Discurso inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela Cardenal-Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española

LXXXIII Asamblea Plenaria de la CEE

Eminentísimos señores Cardenales,
Excelentísimo señor Nuncio Apostólico,
Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos,

Hermanos y hermanas todos:

Al inaugurar nuestra Asamblea Plenaria del otoño, doy mi fraternal bienvenida a los miembros de la Conferencia Episcopal; agradezco la presencia del señor Nuncio; y saludo cordialmente a quienes trabajan en esta Casa y a quienes nos acompañan en esta sesión pública, en particular, a los periodistas.

I. Una Asamblea cargada de interés y actualidad pastoral

En estos días nos van a ocupar asuntos de particular interés para la vida de la Iglesia. Naturalmente, como suele ser habitual, podremos dedicar algún tiempo de reflexión a los problemas y oportunidades del momento actual para la acción pastoral. Pero centraremos nuestra atención en cuestiones particulares como las siguientes.

Volveremos a estudiar unas Orientaciones pastorales para la iniciación cristiana de los niños no bautizados en su infancia. Ciertas concepciones poco acertadas de la libertad de los pequeños y la escasa o nula vida cristiana de algunas familias han dado lugar a que aumente el número de niños que llegan al uso de razón sin haber sido bautizados. Felizmente no son pocos los que entonces manifiestan su deseo de hacer la primera comunión y de participar en la vida sacramental de la Iglesia. Las Orientaciones mencionadas serán una buena ayuda para la actuación pastoral coherente en estos casos y nos brindan la ocasión de profundizar en la reflexión sobre los procesos de la iniciación cristiana en su conjunto y sobre su sentido misionero y evangelizador. En este contexto, nos ocuparemos también de una nueva edición del Ritual de la Iniciación Cristiana.

Deliberaremos sobre un proyecto de líneas básicas para los estatutos de las fundaciones que sea necesario crear por parte de institutos de vida consagrada en orden a la buena marcha de sus obras apostólicas educativas, sanitarias o de otra naturaleza. Es necesario asegurar que estas obras puedan seguir manteniendo su identidad y su servicio también cuando disminuye el número de los consagrados que pueden dedicar a ellas su trabajo.

Una gran obra cultural y educativa como es la Universidad Pontificia de Salamanca presenta unos nuevos Estatutos para su estudio y aprobación.

La versión de la Biblia que la Conferencia Episcopal ha encargado elaborar se encuentra en las fases finales de su preparación. Un arduo trabajo que, no tardando ya mucho, dará sus frutos en el texto que será utilizado en la liturgia y los diversos ministerios de la Palabra, así como en la lectio divina y el estudio por parte de los fieles. Esta Biblia llevará una breve introducción pastoral sobre la lectura y la veneración de la Sagrada Escritura en la Iglesia, cuyo primer boceto será objeto de estudio y eventual aprobación en esta Asamblea. La Palabra de Dios consignada en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento se hace viva en la tradición de la Iglesia, como indispensable alimento de la fe e impulso originario de la evangelización.

Estudiaremos, en fin, una breve exhortación pastoral sobre el sentido del dogma de la Inmaculada Concepción de María. El ciento cincuenta aniversario de la proclamación de este dogma se celebra el próximo día 8 de diciembre, fecha en la que dará comienzo todo un año de celebración de la Inmaculada, que este documento de la Asamblea Plenaria podrá anunciar oficialmente y que constituirá, sin duda, un tiempo de gracia especial para el incremento del culto y del amor a la Madre del Señor y de la Iglesia. La coincidencia de este Año de la Inmaculada en España con el Año de la Eucaristía, que está celebrando la Iglesia universal por  feliz iniciativa del Santo Padre, nos permitirá fijar la mirada en María como «la mujer eucarística»[1] que también así es modelo de la Iglesia.

II. Unos meses ricos en experiencias eclesiales

Abordamos nuestros trabajos alentados y confortados por los ricos frutos pastorales que nos ha deparado la vida de nuestras iglesias en los meses pasados. Reconocemos en ellos la acción del Espíritu Santo, que guía a su Iglesia en todo momento.

