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Conferencia pronunciada en la Basílica de la Purísima Concepción, Barcelona, 11 de marzo de 2012; 19’00 horas.

La JMJ-2011 y la Nueva Evangelización

Historia y Presente[1]

I.             INTRODUCCIÓN

El Santo Padre Benedicto XVI en la audiencia del 24 de agosto en Castelgandolfo, tres días después de las extraordinarias jornadas vividas en Madrid en la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, la calificaba como “un acontecimiento eclesial emocionante. Cerca de dos millones de jóvenes de todos los continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: una verdadera cascada de luz. La semana de Madrid había sido precedida y preparada por “los días en las Diócesis”, con frutos de experiencia eclesial y de vivencia cristiana que hicieron presagiar y esperar lo que iba a suceder en los días del encuentro con el Santo Padre en Madrid. Una excelente muestra de la riqueza espiritual y apostólica de lo vivido en esos días en las Diócesis fue la Ciudad de Barcelona. La valoración de la JMJ-2011 como “una cascada de luz” adquiere en el discurso del Papa a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones de Navidad (12.12.2011) un especial significado en relación con la Nueva Evangelización: “La magnífica experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una nueva medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano”. Modo nuevo que sintetiza a continuación en cinco puntos: una nueva experiencia de catolicidad; un modo nuevo de vivir el ser hombres; la adoración; la presencia del Sacramento de la Penitencia; la alegría.

La pregunta se nos hace inevitable ante la convocatoria del Año de la Fe y de la renovada y clarividente llamada del Santo Padre a la Nueva Evangelización que su predecesor el Beato Juan Pablo II había impulsado con la energía espiritual y el ánimo apostólico misionero tan propio de su personalidad y de su pontificado: ¿el modelo pastoral de las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrece una eficaz y actual forma para evangelizar de nuevo?, ¿sobre todo, en los viejos países europeos de raíces cristianas? Nuestro Santo Padre Benedicto XVI no duda en hacer un diagnóstico de la crisis de la Iglesia en Europa −estrechamente ligada a la crisis general de la sociedad y de la cultura europeas− como una crisis de la fe: “el núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa −afirma el Papa en el citado discurso a la Curia Romanaes la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces”.

Para acertar con la respuesta a la pregunta planteada, de forma teológica y pastoralmente viva, es bueno −incluso, hermeneúticamente necesario− conocer “el sitio en la vida”, es decir, el contexto histórico-espiritual en el que nace y se desarrolla la expresión y la realidad eclesial de la Nueva Evangelización. Los términos Evangelio, evangelizar, evangelización y las realidades por ellos significadas pertenecen −no hay duda− al contenido esencial y a la comprensión de la acción fundamental que define la misión de la Iglesia. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”, recordaba el Siervo de Dios, Pablo VI, en la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” de 8 de diciembre de 1975, añadiendo: “ella −la Iglesia− existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”[1]. Pueden cambiar y cambian las circunstancias históricas en las que la Iglesia ha de realizar y desplegar su misión evangelizadora; la evangelización en la esencia de sus contenidos y de sus métodos, no.

II. EL CONTEXTO HISTÓRICO-ESPIRITUAL DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

La llamada a una nueva evangelización nos mete de lleno en la entraña misma de la historia de la Iglesia contemporánea. Presupone examen de conciencia e invitación a una visión renovada de su acción pastoral y de toda la vida cristiana. En el umbral del Tercer Milenio del Cristianismo, teniendo a la vista principalmente el panorama humano y espiritual de la actual Europa: ¿cuáles son “los hitos” más significativos de ese proceso histórico de elaboración y desarrollo eclesial de la expresión “Nueva Evangelización” y de su plasmación teórica y práctica en el pensamiento y en la vida de la Iglesia? Trataremos de “identificarlos” lo más concisamente posible.

1. El Concilio Vaticano II

El precedente más inmediato, más aún, el punto de partida doctrinal y pastoral de la Nueva Evangelización lo constituye sin duda alguna el Concilio Vaticano II. Ciertamente, en la primera mitad del siglo pasado −ese siglo XX tan dramático y convulso como pocos en la historia de la humanidad−, el Magisterio y los impulsos pastorales de los Papas acuñaron formulas y dieron aliento a iniciativas apostólicas en la dirección de una respuesta espiritual, honda y vigorosa a los nuevos y agudos problemas de un “viejo mundo” extraordinariamente afectado por la descristianización de amplios sectores de las sociedades europeas y americanas. Por ejemplo: la de “restaurare omnia in Christo” de San Pío X, la del “Reinado de Cristo” de Pío XI o la de “por un Mundo mejor” del Siervo de Dios, Pío XII. Ninguna de ellas, no obstante, significó un planteamiento global de renovación teológica y pastoral que implicase a todos los aspectos de la vida y de la misión de la Iglesia, como fue el llevado a cabo por el Concilio Vaticano II. La palabra “aggiornamento” “puesta al día”− serviría al Beato Juan XXIII para justificar la convocatoria del Concilio y sería para todo el proceso de deliberación y de decisiones conciliares un decisivo criterio de inspiración y guía histórico-espiritual y pastoral.

