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“El reto de la Fe y el desafío de la Nueva Evangelización” Conferencia en la XIII Edición de los Cursos de Verano de la Fundación Universidad Rey Juan Carlos

 

EL RETO DE LA FE Y EL DESAFÍO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN”

Conferencia pronunciada por el Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid

en la XIII Edición de los Cursos de Verano

“Los Católicos ante los retos y desafíos en la España de hoy”

organizado por la Fundación Universidad Rey Juan Carlos

Aranjuez, 16-20.VII.2012; 10’30 horas.

 

I.     INTRODUCCIÓN: EL ESTADO DE LA CUESTIÓN.

  1. Entre los retos y desafíos con los que se enfrentan los católicos en la España de hoy se encuentran, sin duda alguna, el reto de la fe y el desafío de la nueva Evangelización. No son los menores. Los católicos en España −al menos los que estadísticamente se confiesan como tales− representan la inmensa mayoría de la población y, sea cual sea el grado de su coherencia de vida respecto a los principios doctrinales y a los criterios e imperativos prácticos que en ellos se contienen, no hay duda que les incumbe una especial y singular responsabilidad de cara al presente y futuro de España en todos los aspectos que conciernen a la vida de las personas y de la sociedad, dada la estrecha unión más que milenaria que la vertebra como una realidad humana, cultural y espiritual inconfundible. La crisis extraordinariamente compleja y sumamente dolorosa que la afecta en lo más íntimo y lo más exterior de la existencia de sus ciudadanos, de sus familias y de la comunidad misma −no separable de lo que está sucediendo en Europa−, agrava la necesidad de asumir esta responsabilidad privada y públicamente con la lucidez y la generosidad propias del cristiano que confiesa, profesa y vive la fe en la comunión católica de la Iglesia.
  1. “Reto” y “desafío” son dos palabras en cuyo uso semántico se incluyen campos de experiencias humanas primordiales que implican fortaleza y valor de ánimo ante amenazas o inminencias de males graves, a los que es preciso y bueno enfrentarse con la esperanza de que puedan ser superados y vencidos. Entre los significados de “reto” está el de ser un “objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta”; y entre los de “desafío”,  el de la acción de “contender, competir con uno en cosas que requieren fuerza, agilidad o destreza”[1]. Se podría pues preguntar: ¿el estado de la fe de los católicos españoles obliga o al menos justifica el considerarlo como problemático o débil?: ¿la Evangelización de los españoles −de los individuos, de las familias y de la sociedad− o, dicho con una expresión más concisa y redonda, la evangelización de España se presenta en la actualidad como un desafío?: ¿un desafío para toda la Iglesia o solamente para aquellos de sus hijos e hijas o que han recibido el Sacramento del Orden o la vocación para “la vida consagrada” por los votos de castidad, pobreza y obediencia? La respuesta a estas preguntas requieren para su objetiva y acertada contestación no solo su análisis y estudio desde la perspectiva sociológica de las estadísticas o de su valoración socio-cultural y política, sino, sobre todo, desde la perspectiva histórico-espiritual y teológica. Es la que hemos elegido para desarrollar temática y sistemáticamente nuestra ponencia.

 

II.   EL RETO DE LA FE

¿En qué medida y porqué razones de naturaleza teológica puede o no puede considerarse un reto para el español de nuestros días la fe? ¿Significará en sí misma, considerada en su naturaleza, un reto para el hombre más allá de los condicionamientos del “sitio en la vida” en el que se encuentra? Basta tener presente la historia contemporánea de la Teología fundamental para contestar afirmativamente. El análisis del acto de fe ha constituido −y sigue constituyendo− uno de sus temas centrales y, por tanto, de los preferidos. Una obra clásica y típica de la Teología fundamental contemporánea, anterior al Vaticano II, se titula “el problema del acto de fe”[2]. Reeditada posteriormente varias veces, representa uno de los exponentes más valiosos y significativos de una bibliografía amplísima, dedicada al estudio de la problemática del acto de la fe, y que no deja de ampliarse profusamente hasta hoy. Cualquier intento de respuesta a la pregunta por lo que significa el reto de la fe para un lugar y tiempo determinado de la historia ha de ir sustentado lógicamente por la clarificación previa de aquellos aspectos de la experiencia interna de la fe que no pueden por menos de ser considerados como un reto, sea cual sea el contexto o “sitio en la vida” en el que se encuentre la persona llamada o invitada a creer. Luego se podrá comprender en toda su complejidad y viveza cómo “el reto de la fe” adquiere una densidad existencial y una concreción personal y comunitaria específica que agrava o aligera intelectual y pedagógicamente su problemática intrínseca, cuando se produce en un determinado momento histórico.