Quienes hemos participado en la Peregrinación Europea de Jóvenes a Santiago de Compostela, el pasado mes de agosto, no podremos olvidar fácilmente aquel acontecimiento esperanzador. Han tomado parte en ella jóvenes de toda Europa. Significativamente, entre ellos, un grupo de jóvenes rusos acompañados por el Arzobispo de Moscú. Pero el Año Santo Compostelano nos ha brindado la ocasión de comprobar de nuevo que, particularmente en España, el Señor está regalando a su Iglesia una nueva generación de jóvenes católicos que constituye una prometedora realidad humana, espiritual y eclesial. Porque ellos se han encontrado con Jesucristo y lo han aceptado como al sentido pleno de sus vidas, como al Salvador. Así lo han puesto de manifiesto en una peregrinación exigente física y espiritualmente: largos días de camino y de práctica de la oración contemplativa y de los sacramentos, en especial del de la Penitencia, descubierta y vivida con alegría, y del de la Eucaristía, centro diario de acopio de nuevas fuerzas para el camino y para la experiencia de la caridad fraterna. Estos jóvenes serán, sin duda ninguna, testigos públicos de la fe y del Evangelio en España y en Europa. Ellos se muestran dispuestos a convertirse en artífices de una comunidad de pueblos enraizada en su tradición cristiana. Muchos frutos de vida cristiana, de apostolado y de vocaciones ya los hemos podido comprobar en los pocos meses transcurridos desde la Peregrinación. Otros, quedarán más en lo escondido, allí donde sólo Dios ve.

Pero no han sido únicamente los jóvenes los beneficiados del Año Santo Compostelano. Todas las diócesis de España están participando de uno u otro modo en el Año Jubilar, una realidad espiritual y pastoral de primer orden. El próximo viernes clausuraremos esta Asamblea Plenaria a los pies del Apóstol Santiago, a cuya catedral peregrinaremos los obispos miembros de la Conferencia Episcopal, acompañados de colaboradores y amigos. Le presentaremos nuestra ofrenda y le daremos gracias por su patrocinio, que una vez más se está mostrando tan valioso en el fortalecimiento de la fe de Cristo entre las gentes y los pueblos de España.

No quiero dejar de mencionar otra peregrinación institucional que nuestra Conferencia ha hecho en la última semana del pasado mes de octubre a Tierra Santa. El señor Cardenal Arzobispo emérito de Barcelona, junto con un buen número de arzobispos y obispos, así como el Secretario General y algunos colaboradores, visitaron durante cinco días los lugares más significativos de la Tierra del Señor: Nazaret, Belén y Jerusalén, y se encontraron allí fraternalmente con los pastores de la Iglesia católica del lugar en sus diversos ritos y con las jerarquías de Iglesias cristianas presentes en Tierra Santa; agradecieron personalmente a los padres franciscanos de la Custodia su secular labor al servicio de los peregrinos y se unieron a una celebración popular de los católicos en honor de la Virgen. De este modo nuestra Conferencia Episcopal ha querido significar su apoyo espiritual y, en alguna medida, también material a nuestros hermanos cristianos de la Iglesia madre de Jerusalén que pasan momentos difíciles. Peregrinar a Tierra Santa sigue siendo posible y fructífero para el espíritu e incluso para la paz en aquellas tierras tan probadas.