La honda crisis de fe y de elemental humanidad con la que se había cerrado la primera mitad del siglo XX −con la II Guerra Mundial− necesitaba ser profundamente superada. Lo cual solo se haría posible a través de una actualizada presentación de la doctrina perenne de la fe de la Iglesia y de una vigorosa y luminosa irradiación de sus contenidos en la relación con el hombre y con la sociedad. Las dificultades, tanto en el terreno de las ideas como en el de la práctica cultural, socio-económica y política, al enfilar la segunda mitad del siglo, se revelaban formidables. Había que enfrentarse con la concepción marxista-leninista de la historia y del hombre, radicalmente materialista y atea; políticamente triunfante después de la victoria militar de “los Aliados” en la II Guerra Mundial. El pensamiento del viejo liberalismo, laicista y agnóstico, por otra parte, se veía tan impotente para resolver los graves problemas intelectuales y éticos de la delicada coyuntura histórica, marcada por el reto hercúleo de la reconstrucción de una Europa libre, como el existencialismo de moda: triste, melancólico y escéptico; cultivado con un sentimental diletantismo en los más variados ambientes y sectores de la cultura y de la Universidad europeas del momento. Parecía obligado a muchos recurrir al intento de la vía, siempre antigua y siempre nueva, de una antropología verdaderamente humanista y de una teoría del Estado y de la economía, libre y social a la vez, fundada en el reconocimiento de la dignidad trascendente de la persona humana y del bien común, e inspirada en una visión cristiana del hombre. Sería la que se impondría con éxito en la Europa Occidental y la que elegirían  los grandes artífices de la incipiente Unidad Europea. Tres de ellos, católicos insignes: Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Schumann…

Entretanto, en la mitad sur del planeta emergía un mundo nuevo, resultante en buena medida del proceso de su descolonización, en el que la pobreza e incluso el hambre se instalaban pertinazmente. La cultura periodística y política de la época le denominará y conocerá pronto como “el Tercer Mundo”. Esos pueblos y Estados nuevos reclamaban una decidida cooperación internacional para un desarrollo digno, justo y solidario de sus potencialidades económicas, sociales y políticas. En América del Norte y del Sur se hablará, iniciados “los años sesenta”, de la necesidad de “una Alianza para el progreso”. No puede extrañar que en estas circunstancias tan dramáticas se produjese en amplios e influyentes círculos del pensamiento político y jurídico de Europa y América “un retorno del derecho natural”: un episodio nuevo de lo que un exponente de la filosofía clásica del derecho de “los años treinta” llamaba “el eterno retorno del derecho natural”[2].

Con este panorama de la realidad mundial −trazado a grandes rasgos− como trasfondo histórico-espiritual se encontraba la Iglesia al iniciarse la segunda mitad del siglo XX. Una humanidad hondamente conmocionada y herida por los efectos devastadores de pecados individuales y colectivos de gravedad y en número desconocido esperaba una respuesta de la Iglesia: “Madre y Maestra”, “experta en humanidad” (Beato Juan XXIII y Pablo VI). La conciencia de que era urgente el darla, había arraigado en la opinión generalizada de sus Pastores y fieles. En el Concilio Vaticano II encontraría el cauce privilegiado para su expresión. Un cauce previsto por el Señor que la rige y el Espíritu Santo que la guía y que la permitiría articular como una gran propuesta doctrinal, apostólica y espiritual para que la Noticia de Jesucristo, perennemente nueva, pudiera ser ofrecida plena, íntegra y actualizadamente a una familia humana sedienta de verdad, de bien, de paz, de amor: ¡de vida eterna! En los documentos del Concilio Vaticano II no aparecerá la expresión “Nueva Evangelización”; pero sí se encontrará la primera e imprescindible fórmula doctrinal y pastoral que haría posible su realización fecunda en el momento histórico en el que el siglo XX declinaba y se abría a la perspectiva del año 2000 y de un nuevo Milenio de la historia cristiana.