 

  1. El reto de la fe en sí misma

 

Creer −¡el acto de fe!− es un reto intelectual para la razón y un reto existencial que atañe no sólo a la voluntad libre, sino a todo el hombre en lo más íntimo de su ser. En el acto de fe no sólo alcanza el hombre un conocimiento de Dios que se le revela más allá de lo que la razón puede percibir y concebir con su propia luz natural, sino que, además, es alcanzado en su libertad y en su corazón e, incluso, más allá del mismo, es decir, en lo más íntimo y fontal de su ser (en lo que Olegario González de Cardenal llama “entraña” de la persona) por el toque de una presencia y acción de Dios que es “gracia” −¡amor misericordioso! y que le impulsa a la conversión de su vida en la dirección de la verdad, del bien y de la belleza de Dios: a dejar de ser un hombre “incurvatus in se ipso” −un hombre “encorvado” en sí mismo− y entregado a las criaturas, para volver de nuevo a buscar el rostro de Dios. San Bernardo de Clairvaux habla de la fe como “cognitio Dei experimentalis”. Romano Guardini, en un bellísimo opúsculo sobre la vida de la fe, comenta la expresión haciendo clara referencia a un conocimiento de Dios que se produce como directamente experimentado. Si a Dios, que es el amor, la libertad y la gracia nada le puede detener −ningún poder de este mundo, ninguna posición de la ciencia, ninguna doctrina de un teólogo−, si a Él le place, “ tocar el alma, de la vida a la vida”[3], y si el creyente recibiera de Dios el anhelo vehemente de la inmediatez de su Amor y lo cultiva y cuida en una oración en la que le pida incesantemente que lo satisfaga, aunque la espera sea larga… ¿por qué no va a poder usarse para expresar esa experiencia de Dios la siempre cuestionable palabra, “Mística”, si no se prefiere, precisa Guardini, “llamarla sencillamente la fe en su plenitud”[4]? En cualquier caso, el conocimiento experimental de Dios será siempre un conocimiento en la fe. “La fe permanece siempre fe”[5]. El Dios, que se da a conocer al que cree en Él, no sólo es el Creador de todas las cosas que le habla por sus creaturas, incluso por el hombre mismo, sino, sobre todo, el que se le ha revelado por su Palabra, el Verbo de Dios que se hizo hombre y habitó entre nosotros: por Jesucristo. Una revelación que encuentra su máxima “realización” en la Pasión y Muerte en una Cruz y en la Resurrección de entre los muertos: en su Pascua. ¡Pascua nueva y eterna! El contenido de la fe, por tanto, es Jesucristo: “Creer en Dios es inseparablemente creer en Aquél que ha enviado, su Hijo Amado, en quien ha puesto toda su complacencia” (Mc 1,11), enseña luminosamente el Catecismo de la Iglesia Católica[6]. “La fe es su contenido… el movimiento vital hacia Aquél, en quien se cree… en el Dios viviente que se revela en Jesucristo”[7]. Por la fe el hombre comienza un camino en la vida ¡nuevo!, vuelto y convertido a Dios que le ha salido al encuentro en toda la verdad y hondura de su Amor, inescrutable y cercano a la vez, como Padre que nos ha donado al Hijo en el Espíritu Santo. Un camino nuevo: para la inteligencia y la razón que no se apagan ni se apartan del conocimiento de la verdad para la libertad de la voluntad que se siente interpelada a vivir de acuerdo con la ley del Amor más grande en todas las circunstancias de la vida, y para el corazón que se sabe preparado y capaz para afrontar el futuro de la vida y de la muerte con la certeza de la esperanza: la que sabe ya realmente, con seguridad inconmovible, que el Amor crucificado ha vencido a la muerte.

