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Homilía en la Solemnidad de San Isidro Labrador. Patrono de la Archidiócesis de Madrid

Colegiata de San Isidro; 15.V.2006; 12’00 horas

(Hech 4,32-35; Sal 1; St 5,7-8.11.16-17; Jn 15, 1-7)

Mis queridos hermanos y amigos:

Volver a los orígenes cristianos de Madrid

La Fiesta de San Isidro Labrador, Patrono de la Archidiócesis y de la Villa de Madrid, nos invita un año más a rememorar “los orígenes” de esa historia religiosa y humana de la que venimos y que ha marcado los trazos más íntimos y duraderos de la personalidad de nuestra Iglesia Diocesana y de la misma comunidad madrileña en la que vivimos, a la que pertenecemos y a la que amamos desde la perspectiva del amor cristiano. Un amor que se alimenta constantemente de su fuente inagotable que es el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, crucificado y resucitado por nuestra salvación, y presente y operante sacramentalmente en la Eucaristía que de nuevo hoy celebramos en honor del Santo más popular de la historia madrileña. Recordarle así, eucarísticamente, en un año, 2006, en la encrucijada del nuevo siglo y de un nuevo milenio, no exenta de graves interrogantes, pero donde no faltan signos de firmes y estimuladoras esperanzas, no significa, por lo tanto, para los católicos madrileños un mero ejercicio de memoria nostálgica del pasado sino un compromiso de amor cristiano con esta ciudad y con esta comunidad, situada en el centro geográfico y espiritual de España, de su historia moderna y contemporánea: amor a sus gentes, al pueblo que la configura, venido ayer desde todos los rincones de la geografía patria y hoy de otros lugares del mundo, algunos muy cercanos cultural y religiosamente como los de la América hermana y de la Europa central y oriental y, otros, de la vecina África y del Asia lejana. ¡Todos, sin embargo, conciudadanos, a los que hemos de querer en el Señor!

Benedicto XVI, en su primera Encíclica “Deus Catitas est”            –“DIOS ES AMOR”–, ilumina excelentemente la mística del amor que se encierra en el Sacramento de la Eucaristía: “La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el ‘Logos’ encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega… la ‘mística’ del Sacramento tiene un carácter social… No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán… Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar…” (“Deus Caritas est”, 13-15).

El ejemplo de San Isidro Labrador, siempre vivo en la memoria de los madrileños

La biografía de San Isidro, un humilde y sencillo hijo de aquel primer Madrid de comienzos del segundo milenio, alcázar y poblado campesino con apenas dos mil vecinos, situado en la primera línea del avance cristiano hacia Toledo, capital de “la España perdida” y que habría de ser recuperada, no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos madrileños han gozado de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como aquel pocero y labrador, descendiente a su vez de modestos y cristianísimos labradores, casado con una joven de Torrelaguna, conocida desde muy poco después de su muerte como Santa María de la Cabeza, con la que tuvo un hijo, Juan, formando una familia en cuya vida la piedad cristiana, la unión íntima de los esposos entre sí y con el hijo, fundada en un amor casto y fiel, y la disponibilidad para servir a todos, especialmente a los pobres, se manifestaban sin alarde alguno, con el estilo propio de los humildes y sencillos de corazón. El único secreto de esa vida y de esa fama más que humana –¡fama a lo divino!– no era otra que una experiencia auténtica y un testimonio transparente del amor de Cristo. Sí, porque en la vida de aquellos esposos madrileños se ofrecía un ejemplo evangélico de una vida escondida en Dios con Cristo y porque su trabajo de cada día humanizaba en verdad el entorno de aquel pequeño mundo que los rodeaba, sabedores por propia y reiterada experiencia de combates y de persecución, de divisiones, de envidias…, pero también de ilusiones de un nuevo tiempo, iluminado por la fe y el amor de Cristo…, sí, por todo eso, y porque de esa vida de Isidro con su familia se alzaba como una plegaria de alabanza al nombre del Señor, con la discreción y la humildad propia de los discípulos del que se hizo siervo por nosotros hasta una muerte y una muerte de Cruz, Isidro fue considerado ya por sus contemporáneos y por generaciones y generaciones de madrileños, ininterrumpidamente, hasta hoy mismo, como un cristiano de verdad, como un Santo. Santo es el cristiano que vive el mandamiento nuevo del amor ¡del amor de Cristo! hasta los límites de la heroicidad, si es preciso.