Experiencia eclesial particularmente relevante ha sido la celebración del Congreso de Apostolado Seglar, previsto para este quinquenio por el Plan Pastoral de la Conferencia[2] y que tuvo lugar en Madrid los pasados días 12 al 14 de este mes de noviembre. Es hermoso encontrarse los hermanos unidos en torno a la mesa de la Eucaristía y procedentes de realidades geográficas y eclesiales tan diversas. El Congreso ha puesto de manifiesto que, pese a ciertas debilidades y dispersiones, los seglares católicos sienten que trabajan en la única viña del mismo Señor y que de Él reciben la fuerza y el entusiasmo para ofrecer a nuestro mundo, tantas veces desesperanzado y confuso, un testimonio concorde de fe, esperanza y caridad. Saben que, en definitiva, se trata del testimonio de la santidad, que transformando el corazón de cada uno de nosotros a imagen de Cristo, introduce en la sociedad energías verdaderamente renovadoras de la vida y de la convivencia. Son conscientes también de que no hay santidad sin comunión eclesial, sin pertenencia lúcida y gozosa al cuerpo del Señor, que es su Iglesia. El camino queda abierto para el trabajo paciente de cada día y para la empresa, de largo alcance, de la nueva evangelización.

Como ya he recordado, esperamos poder anunciar oficialmente el Año de la Inmaculada al término de esta Asamblea. En la Virgen Santísima ponemos nuestra confianza en orden a la renovación de la vida cristiana en el alma de los bautizados. El curso pastoral que comenzamos, centrado en María y en la Eucaristía, corazón de la Iglesia, se promete también lleno de ricas experiencias eclesiales.

III. Un programa pastoral para la esperanza

Para mirar hacia el futuro inmediato bien orientados, es necesario que no perdamos de vista nuestro Plan pastoral. Como tuve ocasión de recordar al comenzar nuestra Asamblea de la primavera pasada, las prioridades que señala el vigente Plan de la Conferencia siguen siendo perfectamente válidas y son ellas las que nos guían en medio de las urgencias de cada momento, también de la nueva coyuntura sociopolítica. Recogen lo sustancial de las propuestas del Papa para toda la Iglesia al comenzar el nuevo milenio y están moduladas de acuerdo con la situación específica de nuestras Iglesias, que fue sometida en su momento por esta Asamblea a un serio examen en orden a una evangelización renovada y esperanzada. Permítanme recordar algún aspecto de tales prioridades.

«La floración de santos ha sido siempre la mejor respuesta de la Iglesia a los tiempos difíciles»[3] . En esta afirmación notable se centra la llamada que el Plan Pastoral pone a la cabeza de sus prioridades cuando invita al encuentro renovado con el Misterio de Cristo. Porque, en efecto, si «la santidad ha de ser la perspectiva de nuestro camino pastoral y el fundamento de toda programación», es precisamente porque ser santos no consiste en otra cosa que en la transformación de nuestras vidas a imagen de Cristo y en virtud de la fuerza de su Espíritu. El cultivo de la vida interior, en la escuela de los grandes maestros de nuestra tradición mística española, es el medio imprescindible para el camino de la santidad en el que nuestras iglesias se hallan, gracias a Dios, cada vez más seriamente empeñadas.

Naturalmente, si no hay Dios, no hay santidad; sin la presencia del Dios vivo en medio de la existencia humana, la palabra «santidad», resultaría poco más que un vocablo anticuado o carente de sentido. La transformación de la vida en Cristo es nada más y nada menos que la divinización de nuestro ser, otorgada por el Espíritu del Redentor. Ésa es la vocación a la que está llamado cada ser humano: la comunión de vida con el mismo Dios, el Santo.

De ahí que – según nos pide el Plan Pastoral en un párrafo que merece la pena citar – sea «preciso poner a Dios como centro de nuestro anuncio y de toda la pastoral; hablar de Dios no como de un aspecto o tema de la fe, sino como el objeto central, el principio y el fin de toda la creación, el sentido, fundamento, plenitud y felicidad del hombre. Hoy no son suficientes los signos de amor y solidaridad; son necesarias las palabras que desvelen a la humanidad el rostro del Dios único y verdadero. Hay que volver a hablar de Dios con lenguaje fresco y vital. Hemos de anunciar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor, que nos invita a su amistad[4] ; que por Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, nos ha redimido y nos da la posibilidad de ser hijos de Dios por la donación del Espíritu Santo; que a través de la Iglesia y de los sacramentos nos comunica la vida divina, que es la gracia, anticipo de la vida y la felicidad eterna, a la que estamos llamados».[5]