 

Dios se revela al hombre plenamente enviándole a su Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo, en la Iglesia. “La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que en todas partes, confiesa al Señor”[8]. Se cree pues dentro de la Iglesia. Si a un cristiano de la primera hora del Cristianismo −de sus primeros siglos− se le preguntase por el significado de la Iglesia en la experiencia de su fe, explica Guardini, respondería diciendo: “la Iglesia es la madre, que ha engendrado mi fe. Es el aire, en el que respira, y el suelo, sobre el que se asienta. La Iglesia es, mirándolo bien, la que cree, Ella cree en mí…”[9]. Hoy, en el medio-ambiente cultural, formado en y por la modernidad, y que sigue influyente y dominante en las sociedades contemporáneas, el individualismo, su más llamativo fruto en la concepción de la vida y en la comprensión del hombre y de su destino, hace difícil admitir ese condicionamiento fundamental para poder creer de verdad en Dios Creador y Redentor y vivir la fe verdadera en toda su plenitud que es la mediación eclesial: su Magisterio. Se olvida, o se minusvalora fácilmente, el propio itinerario personal de la fe íntimamente vinculado a la mediación de otros que la habían recibido, profesado y ofrecido con palabras y obras anteriormente recibidas y testimoniadas en la comunión visible e invisible de la Iglesia, constituida sobre el fundamento de los Apóstoles, presididos por Pedro.

 

¿Cómo no va a ser percibida como un reto la fe que le exige al hombre tal humildad, sencillez y honradez de la inteligencia, tal sinceridad de la voluntad y del corazón, sea cual sea la circunstancia histórica en la que Dios se le acerca?: ¿en la que Jesucristo le busca y espera? La fe presupone deponer la soberbia de la razón, superar la debilidad moral y espiritual de la voluntad frente a las seducciones del mundo y de la carne, vencer el egoísmo, rindiendo el corazón a la cercanía del Amor auténtico. ¿Cómo no va a costarle al hombre, que ha sucumbido al pecado, que sigue frágil y tentado física, psicológica y espiritualmente, el sí de la fe que implica desde su origen un entregarse incondicional al arrepentimiento amoroso y al propósito de conversión radical de la vida? ¡Qué maravillosamente bien ha captado el poeta del Siglo de Oro español en su bellísimo soneto, “Que tengo yo que mi amistad procuras”, esa situación del alma vacilante y retraída ante el reto de la fe en Jesucristo, su Salvador! “Un reto” ínsito en la estructura misma del acto de fe: ¡que le es connatural! Las circunstancias de tiempo y de lugar, “el sitio concreto en la vida” en el que está situado el creyente, pueden facilitar o dificultar la opción de la libertad por la fe, pero nunca suplantarla. Aunque el reto sigue siendo substancialmente el mismo, sin embargo, su “modulación” existencial puede cambiar. La pregunta se hace, pues, inevitable: ¿Cómo condiciona para los católicos españoles la España de hoy, integrada en la realidad cultural de la Europa unida, el reto de la fe?

 

  1. El reto de la fe en la España de hoy

 