En la sencilla y conmovedora historia de San Isidro Labrador, de todo aquello que configuró su existencia en el marco ordinario de su vida y en las circunstancias extraordinarias que a veces la rodearon y la señalaron con acontecimientos prodigiosos –¡sus milagros!–, se refleja bien cómo el labrador madrileño, criado de “los Vargas”, no se separó nunca de “la verdadera vid” que es Cristo y cómo dio frutos abundantes al permanecer íntimamente unido a Él del mismo modo que el sarmiento a la vid, contribuyendo a realizar en el seno de su familia y en su pueblo aquel modelo de comunidad cristiana naciente formada en torno a los Apóstoles –a su Palabra y a su testimonio de la Resurrección de Cristo–, unida en la vivencia de la Eucaristía y en la que sus miembros “lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”. San Isidro supo, además, ejercitar la paciencia y perseverar sin desmayo en la oración y en la práctica del amor cristiano, lleno de la gozosa esperanza en la venida del Señor, como los primeros cristianos. De él hay que decir que fue dichoso como “el hombre que no sigue el consejo de los impíos”, que ensalzaba el salmista, o como aquellos cristianos perseguidos a los que el Apóstol Santiago llamaba dichosos porque “tuvieron constancia”. LOPE DE VEGA ¡madrileño genial si los hay!, desvela en su poema “El Isidro” de 1599, bellamente, la clave espiritual de la vida de San Isidro desde su niñez, que no es otra que la oración y el trato personal con Jesucristo:

“Señor, enseñad mi fe,
sed vos el maestro mío,
enseñadme sólo vos,
porque solamente en vos
lo que he de saber confío…”

El compromiso de la Iglesia y de los católicos madrileños con Madrid hoy: transmitir la fe cristiana fiel, integra y valerosamente

Un año después de la clausura del III Sínodo Diocesano de Madrid, que se ha cumplido exactamente ayer en el atardecer de la víspera de nuestro Santo Patrono, nos sentimos movidos e interpelados, más que nunca, por los signos y la voz del Espíritu del Señor a renovar el firme propósito sinodal de trasmitir la fe a nuestros hermanos de Madrid, cercanos y lejanos, como un compromiso de amor cristiano, a fin de que siga “alumbrando la esperanza” entre nosotros. La memoria eucarística de “nuestros orígenes”, visibles en toda su ejemplar autenticidad cristiana en San Isidro, y la conciencia de las angustias, tristezas y esperanzas de la hora presente, iluminan e impulsan nuestro compromiso.

Benedicto XVI, en el encuentro inolvidable con los sinodales de Madrid el cuatro de julio del pasado año, finalizada la última y decisiva fase del III Sínodo Diocesano, nos decía: “en una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es ante todo comunicación de la verdad”. Si la comunicación de la verdad es de por sí la primera exigencia del amor cristiano ¿cuánto más lo será si la primera y fundamental verdad es la de que Dios es amor? Oigamos cómo el mismo Santo Padre define “el corazón de la fe cristiana” en las primeras líneas de su primera Encíclica: “DIOS ES AMOR, Y QUIEN PERMANECE EN EL AMOR PERMANECE EN DIOS Y DIOS EN EL” (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (DCE. 1).

