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Mensaje con motivo del Día del Enfermo 1999

María, salud de los enfermos: … y la mujer se hizo salud

En el año en que el Papa Juan Pablo II nos invita a los católicos a poner nuestra mirada interior en la figura de Dios Padre, rico en misericordia, como pórtico de entrada a la celebración jubilar del segundo milenio de la Encarnación del Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, la Iglesia en España ha elegido como tema especial para la campaña del Día del Enfermo a María, la Madre del Señor y Madre de la Iglesia, a quien el pueblo cristiano invoca tradicionalmente como Salud de los enfermos.

Ella, a la que también invocamos como vida, dulzura y esperanza nuestra, nos ofrece desde su condición de mujer y madre, llena de la gracia del Espíritu Santo, el rostro maternal del amor de Dios. Como a un niño a quien su madre consuela -dice el Señor- así os consolaré Yo (Is 66, 13). En María, efectivamente, se ha hecho cercana, tangible, esa ternura infinita con la que Dios ama a sus hijos los hombres. En la humanidad de María la mujer se hizo salud, como anuncia el lema de la Campaña de este año, pues al abrir por completo su persona a la acción divina, permitió a Dios agraciarla con todas aquellas cualidades que constituyen ese amor maternal por excelencia que abraza a todo ser humano y lo acompaña hacia la salvación, es decir, hacia la transfiguración de la enfermiza y débil condición humana en la salud plenamente acabada de la humanidad gloriosa de Cristo.

Ante la proximidad del Día del Enfermo de este año dedicado a Dios Padre, os invito a todos, queridos diocesanos, a darle gracias por esa fuente de salud incomparable que nos ofrece en la persona de María, la Madre de su Hijo y Madre nuestra, la Madre por excelencia. En primer lugar, a los enfermos que sufrís cualquiera de las enfermedades que aquejan a la Humanidad dolorida. Os exhorto a que continuéis la entrañable historia de alivio y consuelo, que los cristianos que nos han precedido han ido tejiendo al hilo de su relación suplicante con Nuestra Señora. ¡Cuántos, en contacto con ella, comprendieron que Dios está siempre dispuesto a salvarlos de la enfermedad, con el don de la curación si es para su mayor gloria, y con el don, aun mayor si cabe, de la aceptación de la cruz como fuente de resurrección y de vida! ¡Cuántos llegaron a experimentar que la destrucción humana no viene por el hecho de sufrir, sino por sufrir sin sentido! ¡Cuántos, a través de su mediación de mujer y madre, encontraron que el sentido de los acontecimientos más dramáticos y oscuros de su vida se hallaba en la comunión itinerante con su Hijo Jesucristo, que vino a cargar sobre sí nuestras dolencias y nuestras enfermedades. ¡Y cuántos ante ella descubrieron asombrados que la enfermedad, y el sufrimiento que comporta, pueden vivirse con esa secreta alegría que brota, como un don precioso, cuando uno se sabe sostenido por Dios, como un niño en brazos de su madre!

A los familiares de los enfermos, sobre todo de los más necesitados y desasistidos, y a cuantos ante la imagen de la Virgen en las capillas de los hospitales, en vuestras iglesias parroquiales, o en vuestros domicilios experimentáis también el desamparo, la impotencia y la perentoria necesidad de compañía y ayuda, os invito asimismo a que perseveréis junto a María. Ella es para vosotros confidente de vuestras cuitas, desahogo de vuestros quebrantos, sostén de vuestra flaqueza, aliento de vuestros desmayos. Junto a ella comprenderéis que hasta la aceptación, en las manos de Dios, de lo incurable es un signo de salud verdadera.

A todos los demás fieles que os dedicáis al cuidado de los enfermos, sea como profesionales sanitarios o como voluntarios en la pastoral social, os invito igualmente a poner en María vuestra mirada y vuestro corazón. Ella sigue, junto a vosotros, estando al pie de la Cruz de su Hijo Jesús, que sufre en los enfermos a los que cuidáis. María es vuestro modelo inigualable de esa humanidad, henchida de ternura, discreción, serenidad y fortaleza llena de amor que reclaman vuestros enfermos, y que reclama del mismo modo vuestro propio corazón. De otro modo, el mundo sanitario acaba en esa terrible frialdad que deja solo al enfermo y vacío a quien lo trata.

Finalmente, quiero hacer mención especial de todas aquellas personas que, en el campo sanitario, representáis a la condición femenina y aportáis ese rico tesoro de humanidad a nuestro sistema de salud. Dad gracias al Señor por ese don que hace posible experimentar aquí, en nuestro mundo, la especialísima ternura con que Dios ama a sus hijos y que se refleja de modo admirable en María, vuestro modelo de mujeres y de madres. Recibid también nuestra gratitud, la de toda la Iglesia en Madrid, por vuestra contribución decisiva a la humanización de la sanidad, y no dudéis en seguir los pasos de María que, abriendo su vida entera a Dios, hizo posible la salvación del mundo, que es Cristo nuestro Señor, fruto bendito de su vientre.