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La nueva dirección de la residencia del Cardenal Arzobispo Emérito de Madrid Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, será:

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Carta Pastoral del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio Mª Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid en el Día Nacional del Apostolado Seglar y de la Acción Católica

“CRISTIANOS LAICOS, LUZ Y SAL DEL MUNDO”

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La solemnidad de Pentecostés, en la que celebraremos el Don del Espíritu Santo sobre los Apóstoles nos ofrece cada año una nueva luz para profundizar en la vocación y la misión de todos los fieles laicos, en el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, que este año se celebra bajo el lema Cristianos laicos, luz y sal del mundo.

La vocación y la misión de los fieles laicos tienen su origen en el Espíritu Santo que es derramado sobre los apóstoles para hacer eficaz el mandato del Señor de anunciar el evangelio a todos los hombres. El don del Espíritu y la misión que comporta tienen lugar en una sociedad muy cambiante en la que, como ha dicho el Papa Benedicto XVI desde el inicio de su pontificado, el hombre vive dominado por el relativismo, que ensalza la autonomía de la persona como si ésta fuera la que determina su destino sin ninguna referencia a Dios y a la ley moral, inscrita en el corazón del hombre. El hombre que vive así, separado de la Verdad que fundamenta su existencia en el Dios Creador, es un ser perdido y solitario, que camina sin brújula y a merced de los vientos de sus propias apetencias. ¡Qué bien lo describe Jesucristo al decir que anda como oveja sin pastor (Mc 6,34).

Jesucristo es el Buen Pastor que conduce a sus ovejas hacia la Verdad plena, hacia los únicos pastos capaces de saciar su ansia de felicidad y de paz. Aunque el hombre pretenda satisfacer sus deseos de felicidad en los gozos sensibles y pasajeros de una vida cómoda, en la que se hace del bienestar material la cima de sus aspiraciones, su corazón sólo puede saciarse en la única Verdad de Dios, que se nos ha manifestado en Jesucristo. Como ha dicho Benedicto XVI en su carta encíclica Spe Salvi «sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás», no bastan las grandes o pequeñas esperanzas que nos mantienen en el camino de la vida (31); ninguna de ellas puede eclipsar, y menos suplantar, la esperanza de quien vive con el ansia de la inmortalidad, de la vida sin fin.

El don del Espíritu Santo nos trae la esperanza que no defrauda, porque viene respaldada por el triunfo de la resurrección de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Con esta esperanza, el cristiano camina con la certeza de que su vida, como dice el apóstol san Pablo, está habitada por el Espíritu de quien resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rom 8,11). Es esta certeza la que nos hace ser poseedores de una esperanza gloriosa, la de los hijos de Dios, que debemos comunicar a los demás con gozo y valentía. Ésta es la razón última del apostolado cristiano: anunciar y comunicar a los hombres que la Vida eterna se nos ha revelado en Jesucristo y que de ella participamos todos los que recibimos la fe y el bautismo. Por eso, los cristianos somos luz del mundo y sal de la tierra. Como luz, iluminamos todas las situaciones de la existencia humana desde la Verdad de Cristo, válida para todos los hombres y para todos los tiempos. Su Verdad no pasa, no está sometida a modas temporales. Es la Verdad eterna, inmutable, capaz de dar sentido a cada momento y situación de la vida humana. Como sal, estamos llamados a vivir en medio de la sociedad y del mundo dando gusto y sabor a todo lo que, separado de Dios y de su Verdad, se torna insípido. Para ello, debemos gustar nosotros del don de Dios, que es el Espíritu y saborear sus infinitas gracias. Debemos vivir bajo la acción del Espíritu que nos viene de Cristo Resucitado.

El primer día de la semana, el Señor se aparece a sus discípulos y, antes de hacerles partícipes del Espíritu Santo, les muestra sus llagas. Les hace comprender que el triunfo de la Resurrección no ha suprimido los signos de la cruz, que son signos de amor. Al mostrarles sus llagas, les revela no sólo su identidad personal sino la fuente de donde brota toda la fuerza del Espíritu. Les hace entender, sobre todo, que es en el Corazón de Aquél que ha padecido y muerto por nuestras heridas y que ahora vive para siempre, en quien únicamente podemos encontrar un verdadero descanso. Hemos de poner el Corazón traspasado de Jesús, de dónde brotan el agua de nuestro bautismo y la sangre de la eucaristía en el centro de nuestras familias, en el centro de nuestros lugares de trabajo, en el centro de la cultura, el arte y la economía. De este modo, queridos fieles laicos, el Amor de Jesús, que es el ancla de la verdadera esperanza curará todas las heridas y llenará nuestros anhelos más íntimos. Con este motivo quiero también renovar mi invitación a todos los jóvenes de nuestra Diócesis a participar el día 6 de Junio, en la peregrinación de la Archidiócesis de Madrid al Cerro de los Ángeles para poner ante Él los frutos de la Misión Joven.

Al principio del Sermón de la montaña, como un eje entre la llamada a la bienaventuranza y la verdadera justicia, pone el Señor las palabras que este año nos sirven de lema para el Día Nacional de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Vosotros, laicos cristianos, sois la sal y la luz del mundo. Queridos laicos cristianos, con vuestras obras movidas por la misma Caridad de Cristo ¡mostrad al mundo cuál es la verdadera sabiduría, en qué se fundamenta la verdadera esperanza! Por el don de la sabiduría, que viene del Espíritu Santo, los fieles laicos estáis llamado a vivir sacando el máximo sabor a la existencia, descubriendo el verdadero valor de todas las cosas en Cristo. Es posible vivir en el mundo, en los distintos ambientes, amando como el Señor nos ha amado.

En el contexto de esta solemnidad de Pentecostés no quiero dejar de tener un recuerdo para todos los militantes y miembros de los distintos movimientos de Acción Católica y para aquellos fieles que os asociáis en los distintos movimientos y asociaciones apostólicas de nuestra Iglesia diocesana. Por vuestra llamada a colaborar en el fin apostólico de la Iglesia es tarea vuestra profundizar en el verdadero sentido de las cosas en el mundo del trabajo, de la familia, de la enfermedad y de la discapacidad, de la cultura y el ocio. Ordenando todas las cosas en el amor a Cristo, dais testimonio de la verdadera bienaventuranza que en Él se nos ha manifestado.

Nuestra Madre y Señora, la Virgen María, es también para vosotros Maestra que os enseña a desarrollar vuestra existencia con el corazón lleno del Amor de Dios. María supo vivir sacando a la vida el mayor sabor, sin desfigurarla ni gastarla en vanas esperanzas. Su esperanza estuvo siempre y totalmente puesta en la fidelidad de Dios a su Alianza. Ella, que es Estrella de la mañana, ilumine con su Corazón inmaculado nuestras ocupaciones cotidianas para que podamos ser testigos de la verdadera sabiduría que procede del Espíritu Santo.

Con todo afecto y mi bendición,