¿Cómo no vamos a hacernos presentes la Iglesia y los cristianos en Madrid con el testimonio generoso del Evangelio del amor, con obras y palabras, en todos los ámbitos de la vida cotidiana, en la familia, en los medios de comunicación social, en el campo de la enseñanza y de la cultura, en la sociedad y en la vida pública, en el servicio a los más necesitados? Las Constituciones Sinodales, y el Decreto General que las aplica, nos ofrecen para ello un marco de enseñanzas y directrices pastorales extraordinariamente rico en doctrina y experiencias espirituales y cuidadosamente próximo y cercano a la realidad social y humana de Madrid: marco sumamente apto para responder a esa llamada a evangelizar que nos urge el amor a Cristo y el amor a los hermanos. Ante la tentación del desánimo y de la rutina personal y comunitaria vale más que nunca renovar interiormente el entusiasmo apostólico, abriéndonos incondicionalmente al espíritu misionero de la primitiva Iglesia y que caracterizó a todos los grandes misioneros de nuestra historia de la Iglesia en España. El pasado siete de abril celebrábamos el quinto centenario del nacimiento de San Francisco Javier, un joven universitario de alma grande, que se deja contagiar por Ignacio de Loyola en la Universidad de la Sorbona en París al proponerle la gran pregunta –“Javier ¿que te importa ganar todo el mundo si pierdes tu alma?”–, que vibra de un amor apasionado a Cristo y a las almas –¡al hombre visto en toda la hondura de su personalidad!–, navarro y español insigne. Javier es el prototipo de ese nuevo misionero capaz de mover al mundo de nuestro tiempo para que se decida a ir al encuentro de Cristo, que lo convierta y lo salve. ¡No tengamos miedo a presentar el Evangelio, el Evangelio de su amor, en toda la verdad doctrinal, moral y espiritual de sus contenidos! ¡Presentemos a Cristo en toda la verdad del Misterio de su persona y de su obra y convenceremos! ¡Convencerá el esplendor de su fascinante belleza!

La Misión Joven de Madrid

Una primera e ilusionada expresión del compromiso apostólico de trasmitir la fe a los madrileños de hoy, contraído en el III Sínodo Diocesano, quiere ser la “Misión Joven” que hemos convocado y que anunciaremos solemnemente en la próxima Vigilia de Pentecostés. Los jóvenes católicos de Madrid, unidos a su Pastor, junto con sus Obispos auxiliares, sus sacerdotes, sus educadores, sus familias y toda la comunidad diocesana, quieren ofrecer a sus jóvenes compañeros en todos los ambientes y en las variadísimas circunstancias personales en las que se encuentren –felices e infelices– la Buena Noticia de Jesucristo. Es una propuesta del amor verdadero para recorrer el camino de la vida en la verdad, en la esperanza y en el amor que no engaña. Es el camino de la gracia y de la ley nueva de Cristo, el que verdaderamente salva. El Papa Juan Pablo II les decía en aquella inolvidable vigilia mariana del 3 de mayo del año 2003 en “Cuatro Vientos”: “queridos jóvenes, ¡id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar con Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas la preguntas sobre el hombre y su destino. Es preciso que vosotros jóvenes os convirtáis en apóstoles de vuestros contemporáneos”. Para lograrlo les invitaba a acudir a “la Escuela de María”, a abrirle sus corazones, a apoyarse –unidos a toda la Iglesia y a sus Pastores, con el Sucesor de Pedro a la cabeza– en su intercesión y plegaria maternales, como había ocurrido el día de Pentecostés en el Cenáculo, como acostumbraba a hacerlo San Isidro Labrador, después de subir la Cuesta de la Vega al final de la jornada de trabajo, visitándola en su Iglesia de santa María. “María, la Virgen, la Madre, nos enseña –ayer como hoy– qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva” (Benedicto XVI, DCE. 42).

A esa Madre de Jesucristo y de la Iglesia, a esa Madre nuestra, y a la intercesión de ese fiel hijo suyo, San Isidro Labrador, nos confiamos. Acompañados por la plegaria de toda la comunidad diocesana, especialmente por la de las comunidades femeninas de vida contemplativa, que no dudan en ofrecer la oblación esponsal de sus vidas por los frutos de la Misión Joven en Madrid, nos disponemos a responder fielmente a nuestro compromiso de ser testigos del amor de Cristo entre todos nuestros hermanos madrileños.

Amén.