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El Cardenal
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¡FELIZ Y GOZOSA PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Mis queridos hermanos y amigos:

 No hay probablemente ningún momento de la existencia humana ante el cual nos sintamos más inermes e indefensos que el de la muerte. Nadie quisiera morir. El Concilio Vaticano II nos habla de la muerte como de un enigma indescifrable. De lo más hondo de nuestro ser surge incontenible el ansia de vivir para siempre y felizmente; pero, a la vez, sentimos en nuestra carne la fragilidad de nuestras fuerzas, las heridas del sufrimiento y las señas de una mortalidad cierta e inevitable. ¿No hay salida para esta tremenda y, al parecer, fatídica condición del hombre? ¿Ese es nuestro destino: la muerte? 

La mañana del Domingo de Resurrección nos trae año tras año una certeza distinta: la de la respuesta luminosa a esa lacerante cuestión: ¡Jesucristo ha resucitado! Ha resucitado verdaderamente en cuerpo y alma. No hay cadáver de Jesús. El sepulcro está vacío. Se aparece visible y palpable a sus discípulos, a las mujeres que le habían seguido en su vida terrena, a su Madre María… ¿Qué había ocurrido? Dios Padre había aceptado su oblación en la Cruz como la ofrenda de un amor infinitamente misericordioso: capaz de sanar, perdonando, la herida mortal infligida, desde el origen, por el pecado a los hombres de todos los tiempos. Restablecidos en la verdad de una justicia más grande −la del Amor infinito de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo− les quedaba restaurada la vida más allá de la muerte espiritual y física, y se les abría la puerta de la felicidad última por encima de cualquier capacidad y expectativa humanas. Esta es la respuesta de la fe al gran interrogante que hoy como siempre, a lo largo de la historia, ha inquietado al hombre. La “secuencia” de la Misa del día de la Pascua de Resurrección la expresa con luminosa belleza: “Lucharon vida y muerte, en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.

 En este domingo, en el que la Iglesia celebra de nuevo la Pascua de la Resurrección del Señor Jesucristo, se anuncia, proclama y vive su inmarcesible actualidad ante el mundo como la noticia mejor y más capaz −¡la única siempre fidedigna!− para levantar la esperanza en el triunfo del amor y de la vida. Es una noticia que ni engaña ni defrauda. El hombre y la sociedad del 2012 pasan por un trance histórico difícil, extraordinariamente “crítico”. ¿Cómo superar o, por lo menos, aliviar tanta situación dolorosa de paro, de rupturas familiares, de pobreza, de insolidaridad social, de enfrentamientos agresivos, de incertidumbre ante el futuro? ¿Cómo la puede superar un cristiano, pensando en sí mismo, pero, sobre todo en el bien de sus hermanos? ¡Convirtiéndose de nuevo al don de la gracia y de la vida que ha recibido el día de su Bautismo, en el que ha muerto con Cristo para resucitar con Él! ¡Cumpliendo el mandamiento de su amor sin cansarse y siempre más generosamente! ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?, nos recuerda San Pablo. Celebremos, pues, esta nueva Pascua, irradiando el testimonio de la esperanza imperecedera “no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad) sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad” (1 Cor 5, 6b-8). Todos “los años”, pueden ser vencidas todas “las crisis” −aún la más temibles−, cuando procuramos vencerlas en su raíz, que es el pecado que destroza el corazón y lleva a la muerte. Y ninguna lo será a medio y a largo plazo, si se olvida esa última causa que las produce: el mal moral, la ruptura de la ley de Dios. ¡Procuremos de nuevo esa victoria en esta Pascua de Resurrección, abriendo mucho más que nunca la puerta del alma −y de las almas− a la victoria del Señor Resucitado! Cuando se le abre de par en par el corazón, como lo hicieron los jóvenes de la JMJ del pasado agosto en Madrid, la siembra del amor, a manos llenas, sobre el mundo y la sociedad está asegurada: ¡renace la alegría!

Que Nuestra Señora, la Virgen Madre, “la Real de La Almudena”, que se alegró la primera −y como nadie− por la Resurrección de su Divino Hijo, nos anime y nos sostenga en nuestro valiente e infatigable testimonio de la victoria de Jesucristo Resucitado sobre el pecado y sobre la muerte: ¡la victoria de la verdadera alegría que vence la apatía y la tristeza del mundo!

Con mis deseos para todos de una santa y gozosa celebración de la Pascua de Resurrección y con mi bendición.