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El Cardenal
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En el panorama preocupante de la sociedad española del verano del 2001

Las soluciones de Dios

Mis queridos hermanos y amigos:

Avanzado ya el verano, la crónica diaria no deja de sorprendernos con noticias que nos alarman, preocupan y llenan de dolor: el paisaje humano de las vacaciones de España y, también, de Madrid, se cubre de sombras que nos recuerdan la persistencia de ciertos problemas que afectan gravemente a nuestra sociedad: el terrorismo de ETA, la violencia en la calle y en las relaciones personales, el número de nuevos enfermos del SIDA, los inmigrantes clandestinos, etc. Se analizan los hechos, se indagan las causas de los mismos, se proponen soluciones. Lo que abunda es la apelación a la intervención de la autoridad y de las instituciones y personas que ejercen responsabilidades públicas del tipo que sean. Las propuestas suenan frecuentemente a cansinas y tópicas.

Se insiste en las medidas policiales y políticas para neutralizar las acciones de la banda terrorista ETA que amenazan estos días tan siniestramente el descanso, sino la vida, de tantos ciudadanos. Y, evidentemente, son necesarias, si se la quiere erradicar definitivamente. Del mismo género son las recetas que se barajan para evitar ese fácil recurso a la violencia de tantos conciudadanos jóvenes —y menos jóvenes— prontos para resolver sus diferencias o desahogar sus malhumores haciendo uso de la agresión brutal contra el prójimo, con consecuencias muchas veces mortales. Se añaden naturalmente las llamadas de atención a la necesidad de mejorar el sistema educativo. Nadie duda, por otra parte, que para enfrentarse con la violencia callejera y el agravamiento cualitativo y cuantitativo de la criminalidad es precisa la actuación enérgica de las instancias competentes del Estado en el campo social, jurídico, judicial y policial. Y el avance, que también entre nosotros no parece parable, de esa siniestra enfermedad que es el SIDA, se le quiere detener con la gastada medida de siempre de la distribución masiva y gratuita de preservativos entre los adolescentes y los jóvenes. Su reiteración desde hace más de una década pone de manifiesto su radical insuficiencia humana y sus carencias pedagógicas básicas. Se pretende curar el mal por sus síntomas, sin ir al fondo de sus causas, que no son otras que las de unos hábitos de vida y unas costumbres que con “la terapia” ofrecida no sólo se corrigen y enderezan, sino que se enraízan y propagan más y más.

En el trasfondo del debate y reflexión social en torno a estos aspectos, a veces trágicos y siempre tan dramáticos y lacerantes de nuestra existencia cotidiana, late paradójicamente un silencio: el de la voz de la conciencia —la de las personas y la de la sociedad— y la voz de Dios. Se olvida, consciente o inconscientemente, la dimensión moral de los problemas; mejor dicho, su carácter decisivamente moral —y/o ético—; y, mucho más, su relación con la negación de Dios y de su Ley. Se pasa de largo ante algo tan obvio como que los causantes de esos hechos son personas, sujetos libres; valga la expresión: titulares de libertad. Condicionada socialmente por múltiples factores, es cierto, pero nunca eliminada en su esencia. Los “actores sociales” son también, por otra parte, agentes y frutos de ejercicio de libertades personales. O se practica la libertad con responsabilidad moral, en último término, sabiéndose responsable ante Dios —ante Él se ha de dar cuenta de nuestra conducta, en el tiempo y en la eternidad—, o a la larga no habrá camino para encontrar verdaderas soluciones de esos problemas, los más acuciantes del momento actual. Sin procesos de “conversión” moral y espiritual, vividos en el interior de las conciencias, promovidos social y culturalmente, constituidos en ejes pedagógicos de la acción educativa en las familias y en la escuela, no habrá “salud”, ni “renovación” social. A la Iglesia y a los cristianos nos toca una tarea primordial: la de proclamar con palabras y obras auténticas que ha llegado la hora de la conversión; que, si el hombre es quebradizo y su libertad tentada por la soberbia de los ojos y la concupiscencia de la carne, la gracia y el amor de Dios son más grandes y están cercanos, tan cercanos como Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, “el Enmanuel” —”el Dios con nosotros”—, que nos ha enseñado a orar, a descubrir a Dios como Padre y a rezarle con la confianza sencilla y natural de los hijos, tratando con Él todas nuestras cosas, como con un amigo, que nos dio a su Madre, María, como propia, para que sepamos conservarlas como Ella en el corazón. La oración que nos enseñó es inimitable en su sublimidad y en su humildad, nunca superada ni superable: la oración que todos conocemos del PADRENUESTRO.

¿Por qué no emprender una verdadera campaña misionera, dentro y fuera de los límites de nuestras comunidades eclesiales, para que todos los niños y jóvenes de Madrid y de España conozcan y recen el PADRENUESTRO diariamente? Habríamos dado un paso hondo, de efectos duraderos, en la dirección de la mejor transformación de nuestra sociedad.

Con todo afecto y mi bendición,