Las circunstancias económicas, socio-políticas y culturales de la España contemporánea, que condicionan el reto de la fe, participan amplia y profundamente de las que configuran la realidad europea actual. Nunca dejó España de ser una activa protagonista del acontecer temporal y espiritual de Europa antes, durante y después de la Reforma protestante. Tampoco, en los dos últimos siglos, en los que las ideas, los modelos “ilustrados” de sociedad y de comunidad política y, sobre todo, la cultura de la Ilustración triunfan ampliamente en la mayor parte de los países europeos. La cuestión de la relación España-Europa ocupó muy intensamente el debate intelectual y político español en distintas fases de la historia nacional del siglo XX. Recordemos al respecto las posiciones contrarias de D. Miguel de Unamuno y de D. José Ortega y Gasset. ¿Nos va a salvar nuestra identidad y bienestar “el casticismo” o la imitación y seguimiento de la Europa Ilustrada? ¿La Iglesia en la España contemporánea, la experimentada y vivida por los católicos españoles,  a la hora de la nueva evangelización, habrá de inspirarse y orientarse por su riquísima tradición teológica, espiritual, misionera y pastoral que viene de siglos muy fecundos o por la visión “ilustrada” del hombre y del mundo? ¿Y/o ha de vivir su presente y su futuro compartiendo las experiencias eclesiales de la Europa contemporánea? Ésta ha sido una de las cuestiones más vivamente debatidas en el seno del Catolicismo Español antes y después del Concilio Vaticano II. Una respuesta a estas preguntas, si ha de ser históricamente objetiva y desapasionada, y, sobre todo, la experiencia realista y responsable del presente político-cultural, religioso y eclesial de la España de hoy, en las primeras décadas del siglo XXI, comienzo del III Milenio del Cristianismo, no admiten la disyuntiva sino la conjunción e interrelación temporal y espiritual de las dos realidades: Europa y España. El reto, que plantea la fe, el poder y querer creer hoy en la “Comunión de la Iglesia Católica”, dado el contexto existente en la sociedad española, sólo se comprenderá y abordará fructuosamente si se acepta con realismo la perspectiva de la interacción cultural y social de lo europeo y de lo típicamente español, que configura a ojos vista la vida diaria de los españoles, más concretamente, la de los católicos españoles.

 

Esta imbricación de lo español en lo europeo, y viceversa, se manifiesta de entrada en el peso intelectual que ejercen las filosofías subjetivistas e idealistas, imperantes en Europa desde “el giro cartesiano”, en la evolución del pensamiento y de la cultura española de los siglos XIX y XX. ¿Cómo aceptar la Revelación de Dios en Jesucristo, para conocer y vivir la verdad plena del hombre y del mundo, de su origen y de su destino final, cuando todo lo real se hace depender constitutivamente de la razón y de la inteligencia del hombre, del “cogito ergo sum”? Y, lo que es más dramáticamente retador… ¿cómo creer firmemente en Jesucristo, enraizando y edificando toda la vida en Él y en su Amor redentor, sin el supuesto lógico de la fe en Dios? O, lo que es lo mismo, ¿cómo creer en Él en la vida y en la muerte, en la salud y en la enfermedad, en los fracasos y en los éxitos personales y colectivos…, si el hombre se declara, considera y organiza su vida personal y social como “autosuficiente” y encerrada entre los límites del espacio y del tiempo físicos? ¡Qué difícil resulta creer, más aún, que imposible se hace creer cuando se apodera de la conciencia de las personas, de las familias y de la sociedad el ideal del “super hombre”! El éxito social, político y cultural, de la autosuficiencia del hombre en la teoría y en la práctica, ha llegado a los niveles más altos de la concepción de la ciencia y del desarrollo intelectual, cultural y artístico de las sociedades europeas contemporáneas, sin exceptuar a la española. Su logro más espectacular es el de haberse establecido como el criterio fundamental para la comprensión de la ética personal y social y para su aplicación en los campos más decisivos y sensibles del desarrollo digno de la persona humana: el matrimonio, la familia, la escuela, la universidad, las artes y las letras, la comunidad política y el Estado. Benedicto XVI ha calificado este fenómeno socio-cultural como “la dictadura del relativismo”. Sus consecuencias negativas respecto a la posibilidad teórica y práctica de mantener el Estado democrático de derecho en toda su autenticidad ética y jurídica han sido ya detectadas y sopesadas con preocupación creciente. El debate sobre “los presupuestos prepolíticos de la democracia”, avivado genialmente en la Academia Católica de Munich, en enero del año 2004, en el encuentro Habermas-Ratzinger, sigue abierto. En cualquier caso, el relativismo filosófico y ético, ignorante y negador de toda concepción metafísica del ser humano y de todo lo real, agudiza intelectual y existencialmente al máximum el reto de la fe para la Europa de antiguas raíces cristianas y, por supuesto, para el católico español, deudor de una historia cultural fecunda, genial y universal en sus frutos, nacida y alimentada en la fuente de la fe en Jesucristo, profesada desde sus inicios, bimilenariamente, en el seno de la unidad santa, católica y apostólica de la Iglesia. ¿Será posible superar la crisis histórica en la que estamos inmersos sin una vuelta en la España de hoy a la frescura humana y espiritual de la fe auténtica, profesada y hecha vida personal y social de los españoles? La respuesta no puede ser más que negativa.