2. La “Evangelii Nuntiandi”

El Concilio Vaticano II concluiría en un contexto social y cultural muy cambiado respecto de la situación histórica en la que había sido convocado. Una ola de prosperidad sin precedentes había alcanzado a todos los países del “mundo occidental”, especialmente a los de la llamada “Europa libre”. “El Bloque Soviético”, el formado por los países dominados por la Unión Soviética, militarmente muy poderoso, comienza a resquebrajarse, dando muestras de una debilidad político-económica más que evidente. Se ve obligado a encerrarse, literalmente, detrás del “Telón de Acero” y del “Muro de Berlín”. El pensamiento marxista busca ansiosamente formas intelectuales y estrategias políticas en el Occidente europeo y americano que le permita alejarse del burdo y cerrado materialismo del marxismo-leninismo de corte soviético. Su éxito entre la juventud universitaria de las grandes ciudades europeas y americanas sorprende. En el fondo, constituye una de las paradojas más llamativas de la historia contemporánea. Era verdad que la distancia entre “el mundo libre”, rico y próspero económica y culturalmente, y la persistente situación de subdesarrollo de las países del “Tercer Mundo” parecía agrandarse sin un horizonte realista a la vista que permitiese vislumbrar su superación. Nacían las filosofías y las teologías de la liberación. En todo caso era un hecho indiscutible el alejamiento por parte de estos jóvenes de la moral y de los estilos de vida y de religiosidad de sus padres: la generación sacrificada de la reconstrucción económica y política de la Postguerra. Adoptan actitudes de ruptura rebelde, más o menos radical, con el ambiente de nuevo “aburguesamiento” en el que supuestamente habrían sido educados, y escenifican un “nuevo tipo de revolución” cuyo “slogan” favorito sería el“prohibido prohibir”. “El mayo del 68”  francés es su gran puesta en escena histórica con un discurso intelectual confuso y, a fin de cuentas, nihilista. ¿Sus consecuencias? Fueron muchas y graves en los distintos órdenes de la vida personal y social. Empieza a ganar terreno un subjetivismo radical en la concepción de la vida y una visión y experiencia de la dimensión sexual de la personalidad humana puramente hedonista. Hoy, pasado ya casi medio siglo, ha quedado en el recuerdo y en el lenguaje como “Revolución sexual”. En este cuadro histórico, a la vista de cualquier observador atento del acontecer mundial en el año de la finalización del Concilio, asomaban algunos serios indicios de que pudieran estar a punto de estallar conflictos bélicos de extraordinaria gravedad en Tierra Santa y en el Vietnam, con efectos amenazadores para la estabilidad y el mantenimiento de la paz en la comunidad internacional. Y tampoco se podía pasar de largo ante otro hecho de extraordinaria relevancia política y espiritual: el intento simultáneo de revolución juvenil de inspiración bien distinta a los de los jóvenes occidentales, que las tropas del Pacto de Varsovia ahogaban en represión violenta: la conocida como “Primavera de Praga”, aplastada militarmente en agosto de 1968.

Se comprende, por tanto, que el proceso de aplicación de las enseñanzas y de las orientaciones del Concilio se iniciase en medio de circunstancias complejas y difíciles, que traían su origen, además, no sólo de fuera, sino también del interior de la Iglesia. El dramático fenómeno del abandono del ministerio y de la vocación de consagración por parte de un gran número de sacerdotes y religiosos, en crecimiento constante hasta finales de los años setenta, constituye la prueba más perturbadora y dolorosa de lo dicho, y el rechazo de la doctrina moral de la Iglesia sobre el matrimonio y lo transmisión de la vida, enseñada en la Encíclica “Humanae Vitae” de Pablo VI del 25 de julio de 1968, una de sus manifestaciones más inquietantes. En el fondo estaba pasando que la lectura y comprensión de la doctrina conciliar se venía sometiendo a lo que Benedicto XVI ha llamado la “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”[3]. Más aún, se estaba incubando en no pequeños ni escasos sectores de la opinión pública de la Iglesia todo un cuestionamiento de verdades fundamentales de la fe cristiana. No se explica de otro modo que el Papa Pablo VI se decidiese a proclamar “un Año de la fe” en 1967, apenas iniciado el proceso pastoral y canónico de la aplicación del Concilio. La intención y el motivo latente y operante en la convocatoria del Año de la fe de 1967 no admitía dudas en la opinión de Benedicto XVI: “En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor −subraya el Papa− vio ese Año como «una consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo, con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación”[4]. El mismo Pablo VI deja traslucir inequívocamente esta intención al proponerse como objetivo principal del Año de la Fe el que toda la Iglesia adquiriese una “exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, y para confesarla” [5].

