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Homilía en la Solemnidad de Ntra. Sra. de La Almudena

HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Solemnidad de Ntra. Sra. de La Almudena

Plaza Mayor, 9 de noviembre de 2013; 11,00h.

(Za 2,14-17; Sal Jdt 13,18bcde. 19; Ap 21,3-5a; Jn 19,25-27)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Celebramos hoy de nuevo, solemnemente, en la Plaza Mayor de Madrid la Fiesta de Nuestra Señora de La Almudena, Patrona de nuestra Ciudad y de nuestra Archidiócesis. El 1 de junio de 1977 el Papa Pablo VI extendía el Patronazgo de la Ciudad a toda la Archidiócesis: “Con nuestra potestad apostólica y en virtud de estas letras, establecemos, sancionamos y declaramos a perpetuidad a la Bienaventurada Virgen María Inmaculada bajo el título de “La Almudena” principal patrona ante Dios, de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá”. Ese Patronazgo sigue vivo y así lo sienten los fieles de toda la Archidiócesis madrileña −dividida en tres Diócesis desde el año 1991− y la inmensa mayoría de los madrileños. Celebrar su Fiesta equivale a hacer memoria agradecida y festiva de su protección maternal sobre los vecinos y habitantes de la ciudad y de la región de Madrid a lo largo de más de un Milenio. Hoy somos muchos habitantes de este entrañable y viejo Madrid los que la queremos y veneramos como Madre: ¡Madre única por ser Madre de Dios y Madre de los hombres! Recordar sus favores, a la vez divinos y humanos, acogerlos y compartirlos en el presente e implorárselos para la configuración cristiana de nuestro futuro y el de nuestros hijos es lo que caracteriza nuestra gozosa y piadosa celebración del Sacramento de la Acción de Gracias a Dios por excelencia, la Eucaristía, en esta mañana del día de su Fiesta del nueve de noviembre del año 2013.

2. Hacemos memoria, en primer lugar, de unos innegables e insignes favores no alcanzables por medio de los hombres o por recomendación humana alguna y sólo comprensibles y captables en todo su valor para la vida a la luz de la fe en su Hijo Jesucristo, el Redentor del hombre, presente substancialmente en la Mesa del Sacrificio y del Banquete Eucarístico que estamos celebrando: Memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. El más valioso es el habernos ayudado con eficacia sobrenatural a que se pueda decir del Madrid del segundo milenio de la era cristiana que siempre ha sabido reconocer por la fe de sus hijos e hijas, firme y muchas veces valientemente heroica, la presencia de Dios en sus vidas e historias personales: en las de su ciudad, sus pueblos y comarcas. Más concretamente, la presencia de Jesucristo “el Dios con nosotros”. Ella, la Virgen de La Almudena, nos ha recordado a los madrileños desde tiempo inmemorial con una invisible aunque inmensa y conmovedora ternura que si Dios no habita en nosotros −en nuestro interior y en medio de nuestras familias, de nuestras casas y de nuestras calles, en los lugares del trabajo y del tiempo libre− los fracasos y las frustraciones personales y sociales estarán servidas. Ella, siempre atenta y cercana a todas nuestras necesidades, ha mantenido viva la llamada a la conversión, insistiendo en que hagamos sitio en el corazón al Amor redentor de Jesucristo su Hijo: ¡el único y verdadero Salvador del hombre! La Palabra de Dios dirigida al antiguo Pueblo elegido por boca del Profeta Zacarías −“Alégrate y goza hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”− aplicada por la tradición doctrinal y espiritual de la Iglesia a María, la humilde doncella de Israel elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo y cobijarlo en su purísimo seno, ha resonado en el corazón del Madrid medieval y moderno como una confirmación de su mediación maternal para que Dios habitase entre los madrileños, no abandonándolos nunca. Desde hace más de mil años, la Virgen de La Almudena, venerada y amada tiernamente como Patrona y Madre del Cielo, les ha hecho depositarios de una consoladora certeza: ¡alégrate y goza Madrid porque he venido a estar y a quedarme contigo! ¡Sí, he venido para que Dios habite dentro de ti! Su eco nos llega con una claridad y porfía singulares en este día de su Fiesta del año 2013, en la conclusión del Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI coincidiendo con el día del cincuenta aniversario del comienzo del primer período de sesiones del Concilio Vaticano II, y cuando “la Misión-Madrid” se encuentra en los inicios de su segunda etapa. Acoger esas palabras del Profeta como dirigidas a María y, en María, a la Iglesia, especialmente en esta mañana a la Iglesia en Madrid, con un entendimiento abierto a la verdad y a la voluntad de Dios y con ánimo presto para responder fielmente al don de esa gracia prometida al Madrid de todos los tiempos por María, la Virgen de La Almudena, supone el reto espiritual y pastoral más importante para nuestro servicio y testimonio de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor −nervio de toda evangelización− hoy y mañana.

