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El Cardenal
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Al comenzar el curso pastoral 2003/2004

Signos de esperanza

Mis queridos hermanos y amigos:

Afrontamos el nuevo curso pastoral 2003/2004 con una esperanza renovada y alentada por los signos de gracia y amor evangélico con los que el Señor nos ha ido regalando en los últimos meses de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Desde hace dos milenios la Iglesia sabe que el signo supremo de su esperanza, y de la esperanza del mundo, es la CRUZ Gloriosa de Jesucristo, el Redentor del hombre. Jesús, “el Hijo del hombre”, ha sido elevado en la Cruz, “para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (cfr. Jo 3, 16). Santa Teresa, la gran Santa de Avila, glosará la verdad salvadora de ese signo victorioso y definitivo de la esperanza en versos de sencilla y transparente belleza:
“Después que se puso en cruz
El Salvador,
En la Cruz está la gloriaY el amor,
Y en el padecer dolor
Vida y consuelo,
Y el camino más seguro para el cielo”
Pero ese signo inconfundible y permanentemente vivo de la esperanza cristiana, que hoy la Iglesia celebra y exalta de forma especialmente solemne en la liturgia de este domingo, opera y se manifiesta de modos siempre nuevos por la acción del Espíritu Santo en la comunidad eclesial y en cada alma, respondiendo a las necesidades de la evangelización en cada momento de la historia. También hoy, para nosotros y para la Iglesia Diocesana de Madrid, que reemprende el itinerario de preparación del III Sínodo Diocesano con renovado vigor espiritual y apostólico, suscita el Espíritu nuevos y reconfortadores signos de esperanza: signos de la esperanza victoriosa de la Cruz de Cristo que reavivan, purifican y refuerzan nuestro compromiso sinodal. ¡En verdad no nos faltan signos auténticos de la esperanza cristiana al filo del tiempo veraniego que se acaba! El Señor los ha prodigado en estos meses con una fuerza cualitativamente superior a la que podría desprenderse de los contrasignos puestos por los enemigos de la Cruz de Cristo, siempre dispuestos a sembrar la cizaña del desaliento y de la desesperación.
El viaje y la visita apostólica del Santo Padre a España es uno de ellos, y bien significativo. El Papa ha hecho resonar la Palabra del Evangelio con una trasparencia interior y una irradiación exterior que ha removido y conmovido nuestra conciencia de cristianos hasta lo más hondo de sí misma. La llamada a la fidelidad agradecida y al testimonio misionero por el don del Evangelio recibido en una historia bimilenaria de gracia nos reclama una respuesta de fe y de vida que habrá de florecer en nuevas e infinitas primaveras de la Iglesia en España y en Europa.
Otro signo no menos llamativo nos lo ofrecieron nuestros jóvenes convocados e invitados por Juan Pablo II a ser testigos de la Cruz de Cristo en plenitud, desde la profunda intimidad de la experiencia interior del encuentro con Él, siguiendo “la Escuela de María”, y con la expresividad actualizada del empeño por la causa de la civilización del amor y de la paz en la hora presente de nuestra patria y del mundo, según el modelo de los cinco Santos de la Plaza de Colón. ¡Santos españoles del signo XX! El “Sí” de la juventud de España al Papa fue de acogida y sintonía cordial, entusiasta y vibrante: con él y su mensaje. Sintonía prometedora de conversiones de vida y cambios de rumbo en la dirección del amor del Corazón de Cristo Crucificado. El Santo Padre se referiría a los jóvenes, en la oración conclusiva de la emocionante Vigilia Mariana de Cuatro Vientos, como “los centinelas del mañana”, “el pueblo de las Bienaventuranzas”, “la esperanza viva de la Iglesia y del Papa”.
Y no menos significativo en la línea de la esperanza cristiana ha sido el servicio heroico de tantos cristianos y personas de buena voluntad en este durísimo verano de calor y sequía, prestado en comunidades parroquiales y en otros ámbitos de actuación, eclesiales y civiles, atendiendo a los enfermos y accidentados, a los ancianos solos y abandonados, a las familias y en las familias con muchos niños, sin olvidar a los que han mantenido la vigilancia y seguridad en el tráfico y en la lucha contra los incendios. Su estilo ha sido el de la generosidad y de la modestia. Ellos han sido, casi siempre desde el anonimato, los verdaderos protagonistas de la mejor y más valiosa crónica veraniega, muy por encima de los personajes de la vida fácil y frívola tanto y tan vanamente celebrados por los medios de comunicación social. Por esos héroes animosos del servicio al prójimo se ha mantenido viva la actualidad del amor verdadero, “el que da la vida por los hermanos”: la verdad del amor cristiano. Ellos nos han proporcionado otro argumento irrefutable para la esperanza.
¿Cómo no vamos a sentirnos interpelados e impulsados para proseguir el camino sinodal como una gran apuesta pastoral por un futuro auténticamente renovador de nuestra vida cristiana y del servicio apostólico a nuestros hermanos, creyentes y no creyentes? En el centro espiritual de nuestros compromisos personales y eclesiales con el Sínodo está nada más y nada menos que la transmisión de la fe en el Evangelio de la Esperanza. El Santo Padre usaba una fórmula de extraordinaria concisión en la Exhortación Postsinodal “La Iglesia en Europa” para captar lo nuclear de su contenido: “Jesucristo viviente en la Iglesia fuente de Esperanza para Europa”.
Santa Teresa del Niño Jesús, la joven carmelita francesa -cuyas reliquias veneraremos muy pronto en Madrid-, una de las figuras más señeras de la Iglesia contemporánea y que tanta esperanza de conversión y de vida sobrenatural ha suscitado en los hombres del siglo XX, nos enseña a entrar en el corazón de la Iglesia para acertar y perseverar en el servicio al Evangelio de la Esperanza; con la Santísima Virgen María, Madre y Señora de La Almudena, que es la que nos introduce a vivir ese amor en la comunión de la Iglesia llevándonos a su fuente primordial: el Corazón de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
De este modo continuará siendo cada vez más cierto que en Madrid, en su Iglesia Diocesana, “alumbra la esperanza”.

Con todo afecto y mi bendición,