Parecía claro que las claves teológicas y pastorales que habían comenzado a utilizarse en la interpretación del Concilio se alejaban abiertamente de la verdad del Evangelio y de lo que exige la gran disciplina de la Iglesia -es decir, de una recta eclesiología conciliar-, en no pocos casos y ambientes. ¿Cómo lograr así un anuncio y profesión de la fe en el Misterio de Cristo verdaderamente misionera? ¿Cómo iba a ser posible conseguir de este modo el efecto de siembra evangelizadora y, menos aún, el de fermento santificador y transformador de todas las realidades temporales? Sobre el fundamento de un pensamiento y de una praxis crítica con los aspectos más esenciales de la doctrina de la fe no se podía sustentar acción evangelizadora alguna, digna de tal nombre. La apelación a un supuesto “espíritu del Concilio” y a las exigencias de una Evangelización a la medida del hombre moderno actuaba muy eficazmente a favor de las tesis rupturistas. En esta coyuntura eclesial, muy avanzado ya su Pontificado, Pablo VI siente la urgencia de una aclaración doctrinal, completa y eficaz de uno de los temas más controvertidos entre los círculos teológicos y pastorales en los que se discutía el curso de la aplicación conciliar: el concepto y la verdad de la evangelización. El Papa recurre para ello a la convocatoria de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, la Tercera, fijando octubre de 1974 para su celebración, con el título: “La Evangelización en el mundo moderno”. De sus proposiciones saldría luego la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” del 8 de diciembre de 1975, ya citada. Pablo VI deja muy clara la respuesta que buscaba para la pregunta más apremiante de aquella hora histórica: “después del Concilio y gracias al Concilio que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?”[6]. La respuesta de “la Evangelii Nuntiandi” atestiguará la extraordinaria lucidez doctrinal del Papa y su fina sensibilidad pastoral. A través de una enseñanza enraizada en la fe de la Iglesia y contrastada a través de un certero conocimiento del “sitio en la vida” del hombre y de la sociedad contemporánea, Pablo VI aborda exhaustivamente todos los puntos clave de la problemática planteada: “del Cristo Evangelizador a la Iglesia Evangelizadora”, “qué es evangelizar”, “contenido de la evangelización”, “medios de evangelización”, “los destinatarios de la evangelización”, “agentes de evangelización” y “el espíritu de la evangelización”. Si quisiéramos espigar alguno de los pasajes más reveladores del valor doctrinal y pastoral de la “Evangelii nuntiandi” para una correcta y plena comprensión teológica de lo que es y debería ser la nueva Evangelización, en viva y consecuente sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, podíamos quedarnos con este: “la Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth Hijo de Dios”[7].

3.  El Pontificado del Beato Juan Pablo II

Con Juan Pablo II, la conciencia de la necesidad de evangelizar al hombre y a la sociedad de fin de siglo XX cobra un nuevo vigor espiritual. Con su encendido, valiente y entregado entusiasmo apostólico el objetivo de la evangelización alcanza su momento más álgido y su expresión más misionera. Él es el que va a acuñar la expresión y la fórmula de “Nueva Evangelización”. Se ha hecho famosa −y de citación obligada− la alusión a la nueva evangelización en su discurso a la XIX Asamblea del CELAM de 9 de marzo de 1983: “La conmemoración del medio milenio de evangelización (de América) tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión. Para aquella fecha, el Papa había sufrido y superado milagrosamente el atentado del 13 de mayo de 1981 y el impacto de su presencia y de su palabra prodigada con un celo pastoral infatigable −por ejemplo, en su Polonia natal, todavía sometida al poder la Unión Soviética−, comenzaba a notarse en un incipiente desmoronamiento de su base ideológica: el marxismo comunista; y en la apertura de un horizonte de esperanza para un no lejano final de “la guerra fría”. Finalizarla parecía una condición “sine qua non” para poder abordar desde una ética de justicia social y de solidaridad, y con un “mínimun” de realismo, los gravísimos problemas del Tercer Mundo. Las preocupaciones principales de Juan Pablo II iban, sin embargo, en la otra dirección de la vida interna de la Iglesia. Las consecuencias, derivadas de una equivocada interpretación del Concilio Vaticano II tanto en el campo de la fidelidad doctrinal como en el de la salvaguarda canónica del principio de “comunión eclesial”, continuaban perturbando gravemente su acción pastoral, su vitalidad interior y un ejercicio fecundo de su misión apostólica. “El informe sobre la Fe”, del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, publicado años más tarde, en 1985, y la convocatoria de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de ese mismo año 1985, dejaban clara constancia de esta problemática situación que tanto preocupaba al Papa. ¿Cómo podría crecer la Iglesia en gracia y santidad?

