Diciembre 1997
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El Cardenal
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Saber esperar al Señor: el principio de la verdadera sabiduría

Mis queridos hermanos y amigos:

El Adviento es tiempo en el que se anuncia y espera la venida inminente del Señor. De eso se trata cuando un año más la Iglesia comienza su itinerario litúrgico anual: de saber situarse con toda la vida en actitud de espera auténtica del Señor, “para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre en oración y cantando su alabanza”. Cada nuevo Adviento comporta siempre el planteamiento actualizado para la comunidad eclesial, y para todos y cada uno de sus hijos, de un reto de primer orden: el de saber esperar al Señor, que renueva en cada Navidad su primera venida en la humildad de nuestra carne, tomada de la Virgen María, y que llegará en su última y definitiva venida en gloria y majestad al final de los tiempos. Nos jugamos en ello la posibilidad y la realidad de nuestra propia salvación y la veracidad de nuestro testimonio del Evangelio ante el mundo. Sólo el que se dispone a avanzar por el camino espiritual de la espera del Señor, aprendida y practicada siempre mejor y más experiencialmente, se encontrará en condiciones de recibirle y acogerle dentro de “su morada interior” –su alma– como quien es: el Salvador, el Mesías de Dios, Jesucristo, el Hijo de Dios vivo nacido, crucificado y resucitado por nosotros.

Lo peor que le puede ocurrir al hombre es negarse a esperar a Dios, tirando, impaciente, “por la calle de en medio” del éxito humano, de la superficial y engañosa felicidad de las cosas, bienes y amores de este mundo. Elección que hacen muchos, a costa de quien sea, casi siempre de las personas más débiles e indefensas y, no en último lugar, de sí mismos: de su propia salud, de la salud moral y espiritual, e incluso de la física y psicológica. En su verdad más profunda, estas opciones de vida, que no esperan nada de Dios, son opciones contra la esperanza. El espectáculo de “la Navidad” comercial que ha comenzado ya con un despliegue publicitario omnipresente, que invade todos los ámbitos de la vida, hasta el más íntimo de la familia, evidencia, a pesar de posibles apariencias en contrario, cómo la fuerza de esta visión materialista de la existencia humana ha alcanzado ya al mismo nervio cristiano de estas fiestas, vaciándolas de toda referencia al Misterio del “Dios con nosotros”.

¿Cuántos son los que en este Adviento esperan a Dios, o quieren esperarle? La Iglesia lo espera con todo el primor catequético, espiritual y pastoral de su liturgia. Invita a esperarlo; es más, proclama la necesidad urgente de esta espera con el vigor profético de las palabras de Juan el Bautista: “Voz del que grita en el desierto; preparad el camino del Señor; allanad sus senderos” (Lc 3,4). Los signos de los tiempos hablan, por otra parte, un lenguaje de desnuda claridad. El terrorismo continúa su desalmada carrera de asesinatos, atizando el odio y sembrando el rechazo de Dios entre los jóvenes (el viernes nos llegaba la noticia estremecedora de otro nuevo y brutal asesinato de un concejal del PP en Rentería). La conciencia moral de la sociedad no reacciona nada o muy débilmente ante la crisis del matrimonio y de la familia, cerrando los ojos a las funestas consecuencias que de ella se derivan para la juventud, víctima de un abandono creciente, y presa de los fáciles reclamos de la droga y de la explotación sexual. La aceptación social del aborto ha venido a abonar el campo educativo, tan central en el desarrollo digno e integral de la persona del adolescente y del joven, con un relativismo ético y espiritual sin precedentes que los deja inermes ante las cuestiones más importantes de la vida. El paro y la marginación parece que se han instalado inamovibles en las barriadas y aún en el medio urbano de Madrid… ¿Y no nos inquieta que pueda venir la Navidad, y pasar de largo, sin que nuestros hermanos y hermanas aquí, en esta querida ciudad, se enteren de que con ella, con la Navidad, el Señor viene, de que ha venido y de que va a venir?

“El Señor está cerca”, nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses (Flp 4,4). Dos reglas de comportamiento recomienda él para saber esperar a ese Señor, tan próximo y cercano: “la mesura” en todo, y “la oración y súplica con acción de gracias”, presentando nuestras peticiones a Dios. Y, junto a esta doble máxima, tan evangélica, añade la exhortación a un estilo de vida cristiana caracterizado por el aprender a no estar preocupados por nada y sí, en cambio, por el mostrarse siempre alegres en el Señor (cf. Flp 4,4-7). Una propuesta a primera vista muy sencilla; en el fondo, exigente y completa para conseguir el don de la sabiduría cristiana –don del Espíritu Santo–, la clave que nos permite disponer el corazón para la apertura de nuestras vidas al Señor que viene con la paz y la salvación de Dios para el mundo y para todo hombre de buena voluntad. El que acepte la propuesta paulina, apuesta decididamente por la verdadera esperanza.

Nadie como María, la Virgen de Nazaret, la de la acogida incondicional del anuncio del ángel Gabriel de que iba a ser por su maternidad “la puerta del cielo”, por la que el Hijo de Dios entrase definitivamente en el mundo, haciéndose uno de nosotros, nos puede guiar y alentar en este Adviento de 1997 a fin de acertar con esa clave del Espíritu que convierte, cura y transforma totalmente al hombre, en su alma y en su cuerpo, a través de un nuevo encuentro con Jesucristo, Redentor del hombre, más evangélico y más misionero.

Con el deseo de que sepamos vivir así, con el don de la sabiduría, la espera del Señor que viene, os saluda y bendice,