Anunciando sin descanso el amor eterno de Dios por cada persona, la Iglesia presta a la Humanidad el mayor de los servicios. Algunos dirán que se trata de una tarea absolutamente trasnochada e inútil; no faltará incluso algún católico que, desorientado por los cantos de sirena del modo de vida inmanentista, considere secundaria la referencia a Dios y a la Vida eterna para la existencia en este mundo. Sin embargo, no sólo la experiencia creyente, sino también la mera experiencia histórica pone hoy de manifiesto que las viejas ideologías agnósticas y ateas son absolutamente incapaces de dar lo que prometen; es más, la historia del siglo XX ha dejado en evidencia sus consecuencias reales. Prometieron liberación y han generado opresión; prometieron vida y han generado muerte; prometieron la paz y han dado lugar a las guerras más sangrientas de la historia; prometieron derechos sin supuestas trabas éticas o religiosas y han dado lugar a «intentos de exterminación de pueblos, razas y grupos sociales y religiosos llevados a cabo con frialdad calculada»[6]. Lamentablemente se siguen oyendo propuestas y programas que pretenden descalificar la voz de la fe y de la ética calificando a la religión y a la Iglesia como instancias desfasadas y poco amigas del hombre y de su futuro.  Sería necesario abrir los ojos a las lecciones de la historia.

La Iglesia seguirá proponiendo con tesón y con respeto el mensaje que le ha sido confiado. Se trata del anuncio del Dios que es amor, Creador y Salvador de los hombres. No se puede hablar de Dios más que con una mirada de comprensión y de amor hacia todos, criaturas de Él y hermanos de Cristo, nuestro Salvador y Señor. Esta visión religiosa del ser humano otorga un fundamento último a la dignidad inviolable de toda persona, con independencia de su edad, de su raza, de su lengua, de su cultura y de cualquier otra circunstancia, incluso de la religión que profese o no profese. Es la raíz del humanismo cristiano, basado en la trascendencia de la persona humana; el humanismo que, integrando también desde los siglos antiguos la herencia de la cultura grecorromana, ha hecho posible el desarrollo del Estado de derecho en Europa y en América, en particular, después de las amargas experiencias de las grandes guerras. Es el humanismo portador de verdadero progreso y de futuro, a la altura que exige el respeto y el amor por cada ser humano, en particular, por los más débiles y desfavorecidos.

El programa pastoral señalado en nuestro Plan pastoral es, por tanto, un programa de esperanza. El programa de la santidad, de la unión con Dios, es el programa del futuro.

IV. Algunos retos del momento actual para la misión de la Iglesia

No son pocos los problemas que actualmente preocupan a la sociedad y a la Iglesia en España. Permítaseme una enumeración sucinta de algunos de ellos con la finalidad de hacernos conscientes una vez más de la vigencia y de la urgencia de la misión pastoral de la Iglesia en nuestra coyuntura concreta.

La vida de cada persona en este mundo no es en realidad un bien absoluto. Los héroes y los mártires han ofrecido su vida por una causa superior. Hay otra vida, la Vida eterna, que constituye el destino absoluto de la existencia humana. Justamente por eso, nuestras cortas vidas temporales tienen una dimensión de trascendencia que hace de ellas una realidad intangible para todos. Nadie puede disponer de la vida humana según su arbitrio: su valor es innegociable. Un deber fundamental del Estado es proteger la vida de todas la personas de modo que nadie pueda arrogarse el supuesto derecho de ponerle fin por ningún motivo. La protección jurídica adecuada de la vida humana constituye uno de los pilares fundamentales de la convivencia en libertad y en solidaridad. Abrir puertas a la desprotección del derecho a la vida es dar alas a los abusos de los más fuertes. Es lo que ha sucedido con la legalización del aborto. Son ya realmente muchos, demasiados, los hijos que han sido privados de su derecho fundamental a la vida de un modo absolutamente rechazable. Afortunadamente no se prevé para esta legislatura la despenalización de la eutanasia. Sin embargo, es preocupante que la apología de este delito haya adquirido enorme resonancia pública. Nos encontramos en la pendiente resbaladiza que conduce del aborto a la eutanasia. Es la lógica fatal de las excepciones legales a la protección del derecho a la vida. Entre esas excepciones lamentables hay que contar también la que afecta a los embriones humanos usados como cobayas para la investigación. Conviene reflexionar a fondo y serenamente sobre lo que está pasando y sobre lo que puede venir. La doctrina católica sobre el comienzo y el fin de la vida humana ha de ser más y mejor conocida por los católicos, de modo que puedan fortalecer su esperanza y sus convicciones para prestar una contribución positiva a los debates sociales en curso. Nos congratulamos del éxito obtenido por la sencilla iniciativa de información ofrecida por nuestra Conferencia en orden a la consecución de estos fines.

