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Salir al encuentro. Jornada Mundial del emigrante y del refugiado

JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO

Migraciones y nueva evangelización

15 ENERO 2012

 

SALIR AL ENCUENTRO

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el próximo domingo 15 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a «despertar en cada uno de nosotros el entusiasmo y la valentía que impulsaron a las primeras comunidades cristianas a anunciar con ardor la novedad evangélica, haciendo resonar en nuestro corazón las palabras de san Pablo: «El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16)[1].

La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado en efecto, brinda a toda la Iglesia una nueva oportunidad de reflexionar sobre el creciente fenómeno de la emigración en este mundo global, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera. «Como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Jn 13,34) es la invitación que el Señor nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos todos como hermanos en Cristo»[2].

Una llamada a nuestra acción pastoral

Con la mirada puesta en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que acabamos de celebrar, la Jornada Mundial nos estimula a realizar una pastoral de comunión, a salir al encuentro de los que llegan y a actualizar las estructuras tradicionales de atención a los inmigrantes y refugiados, a fin de  que respondamos mejor a las nuevas situaciones en que interactúan culturas y pueblos[3]. Deseo que nuestras comunidades cristianas sean constructoras de unidad integradora, capaces de abrazar a todos por encima de las diferencias de nuestros orígenes. Una pastoral de verdadera comunión.

Desde que el viejo Adán le diera la espalda, Dios no ha cesado de salir en busca del hombre. Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas y así será para siempre a través de la historia. Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida, como les ocurre a los primeros apóstoles, según nos narra el Evangelio de este domingo (Jn 1,35-42).

La esperanza que nace de esta presencia de Cristo, de una parte, nos mueve a los cristianos a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, de otra, nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para hacer frente, inmigrantes y madrileños, al apasionante reto de construir un futuro de esperanza para todos.

 

Una nueva «imaginación»  pastoral

Desde hace unas décadas, inmigrantes y madrileños convivimos, trabajamos, crecemos juntos y formamos parte de nuestra sociedad y de nuestra diócesis. No podemos considerar a los inmigrantes como extraños, como forasteros. Somos muchos los que en nuestra sociedad madrileña estamos caminando juntos. Todos estamos llamados a desarrollar una convivencia verdaderamente humana basada en la fraternidad. Son nuestros vecinos, son nuestros conciudadanos, son nuestros diocesanos y nuestros feligreses, son nuestros hermanos.

En un mundo cada vez más globalizado, los inmigrantes han contribuido a crear −junto a nuestras migraciones interiores− una sociedad cada vez más intercultural y multiétnica, con problemáticas nuevas, no sólo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual[4]. Este cúmulo de circunstancias suscita nuevas situaciones pastorales que nuestras comunidades parroquiales no pueden por menos de tener en cuenta y que exigen una respuesta imaginativa. Corresponderá a sus miembros buscar ocasiones oportunas para compartir con quienes son acogidos el don de la revelación del Dios Amor, «que tanto amó al mundo, que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). A pesar de las difíciles condiciones de vida, debemos trabajar para que no les falte a los trabajadores inmigrantes y a sus familias el cuidado pastoral ordinario, el anuncio de Jesucristo, la luz y el apoyo del Evangelio, que abre a los hombres horizontes de salvación y de esperanza.

Las comunidades parroquiales no deben olvidar que el hombre y la mujer inmigrantes han sufrido un profundo cambio cultural con el desplazamiento geográfico y el paso de un mundo rural a un mundo urbano, y del sector agrícola y ganadero al sector industrial y de servicios, que significa un cambio de civilización. Cambio que produce inmediatamente un hecho significativo que merece nuestra atención: que la gente pierde la base de sustentación, el substrato sociológico que sostenía su vida, y su vida religiosa.