Juan Pablo II afrontará con una energía espiritual sin precedente el desafío histórico de “los signos” de su tiempo durante casi tres largas décadas cruciales para la Iglesia y para el mundo. Asumió la tarea ingente −casi abrumadora− de supremo Pastor de la Iglesia Universal y Vicario de Cristo con la conciencia de la responsabilidad histórica de que era inaplazable el impulsar una nueva evangelización del hombre y de la sociedad que se encaminaba al Tercer milenio de su historia, dada la situación de profunda descristianización de los pueblos y naciones de multiseculares raíces cristianas de las que se habían alimentado cultural y espiritualmente en su génesis y desarrollo durante los períodos más largos de su historia. ¡Era la misión que el Señor le confiaba muy directamente! Si se quiere captar y comprender acertadamente la nota más característica de cómo afrontó su ministerio pastoral de Sucesor de Pedro, hay que acudir a ese convencimiento personal suyo de que apremia evangelizar de nuevo: ¡que es urgente una nueva Evangelización! Su Magisterio ordinario y extraordinario, de enorme riqueza por los temas tratados y por el modo pedagógico de tratarlos, se extiende a todas las grandes verdades de la fe y de la vida cristiana. La trilogía de las Encíclicas sobre las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad; las Encíclicas sobre el fundamento teológico de la moral cristiana y sobre alguna de las grandes cuestiones de la moral personal y social más debatidas al finalizar el siglo XX, como fueron la “Veritatis Splendor” y “el Evangelio de la Vida”; la Encíclica “Fides et Ratio” de 1999 que aclarará penetrantemente el punto quizá más sensible intelectual y existencialmente en orden a poder entender la raíz más sutil de la crisis postmoderna de la fe −el relativismo y escepticismo filosófico−, son otras tantas muestras de ese valiosísimo Magisterio. Sus catequesis semanales y sus innumerables Homilías y alocuciones, pronunciadas a lo largo y a lo ancho del planeta, por otra parte, llevaban el Mensaje de “Jesucristo Redentor del hombre” a creyentes y no creyentes con una cercanía humana y una fuerza espiritual del todo excepcional: ¡fascinante! A todo esto hay que añadir los temas que propone a la Asamblea del Sínodo de Obispos −con las consiguientes Exhortaciones postsinodales− que se centran en los problemas eclesiales y espirituales que más implicaban al proyecto de una nueva evangelización: la catequesis, el sacramento de la penitencia, el matrimonio y la familia. Y, finalmente, es obligado mencionar la gran atención que prestó a la decisiva pregunta por los nuevos evangelizadores: los laicos, los sacerdotes, los religiosos, los Obispos… En ellos y con ellos se jugaba el futuro de la Nueva Evangelización. Los cinco Sínodos Continentales, que precedieron a la celebración del Gran Jubileo del Año 2000, significaron quizá uno de los aspectos de su Pontificado más directamente relacionados con la puesta en práctica del contenido y de los modos pastoralmente adecuados para conseguir evangelizar de nuevo al hombre y al mundo moderno y postmoderno, tomando como punto de partida una “Iglesia evangelizada”.

Juan Pablo II, con su palabra y con sus obras e iniciativas apostólicas, representa el ejemplo más vivo de cómo ha de concebirse y realizarse la evangelización en la actualidad. Entre esas iniciativas sobresalen, tanto por el extraordinario tacto espiritual que las inspira como por su acierto pastoral y por su genialidad pedagógica, las Jornadas Mundiales de la Juventud. La ocasión verdaderamente providencial para iniciarlas se la proporciona el Año Mundial de la Juventud de Naciones Unidas de 1985. La razón profunda que lo mueve es la preocupación de quien se siente Padre y Pastor de tantos jóvenes de dentro y de fuera de la Iglesia; que conoce bien sus problemas más lacerantes y sus nuevos estilos de vida. Es la juventud que viene del “Mayo del 68” −del “mayo europeo y americano”− y de las nuevas modas universales: ¡triunfaba “el Rock” multitudinariamente! Una juventud, en el último término, sedienta y necesitada de grandes respuestas para el futuro de su vida; a la búsqueda de nobles, veraces y grandes ideales que la entusiasme y conduzca en sus caminos de presente y de futuro. En la IV Jornada Mundial de la Juventud de Santiago de Compostela (19-20, agosto de 1989), pocas semanas antes de la caída del Muro de Berlín, Juan Pablo II iba a ofrecer a los jóvenes del “2000” el inigualable modelo de Jesucristo “Camino, Verdad y Vida”: ¡el camino, la verdad y la vida para ellos y para una humanidad necesitada de auténtica salvación! En la Ciudad del Apóstol, en aquellos días memorables de la más grande peregrinación “jacobea” que conocieron los siglos, se abría un nuevo y gozoso capítulo de la relación Iglesia-Juventud.

