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El Cardenal
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A propósito de un nuevo libro de Don Manuel Fraga Iribarne: Sociedad y Valores, Planeta 2006

Pocos políticos españoles han publicado tan considerable número de títulos –escritos de diversa índole y género literario– como Don Manuel Fraga Iribarne, zoon politikón, en el sentido aristotélico. En todos los libros se desvela el político nato, también en éste.

Este último –Sociedad y Valores- dedicado, ya desde su jubiloso alejamiento de la cosa pública, a su familia y a sus paisanos, me obliga aún más a acogerlo y aprender lo que una dilatada dedicación académica y política en años cruciales para España puede enseñar a quien quiera aproximarse a la historia de esta Nación en el acelerado y variado devenir de la última mitad del siglo pasado y de los inicios del siglo XXI.

En esta nueva aportación el autor nos describe su visión personalísima sobre la Constitución Española (Primera parte de la obra) y acerca del Nuevo siglo, nuevas políticas y valores permanentes (Segunda parte). Los capítulos (catorce en total) de cada una de las partes atraen la atención del lector por ser objeto de debate, cuando no de controversia, en nuestros días en todos los ámbitos de la sociedad.

Cada uno de los capítulos se basan en numerosas intervenciones en lugares y foros muy distantes en geografía y en tiempo: Santiago de Chile, Madrid, Uruguay, Lisboa, Coimbra, Caracas etc. Esta pueda que sea la razón de que por la diversidad de auditorios y de geografías se reflejen en las distintas aportaciones variaciones sobre el mismo tema.

Don Manuel Fraga, protagonista en los avatares públicos y políticos, antes, en y después de la Constitución del 1978, nos ofrece, en la primera parte, su visión de la misma Constitución, de la transición política, de los partidos políticos y del consenso, de los años posteriores a la Constitución, de los problemas autonómicos y territoriales y de sus conocidas propuestas para el desarrollo y reforma constitucional. En la segunda parte: el orden público, el terrorismo, la construcción europea y su visión de la Doctrina Social Católica constituye una temática tan familiar para el autor que nos atreveríamos a decir que su biografía, en parte, se puede escribir al filo de estas cuestiones.

La perspectiva como presenta esta temática no es tanto la reflexión abstracta cuanto el relato personal de acontecimientos vividos que           –permítaseme la licencia– a veces suena a diario personal de quien levanta acta de lo sucedido sin preocuparse demasiado en contrastarlo con otras posiciones o pareceres. Resalto que quiere ofrecer su visión de las cosas. Temas, lugares y tiempo concreto junto a un amplio elenco de nombres forman un capítulo importante de nuestra historia reciente.

Me atrevo a subrayar algún aspecto que puede que llame la atención de algunos lectores. Sería injusto no valorar el balance que Don Manuel hace de la Constitución y no ponderar sus propuestas. Llama la atención, dentro del balance positivo que nadie negará, sus afirmaciones finales: “ (La Constitución) ha proporcionado más de un cuarto de siglo de convivencia política pacífica en pluralismo y tolerancia; de desarrollo económico y social; …un centrismo asentado, y una creatividad fecunda…”. El optimismo quiere darse la mano con el realismo del que ha sido no sólo testigo del acontecer histórico, sino también un actor destacado del mismo.

Con calor hace una apología de su largo itinerario político desde los inicios de la década de los años cincuenta y, más en concreto, de sus responsabilidades de gobierno en los años sesenta. El capítulo en el que describe su experiencia de la transición política es el de uno de sus protagonistas más notables. Don Manuel se propone redactar una última narración de la transición que, en parte, está presente ya en anteriores publicaciones suyas. Hay expresiones que no dejarán de ser analizadas por algún lector que quiera ir más allá de lo explícitamente escrito como la dialéctica entre “la conciencia moral y la racionalidad científica” (p. 25: “Muchos españoles no comprendieron entonces (y algunos todavía hoy tampoco) la dificultad que tenía entonces aquella actuación (se refiere al 1969), dictada en todo caso por la conciencia moral y la racionalidad científica”…). En su tesis de que : “La Constitución Española fue un punto razonable de partida para el desarrollo político ordenado que superase los viejos demonios familiares de siglo y medio de fracasos” resume bien la valoración positiva de esa búsqueda de la conciencia por encontrar una fórmula de futuro en bienestar reconciliación y paz para España (p. 30).

Es de esperar que si alguien puede hacer con toda justicia un cántico al consenso entre los partidos en la transición es el político villalbés. Y, también, es él el que puede advertir con autoridad personal de la necesidad histórica de asentar los presupuestos morales, prepolíticos, para que el consenso logrado siga garantizando los derechos fundamentales de todos los ciudadanos en un proyecto solidario de bien común y unidad para España.

En esta tarea se han empeñado en las últimas décadas pensadores  –filósofos, juristas, historiadores…– del máximo prestigio entre nosotros y fuera de nuestras fronteras. Pienso en este momento en el recientemente fallecido D. Julián Marías como un señero ejemplo de este compromiso con una visión cristiana de la dignidad de la persona humana que tanto puede contribuir a renovar sólidamente el consenso “pre-político” de la sociedad española en orden a su próximo y lejano futuro. En enero del año 2004, en un diálogo ya famoso entre J. Habermas y el entonces Cardenal Ratzinger, se ponía de manifiesto cuán urgente era para toda Europa llegar a ese acuerdo “pre-político”, contando con su historia cristiana.

Son muchos y muy ricos los temas que trata Don Manuel Fraga en este libro. Unos con más amplitud y profundidad que otros. Cuando se refiere a las orientaciones del Vaticano II y a las indicaciones del magisterio de la Iglesia, es evidente que no quiere ser ni exhaustivo en el tratamiento concreto de la temática abordada, ni en el análisis de su contexto histórico inmediato y mediato (véase la bibliografía utilizada que puede ser completada en las pp. 158-160…); más bien, intenta sugerir y alentar a ulteriores profundizaciones.

Muy interesante es el capítulo dedicado al terrorismo del que se ha ocupado ampliamente la muy conocida Instrucción Pastoral sobre el terrorismo de la C.E.E., al igual que lo hubieran hecho anteriormente otros pensadores cristianos y otros teólogos europeos como el propio Cardenal J. Ratzinger. También se adentra el autor en reflexiones sobre los contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia y aún de la misma Eclesiología –cita, por ejemplo, la definición de la Iglesia como “el sacramento originario, el Ursacrament de la teología muniquesa”… (p. 241) sin dejar a un lado la temática candente relativa a la relación Iglesia-Estado. Naturalmente, por el género literario usado, comprende que se traten de acercamientos doctrinales y prácticos sugestivos, que invitan al lector a una profundización ulterior.
Estoy seguro que la lectura de estas páginas del libro, que me cabe el honor de presentar a Vds., y que recogen la experiencia, no sólo política, sino también humana y religiosa de un hombre de Estado que nunca ocultó su condición de católico, prestará una ayuda intelectual y moral, muy valiosa, para todos los españoles de buena voluntad que en esta difícil encrucijada de nuestra historia buscan lo mejor para España. Para España, para la que pedimos la bendición de Dios.