Cambio de civilización que conlleva naturalmente graves implicaciones para las personas y para su vida de fe:

–       «Inmigrantes que han conocido a Cristo y lo han acogido son inducidos con frecuencia a no considerarlo importante en su propia vida, a perder el sentido de la fe, a no reconocerse como parte de la Iglesia, llevando una vida que a menudo ya no está impregnada de Cristo y de su Evangelio»[5],

–       Un relevante número de fieles procedentes de las Iglesias Católicas Orientales de rito diferente y de las Iglesias hermanas separadas, que como consecuencia de la dispersión encuentran dificultades para celebrar y vivir su fe, y

–       Podemos encontrarnos, como consecuencia de la encrucijada de credos y culturas que conforman las migraciones, con hombres y mujeres, que aún no han encontrado a Jesucristo, o lo conocen solamente de modo parcial, a cuyo encuentro también hemos de saber salir.

Esta realidad pone de relieve nuestro deber de ayudar a que la fe no se quede en un simple recuerdo para el inmigrante: necesita imperiosamente cultivarla para, con su luz, leer su nueva historia desde la misma fe. De aquí resulta la evidencia pastoral de que el compromiso de la comunidad cristiana con los inmigrantes no puede reducirse a organizar simplemente las estructuras de acogida y solidaridad, por muy generosas que sean; esta actitud menoscabaría las riquezas de la vocación eclesial, llamada a transmitir la fe, que se fortalece dándola; ha de incluir la respuesta debida desde el Evangelio a todas las cuestiones antropológicas, teológicas, económicas y políticas que encierra la condición del inmigrante, del modo como se plantean en la hora actual de la historia.

Es más, a la comunidad cristiana en su relación con el inmigrante ha de importarle en primer término, hoy como siempre, ofrecerle, como a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el servicio eminentemente evangelizador del encuentro con Cristo.

 

Promover la evangelización en una sociedad y mundo globalizados

Nuestras comunidades cristianas han de afrontar el desafío de salir al encuentro para ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas respuestas pastorales, métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios. Recordemos lo que nos dice el mensaje papal:

–       en unos casos se trata de una ocasión para proclamar que la humanidad participa en Jesucristo del misterio de Dios y de su vida de amor, y que se abre a un horizonte de esperanza y paz, incluso a través del diálogo respetuoso y del testimonio concreto de la solidaridad; en otros[6]

–     existe la posibilidad de despertar la conciencia cristiana adormecida a través de un anuncio renovado de la Buena Nueva y de una vida cristiana más coherente, para ayudar a redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que llama al cristiano a la santidad dondequiera que se encuentre, incluso en tierra extranjera[7].

–      De ser conscientes de que el actual fenómeno migratorio es también una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. Hombres y mujeres provenientes de diversas regiones de la tierra, que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen solamente de modo parcial, piden ser acogidos en países de antigua tradición cristiana. Es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación, fuente de «vida abundante» para todos (Jn 10,10)[8].

Y todo ello sin olvidar que también el trabajador inmigrante está llamado a ser testigo del Evangelio: «los propios inmigrantes tienen un valioso papel, puesto que pueden convertirse a su vez en «anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo»[9].

Estamos, pues, ante el reto en orden a afrontar la tarea histórica de hacer posible una sociedad nueva y una convivencia profundamente humana, sobre la base, eminentemente evangélica, del mutuo reconocimiento como hermanos. «Hoy notamos la urgencia de promover, con nueva fuerza y modalidades renovadas, la obra de evangelización en un mundo en el que la desaparición de las fronteras y los nuevos procesos de globalización acercan aún más las personas y los pueblos, tanto por el desarrollo de los medios de comunicación como por la frecuencia y la facilidad con que se llevan a cabo los desplazamientos de individuos y de grupos»[10].

Para la Iglesia, esta realidad constituye un signo elocuente de nuestro tiempo, que evidencia aún más la vocación de la humanidad a formar una sola familia y, al mismo tiempo, las dificultades que, en lugar de unirla, la dividen y la laceran. «En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras»[11].

«La Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas»−[12] por todo ello, la comunidad parroquial está urgida a repensar sus proyectos pastorales, a no encerrarse en seguridades pretéritas, a no inflexionar su diálogo con el mundo, a mantenerse en su vocación misionera y en su mediación de vehicular el diálogo de la salvación entre el Evangelio del Reino, los hombres y los pueblos. Debe constituirse en buena noticia para la cultura y las culturas, para los hombres y los pueblos que constituyen hoy nuestras ciudades y nuestros barrios, nuestros municipios y nuestras comunidades por la diversidad sobrevenida con las migraciones. No puede eludir este desafío. «La caridad es don de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5) en cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva, Evangelio. (…) Los creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar su dignidad. En particular, los cristianos, conscientes del amor del Padre celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los inmigrantes para desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de la civilización del amor»[13].