4.Benedicto XVI

El Sucesor del Beato Juan Pablo II toma sin vacilaciones “el testigo” de la nueva evangelización desde su primera Homilía en la Misa concelebrada con el Colegio Cardenalicio al día siguiente de su elección como Sucesor de Pedro: “La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, y de la vida en plenitud”[8]. El nuevo Papa asume plenamente tanto la concepción teórica como las iniciativas prácticas para la nueva evangelización que su predecesor había diseñado. Sus procedimientos pastorales más valiosos para la vida y misión de la Iglesia de principios del Tercer Milenio los asume sin reservas. Las Encíclicas de Benedicto XVI sobre las virtudes teologales de la caridad y de la esperanza y sobre la nueva forma socio-económica, ética y cultural de presentar “la cuestión social” a la luz del principio teológico de “la caridad en la verdad”, así como sus Exhortaciones postsinodales “Sacramentum Caritatis” y “Verbum Domini”, respiran el aliento fresco de la nueva evangelización. En su magisterio ordinario, extraordinariamente abundante, −sus catequesis, homilías, alocuciones y discursos con motivo de acontecimientos, visitas y viajes pastorales, lo más diversos− son un verdadero modelo de cómo evangelizar atractivamente hoy. Con claridad y profundidad teológica de contenidos y con un lenguaje literariamente bello y a la vez transparente y sencillo ha abierto un nuevo surco para un fecundo ministerio de la palabra al servicio de la nueva evangelización, capaz de llegar a cercanos y a alejados. Nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en los ya casi siete años de pontificado, ha puesto de relieve con un finísimo sentido intelectual y espiritual cual es el actual “sitio en la vida” donde se juega el gran empeño e ideal apostólico de la Nueva Evangelización, apuntando a las corrientes científicas y éticas positivistas, dominantes en el pensamiento y en la cultura contemporáneas. “La dictadura del relativismo” −expresión suya− inunda en la actualidad tanto la mentalidad como el comportamiento personal y social de los estamentos más influyentes de la sociedad y de la opinión pública. Se trata de un hecho fácilmente constatable en los medios de comunicación social, en las instituciones de enseñanza superior y en los grandes foros nacionales e internacionales donde se forjan las líneas de orientación socio-económicas y política del mundo de hoy. La repercusión de este relativismo intelectual y moral en las jóvenes generaciones, patente en las expresiones más exitosas de la actual “cultura juvenil”, es de una inquietante gravedad. Ellas son las receptoras más indefensas, psicológica y espiritualmente, de ese mundo de ideas y de paradigmas de vida marcado por el escepticismo intelectual, moral y religioso. El resultado: su decepción humana y espiritual ante la oferta de proyectos de vida supuestamente plena y lograda que les hacen sus mayores y que desembocan en el vacío personal cuando no en el fracaso profesional. Ni se ha producido “el fin de la historia” con la caída del Muro de Berlín y del Comunismo soviético, ni ha tenido lugar hasta ahora “el choque de las civilizaciones” que pronosticaban dos conocidos ensayistas norteamericanos en su interpretación de la historia, respectivamente después de 1989, caída del Muro de Berlín, y septiembre del 2011, cuando fueron derribadas las torres gemelas de Nueva York.

El Papa Benedicto XVI asume igualmente los principales proyectos de gobierno y acción pastorales de Juan Pablo II en la dirección y empuje de la Nueva Evangelización, y los profundiza. Así, pocos meses después de su elección, presidirá la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, convocada por su predecesor. De él es ya la iniciativa y la presidencia de la de Sydney en julio de 2009 y de la de Madrid en la tercera semana de agosto del año pasado, 2011. Su impronta personal en el estilo y en los modos de su celebración, tanto por lo que respecta a la fase de los días previos a su llegada como en los actos centrales, es inconfundible. La oración vivida en la forma de adoración y de acogida del Señor, que sale al encuentro de los jóvenes personalmente y en grupos, y el ambiente de fe profundamente experimentada y profesada en las muy cuidadas celebraciones litúrgicas que el preside, son sus características más destacadas.

Un objetivo central se desvela cada vez con mayor nitidez en la intención principal de Benedicto XVI al renovar la llamada del Beato Juan Pablo II a la nueva evangelización con un vigor sorprendente por su firmeza y por su fuerza apostólica: “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”[9]. En la Carta Apostólica (a modo de Motu Proprio) “Porta Fidei”, en la que da a conocer a la Iglesia su decisión de convocar un Año de la Fe (11.octubre.2012 − 24.noviembre.2013), concreta y explica este objetivo con realismo pastoral y, a la vez, con gran audacia misionera. Invita, en primer lugar, a los creyentes a procurar “la conversión” como punto de partida y primer paso para recibir y acoger el don de la fe: “el compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»”[10]. Y anima, luego, a profesar y a confesar la fe con palabras y obras, privada y públicamente, como condición insoslayable para evangelizar de nuevo en verdad y con verdad. Para lo cual es indispensable “redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, (que) es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año… En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento”[11]. Ya Romano Guardini en un hermoso opúsculo de 1935 titulado, “De la vida de la fe”, insistía en la inseparabilidad del acto de creer y de su contenido: creer −la fe− “es la respuesta del hombre a Dios que viene a su encuentro en Cristo”[12].

De ahí que el Papa exhorte al estudio del Catecismo de la Iglesia Católica como instrumento necesario de formación de la fe para la nueva evangelización y para su fecundidad misionera, subrayando su valor para afrontar lúcidamente los interrogantes de mayor actualidad y complejidad, suscitados por la influyente y tan propagada mentalidad científica y tecnológica en la mente de los creyentes y de la gente sencilla. En el Catecismo de la Iglesia Católica −subsidio precioso e insustituible para los nuevos evangelizadores−, puede encontrarse una bella síntesis de los contenidos de la fe a la altura de las exigencias actuales del Tercer Milenio: ¡“Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”[13]! El Papa alerta de que “la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree”[14].

