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Homilía en la Renovación de la Consagración de España al Sagrado Corazón

Cerro de los Ángeles, 21.VI.2009; 10’00 h.

(Os 11,1b.3-4.8c-9; Sal Is 12,2-3.4bcd.5-6; Ef 3,8-12.14-19; Jn 19, 31-37)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Aquí, en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de la Península Ibérica, se consagraba a España hace noventa años al Sagrado Corazón de Jesús ante la estatua que había sido levantada por la piedad cristiana del pueblo español en este lugar elegido sabiamente para expresar, esculpida en piedra, una plegaria ardiente e incesante: que el Sagrado Corazón de Jesús reinase en España por la gracia de su amor infinitamente misericordioso, elección, fruto de una luminosa toma de conciencia histórica y llena de un profundo significado espiritual para el presente y el futuro de España.

Eran “tiempos recios” aquellos, como solía decir Santa Teresa de Jesús de los suyos. Había transcurrido poco tiempo después del final de la I Guerra Mundial. Europa y una buena parte del mundo yacían en ruinas. Ruinas materiales que ponían al desnudo el fracaso de una visión del hombre y del mundo que había pretendido construirse a través de una concepción puramente terrena –empírica y positivista– de la realidad. En los proyectos económicos, socio-políticos y culturales del primer siglo de la Ilustración moderna se había querido prescindir de Dios por parte de amplios e influyentes sectores de la sociedad. El resultado estaba a la vista. ¡Detrás de la desolación física se escondía el vacío moral y espiritual! Ni la llamada “cuestión social” con la hiriente y dramática explotación de los trabajadores y sus familias, ni la problemática de la deseada unidad y concordia de las naciones europeas habían encontrado nuevos horizontes que indicasen la recta dirección para una solución justa y duradera. En plena guerra había estallado la Revolución Bolchevique. La Postguerra aparecía ensombrecida por profundas convulsiones revolucionarias… España no estaba ajena, a pesar de su neutralidad durante la contienda, a toda la tragedia que asolaba a los pueblos hermanos de Europa.

La Iglesia venía ofreciendo, especialmente desde el siglo XVII, a ese mundo que quería progresar y modernizarse económica, social y políticamente el eterno anuncio del Evangelio a través de una propuesta formulada en términos profundamente renovadores: la propuesta del Misterio del Amor de Dios revelado y donado en Jesucristo para la salvación del hombre y, con la salvación del hombre, para la salvación del mundo. A través de intervenciones singularísimas del propio Señor Jesucristo en almas privilegiadas –hoy recordamos especialmente a Santa Margarita María de Alacoque–, ese Amor infinitamente misericordioso, benigno, sanador, transformador de lo más hondo del ser humano, se nos presentaba bajo el bellísimo simbolismo de su Sagrado Corazón herido físicamente por la lanza del soldado romano y traspasado espiritualmente por nuestros pecados. De esa herida, humano-divina, sale el torrente de gracia y de vida nueva, fruto y don del Espíritu Santo, la Persona-Amor en el Misterio de la Santísima Trinidad. Es esa gracia la que perdona y sana al hombre, elevándolo a la dignidad de los hijos de Dios y haciéndole partícipe de la vida divina. La invitación de entrar por esa espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús podía parecer ilusa a los ojos pragmáticos de muchos; pero era en verdad la única propuesta que podía superar los egoísmos y los odios encendidos de aquella historia, orgullosa de su modernidad, que cifraba en el progreso no de todo el hombre y de todos los hombres, sino del hombre material –“carnal”– y del hombre fuerte, el capaz de triunfar en la lucha por la existencia en este mundo. El “super–hombre” era su ideal.

Los tiempos han cambiado noventa años después de aquél acto en el Cerro de los Ángeles que emocionó entonces a toda España, la más oficial y la netamente popular. También hoy necesita nuestra patria los bienes de la reconciliación, de la solidaridad, de la justicia, de la concordia y de la paz. El terrible atentado de ETA que le costó anteayer la vida a un servidor de la seguridad y de la paz de todos los españoles lo pone dramáticamente una vez más de manifiesto. Esos bienes los necesitan especialmente nuestros jóvenes generaciones y sus familias; y la pregunta vuelve a plantearse no con menor urgencia que en 1919: ¿será posible conseguirlos a espaldas de la fe en Jesucristo, ignorando el don de su Amor? El interrogante adquiere incluso –en comparación con otros pueblos de Europa–, un acento de gravedad singular al dirigirlo a una nación marcada en lo más profundo de su alma y de su ser históricos por la profesión de la fe católica de su Pueblo, vivida con admirable fidelidad en el seno de la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, presidida por el Papa, el Sucesor de Pedro en la sede de Roma, como Pastor universal y Vicario de Cristo en la tierra. ¿Puede España encontrar hoy los caminos de un futuro pleno de los bienes que constituyen y aseguran la dignidad de la persona y el bien común de todos sus hijos e hijas abandonando la fe de sus mayores? Porque tenemos la certeza de que el camino de la descristianización no conduce a ningún futuro de salvación y de verdadera felicidad para el hombre, renovamos hoy, en el Cerro de los Ángeles, aquella solemnísima consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús que hicieran nuestros antepasados en la Iglesia y en la sociedad en el año 1919 para que alumbrara la luz de la verdadera esperanza en aquellos momentos tan cargados de graves incertidumbres no sólo para ella, sino también para Europa y para el mundo. Lo hacemos pidiéndole para todas las familias de nuestra patria y para todos los españoles lo que San Pablo, “de rodillas”, pedía “al Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra”: que nos conceda por medio de su Espíritu robustecernos en lo profundo de nuestro ser, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones, que el amor sea nuestra raíz y nuestro cimiento; y, así, con todos los santos, logremos “abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano” (Ef 3, 14-19). Sí ¡que comprendamos y bebamos el amor en su fuente purísima, en el Sagrado Corazón de Jesús! Sólo así podemos ser testigos de la esperanza gozosa y eterna.

¡Quiera Nuestro Señor Jesucristo reinar hoy y siempre en España, en el corazón de sus hijos y de sus hijas, como lo había prometido al Siervo de Dios, Bernardo de Hoyos! Y que el Corazón Inmaculado de su Madre santísima, Madre suya y Madre nuestra, Reina de los Ángeles, nos ayude para acoger de nuevo la gracia del Reinado espiritual de su Divino Hijo en nuestras almas y en nuestras vidas con total disponibilidad y entrega.

El Santo Cura de Ars solía repetir que “el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”. Efectivamente, los sacerdotes son los instrumentos imprescindibles de la gracia y del amor salvador de Cristo. El año sacerdotal que acabamos de inaugurar, unidos al Santo Padre, nos lo quiere recordar con nueva viveza. La renovada consagración de España al santísimo Corazón no cuajará en frutos abundantes de vida y testimonio del amor cristiano sin sacerdotes santos ¡ España, la España de hoy, necesita muchos y santos sacerdotes según el corazón de Cristo!
Amén