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Homilía en la Celebración de la Eucaristía de Acción de Gracias por la Elección de Benedicto XVI y el Inicio Solemne de su Ministerio como Pastor de la Iglesia Universal

Explanada de la Catedral de La Almudena, 30.IV.2005, 12’00 horas

(He 4, 8-12; Sal 117; 1P 5, 1-5. 10-11; Jn 21, 15-19)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Una misma escena evangélica

Una misma escena evangélica ha ambientado las exequias de nuestro amadísimo Juan Pablo II en esta misma explanada de la Catedral de La Almudena hace poco menos de dos semanas -intensas de emociones y fervientes de plegarias- y, hoy, la celebración de la Eucaristía de Acción de Gracias por la elección de nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, y el inicio de su Pontificado como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal: es la escena del diálogo entre Jesús Resucitado y Pedro a orillas del Lago de Genesaret. “¿Simón, hijo de Juan me amas más que éstos?… Tu sabes que te amo… apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas”. Tres veces se repite la pregunta. A la tercera: “Pedro se entristeció”… Si Jesús lo sabía todo… sabía que lo amaba… ¿Por qué tanta insistencia? Por lo que iba a venir: para anunciarle como iba a morir y pedirle el seguimiento hasta el martirio.

Muchos son los aspectos que recordamos de la vida y ministerio de Juan Pablo II que han suscitado nuestra veneración, nuestro cariño y nuestra gratitud imperecedera. No, no es fácil encontrar en la historia reciente y en el pasado de la humanidad una personalidad tan rica de facetas humanas como la de Juan Pablo II. Fue un Papa que se hacía querer. Pero hay una que constituye la clave de explicación de todas las demás y la que, en el fondo de nuestros sentimientos y quereres, resulta la verdaderamente decisiva: su amor a Cristo hasta el extremo de estar dispuesto a ser el Pastor de sus hermanos y, si fuese preciso, a dar la vida por ellos como el Maestro; en una palabra, decidido a ser su Vicario para la Iglesia y para el mundo.

También, en esta luminosa mañana madrileña, al celebrar el gozo -¡el “gaudium magnum”!- de la elección de Benedicto XVI y del comienzo solemne de su “ministerio petrino”, vivas en nosotros las jubilosas celebraciones de la Plaza de San Pedro de los días 19 y 24, lo que nos mueve y conmueve el corazón es el sí de nuestro Papa a Jesús, el Señor Resucitado, formulado igual que el de Pedro después de que se les hubiese aparecido y hubiera comido con ellos. De nuevo, en medio de la Iglesia, entre los discípulos del Señor, los de este tiempo, los de nuestro tiempo, más concretamente  de entre los actuales sucesores de los Apóstoles, uno se ha adelantado para decirle: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” y, sobre todo, para renovarle sin condiciones su amor, un amor superior al de los otros, manteniendo vigilante y ardiente el amor del pescador de Galilea, de Pedro, en el cuidado tierno y abnegado de “sus ovejas”. En el cara a cara con Jesucristo, nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, no ha dudado: “Me dispongo a emprender este peculiar ministerio, el “ministerio petrino” al servicio de la Iglesia universal, con humilde abandono en las manos de la providencia de Dios. Y es en primer lugar a Cristo, a quien renuevo mi total y confiada adhesión: ¡In te, Domine, speravi, non confundar in aeternum!”.

¡La Iglesia tiene necesidad de “Pedro”!

“Pedro” no es “un lujo” para la Iglesia o una especie de anacronismo del que se puede prescindir en “la modernidad”. Antes al contrario. Las promesas del Señor al respecto son inconfundibles e indefectibles: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella…” (Mt 16,18,19). “Pedro” es pues una necesidad vital y constitutiva para la Iglesia. ¡Nunca le ha faltado, nunca le faltará! Necesidad que hoy sentimos con una peculiar sensibilidad, nacida de la doctrina y de la vivencia del Concilio   Vaticano II, por una parte, y de la experiencia de su aplicación y realización pastoral en estos cuarenta años de postconcilio, por otra. Sin el ministerio petrino no es posible la unidad de la fe de pastores y fieles, su comunión y la eficacia universal de la evangelización. ¿Cómo superar la sinuosa tentación que nos acecha en el momento actual de la vida de la Iglesia, de proyectar nuestra luz y no la de Cristo al anunciar y enseñar la doctrina de la fe, si prescindimos del testimonio y del magisterio de Pedro, su Vicario para la Iglesia Universal? ¡Cuánto han agradecido, especialmente los más sencillos y mansos de corazón -¡los jóvenes!-, el Magisterio de nuestro queridísimo Juan Pablo II, en estos tiempos de intemperie espiritual! Estoy absolutamente seguro que lo mismo ocurrirá con las palabras y las enseñanzas, siempre luminosas, de Benedicto XVI. Ha llegado la hora en la que la voz de los Obispos y de sus sacerdotes resuene unánime en la predicación del Evangelio de Jesucristo, el único Salvador del hombre. En una sociedad como la nuestra, inerme muchas veces ante el poder del pecado y de la muerte, es improrrogable que todos los fieles cristianos nos unamos estrechamente en comunión de fe, de palabra y de testimonio de vida en torno al Papa, si queremos que Cristo -y Éste Crucificado y Glorificado- y el misterio de su amor misericordioso sean conocidos y amados.

Y necesitamos también al Papa para que el Colegio Episcopal, el Obispo con sus presbíteros, los seminaristas, los consagrados, los fieles laicos -¡todos!- vivan unidos el tesoro de gracia y santidad que encierra el Santísimo Sacramento de la Eucaristía: el significado verdadero del sacrificio y de la mesa eucarística, la presencia real del Señor en las especies eucarísticas y el sentido transformador de la comunión eucarística. Y lo hagan con honda piedad y veneración, con el alma convertida, buscando allí la fuente de una vida santa, del amor creciente que se entrega a los hermanos, más pobres y pequeños, y a los más necesitados en el alma y el cuerpo. ¡La unidad eucarística de la Iglesia en la profesión y testimonio de la fe, en la esperanza y en la comunión de la caridad es imprescindible para que el mundo crea y sea evangelizado!

También “el mundo” necesita a “Pedro”

Porque también el mundo y el hombre necesitan hoy a “Pedro” -¡al Papa!- como pocas veces en épocas pasadas de la historia de la humanidad. Un mundo que también “se globaliza” a pasos agigantados en torno a la destrucción de la dignidad del hombre, del matrimonio y de la familia, ofuscado por falaces promesas de supuestos logros de libertad y de vida que, en realidad, conducen inexorablemente a una cultura de la muerte, precisa de una instancia moral y espiritual personalizada, de alguien que con la fuerza de Cristo sea por vocación y misión defensor de la persona humana y de su dignidad, promotor de paz y de reconciliación, servidor de los más humildes: de los padres y madres de familia numerosa, de los niños y de los jóvenes, de los pueblos más empobrecidos de la tierra…; necesita de una persona que libre e insobornablemente, imitando al Buen Pastor y encarnando actualizadamente la función pastoral de “Pedro”, cargue sobre sus hombros con el peso de la humanidad herida: con las ovejas perdidas de la actual familia humana. ¡Son tantos los extraviados de nuestra época y tantas las malezas y desiertos en los que se han perdido! El propio  Benedicto XVI lo concretaba admirablemente en la Homilía de la Eucaristía del pasado domingo en la Plaza de San Pedro:
“La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores”.

La humanidad de la actual hora de la globalización -¡también en España!- reclama impacientemente que alguien le recuerde con fortaleza inquebrantable que “no es el poder el que redime, sino el amor”. Ese alguien es “Pedro”, y “Pedro” es hoy Benedicto XVI.

El Señor nos ha regalado de nuevo a “Pedro” en la persona de Benedicto XVI

Las promesas del Señor se han cumplido una vez más.

Contamos con un nuevo Sucesor de Pedro que nos guíe en la verdad de Cristo, que nos una en la comunión de su esperanza y caridad y que defienda y sostenga al hombre hermano en el camino de la cruz salvadora. Y por ello, porque el Señor nos ha dado a Benedicto XVI, nos sentimos llenos de gozosa gratitud y le ofrecemos al Padre junto con el sacrificio del Hijo, Jesucristo, animados y sostenidos por el Espíritu Santo, de la mano de María, en compañía de todos los Santos, lo mejor de nuestros sentimientos y nuestras vidas: la plegaria incesante por su persona e intenciones.

Uno de los instantes de más emoción, vividos en estos primeros días del Pontificado de Benedicto XVI, es aquél en el que el Papa confiesa que no se siente, ni está solo, después de aludir al canto de las letanías de los santos que nos habían acompañado en las exequias de nuestro llorado Juan Pablo II, con ocasión de la entrada de los Cardenales en Cónclave y al comienzo de su primera Eucaristía solemne: “de este modo -afirma-, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy sólo. No tengo que llevar yo sólo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo sólo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza”.

Yo quiero decirle al Papa solemnemente, en nombre vuestro y en el de todos los católicos de Madrid, con los que estoy seguro sintonizan todos los de España, que no está solo y que no le dejaremos sólo. Invocaremos fervientemente a los Mártires y Santos de España -los del primer milenio- y los del segundo milenio para que le auxilien en el empinado camino de su ministerio y no cejaremos en nuestra oración a la Virgen Santísima, la Inmaculada Concepción, bajo las innumerables y entrañables advocaciones que le han dedicado los españoles de todos los tiempos: ¡que sea Ella la que le guarde junto a su Hijo! ¡que le conceda “vitam et salutem perpetuam” -“vida y salud perpetua”-!

El Papa necesita nuestra oración

¡El Papa nos necesita! Necesita, sobre todo, nuestra oración, no sólo la de los santos del cielo, sino también la de la comunidad de los santos de la tierra: ¡de la Iglesia viva! La Iglesia manifiesta su vitalidad en la tierra de forma eminente cuando, unida al coro de los ángeles y de los santos en el cielo, contempla a su Señor glorificado, lo alaba, exulta de gozo y de acción de gracias con Él, suplica al Padre con plegaria ardiente que venga “su Reino” y se muestra dispuesta a seguir fielmente a su Pastor visible y universal, el Vicario de Jesucristo, por las sendas del Evangelio y de la santidad.

Leyendo estos días en el libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús, me he encontrado con aquel pasaje en el que ella recomienda vivamente la comunión de oraciones, el ejercicio de la amistad de los que oran: “Por eso aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones. ¡Cuánto más que hay muchas más ganancias! Y no sé yo por qué (pues de conversaciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar, y para más gozar de contar aquellos placeres vanos), no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración”. A la Santa le preocupaba, antes que nada, la suerte del alma: “Gran mal es un alma sola entre tantos peligros: paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudare a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios” (cfr. Libro de la Vida, 7,20)-. Pero evidentemente quedaba dicho que lo que estaba en juego era el bien de todas las almas, el destino del hombre arrogante. ¿Hay forma de mayor arrogancia que la que pretende desde el poder  proyectar y regular el derecho a la vida, el trabajo, el matrimonio, la familia, la sociedad, la política, la cultura, la sociedad, la patria… como si Dios no existiese?

La Iglesia en Madrid, al finalizar su III Sínodo Diocesano, se siente interpelada en lo más hondo de su ser en orden a configurarse con mayor intensidad como comunidad orante, formada por los llamados al cultivo diario de la amistad con el Señor y con los hermanos, consciente de la urgencia de tomar conciencia de que “es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones”. El nuevo Papa nos insiste con palabras dramáticas en que le prestemos esa ayuda de nuestras oraciones: “rogad por mí -nos decía en su homilía del pasado domingo-, para que, por miedo, no huya ante los lobos”; pero, a la vez, estimulantes, confiadas y gozosas: “roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros”… “¡quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida!”.

Contad con nosotros, querido Santo Padre, contad con nuestra oración y  con nuestra obediencia filial, expresión inequívoca de obediencia a la voluntad de Dios que nos hace libres, que es la fuente purísima de la libertad: ¡somos tus amigos! Y, viceversa, no dudamos ni un solo segundo de tu amistad fiel y de tu amor de pastor y padre; hoy mucho mayor que ayer en los días inolvidables de tus visitas a Madrid. A través de las palabras del Apóstol Pedro, proclamadas en la segunda lectura, te oímos decir a ti: “El mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos, Amén” (1 Pe 5,11).

¡Querido Santo Padre, querido Benedicto XVI, os encomendamos a Nuestra Señora y Madre, la Virgen de La Almudena, de todo corazón!

Los jóvenes de Madrid estarán contigo en Colonia, el próximo agosto, en la XX Jornada Mundial de la Juventud, para el encuentro de los jóvenes católicos de todo el mundo con Jesucristo, el Señor, su Maestro y Amigo: ¡iremos juntos “a adorarle”! (cfr. Mc 2,2).

Amén.