Esa “responsabilidad social de lo que se cree” explica la exhortación final del Papa para que “el Año de la Fe” sea aprovechado como “una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad… La fe sin caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda”[15]. De este modo, se despejarán los muchos obstáculos que se interponen entre la experiencia de la razón y de la vida en muchos no creyentes y la que dicen encontrar en los creyentes. La Evangelización por la vía del testimonio de los hechos y de las conductas obra milagros en los que buscan sinceramente conocer el rostro de Dios. Son un aspecto esencial de “los Preámbulo fidei”. Imbuir de Evangelio las realidades económicas, sociales, culturales y políticas de nuestro tiempo resulta tanto o más urgente en el comienzo del siglo XXI, que en el arranque histórico-espiritual del siglo XX. No se debe, sin embargo, pasar por alto la advertencia del Papa: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado”[16]. En estas palabras de Benedicto XVI parece resonar el diagnóstico de la situación religiosa y espiritual de las sociedades europeas que hacía la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos (octubre de 1999) y que Juan Pablo II introducía en la Exhortación Apostólica Postsinodal “Ecclesia in Europa” de 28 de junio de 2003: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”[17].

Las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrecerían la imagen contraria: la de una juventud enraizada y edificada en Cristo que  lo proclama ante el mundo como “nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Señor”: ¡Salvador del hombre y Señor de la historia! Los jóvenes de la JMJ-2011 iban a dar de nuevo a la Iglesia y a todos sus amigos y contemporáneos de todos los países de la tierra un bellísimo y emocionante testimonio de la fe en Jesucristo, con el valor y la alegría propia de la Nueva Evangelización.

III.       LA JMJ-2011 Y SU APORTACIÓN A LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

En la JMJ-2011 se ha vuelto a demostrar palmariamente cómo en esta experiencia, en principio de pastoral juvenil, la Iglesia ha encontrado una fórmula e instrumento de evangelización sumamente apta para responder con frutos de conversión a la exigencias de la hora histórica por la que atraviesa la humanidad. En la JMJ de Madrid se pudo comprobar qué significa evangelizar “con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones” y, nada menos, que en un campo sociológico de la sociedad contemporánea tan gravemente golpeado por la crisis como es el de la juventud. Una crisis generalizada y profunda que, como advierte constantemente el Santo Padre, no se circunscribe al campo de la economía y de la política, sino que llega a los mismos fundamentos éticos, religiosos y espirituales sobre los que se edifican los proyectos socio−culturales del hombre actual.

En los días de la Jornada Mundial de la Juventud del pasado agosto, la Iglesia se ha presentado al mundo como el espacio vital donde los jóvenes de hoy día −¡el hombre!− forman como una familia universal, ofrecida y compartida sin límite socio-político y cultural alguno: familia y pueblo de los que en Cristo, por Cristo y con Cristo han sido llamados a la vida de los hijos de Dios. La magna asamblea de los jóvenes de Madrid proclamó con el testimonio de la palabra y del ejemplo de las obras que Jesucristo, “el Dios con nosotros”, muerto y resucitado por nuestra salvación, ha salido al encuentro del hombre para hacerle partícipe de su amistad: de una relación de amigo que le da la vida y la vida en plenitud. La JMJ-2011 fue con notas y rasgos propios y nuevos una gran y hermosa Fiesta de la fe: ¡una fe joven de la que se desprendía luz, gozo y alegría para toda la ciudad y toda la humanidad a través principalmente de los medios audiovisuales de comunicación! En la JMJ, la Iglesia, esencialmente Católica y Apostólica, reunida en la unidad y en la comunión de la fe y de la caridad, experimentada intensamente por sus jóvenes generaciones, alumbraba para el hombre y la sociedad “crítica” de comienzos del Tercer Milenio el camino del verdadero y fecundo futuro: el de la santidad.