 

Al servicio del Evangelio de la esperanza

Asumir responsabilidades, problemas, desafíos y esperanzas ante el mundo, forma parte del compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en juego el futuro del hombre en cuanto “ser de esperanza”. Es comprensible que, ante la acumulación de retos a los que la esperanza está expuesta, surja la tentación del escepticismo y la desconfianza; pero el cristiano sabe que puede afrontar incluso las situaciones más difíciles, porque el fundamento de su esperanza es el misterio pascual. Solamente en el Señor puede encontrar fuerzas para ponerse y permanecer al servicio de Dios, que quiere la salvación y la liberación integral del hombre.

Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, «constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes»[14]. Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa. Las condiciones de la sociedad nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana.

En el actual contexto social, los cristianos, madrileños e inmigrantes, estamos llamados a reconocernos entre nosotros como hermanos, a compartir los bienes provenientes de Cristo y a ser testigos del Evangelio. Con la fuerza que brota del Evangelio se hace realidad esa convivencia profundamente humana, pacífica, solidaria y enriquecedora que todo corazón humano desea desde lo más hondo de su ser. De este modo, la nueva sociedad emerge cada vez más visiblemente, por encima de las diferencias de nuestros orígenes y de nuestra condición, con gestos de respeto, de solidaridad, de mutua ayuda, de amistad y fraternidad, realizados con sencillez y constancia en la vida diaria. Necesitamos derribar las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, existen, y rechazar la discriminación o exclusión de cualquier persona, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables para que aumente la comprensión y la confianza.

En este nuevo contexto social, que anteriormente hemos descrito, las experiencias de éxodo y la transferencia a un mundo urbano complejo y cambiante han de ser iluminadas y discernidas desde la luz que proyecta la visión cristiana de la vida sobre toda la realidad, hasta en los más pequeños detalles. Es preciso que los cristianos, los lugareños y los inmigrantes no tengamos ningún miedo a vivirlo todo desde la fe; de este modo, los demás, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, pueden descubrir cómo es verdaderamente necesaria para ellos la Iglesia, y, a través de su misión y su servicio, podrán descubrir el tesoro infinito que encierra, a Cristo Salvador, cuya Presencia en la Eucaristía es el centro y la fuente de todo. Es en, y desde la Eucaristía, como somos verdaderos hermanos, y en esta fraternidad se manifiesta la paternidad de Dios Creador, de modo que se haga visible y fecunda allí donde se vive y se trabaja, en la familia y en la escuela, en la fábrica y en las más diversas condiciones de la existencia humana.

Una atención especial a la familia inmigrante

Frente a los desafíos de esta sociedad, urbana, plural, compleja y cambiante, marcada por la dispersión que se genera, el compromiso misionero de nuestras comunidades se ha de centrar sobre todo en la familia, «no sólo porque esta realidad humana fundamental es sometida hoy a múltiples dificultades y amenazas, y por tanto tiene particular necesidad de ser evangelizada y apoyada concretamente, sino también porque las familias cristianas constituyen un recurso decisivo para la educación en la fe, la edificación de la Iglesia como comunión y su capacidad de presencia misionera en las situaciones más variadas de la vida, así como para fermentar en sentido cristiano la cultura y las estructuras sociales… El presupuesto por el que hay que comenzar para comprender la misión de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formación de la persona y de transmisión de la fe, sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador»[15]. De este modo, nuestras comunidades cristianas contribuirán a que se creen también para las familias inmigrantes las condiciones válidas para la plena realización de los valores fundamentales: la unión tanto del matrimonio mismo como del núcleo familiar que implica la armonía en la mutua integración de los esposos desde el punto de vista moral, afectivo y de su fecundidad en el amor; y conlleva un crecimiento ordenado de todos los miembros de la familia. Es así como se hace posible la formación de personalidades sólidas y comprometidas socialmente con un amplio sentido de solidaridad y disponibilidad para el sacrificio generoso[16].