 

 

III.  EL DESAFÍO DE LA EVANGELIZACIÓN

 

Así como la fe se nos puede presentar como un reto, vista en sí misma y contemplada en las circunstancias históricas en las que ha de ser vivida, algo parecido ocurre con la evangelización. Analizada en su propio ser, representa un desafío para el creyente en Jesucristo −el fiel cristiano− y, sin duda,  para el cristiano de hoy, en el contexto de su tiempo, el desafío inmanente a ella misma se agudiza o suaviza según las circunstancias en las que se vea envuelto. Evangelizar ha supuesto siempre para la Iglesia su primer desafío desde sus momentos fundacionales, hace dos mil años, hasta hoy mismo. Hacerse cargo de este desafío en España, en este momento tan crítico en el que se encuentra tanto Europa en su conjunto como ella misma, resulta fundamental y urgente para la Iglesia y para sus hijos en España: los católicos españoles. Ya, en la Exhortación Postsinodal Ecclesia in Europa de 28 de junio del año 2003, el Beato Juan Pablo II constataba que “la cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”; y Benedicto XVI no ha dudado en el discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas del pasado año (12.XII.2011) en caracterizar la crisis de la Iglesia en Europa, vinculándola a la crisis de la economía, de la sociedad y de la cultura europea, como una crisis de la fe: “El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces”. Naturalmente, el diagnóstico es aplicable y debe ser aplicado a España sin ninguna reserva mental y ningún recorte pastoral. No hay respuesta a la crisis si no asumimos el desafío de la evangelización ¡de una nueva evangelización! en toda su verdad y en todas sus exigencias para la vida interior, apostólica y pastoral de la Iglesia, concretadas en la situación histórica, en la que vivimos.

 

1.    El desafío de la evangelización en sí misma

 

La fe viene suscitada y sostenida exteriormente por la Palabra proclamada y los Sacramentos, celebrados por la Iglesia y en la Iglesia, acompañados por el testimonio de la vida y de las obras; e, interiormente, por y en el amor de la gracia del Espíritu Santo que brota del Corazón divino de Jesucristo nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro Señor. En la acogida humilde y orante de esa gracia acontece el primer “Sí de la fe”.

 

El Evangelio −la buena noticia de la persona y de la obra salvadora del Verbo de Dios que, hecho carne, habitó entre nosotros y nos redimió por su muerte y su resurrección− ha de ser transmitido en toda su verdad intrínseca siguiendo los procedimientos humanos y divinos que le son connaturales. Desconocer la esencia de la evangelización, en su contenido y en su método, ha sido una tentación que ha acompañado siempre a los hijos de la Iglesia en todas las épocas de su historia con mayor o menor gravedad e incidencia perturbadora en su acción pastoral y misionera. Pablo VI, en los años quizá más críticos de la segunda mitad del siglo XX, una década después de la Clausura del Concilio Vaticano II, consciente del peligro que se cernía sobre la acción evangelizadora de la Iglesia dentro y fuera de los países de raíces cristianas, aborda sinodalmente su problemática fijando como tema de la tercera Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos convocada para octubre de 1975, el siguiente: “La evangelización el mundo contemporáneo”. Sus conclusiones las recoge y desarrolla lúcida y genialmente un año más tarde (diciembre de 1975) en la Exhortación Postsinodal “Evangelii Nuntiandi”. Si se quisiera sintetizarla con objetividad, el texto habría de ser él que sigue: “la Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios”[10].

 