3. ¡Qué importante y decisivo es para el destino general del hombre y de toda la familia humana que sepan que Dios quiere habitar con ellos y entre ellos; que no rechacen la presencia amorosa del Padre que está en los Cielos; que deseen y pidan que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo! La ciudad del hombre, cuanto más esté dispuesta a dejarse iluminar y transformar por la Ciudad de Dios, mayores y más preciosos serán los bienes que cosecharán cada persona, cada familia, el conjunto de la sociedad, la comunidad política y sus instituciones privadas y públicas. El Papa Francisco en su primera y bellísima Encíclica “Lumen Fidei” −“La Luz de la Fe”− subraya con mucha fuerza y agudeza teológicas un aspecto de la historia de la salvación, actual en cada época del devenir humano − actual ¡siempre!− y, ciertamente, con no menos claridad y eficiencia evangelizadora, hoy: el de que “Dios (en esa historia) prepara una Ciudad para ellos”: para nosotros los hombres (Cfr. Heb 11, 16). Una Ciudad que la fe descubre y permite conocer y construir en medio del mundo y dentro del curso general de su historia: “El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable”, enseña el Papa. Una Ciudad en la que “no se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente”, sino, además, de una Ciudad en la que “la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios” (Lumen Fidei, 50).

4. ¡Qué urgente resulta en este Madrid “del 2013” que se vaya haciendo realidad paso a paso, al ritmo sobrenatural de la gracia y el don del Espíritu Santo recibidos, la visión del Apocalipsis: “ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios”; y que, de este modo, se vaya notando en el transcurrir diario de la vida de los madrileños, que se avanza en el cumplimiento de la esperanza de que Jesucristo −el Hermano, el Amigo, el Señor ¡el Hijo de la Virgen, la Madre de Dios!−“enjugará las lágrimas de sus ojos”; de que “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado”, como se anuncia en el libro del Apocalipsis (Ap 21,4). Por supuesto, esta esperanza será satisfecha plena e irrevocablemente cuando se produzca la victoria de Jesucristo Resucitado sobre la muerte, “el último enemigo” del hombre, es decir, cuando al final de los tiempos la muerte “haya sido absorbida en la victoria de Cristo” (cfr. 1 Cor 15,55). La esperanza se consumará, indudablemente, más allá del tiempo −se trata de una esperanza escatológica, como enseña la Teología−; ahora bien, se prepara y anticipa con la siembra del Evangelio en cada momento y en las circunstancias concretas de la vida de las personas, de las sociedades y de sus culturas: ¡el Evangelio de la ley y de la Gracia de Dios! Siembra que queremos y nos proponemos que sea generosa y fecunda con “la Misión-Madrid”; y, por consiguiente, siembra misionera que será más fácil, copiosa y gozosa si hoy, desde lo más hondo del alma, renovamos nuestra acogida al amor maternal de la Virgen María de La Almudena con la autenticidad cristiana de intenciones y de propósitos que los jóvenes saben captar y expresar muy bien, como lo han puesto bellamente de manifiesto, una vez más, ayer, en la Vigilia de su Catedral.

5. Un propósito de vida y compromiso cristiano se nos impone en nuestra celebración de “La Almudena del 2013” con acento nuevo en este año tan lleno de incertidumbres individuales y colectivas, aunque también de positivos presagios para el inmediato futuro de la Iglesia y de la sociedad: ¡purifiquemos y renovemos en toda su hondura sobrenatural y en todos sus contenidos evangélicos la devoción a la Madre del Señor y Madre nuestra! ¿Cómo?: con la sinceridad del corazón arrepentido y la confesión de nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia. Las preocupaciones y problemas de todo tipo, tan agobiantes para tantos ciudadanos y tantas familias madrileñas, encontrarán de este modo la respuesta y la solución del amor fraterno: el único capaz de trocar las lágrimas, el dolor y el llanto en aliento, consuelo y en la cierta esperanza de que el Señor Resucitado ¡Jesucristo!, que conduce la historia, nos despejará el camino de la conversión moral y espiritual que necesitan las personas y la sociedad para salir verdadera y eficazmente de la crisis. Cuanto más vaya introduciéndose la gracia de Dios −¡“la Ciudad de Dios”!− en las conciencias de los madrileños, más se irán transformando sus comportamientos y conductas personales y, consecuentemente, en su raíz moral, las estructuras económicas, sociales y políticas imperantes. Volverá a ser realidad eficaz el compromiso público de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad con la justicia y la solidaridad.