La promoción del derecho a la vida va muy unida a la del bien integral del matrimonio y de la familia, pues éstos constituyen el lugar humano natural del nacer y del morir. Las relaciones sexuales no son simplemente, como se dice con  cierta frecuencia, un asunto privado, que sólo atañeran a quienes las ejercitan de modo más o menos responsable. Las relaciones entre los sexos son, ante todo, la dimensión básica de la socialidad humana en la que las personas se realizan como tales y en la que van inscritas las relaciones interpersonales fundamentales de la paternidad/maternidad, la filiación y la fraternidad. ¿Hay alguna cuestión social más importante que ésta? Si el matrimonio y la familia son desprotegidos por las leyes, el daño social será de gran trascendencia. Desnaturalizar la figura jurídica del matrimonio en lo sustancial, como es su constitución por un varón y una mujer, será imponer a la sociedad en su conjunto una visión irracional de las cosas. Si este proyecto prosperara, el verdadero matrimonio resultaría discriminado e incluso se vería seriamente afectada en el futuro la libertad para defenderlo y promoverlo. Naturalmente, no se va a obligar a nadie a unirse con una persona del mismo sexo, pero a las leyes les es propio un dinamismo o fuerza pedagógica para ir imponiendo de uno u otro modo al conjunto de la sociedad la filosofía que las sustentan, en este caso tan errada. No será la Iglesia quien se oponga a reconocer un derecho conculcado; pero lo que hemos oído hasta ahora no es más que la repetición constante y emotivista de que también las personas del mismo sexo tienen derecho a contraer matrimonio entre ellas; lo que no se ofrece es razón alguna que avale la existencia de ese supuesto derecho ni de la consiguiente conculcación del mismo.

Para la familia es fundamental la estabilidad del matrimonio. Dejar la permanencia del vínculo matrimonial al mero arbitrio de los cónyuges mina el bien y el futuro de la familia.

La educación integral de las nuevas generaciones no puede desconocer la formación religiosa en la escuela. El estudio de la religión puede ser hecho de modo científico, como demuestra la presencia de la teología y de las ciencias de la religión en buen número de las más prestigiosas universidades del mundo. Un profesorado adecuadamente titulado y preparado puede impartir estos saberes de modo adaptado a las exigencias de las enseñanzas primarias y medias. Es verdad que la perspectiva confesional, en nuestro caso la católica, no deber ser impuesta a nadie. El estudio de la religión católica en la escuela ha de ser opcional. Lamentamos que se nos impute la exigencia, jamás esgrimida por nosotros, de que la religión tendría que ser obligatoria. Lo que sí pedimos es que se respete de modo efectivo el derecho de los padres a elegir la formación religiosa y moral de sus hijos. Y si eligen la perspectiva católica, como vienen haciendo año tras año en porcentajes elevadísimos, que se les garantice que la clase de religión no sea tratada como una especie a extinguir, sino más bien como una asignatura ofrecida en condiciones dignas y equiparables a las demás. Hay fórmulas adecuadas para lograrlo sin que nadie, ni los que opten por la Religión católica, ni quienes no lo hagan así, resulten discriminados académicamente o de cualquier otro modo.