Este conciso, nítido y completo enunciado de los contenidos y de las características de la acción evangelizadora alejaba muchos errores y disipaba muchas dudas en una situación de encrucijada histórica para la Iglesia −inmersa en la aplicación del Concilio Vaticano II− y para el mundo conturbado gravemente por “la revolución cultural” del “mayo universitario del 68” y por unas propuestas “tardo-marxistas” de un proceso de liberación político-social, abierto al uso de la violencia y de la concepción anarco-nihilista de la vida. “Prohibido prohibir” fue el lema favorito de los estudiantes franceses en su rebelión de la primavera de 1968, en la que, en contraste significativo, sus compañeros de Praga intentaban pacíficamente conseguir la libertad del régimen comunista, que les ahogaba. El contraste entre “la primavera parisina” y “la primavera de Praga” no podía ser mayor. Las teorías “post-marxistas” sobre la liberación del hombre y de los pueblos  y su influencia muy notable sobre los métodos de acción pastoral e, incluso, en la concepción teológica de lo que debía ser la evangelización no podía ser ignoradas. Eran años de “las lecturas materialistas del Evangelio de San Marcos” y de una reducción teológica de la evangelización a pura acción socio-política con la consecuente identificación de sus efectos con una supuesta liberación unilateralmente explicada, de naturaleza puramente intra-histórica y temporal. El Magisterio del Beato Juan Pablo II y el de nuestro Santo Padre Benedicto XVI han confirmado y explicitado sin pausa la doctrina de “la Evangelii Nuntiandi”, aclarando el sentido genuino de la liberación cristiana que le viene al hombre por la obediencia de la fe en el Evangelio sincera y consecuentemente acogida en el interior de su vida −en su libertad, su memoria, su entendimiento y su voluntad, ¡su corazón! en todo su haber y poseer (San Ignacio de Loyola)− y testimoniada fiel e incesantemente con palabras y obras transidas de la caridad de Cristo, aspirándola a vivir en perfección, es decir, presidida por el ideal y propósito de la santidad personal y comunitaria. La tarea de purificación de la teoría y de la praxis de la evangelización llevada a cabo en los dos Pontificados, vasta y profunda −¿prodigiosa?−; no ha concluido del todo −si esto fuera teológicamente posible−: ¡sigue viva! Nos lo recuerda Benedicto XVI en la Carta Apostólica Porta Fidei, convocando el Año de la Fe: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado”[11].

 

El primer desafío para la evangelización es pues, y será siempre, el de su recta concepción teológica y el de evitar y superar todo intento de su manipulación y utilización ideológica al servicio de fines y objetivos netamente “temporales”, sean cuales sean y sea cual sea la intención que los inspira y guía: socio-económica, política, cultural. El segundo desafío, sin embargo, es el método  de su realización, que debe de aunar el testimonio de vida con la palabra de vida, según la expresión de Pablo VI antes citada. Unidad que debe resplandecer tanto en la acción evangelizadora personal del cristiano como en la de las comunidades cristianas. La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II enseña que “el plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los realidades que las palabras significan; a su vez las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación”[12]. Si la pedagogía divina, seguida en la transmisión de la revelación del misterio y don de su Amor salvador, se ha servido de esa “intrínseca” unión de palabras y de obras, a su comunicación y trasmisión por la Iglesia no le queda otro camino que no sea el de la Palabra proclamada, enseñada, celebrada litúrgicamente y testimoniada por la vida. El martirio y la santidad han constituido siempre los argumentos de vida más preciosos y convincentes en todo proceso de evangelización. La palabra apostólica da su fruto más fecundo cuando conduce a y culmina en la entrega de la vida por Cristo: entrega a Él y a los hermanos. En este periodo histórico −el moderno y postmoderno− en que el hombre ha sufrido tanto en el cuerpo y en el alma las consecuencias de terribles guerras mundiales, de formas y modos de explotación y dominio socio-político y de manipulaciones psicológicas y biológicas tan destructoras de su vida y de su dignidad, en el que la carencia de los bienes más elementales para la pura y desnuda necesidad de subsistir se ha instalado como un fenómeno mundial aparentemente irradicable, el testimonio del Evangelio no puede por menos de que aparezca profunda y generosamente arraigado en los estilos personales de vida de los cristianos y en las expresiones comunitarias, propias y específicas de la vida de la Iglesia, reveladoras del amor misericordioso de Jesucristo: ¡de un amor siempre más grande y sacrificado! La “santificación de las realidades temporales” pertenece a la integridad humana-divina de la Evangelización y, a estas alturas de la historia de la humanidad, hay que afirmar la urgencia espiritual y pastoral de que su necesidad sea reconocida por todos y practicada sin descanso. Benedicto XVI subraya esta íntima interdependencia que existe entre el anuncio de la palabra y el testimonio de la vida a fin de que el proceso de la evangelización dé frutos copiosos y fecundos en el Año de la fe, acentuando la inseparabilidad de la vida de fe y de la vivencia de la caridad: “la fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino”[13].