6. En estos momentos de crisis y de incertidumbre económica, la acción de Cáritas, diocesana y parroquial, y de tantas obras de caridad que llevan a cabo numerosas realidades eclesiales de nuestra ciudad, son un testimonio esperanzador de cómo la fe sabe transformarse en obras de servicio: ¡de que la esperanza cristiana no es vana! Hay muchas manos trabajando en esas acciones de auténtica caridad cristiana. Pidamos hoy, todos juntos, confiando en la intercesión de nuestra Madre y Patrona, que esas manos se multipliquen y que nos alcance de su Hijo las gracias espirituales y materiales que necesitamos. Y pidamos también que se comprenda, se acepte y viva lo que los Obispos Españoles enseñaban recientemente: “Sin la familia, sin la protección del matrimonio y de la natalidad, no habrá salida duradera de la crisis. Así lo pone de manifiesto el ejemplo admirable de solidaridad de tantas familias en las que abuelos, hijos y nietos se ayudan a salir adelante como es sólo posible hacerlo en el seno de una familia estable y sana”.

¡No nos dejemos robar la esperanza! decía el Papa Francisco en el reciente encuentro con las Familias en Roma con motivo del Año de la Fe en el último Domingo del mes de octubre. Encomendándonos a la Virgen de La Almudena, nuestra Madre, nadie nos la podrá arrebatar. ¡Ella es verdaderamente la “Señal de esperanza cierta y de consuelo”!

7. Junto a la Cruz de Jesús, la Santísima Virgen María queda constituida como “señal de esperanza cierta y de consuelo”. A punto de expirar, dice San Juan en su Evangelio, “Jesús al ver a su Madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»” (Jn 2,26). En ese discípulo amado por Jesús estábamos representados todos aquellos que por la fe y el bautismo nos hemos ido incorporando a la Iglesia uniéndonos a la interminable procesión de los discípulos que desde la primera hora de Pedro y de los Apóstoles, a través de todas las épocas y en todos los lugares, creyendo, esperando y amando, han seguido a Jesucristo nuestro Redentor. Iniciaban y emprendían una nueva historia: ¡la historia cristiana! Lo hacían como “hijos de María”, la Madre del Hijo de Dios, que crucificado, muerto y sepultado por nuestros pecados, ofrecía al Padre su Cuerpo y su Sangre como sacrificio de amor infinitamente reparador y, por ello, revelándose como el manantial de la divina misericordia para con los hombres. ¡Verdaderamente una misericordia infinita! La maternidad de María sobre la Iglesia y sus hijos e hijas adquiere, junto a la Cruz del Hijo, la nota específica y singular de la misericordia: ¡María es la Madre de la misericordia! Así la invocamos y saludamos en “la Salve”, esa oración tan querida y practicada por el pueblo cristiano. Y, como Reina y Madre de misericordia, la proclamamos y veneramos en este día en que Madrid la celebra como su Patrona bajo la advocación de “La Almudena”. Buscar, pedir y alcanzar su misericordia significa sentir en el corazón la necesidad del perdón para nuestras muchas miserias y pecados: nuestros olvidos de Dios, nuestros egoísmos, las faltas graves y leves de caridad con el prójimo cometidas en la familia, en el vecindario, en la empresa, en las relaciones sociales, económicas y políticas. Para que una petición de perdón sea auténtica, ha de sostenerse en el arrepentimiento, en la conversión y en el cambio de vida: en una verdadera penitencia. Pidámosle perdón y conversión para nosotros mismos, en primer lugar, y, luego, para todos los que privada y públicamente pecan contra la justicia y la caridad. Y, en esa búsqueda de su amor de Madre misericordiosa, incluyamos el ruego de que nos conforte y anime en tantas penalidades y disgustos como nos afligen en esta hora crucial de nuestra historia: a nosotros, a nuestras familias, a Madrid y a España. Nos duele que sean tantas las personas, incluso tantos los jóvenes que todavía no encuentran trabajo. Nos preocupa y duele que se pueda dañar la unión fraterna y multisecular entre todos los españoles. Nos causan profundo dolor las rupturas de los matrimonios y de las familias y sus consecuencias tan dramáticas para los niños deseados y no deseados y para los ancianos. Unos y otros, “los descartados” de la sociedad actual, según el Papa Francisco. Nos duelen las víctimas del terrorismo. Nos apena la soledad de tantos enfermos. Pero también nos causa profunda alegría el amor siempre fiel, delicado, paciente y finamente afirmado y practicado por tantos matrimonios y familias de todas las edades, generoso y fecundo, dando la vida a nuevos hijos. Nos alegra mucho que sean tantos los jóvenes dispuestos a abrazar la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada y tantos los seglares empeñados en el valiente propósito de evangelizar las realidades y estructuras temporales. Sin el amor y la devoción a la Virgen…: ¡alegrías inexplicables!

¡Reina y Madre de Misericordia, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra! te prometemos recibirte en nuestra casa, como lo hizo el apóstol Juan. Enseñaremos a nuestros hijos a rezarte diariamente. Te abriremos de par en par la puerta de nuestras familias y de nuestros corazones, orando juntos y recuperando el rezo diario del Santo Rosario. ¡Consérvanos en el amor cristianamente compartido y vivido en el seno de nuestras familias!

Amén