispo —vuestro Obispo diocesano— con sus Obispos Auxiliares, los miembros del Consejo Episcopal, el Seminario Conciliar con su Rector y formadores y con una nutrida representación de presbíteros, consagrados y fieles laicos hemos proclamado en nuestro propio nombre y en el de toda la comunidad diocesana que Jesús de Nazareth, el Hijo de María, es el Hijo del Dios vivo, que nació, vivió, murió y resucitó por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Lo hemos hecho con la conciencia clara de que en nuestra peregrinación a la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo y a las Basílicas de San Juan de Letrán, de Santa María la Mayor y de San Lorenzo in Dámaso —Iglesia Titular del Cardenal-Arzobispo de Madrid—, se reflejaba el camino jubilar de nuestra entera comunidad diocesana a Roma en este año bendito del Jubileo bimilenario del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Son innumerables las parroquias, asociaciones, instituciones y grupos eclesiales procedentes de Madrid que han traspasado ya los umbrales de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro. Y muchísimos además los católicos madrileños que se han sumado a las grandes peregrinaciones mundiales organizadas con motivo del Año Santo Romano. Evoquemos una vez más a los jóvenes peregrinos de Madrid en la inolvidable XV Jornada Mundial de la Juventud. Me atrevo a afirmar que no ha pasado —ni pasará— un solo día de este gran año jubilar sin presencia de peregrinos madrileños en Roma. Y todo ello con el telón de fondo de la riada incesante de los fieles que acuden a la Catedral de Nuestra Señora de La Almudena para lucrar las gracias del Jubileo.

¡Un hondo e imborrable acontecimiento de fe que nace de las entrañas mismas del Pueblo de Dios en Madrid, y que se expresa y culmina en el testimonio unánime de la Fe de la Iglesia, de la Fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús Señor Nuestro!

La actualidad e importancia del gozo de profesar y vivir la plenitud de la Fe en Jesucristo, Nuestro Señor, al filo del Tercer Milenio de la historia humana, marcada por el signo del cristianismo, se ha puesto de manifiesto estas últimas semanas en un elocuente contraste con la forma tan desagradablemente ácida y tan claramente manipulada de cómo los medios de comunicación social, respaldados por voces de dentro y, sobre todo, de fuera de la Iglesia Católica, han reaccionado a esa Declaración, tan certera y luminosa, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, querida y mandada por el Santo Padre, que lleva el sugestivo título: “Dominus Jesus —Señor Jesús—: sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia”.
*    Profesar la Fe en Jesucristo plenamente significa: reconocer en Él a la Persona del Hijo de Dios hecho hombre, que nos ha salvado con su vida, muerte y resurrección. Significa, en una palabra, reconocerle como el SALVADOR DEL HOMBRE. No a un personaje más, todo lo genial que se quiera, de la historia de las religiones, o a una religión producto de hombres y fruto histórico de una determinada cultura ubicada en un tiempo y un lugar determinado de nuestro mundo.
*    Profesar la Fe en Jesucristo plenamente conlleva, además, por la naturaleza misma de las cosas, al reconocimiento de su presencia y acción salvadora a través de su Iglesia en medio del mundo y de la historia. La Iglesia, querida y fundada por Él, “su cuerpo visible”, “su esposa”, a la que ha dotado de dones carismáticos y jerárquicos, edificada con su Palabra y sus Sacramentos, a la que sirve y estructura el ministerio apostólico; Una y única, Santa, Católica y Apostólica; que subsiste y se aprehende real y verdaderamente en la Iglesia Católica. No una especie de entelequia o utopía espiritual nunca alcanzable y, supuestamente, imposible de hallar en una figura o realización histórica. No, el que profesa plenamente la Fe en Jesucristo, cree en la Iglesia, Comunión visible e invisible de los Santos, con Santa María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, cuya cabeza y pastor es el mismo Señor, a quien los Doce con Pedro y sus sucesores representan hasta el final de los tiempos; y cuya alma es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Y, por eso, sabe que la Iglesia “es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).
*    Profesar la fe plena e íntegra en Jesucristo implica, por tanto, proponerla a los demás y dar testimonio de ella con la palabra de la verdad y con las obras del amor; no imponerla con ningún tipo de coacción; siendo conscientes, con la clarividencia de la razón iluminada por la fe, de que “la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas”. Verdad, “sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia”, que el hombre está obligado moralmente a buscar hasta que la encuentre (DH 1).
*    La profesión plena de la Fe en Jesucristo, finalmente, no sólo no impide, sino que proporciona sólido fundamento para el progreso del diálogo ecuménico con las iglesias hermanas de la Ortodoxia y con las comunidades eclesiales de la Reforma Protestante en un espíritu de creciente responsabilidad ante el Evangelio de Jesucristo y ante los hombres de nuestro tiempo. Y desde luego no obstaculiza, antes bien favorece, la disponibilidad para un diálogo interreligioso veraz y respetuoso de todos y con todos los que buscan la verdad con sincero corazón.

Que la Santísima Virgen de La Almudena, la que concibió el Verbo de la Verdad en su seno, a Jesús el Señor y Salvador, con la humilde y total apertura de todo su ser a la voluntad del Padre, quiera concedernos a todos hijos de la Iglesia de Madrid por su intercesión de Madre la gracia de la plena comunión en la Fe apostólica: de la fe en el Evangelio que nos salva, el de Jesucristo Nuestro Señor.

Con todo mi afecto y bendición: