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El Cardenal
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Semana Santa del 2006

De nuevo triunfa el amor de Cristo

Mis queridos hermanos y amigos:

Comienza la Semana Santa del año 2006 este Domingo de Ramos con el impulso espiritual y pastoral recibido de nuestro III Sínodo Diocesano, llamándonos a renovar interior y exteriormente la vida sacramental y litúrgica de la Iglesia en orden a hacer posible la acogida y la vivencia del don de nuestra fe como un impulso nuevo. Y simultáneamente sintiendo cómo esa acogida viva y apostólicamente fecunda sólo es posible si profundizamos en esa verdad que el Santo Padre Benedicto XVI ha caracterizado como “el corazón de la fe cristiana”: “Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1Jn. 4,16). En España, además, hemos vivido con fervor y recuerdo emocionado y agradecido en estos días inmediatamente anteriores a los días santos de la Semana Mayor por excelencia del año litúrgico, la celebración del Vº Centenario del nacimiento de San Francisco Javier, que tuvo lugar el 7 de Abril del año 1556. A Javier le importaba el alma más que cualquier otra cosa en el mundo: su alma y la de todos sus hermanos, los hombres, muy singularmente las de aquellos a los que no había llegado todavía la noticia de Jesucristo, Salvador del hombre. Le importaban, por lo tanto, las almas porque se había rendido a la evidencia de las palabras de Jesús, insistentemente reiteradas por su compañero, amigo y maestro, Ignacio de Loyola en los años comunes de la Universidad de París: ¿qué te importa, Javier, ganar todo el mundo si pierdes tu alma? Porque efectivamente si uno juega con su alma y olvida lo que significa en su vida y para su vida temporal y eterna, olvidando, sobre todo, que en el alma –o, más simbólicamente, en el corazón– decide el hombre si el camino de su vida será de pecado o será de gracia o lo que viene a significar lo mismo, si hace la opción del Amor, del amor verdadero, que da la verdadera vida; o si prefiere la senda del falso amor, del amor de sí mismo, raíz y causa de la muerte interior y de la muerte exterior, de la temporal y de la eterna; entonces nada le valdrán los éxitos de este mundo.

Triunfa el alma, si en ella triunfa el amor: el amor con que Dios nos ha creado y redimido para ser sus hijos. En ese triunfo del alma se hará realidad plena el triunfo integral del hombre; triunfo que se prepara, discurre y realiza en este mundo y se consuma en su despliegue definitivo en la gloria eterna. Y ese amor que Dios nos tiene ha alcanzado su expresión y consumación definitiva e insuperable en la Cruz de Jesucristo Resucitado por nosotros y por nuestra salvación. Todo se juega –como lo recuerda Benedicto XVI tan bellamente en su Encíclica “Deus caritas est”, 12– en “poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan” (cfr. Jn 19,17) porque ayuda a comprender lo que significa “Dios es amor”: “es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

Llama la atención cómo la forma externa, con la que se suceden los acontecimientos de la Pasión Muerte y Resurrección de Jesucristo, reflejan una sublime pedagogía divina que quiere llevar al hombre al conocimiento real, incluso, dramático, sin disimulo o rebaja alguna de sus exigencias humanamente más heroicas, de cual es y donde está la fuente del TRIUNFO DEL AMOR, que no es otra que la Cruz Gloriosa del Señor, y de cuándo y en qué tiempo tiene lugar esa victoria que no es otro que el de su triduo pascual: los tres días de la Nueva Pascua, definitiva y eterna, que se inician en la Última Cena con sus discípulos en el Cenáculo, pasan por el día del Calvario y del sepulcro excavado en la roca, muy cerca del lugar de la crucifixión, y concluyen en el domingo de la Resurrección. El preludio de esa Semana decisiva para el triunfo del amor y el triunfo del alma se inicia, sin embargo, con la apariencia de un triunfo humano, temporal, –¿a ras de tierra?–, como el que pudiera acontecer a cualquier personaje famoso, político o religioso, de este mundo: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, rodeado de la aclamación y del júbilo del pueblo. Ciertamente entraba montado “en una borrica” –como relata el Evangelista Marcos–, signo y profecía ya del contenido y la verdad de su verdadero triunfo. No dejaba de significar un éxito espectacular frente a sus enemigos, pero a la vez estaba indicando que su modo de vencerlos iba a ser radicalmente otro: el del Amor crucificado y glorioso, el de la oblación sacerdotal de su Cuerpo y de su Sangre por la salvación del mundo.

¡Que esta nueva Semana Santa con sus días culminantes de su Triduo Pascual nos sirvan para que el triunfo del amor en nuestras almas y, así, en nuestras vidas, se renueve de verdad! En primer lugar, por el camino del Sacramento de la Penitencia, por un nuevo paso de conversión en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia, volviendo a la gracia bautismal en su plenitud; por un descubrimiento más personal y más comprensivo de la Comunión Eclesial y de sus exigencias de amor fraterno y de llamada a la santidad, viviendo toda la riqueza espiritual que significa y aporta el Sacramento de la Eucaristía; y, finalmente, por un nuevo y encendido empeño en ser testigos de ese triunfo del amor que en la piedad popular de estos días se expresa con belleza y sentimientos muy acendrados en el corazón espiritual de los españoles.

¡A María, la de La Almudena, Nuestra Señora del Dolor y de la Esperanza, nos confiamos! Con Ella, al pie de la cruz, podremos vivir estos días de nuevo el triunfo del amor de su Hijo en nuestra almas.

Con todo afecto y mi bendición,