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La nueva dirección de la residencia del Cardenal Arzobispo Emérito de Madrid Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, será:

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El Cardenal
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La “Misión Joven” y la llamada a la Conversión

“Pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación”.


Mis queridos hermanos y amigos,

Mis queridos jóvenes:

“Pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de Salvación” ¿Cuándo se puede hablar de que el tiempo es favorable y porqué? ¿Tendrá que ver la respuesta certera, objetiva y verdadera a esta pregunta con el conocimiento y la experiencia de la salvación? ¿de la Salvación con mayúscula?

El hombre experimenta constantemente en su vida el efecto del mal: del mal físico, del mal psíquico, del mal espiritual. No hay edad ante la que se detenga la efectividad de esa oscura realidad que envuelve nuestra existencia como una sombra amenazadora. Ni siquiera la juventud aleja de vosotros, queridos amigos, esa amenaza ¿Estáis libres de la enfermedad? No ¿Os sentís seguros ante la muerte? No ¿Os consideráis inmunes ante posibles depresiones, bajos estados de ánimo, desilusiones y desesperanzas? No ¿Creéis, en serio, que sois capaces por vosotros mismos, con vuestras únicas fuerzas, discernir lo que verdaderamente es bueno para vosotros,  abrazarlo  y, después, ponerlo en práctica, consecuentemente, cueste lo que cueste? ¿Verdad que no? El hombre desde el primer momento de su existencia, desde su concepción, necesita auxilio, ayuda, perdón, amor… ¡salvación! Si, luego, en el recorrido de la vida, en alguna o algunas circunstancias de la misma, se olvidase de esa penuria fundamental, inherente a su condición humana, el recuerdo de la certeza inexorable de la muerte le devolvería a la desnuda y oscura realidad de sí mismo, de su incapacidad radical para asegurarse la vida y la felicidad: ¡la vida verdaderamente feliz! “Ante la muerte el enigma de la condición humana alcanza su culmen”, enseña el Concilio Vaticano II (GS 18).

El morir resulta tan inevitable e indescifrable para cada persona individual como para toda la humanidad. Ni la sociedad ni tampoco el Estado, con su enorme poder, son capaces –ni lo serán jamás– de dominar la muerte y de eliminar el mal del paisaje diario de la existencia humana y mucho menos del horizonte futuro del hombre. ¡Sí, el hombre necesita Salvación! Más aún ¡necesita un Salvador! ¡Necesita a Dios! ¡Necesita a Cristo! Porque, en la raíz de todos sus males se encuentra un mal primordial, el pecado, es decir, el haber roto desde el origen de su existencia con Dios con la pretensión de erigirse él mismo en “Dios” sobre la tierra. “Seréis como Dioses”, les promete “la serpiente,” el Maligno, a nuestros primeros padres en el Paraíso, con una sola y significativa condición: si comen “de la fruta del árbol del bien y del mal”, o lo que es lo mismo, si desobedecen a su Creador, si destruyen “la imagen divina”, impronta de su ser. Las consecuencias para ellos y para nosotros, sus descendientes, no se dejaron esperar: el hombre –¡todo hijo de hombre!– quedó marcado para siempre por la mortalidad y por la fragilidad física y, lo que es más grave, por la debilidad espiritual y moral. Al hombre no le quedaba otra salida para escapar al abismo de la muerte en el tiempo y más allá de él –¡en la eternidad!– que la de la victoria sobre el pecado, desenmascarando su fascinación y derrotando la fuerza seductora del “Tentador” ¿El camino para lograrlo?: el abierto  por Dios mismo, por su amor a aquella criatura, creada a “su imagen y semejanza”, que es el hombre. La historia de la Antigua Alianza sellada con el pueblo elegido de Israel nos muestra como Dios lo buscó apasionadamente. Yahvé va a su encuentro, le habla, le llama, le invita a que vuelva a su amistad, a su amor fiel, creyendo y confiando en El ¡Sí, le ofrece un amor compasivo y misericordioso! Pero Israel se resiste una y otra vez ¿Por qué Israel no quiere reconocer su pecado? ¿Por qué el hombre de aquel tiempo –y de todos los tiempos– se muestra tan reacio a abandonar su tremenda e impotente soledad, no abriendo las puertas de su corazón a quien le ha creado por puro amor? Por “el amor de si mismo”, por la orgullosa concupiscencia que le ciega, embauca y domina. Dios pide a su Pueblo una sola cosa: ¡conversión! ¡Convertíos a mi de todo corazón –le apremiaba el Señor a través de la voz del Profeta Joel–, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras! Convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso” Los hijos de Israel se niegan ¡Qué difícil resulta al hombre abrir su corazón a un Sí humilde, confiado y entregado al amor de quien le quiere con amor apasionado y celoso ¡infinitamente!: a Dios! No va a ser sólo el Pueblo elegido el que se obstine en la infidelidad. Lo hará también toda la humanidad.

“Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el “no” del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza”. Nos envió al Hijo, a su Hijo único, “para reconquistar el amor de su criatura. Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito”, como nos recuerda con tan honda belleza el Santo Padre, Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2007: “Mirarán al que traspasaron” (Jn. 19,37). Sí, un nuevo tiempo ha comenzado, “el tiempo favorable” ¡Ha llegado la hora de la conversión! Porque Él, “el que es Amor”, nos escuchó, vino en nuestro auxilio, tomando sobre sus hombres nuestros pecados ¡muriendo en la Cruz! ¿Vamos nosotros, que lo sabemos, a cerrarle las puertas de nuestro corazón? ¿Se va a producir en nuestra vida –quizá una vez más– lo que uno de nuestros más geniales poetas de la lengua española, en conmovedor “soneto”, constataba como una  respuesta frecuente de los suyos al Señor que pasa “las noches del invierno oscuras” a “nuestra puerta” “cubierto de rocío?”:

“¡Cuántas veces el Ángel me decía:

‘Alma asómate a la ventana’,

verás con cuanto amor llamar porfía!

y cuántas, Hermosura soberana:

‘Mañana le abriremos’, respondía,

para lo mismo responder mañana!”

¡Dios no puede amarnos y perdonarnos más de lo que ha hecho. Con más y mayor ternura y misericordia! “En la Cruz Dios mismo          –recuerda el Papa– mendiga el amor de su criatura” ¿Se lo vamos a negar, queridos jóvenes de Madrid? A ese “su amor loco” por nosotros, como lo califica Benedicto XVI, no podemos responder con la loca soberbia y/o cobardía de encerrarnos de nuevo en nosotros mismos, apartando los ojos de El: “al que traspasaron”. A no ser, naturalmente, a costa de endurecer nuestro corazón frente a todo y frente a todos, de nuestra desgracia y de nuestra infelicidad.

No, no podemos en esta Cuaresma –¡Cuaresma de la Misión Joven!– desperdiciar la hora definitiva de la gracia, lo que puede ser nuestro “día” y “nuestro tiempo” muy personal y concreto de salvación ¿Quizá una de nuestras mejores oportunidades? Como San Pablo, a sus fieles de Corinto, “os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Y, lo que es previo: “¡no endurezcáis hoy vuestro corazón!” ¡Dejaos amar por el Corazón de Cristo! ¡Escuchad su voz! Él nos llama como en los primeros días de su vida pública. Decía: “el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca ¡convertíos y creer en la Buena Nueva” (Mc. 1,15). Nos llama, sobre todo, desde la Cruz ¡Cruz victoriosa y gloriosa! En ella “quedó clavada la salvación del mundo” ¡nuestra Salvación!

Cojámonos de la mano de María, la Virgen, su Madre y Madre nuestra, Virgen de la Almudena, que  aguarda y espera a los jóvenes de Madrid en estos días cuaresmales con el ansia amorosa de una Madre única y excepcional que quiere llevarles hasta esa Cruz de su Hijo para que aprendan a “mirarle” y a contemplarle. Del Corazón de Cristo, abierto por la lanza del soldado, brota sangre y agua ¡Daos cuenta –nos dice Ella– que ese divino Corazón ha sido “traspasado” por vuestro amor. Si así lo miráis, queridos jóvenes, podréis celebrar su Pascua, el triunfo de su Resurrección, por el don del Espíritu Santo, como un nuevo despertar de vuestras almas a la Nueva Vida, la Vida de la Gracia y la Santidad, y como una vocación: la de ser “misioneros” del Amor de Cristo para todos vuestros hermanos y compañeros, los alejados de Él porque lo desconocen o quizá también porque lo rechazan, y para los que pasan indiferentes y tibios a su lado. A Ella le suplicamos también que “los misioneros” de “la Misión Joven de Madrid” sientan y vivan sus actividades y obras misioneras de esta fase decisiva del tiempo cuaresmal y de la Pascua del Señor con “el ardor” del amor a Cristo propio de los Apóstoles: al estilo de Pedro y de Pablo, de Santiago el Mayor, el Patrón de España y su primer evangelizador, y de su hermano Juan, los hijos del Zebedeo.

¡Qué el fruto de “la Misión” vaya granando en el alma de muchos jóvenes madrileños con el Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación! ¡Qué sirva también para que algunos den el primero y firme paso de la fe y del Bautismo! ¡Que ellos mismos, los misioneros, maduren también en la gracia de la vocación que han recibido del Señor: la vocación sacerdotal, la vocación religiosa y de especial consagración, la vocación para el matrimonio-cristiano y para el apostolado seglar!

Sí, “ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación”, muy especialmente para todos vosotros, queridos jóvenes de Madrid.

Con todo afecto y mi bendición,