 

 

 

 

 

2.    El desafío de la Evangelización en la España de hoy

 

La evangelización en la España actual ha de contar con un doble desafío: el de una cultura muy influenciada por el pensamiento agnóstico y relativista, que integra inevitablemente entre sus propuestas las de un humanismo inmanentista y el de estilos sociales de vida −de ¡“modas”!− donde impera como criterio dominante el vivir y comportarse como si Dios no existiera. Podría añadirse, quizá, un tercer desafío, menor por encontrarse latente en los dos grandes fenómenos socio-culturales anteriormente mencionados y que el del desconocimiento deliberado, cuando no el de la minusvaloración intencionada de los siglos y acontecimientos más relevantes de nuestra propia historia, espiritual y culturalmente conducida e inspirada por la profesión de la fe católica, que la práctica totalidad de los españoles han mantenido siempre como suya. A esta “desafección de España”, hoy de nuevo tan frecuente y recurrente, quiso adelantarse D. Julián Marías ya en 1985 con su libro sobre la “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Su actualidad nunca decaída, como demuestran sus sucesivas ediciones hasta bien entrada la primera década del presente siglo, ha recobrado nuevo valor ante la situación de crisis global que alcanza también a la propia identidad histórica de España repetidamente cuestionada. Ese no ver ni entender −o quizá, no querer ver ni entender− a España en los periodos más universalmente creativos e influyentes de su historia, traducido en un cierto repuntar de un rancio anticlericalismo, añade una nota peculiar española a la versión europea de los dos grandes desafíos ante los que se encuentra la Iglesia en su proyecto y propósito de nueva evangelización.

 

El desafío del mundo ideológico, agnóstico y relativista −cuando no ateo−, surgido y alimentado intelectual y existencialmente del ideal del “superhombre” (Nietzsche) dueño del mundo por su ciencia y su poder técnico-político −ideal renacido en la mentalidad de amplias capas de las sociedades europeas en el último tercio del siglo XX−, sólo podrá ser neutralizado y superado por el anuncio íntegro, claro y sencillo de Jesucristo, Redentor del hombre, presentado intelectualmente a través de un discurso y un lenguaje teológicamente riguroso y valiente que busca y cultiva el diálogo abierto de la fe con la razón científica y filosófica. Proclamación misionera del “kerigma” y promoción activa y creativa de una cultura nueva de y con alma cristiana, matriz espiritual de un renovado humanismo, han de ir interactivamente juntas si se quiere lograr la aceptación y el éxito intelectual de la nueva evangelización. Éxito que sólo será completo, si desemboca en la apertura pública de un proceso de conversión y vuelta renovada a las raíces de la fe cristiana−. Éxito seguro, si se asume el espíritu y el dinamismo histórico de una fe vivida consecuentemente y reflejada en una caridad auténtica, a través de un testimonio cristiano de la vida y de las obras irradiando el amor de Cristo que nos salva y salva al mundo ya “los católicos españoles y sus familias, unidos en “la Comunión de la Iglesia”, vienen prestando un ejercicio cada vez más entregado y sacrificado del amor a Dios y al prójimo, un servicio precioso y humanamente impagable al hombre y a las familias gravemente necesitadas en el cuerpo y en el alma: ¡un verdadero servicio de fraternidad a la sociedad cuyos efectos evangelizadores solo Dios conoce! Mantenerse firmes y siempre más desprendidos y generosos en esta dirección es el primer y fundamental requisito para asumir con esperanza victoriosa el desafío práctico de la nueva Evangelización.

Es el primer requisito, pero no, ni el último ni el único. La presencia de los católicos en la vida pública, creyente y activa por la caridad, resulta igualmente imprescindible. Animarla y confortarla interior y exteriormente por el ideal del servicio desinteresado al bien de la dignidad de la persona humana, de las instituciones fundamentales que necesita para el desarrollo integral de sus derechos y valores esenciales, corporales y espirituales, como son en primer lugar el matrimonio contraído y vivido en la fidelidad del amor indisoluble entre el esposo y la esposa, fuente y fundamento insustituible de la familia, inseparable del servicio al bien común comprendido y asimilado por una actitud de desprendimiento y del sacrificio a favor de los demás… eh ahí la gran tarea que espera a los católicos españoles de la crítica hora  presente. Sólo así serán capaces de afrontar con éxito espiritual y temporal el desafío de la nueva evangelización de su pueblo: ¡de su patria y de la sociedad española! Con una condición o presupuesto existencial previo: el de la propia conversión y renovación espiritual. El Papa lo expresa con bella y profunda concisión: “lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que iluminados en la mente y en el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin”[14]. Efectivamente, si dentro de las estructuras, actividades pastorales y propuestas y acciones evangelizadores de la Iglesia en España no se avanza con pasos firmes e irreversibles en la profundización espiritual de la experiencia de la fe, cuidada y vivida en la oración y en la adoración, a los católicos españoles les será imposible asumir en todas sus exigencias personales y comunitarias, con esperanza y perseverancia, el desafío de la nueva Evangelización. También a nosotros los católicos españoles y a la Iglesia en España es aplicable la apremiante llamada del papa a una pronta y resuelta “desmundanización”“Entweltlichung”− dirigida a los católicos alemanes comprometidos con la Iglesia y la sociedad en el acto final de su última visita apostólica a Alemania, que tuvo lugar en “la Casa de Conciertos” de la ciudad de Friburgo el 25 de septiembre del pasado año: “Solo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios”[15]. En este punto insustituible de partida para la nueva evangelización −la renovación de la vida espiritual− es donde se encuentra la verdadera luz que nos permite enlazar con el camino de la mejor historia de la Iglesia en España: la historia de sus innumerables mártires y santos. Historia de una fecundidad misionera prodigiosa como se puso de manifiesto en el siglo inicial de la evangelización de América: el siglo de los santos de la renovación moderna de la Iglesia, auténtica y plenamente católica. El siglo de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier, de San Juan de Ávila y de San Juan de la Cruz, ¡el siglo de Santa Teresa de Jesús! Ella, una enamorada ardiente de Cristo y una devota enternecedora de su Madre la Santísima Virgen, es una excelente guía y maestra espiritual en el camino de la nueva evangelización de España.

 

He dicho.


[1] Diccionario de la Real Academia Española, 21º Edición.

[2] R. Aubert, Le Problème de l’acte de foi, Lovaina 1945.

[3] „Daß er die Liebe ist und die Freiheit und die Gnade −und daß keine March der Welt, keine Aufstellung der Wissenschaft, keine Lehre eines Theologen Ihn aufhalten kann, wenn es Ihm gefällt, die Seele zu berühren von Leben zu Leben“: Romano Guardini, Vom Leben des Glaubens, Mainz 1963, 129.

[4] „er ist wohl immer irgendwie in Jenes eingemündet, das mit dem fragwürdigen Wort „Mystic“ bezeichnet wird, sobald man nicht vorzieht, es einfach den Glauben in seiner Fülle zu nennen“: Romano Guardini, ibidem, 130.

[5] „Immer bleibt der Glaube Glaube“: Romano Guardini, ibidem, 130.

[6] CIC, 151

[7] „Der Glaube ist sein Inhalt… Der Glaube ist die lebendige Bewegung auf Den hin, an den geglaubt wird“: Romano Guardini, ibidem, 33.

[8] CIC, 168

[9] „Die Kirche ist die Mutter, die meinen Glauben geboren hat. Sie ist die Luft, in welcher er atmet, und der Boden, auf dem er steht. Die Kirche ist es eigentlich, welche glaubt. Sie glaubt in mir…“: Romano Guardini, ibidem, 133.

[10] Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n.22

[11] Carta Apostólica Porta Fidei, n.2

[12] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum, n.2.

[13] Porta Fidei, n.14.

[14] Porta Fidei, n.15.

[15] „Nur die tiefe Beziehung zu Gott ermöglicht eine vollwertige Zuwendung zum Mitmenschen, so wie ohne Zuwendung zum Nächsten die Beziehung zu Gott verkümmert“: Discurso a los Católicos alemanes, Friburgo 25.IX.2011.