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El Cardenal
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Esperamos al Salvador

Al comienzo del Adviento del 2007

Mis queridos hermanos y amigos:

Muchas son las razones que nos ofrecen las más variadas experiencias de la vida diaria en nuestro entorno más próximo y en el ámbito más amplio de la sociedad para sentirnos desanimados y escépticos ante lo que nos pueda deparar el futuro e, incluso, para rendirnos a actitudes derrotistas y deprimidas ante los retos del presente. Por ejemplo ¿no es posible realizar o, al menos, concebir el matrimonio como la unión en el amor fiel del varón y de la mujer, unión indisoluble, y que compromete todos los ámbitos de la existencia personal? ¿no es posible en las circunstancias concretas de la sociedad actual dominada por el afán de riqueza, de placer y de poder, vivir el matrimonio en toda su verdad, abierto a la procreación y educación integral de los hijos; dispuesto, por tanto, a constituirse en familia, hogar imprescindible para la vivencia y aprendizaje del amor y para que fructifique el don de la vida? ¿Habrá que rendirse a las presiones de los medios de comunicación social, de las leyes injustas y de los usos sociales cada vez más extendidos, hostiles a la verdad del matrimonio y de la familia fundada en una ley, reflejo y exigencia de la naturaleza del hombre, tal como ha sido pensada y querida por Dios? ¿Cómo no puede ser posible acabar con lo que el Concilio Vaticano II llama el “crimen nefando” del aborto, en cuyas prácticas se está llegando al infanticidio? Ayer se ha cometido un nuevo y terrible atentado terrorista. Sus víctimas, dos jóvenes madrileños, guardias civiles, ¡el uno ha fallecido en el acto! el otro ha resultado gravísimamente herido. ¿Tampoco se puede acabar con el horrible azote del terrorismo etarra? (Cfr. GSp, 51). Las preguntas concretas, referidas a otros muchos aspectos de la vida, que caracterizan el estilo existencial y la cultura dominante del hombre y de la sociedad contemporáneas, podían alargarse indefinidamente. Hay una, sin embargo, en la que podían cifrarse todas las demás y que podría formularse así: ¿seremos capaces de nuevo, a la altura del siglo XXI que acaba de comenzar, vivir de acuerdo con la ley de Dios? ¿Estaremos dispuestos, al menos, a reconocer y a estimar esa ley como el código de la verdadera humanidad? ¿de la humanidad salva y sana?

También, ahora, después de Cristo, que ha revelado al hombre lo que es el hombre y lo ha salvado por la vía del amor misericordioso, continúa acuciante esta pregunta. También para el hombre de la era cristiana, en la que nos encontramos y a la que pertenecemos, deviene difícil cumplir la exhortación paulina: “conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas, ni borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y pendencias” (Ro 13, 13). Y, efectivamente, desde el punto de vista de lo que puede realmente el hombre en el plano moral y espiritual, abandonado a sí mismo, resulta difícil -cuando no prácticamente imposible-, adherirse sin fisuras y reserva alguna a ese ideal de vida diseñado y marcado por la sabiduría y el amor de Dios, su Creador. ¿No hay lugar pues para la esperanza? Sí, lo hay, si sabemos preparar la venida del Señor en comunión de oración, de penitencia y de amor fraterno ¡de esperanza! con toda la Iglesia. Sí, basta saber y querer vivir la espera y la esperanza del Salvador, imitando y siguiendo, sobre todo, a su Madre, la Santísima Virgen María.

Siempre, por tanto, que la Iglesia emprende con un nuevo año litúrgico el camino del Adviento, está invitando y animando a sus hijos a que preparen con el alma bien dispuesta la acogida del Señor que viene: el Señor que vislumbraron en lontananza los Profetas de Israel y que intuyeron muy próximo los hijos fieles y humildes del pueblo elegido, presintiendo que la plenitud de los tiempos estaba al caer, y que es el mismo Señor Jesucristo que vino ya y que vendrá en Gloria y Majestad al final de los tiempos y que viene constantemente a su Iglesia en la celebración litúrgica de los Misterios de su Encarnación y Nacimiento en Belén; el Señor que quiere visitar y habitar en el alma de sus fieles y, por la mediación eclesial, llegar a toda la familia humana: a todos los hijos de los hombres de cualquier época y lugar.

¡No perdamos de nuevo la ocasión de salir al encuentro del Señor con el alma bien dispuesta! ¡“Vestíos del Señor Jesucristo”! (Ro 13,13) De esa actitud nuestra, espiritualmente expectante y vigilante, humilde en la plegaria y preparada para una nueva conversión, dependerá en gran y decisiva medida el fruto de toda la acción misionera de nuestra Iglesia Diocesana y, muy singularmente, de la nueva etapa de “la Misión Joven” que mira a la evangelización de la familia y por la familia. A este mundo nuestro de postración interior, de indiferencia y desgana moral; a su juventud tentada y arrastrada por la vorágine de una oferta de placer y de poder, presentada como la única razón de vivir y que, al final, les vacía el alma y les despoja de lo más valioso de sí mismos, hay que llevarles de nuevo el Evangelio de la Esperanza: la Buena Noticia de que el Dios, contra el que habían pecado nuestros primeros padres y nosotros mismos, ha venido a nuestro encuentro haciéndose hombre y que su venida vuelva a ser actualidad. ¡Actualidad nuestra! ¡actualidad para nuestros contemporáneos! ¡actualidad para las nuevas generaciones! Antes de la venida de Cristo, recuerda el Papa en su recientísima Encíclica “Spe salvi facti sumus” –en esperanza fuimos salvados–, publicada anteayer, el hombre estaba “en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaba sin Dios”. Pues bien, el tiempo y la historia sin Dios han terminado ¡El Hijo Unigénito de Dios se ha hecho hombre y viene a nosotros para devolvernos la esperanza! “Daos cuenta del momento en que vivís -amonestaba San Pablo a los fieles de Roma-: ya es hora de despetaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer” (Ro 13,11).

A la Virgen Santísima del Adviento, la que concibió en sus entrañas al Hijo de Dios según la carne, la que lo guardó muy cerca de su corazón de Madre para ofrecérselo al mundo, le suplicamos: ¡enséñanos a esperar con el alma y el corazón bien dispuestos por la oración y el Sacramento de la Penitencia a recibir de nuevo a Jesucristo, el Salvador, el Hijo Unigénito de Dios, tu Hijo, en nuestras vidas! Enséñanos a dejarnos “modelar” por Él, por su gracia, en todo nuestro pensar, nuestro obrar y nuestro querer ¡en todo nuestro ser!

Con todo afecto y mi bendición, especialmente para las familias de las dos víctimas del atentado terrorista de ayer,