Los jóvenes provenientes de todas las diócesis del mundo se habían preparado para el encuentro de Madrid orando y haciendo penitencia. En los días de las diócesis españolas, inmediatamente anteriores a la celebración en Madrid, se habían unido a nuestros jóvenes compartiendo, piadosa y jubilosamente, la espera y esperanza de unos días junto al Santo Padre, pletóricos del gozo del Señor que se acerca. La Cruz y el Icono mariano de las Jornadas Mundiales habían recorrido toda España a lo largo de una peregrinación de casi tres años, templando y entusiasmando el alma y el corazón de nuestra propia juventud para los días del encuentro final en Madrid: ¡encuentro con Cristo! en la comunión de la Iglesia presidida por su Vicario en la Tierra, el Sucesor de Pedro, acompañado por numerosos miembros del Colegio Episcopal, con sus presbíteros, consagrados, sus familiares y educadores. El Papa los había convocado y ellos respondían con fe entusiasmada y devota, viendo en Benedicto XVI al primer testigo y maestro de la fe. Su palabra cálida, sencilla, cercana a sus problemas más hondamente sentidos, luminosa… les guiaba y alentaba a la escucha interior de lo que el Señor les decía y pedía: la respuesta de una fe profunda y traducida a la vida, de un “sí” a su llamada, o, lo que es lo mismo, a la vocación que marcase definitivamente la orientación futura de sus vidas: el sacerdocio, la consagración, la familia, el testimonio cristiano en el mundo de las realidades temporales. La escucha de la palabra del Papa había venido precedida de las catequesis de los Obispos, de los ratos de adoración ante el Santísimo y de la oración vivida en grupos silenciosamente y/o en el rezo común de la Liturgia de las horas o del Santo Rosario. “La Fiesta del Perdón” les había franqueado la puerta del Sacramento de la reconciliación y de la penitencia, sincerándose con el Señor ante el sacerdote: confesando sus pecados, llorándolos y alegrándose con su abrazo de perdón y amor misericordioso. En el ejercicio del Vía Crucis, denso espiritualmente, humana y espiritualmente conmovedor, confirmaban su sí al Jesucristo que había salido en su búsqueda amorosamente con su Corazón abierto para conducirlos finalmente a la Adoración Eucarística de la noche del sábado en el Aeródromo de “Cuatro Vientos” y a la gran celebración eucarística del Domingo con el Papa: ¡el momento culminante del encuentro con el Señor Resucitado!

Detrás quedaban jornadas en las que el testimonio de su fe −la profesión y la confesión pública de que Jesucristo era el Salvador del hombre− había sido manifiesto a través de un comportamiento personal y colectivo ejemplar, siempre dispuesto para la ayuda pronta y sacrificada al prójimo y para cualquier ejercicio de solidaridad. El cuidado dispensado a los numerosos peregrinos con alguna discapacidad fue sencillamente admirable. El Papa les alentó personalmente señalándoles la vía del verdadero amor fraterno con su visita al Instituto de San José. En el Festival Joven pudieron ser testigos y protagonistas de cómo el arte y la cultura, cuando se piensan, proyectan y realizan como “transparencia” para la noticia y el conocimiento del Evangelio de Cristo, son de una belleza inigualable. ¡Valía la pena ser sus testigos con la palabra, con las obras y con la vida! Los actos del Papa con grupos específicos de jóvenes peregrinos sirvieron para desplegar ante los ojos de todos el atractivo de la vocación para la vida consagrada −encuentro con las jóvenes religiosas en El Escorial− de la vocación para el sacerdocio −Santa Misa con los seminaristas en la Catedral de La Almudena− y de la vocación del cristiano seglar, asumida y realizada como “un apostolado” de la verdad y del amor de Cristo, en el acto con los jóvenes Profesores Universitarios en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. El encuentro con las decenas de miles de voluntarios en el Ifema, ¡admirables en su servicio!, antes de tomar el avión que le conduciría a Roma pondría de relieve ¡apoteósicamente! la riqueza de lo que significa el ser y la vocación del cristiano: poder vivir del amor de Jesucristo y ser capaz de difundirlo en el mundo.

¡Una estela de alegría contagiosa había recorrido los más cercanos y lejanos lugares donde vive la Iglesia de Cristo! ¡La esperanza alumbraba en el corazón de los jóvenes y de los mayores en España, en Europa y en todo el mundo! El Evangelio de Jesucristo, la Buena Noticia de la salvación, había brillado como “una verdadera cascada de luz”.

La JMJ-2011 aportaba a la Iglesia experiencias pastorales, apostólicas y misioneras valiosísimas y argumentos nuevos y convincentes para que todos sus hijos e hijas hagan suyo con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, el programa de la Nueva Evangelización a la que nos ha llamado el Santo Padre. La próxima JMJ del 2013 en Río de Janeiro nos espera como una etapa nueva; el Año de la Fe como una gracia singular.



[1] Conferencia pronunciada en la Basílica de la Purísima Concepción, Barcelona, 11 de marzo de 2012; 19’00 horas

 



[1] Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, n. 14

[2] Heinrich Rommen, Die ewige Wiederkehr des Naturrechts, Kempten 1936.

[3] Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre 2011

[4] Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 5

[5] Exhortación Apostólica “Petrum et Paulum Apostolos”, AAS. 59, 198

[6] Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, n. 4

[7] Ibídem, n. 22

[8] 24 de abril 2005: AAS 97,710

[9] Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 2

[10] Ibídem, n. 7

[11] Ibídem, n. 9, 10

[12] “Die Antwort des Menschen an den in Christus komenden Gott”: R.Guardini, Vom Leben des Glaubens, Regensburg 19635, 32

[13] Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 11

[14] Ibídem, n. 10

[15] Ibídem, n. 14

[16] Ibídem, n. 2

[17] Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, n. 9