Una vez más, invito a los inmigrantes católicos y a sus familias a ocupar el lugar que les corresponde en nuestra Iglesia diocesana, y a todos los inmigrantes a ocupar su lugar en la sociedad y a que se abran a los valores de nuestro pueblo. No declinéis vuestra responsabilidad en la educación de vuestros hijos. Pensad que, junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Educadlos en el descubrimiento de su identidad, iniciadlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente[17].

La evangelización de los jóvenes

En medio de esta sociedad plural, los grupos parroquiales, los movimientos y las asociaciones apostólicas han de trabajar para que los jóvenes descubran y se convenzan de que

–     pueden ser fieles a la fe cristiana y seguir aspirando a los grandes ideales en la sociedad actual que les den plenitud y felicidad,

–     la fe no se opone a sus ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona,

–     no se conformen con menos que la Verdad y el Amor, que no se conformen con menos que Cristo,  

–     si permanecen en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontrarán, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría, porque

–     Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios[18].

Queridos jóvenes, inmigrantes y madrileños, «precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano», los cristianos, por encima de las diferencias de nuestro origen, «debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra»[19].

Vosotros, que crecéis y camináis juntos en la escuela, en el barrio, en las organizaciones deportivas, en la formación profesional, en el mundo universitario y en el acceso al mundo laboral y en la comunidad cristiana…, puesto que estáis arraigados y edificados en Cristo, estáis llamados a hacer «visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o exclusión alguna, y a ser un espacio acogedor donde se reconoce a todo hombre la dignidad que le otorgó su Creador». Apoyaos en la fe de aquellos que están cerca de vosotros, vuestra comunidad, en la fe de la Iglesia… Encontraos con «otros para profundizar en ella»[20], participad en los grupos apostólicos y de formación, vivid en la Eucaristía, misterio de la fe por excelencia que hace a la Iglesia: el centro es Cristo que nos atrae hacia Sí, nos hace, salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él y, de este modo, nos introduce en la comunidad de los hermanos[21].Poneos a la escucha de la Palabra de Dios que nos muestra la auténtica senda, es la luz que ilumina el camino. Solamente Cristo puede responder a vuestras aspiraciones. Dejaros conquistar por Dios para que vuestra presencia dé a la Iglesia un impulso nuevo»[22].

Reitero mi invitación a todos a ser testigos del Evangelio y artífices de paz. Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por intercesión de Santa María, nos sostenga en el propósito emprendido. A Ella le encomiendo los esfuerzos y logros de cuantos recorren con sinceridad el camino de la fe, fuente de fraternidad, de diálogo y de paz en medio de la rica diversidad de este vasto mundo de las migraciones. Por su intercesión, estamos seguros de recibir la luz y la fuerza necesarias para avanzar por el camino que su Hijo Jesucristo nos señala.

Con mi afecto y bendición,

 



[1] Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012

[2] Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2011

[3] Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012

[4] Cfr. Mensaje Benedicto XVI  2012

[5] Ibídem.

[6] Ibídem

[7] Ibídem

[8] Ibídem

[9] Exhortación apostólica Verbum Domini, 105

[10] Mensaje Benedicto XVI 2012

[11] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate,7.

[12] CEE. La Pastoral Obrera de toda la Iglesia.

[13] Juan Pablo II,  Jornada Migraciones. 2 febrero 1999.

[14] Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 14

[15] Benedicto XVI.  San Juan de Letrán. Apertura del Congreso Eclesial D. de Roma sobre «Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe».7/6/2005

[16] Cfr. A. Rouco Varela. Una sola familia, un solo pueblo, un solo barrio. 2007

[17] Cfr. Ibídem

[18] Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 agosto 2011

[19] Ibídem

[20] Ibídem.

[21] Benedicto XVI. Homilía en la Misa de clausura del XXIV Congreso Eucarístico Nacional Italiano 29 de mayo 2005.

[22] Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 de agosto 2011