Otros asuntos que son objeto de preocupación encuentran también atención y dedicación por parte de la Iglesia. Pienso, en particular, en las nuevas marginaciones, que afectan a personas sin hogar, entre ellas a bastantes jóvenes;  o a un número creciente de personas mayores con dificultades de salud y de integración social; y, por supuesto, a los inmigrantes. En este último campo es necesario proceder con prudencia y, al mismo tiempo, con justicia y generosidad.  Quienes han venido en busca de trabajo y prestan, de este modo, un servicio a nuestra sociedad han de poder regularizar su situación jurídica entre nosotros, de modo que se garanticen los derechos de todos. Ellos han de estar dispuestos, por su parte, a respetar las leyes que regulan nuestra convivencia. La ayuda material, humana y espiritual que los trabajadores extranjeros y sus familias reciben de nuestras comunidades e instituciones católicas ha de ser continuada y perfeccionada. En ellos recibimos a Cristo.

V. El espíritu de diálogo en la misión diferenciada de la Iglesia

La gravedad de los problemas mencionados y de otros que afectan a la constitución política del Estado, así como a la comprensión de nuestra historia reciente y más antigua, ha hecho crecer un tanto la tensión en el debate público. La Iglesia desea contribuir a suscitar y alimentar sentimientos de comprensión mutua y, donde sea necesario, a la reconciliación entre los españoles. La defensa firme de los principios de la justicia y de los derechos de las personas y de las instituciones ha de ser siempre conjugada no sólo con el respeto sincero de las reglas del juego y de la legalidad, sino también con conductas y palabras inspiradas por la lealtad, la benevolencia y, en su caso, la disposición al perdón.

La Iglesia en su totalidad ha de mostrarse como un camino de verdadero diálogo en torno a los grandes problemas que afectan al hombre, ya que «el hombre es el camino de la Iglesia»[7] y ella, al tiempo que custodia la herencia preciosa de la verdad recibida de Cristo, lleva adelante su misión al modo de un gran «diálogo de salvación»[8] entablado con cada hombre y con la Humanidad entera. «Es en esta conversación de Cristo entre los hombres donde Dios da a entender algo de sí mismo, el misterio de su vida… donde dice en definitiva cómo quiere ser conocido: amor es Él; y cómo quiere ser honrado y servido: amor es nuestro mandamiento supremo»[9] . Todos los católicos estamos, pues, llamados a prestar nuestra colaboración a la convivencia en la justicia y la libertad con un espíritu de mansedumbre cristiana y de serenidad, en el estilo propio del Evangelio.

El diálogo verdadero es posible precisamente porque existe una Verdad accesible, en principio, para todos. La verdad sobre Dios y sobre el hombre, que  nosotros sabemos que se cifra en la persona misma de Jesucristo, no es ajena a la mente y al corazón de los seres humanos, por más que, en concreto, se hallen incapacitados para ella a causa del pecado y del error.

No tenemos nada contra el verdadero diálogo en el contexto de una sociedad democrática. «La Iglesia no tiene nada que objetar al pluralismo democrático. Por el contrario, quiere que sea respetado por todos y ella misma ‘al ratificar constantemente la transcendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto a la libertad’. Por eso previene contra ‘el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esa índole la verdad cristiana.'»[10]

El diálogo auténtico se basa en la verdad del hombre y no es compatible con imposiciones de ningún tipo, tampoco con la pretensión de ciertas teorías que identifican sin más la ley con la justicia. «La bondad o maldad de las acciones humanas es anterior a lo establecido por la ley, por la mayoría o el consenso; depende del acuerdo o desacuerdo del objeto en cuestión con la verdad del hombre (…) El legislador ha de atenerse al orden moral, tan inviolable como la misma dignidad humana, a la que sirven las leyes»[11]. La Iglesia, sin pretender ostentar «el monopolio de la respuesta a la pregunta por la verdad del hombre»[12], «es al mismo tiempo signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana.»[13]

La Conferencia Episcopal y los Obispos, en comunión con la Santa Sede,  están siempre abiertos al diálogo con todos, en particular con las autoridades legítimas, a quienes compete la responsabilidad – reconocida por nosotros de buen grado – de ordenar la convivencia social por medio de leyes y disposiciones justas.  La jerarquía de la Iglesia no busca nunca la confrontación ni la asunción de competencias que no le son propias. El Concilio Vaticano II ha sentado unas pautas claras en la Constitución Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual y en la Declaración Dignitatis humanae, sobre la libertad social y civil en materia religiosa. La doctrina del Concilio conserva plenamente su vigencia. Ella ha guiado y guía las actuaciones de los Obispos españoles, de modo especial, en el campo que nos ocupa, desde la aprobación por esta Asamblea, en diciembre de 1972, del documento Sobre la Iglesia y la comunidad política. En el espíritu de estas enseñanzas he de repetir una vez más que la Iglesia respeta la independencia y la autonomía de la comunidad política, al tiempo que le ofrece su colaboración específica: «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Si bien ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente para el bien de todos, cuanto mejor procuren una sana cooperación entre ambas.»[14]

El mismo Concilio Vaticano II ha enseñado, además, en la Constitución Lumen gentium, cuyo cuarenta aniversario conmemorábamos precisamente ayer, que los fieles laicos «ocupan el puesto principal» en la tarea de organizar las cosas temporales según el plan de Dios, es decir, de modo que este mundo «consiga más eficazmente su fin en la justicia, en el amor y la paz»[15]. El Concilio precisa que «los fieles han de aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Y deben esforzarse en integrarlo en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. (…) En nuestro tiempo es muy importante que esta distinción y, al mismo tiempo esta armonía, aparezca muy clara en el modo de actuar de los fieles para que la misión de la Iglesia pueda responder mejor a la condiciones particulares del mundo actual. Hay que reconocer, en efecto, que la ciudad terrena, dedicada con todo derecho a las preocupaciones temporales, se rige por sus propios principios. De la misma manera, sin embargo, hay que rechazar con toda razón la funesta doctrina que intenta construir la sociedad sin tener en cuenta para nada la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos».[16]

De estos principios se sigue la necesidad de «distinguir claramente entre aquello que los fieles cristianos hacen, individual o colectivamente, en su nombre en cuanto ciudadanos guiados por la conciencia cristiana y lo que hacen en nombre de la Iglesia junto con sus pastores».[17] Así vista, la responsabilidad de los fieles laicos es muy grande en la presente hora histórica de España y de Europa.

Todos los católicos, miembros de la Jerarquía y fieles laicos, hemos de buscar la santidad en el ejercicio de nuestras responsabilidades específicas en la misión de la Iglesia. Nadie puede sustraerse a ellas. Y lo hemos de hacer movidos por la caridad de Cristo, por su amor a todos los hombres. Que nuestra Madre, la Virgen Inmaculada, interceda por nosotros. A ella encomendamos los trabajos de esta Asamblea y la vida y misión de cada una de nuestras Iglesias diocesanas.

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[1] Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n1 53 ss.

[2] Cf. Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2002-2005: Una Iglesia esperanzada. A(Mar adentro!@ (Lc 5, 4), n1 75.

[3] Plan Patoral…, n1 17.

[4] Cf. LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Dios es Amor, Instrucción Pastoral en los umbrales del Tercer Milenio.

[5] Plan Pastoral…, n1 29.

[6] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al Siglo XX, n1 14.

[7] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis, n1 96.

[8] Pablo VI, Carta Encíclica Ecclesiam suam, cap. III.

[9] Pablo VI, Ibid.

[10] LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Moral y sociedad democrática, n1 38, con citas de Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus, n1 46.

[11] LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Moral y sociedad democrática, n1 28, con referencias a Juan XXIII, Enc. Pacem in terris, 85; Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 74 y Juan Pablo II, Evangelium vitae, 71.

[12] LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Moral y sociedad democrática, n1 14.

[13] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n1 76.

[14] Concilio Vaticano II, Ibid.

[15] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n1 36.

[16] Concilio Vaticano II, Ibid.

[17] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n1 76

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