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El Cardenal
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HOMILÍA DEL EMMO. Y RVDMO. SR. CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID EN LA SOLEMNIDAD DE SAN ISIDRO LABRADOR, PATRONO DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MADRID

Colegiata de San Isidro; 15.V.2002; 12’00 horas

(Hech 4,32–35; Sal 1; St 5,7-8.11.16-17; Jn 15, 1-7)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Los Santos no pasan

Vuelve San Isidro al primer plano de la vida, de la fiesta y de la oración del pueblo de Madrid. Vuelve con el ritmo anual de su celebración litúrgica que la Iglesia había fijado en el 15 de mayo ya en el lejano decreto de su beatificación en 1619 del Papa Paulo V. Desde entonces hasta hoy mismo, en este 15 de mayo del año 2002, la Villa y Corte de Madrid y las tierras que configuran el actual territorio de la Comunidad Autónoma Matritense participan con lo mejor y lo más hondo de lo que creen, esperan y sienten en la memoria y veneración solemne que la Iglesia tributa a uno de los hijos más célebres de Madrid por un título que poco o nada tiene que ver con la fama humana y sí, y mucho, con la honra y gloria de Dios y la salvación de los hombres: el título de la SANTIDAD.

Fue el mismo pueblo el protagonista primero de ese reconocimiento como Santo de aquel madrileño, sencillo labrador, criado de los Vargas, de biografía extraordinariamente humilde a la vista y valoración de los hombres, pero rica en los frutos de la piedad y la caridad cristiana que intuyen y detectan con clarividencia los ojos de la fe. Y lo hizo pronto, inmediatamente después de su muerte, ya anciano, acaecida probablemente en 1172. Ese reconocimiento primero se fue convirtiendo en una tradición cada vez más unánime y clamorosa desde los tiempos de la definitiva y consolidada recuperación cristiana del Madrid del siglo XII hasta llegar al día de su Canonización por la Iglesia en 1622.

Los Santos no pasan nunca. Viven de una historia que en vez de devolverlos al pasado y al olvido, como suele ocurrir, incluso, con la mayor parte de las personalidades más famosas, reseñadas las crónicas de los pueblos y naciones, los rejuvenece y actualiza constantemente. Los Santos viven –valga la expresión– de la historia de Jesucristo, que con su Pascua, es decir, con “su paso” por la muerte en la Cruz a la Gloria de la Resurrección, vive para siempre, “sentado a la diestra de Dios Padre”, como “Aquel que es, que era y que va a venir”, “el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (cfr. Ap 1,8; 21,12). Los Santos son como los retratos vivos del Resucitado que lo reflejan concreta y cálidamente a modo de “modelos e intercesores” para el pueblo de Dios que peregrina en cada lugar y tiempo histórico, caminando hacia la Casa del Padre.

San Isidro “no pasa” para Madrid, ni pasará porque en cada época y en cada una de sus Fiestas nos trae a la contemplación de nuestras almas –del alma de Madrid– con rasgos auténticamente cristianos y madrileños el rostro de Cristo, el del Evangelio, el Crucificado y Resucitado, el Icono eterno y glorioso del Padre; para que lo grabemos con nuevos y más intensos trazos en la vida personal de cada uno de nosotros y en la de nuestra sociedad.

En la figura de San Isidro Labrador, mirada y meditada a la luz de la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, y tal como se destaca en el trasfondo de los problemas que afectan a la vida de la comunidad cristiana y de la sociedad madrileñas de nuestros días, emergen tres aspectos de enorme actualidad: el de ser un hombre de Dios en el sentido más filial de la expresión; un hombre de su casa y de su familia, que irradiaba caridad; un amigo de los más necesitados.

 

Un hombre de Dios

Dice su primer biógrafo, Juan el Diácono, de San Isidro que “todos los días muy de mañana, antes de ir a su trabajo de labrador, visitaba muchas iglesias” (Nr. 1). Su piedad tan perseverante e intensa parece que no era comprendida por otros labradores del mismo amo, Iván de Vargas, ante quien le acusan de descuidar sus obligaciones en el campo: “…aquel señor Isidro, a quien elegisteis para cultivar vuestros campos, pagándole un sueldo anual, se levanta al amanecer, recorre todas las iglesias de Madrid a título de hacer oración, y en consecuencia viene tarde al trabajo y no hace ni la mitad de lo que está obligado a hacer…” (Nr. 2). Cuando el patrono quiere comprobar por sí mismo la verdad de los hechos, se encuentra con aquella visión de las dos yuntas de color blanco que acompañaban a la del Santo en su labor, haciéndola muy fecunda. La explicación, que le dará Isidro de lo sucedido, será la simple y diáfana de la fe en Dios, que le inspira, le guía, le anima, le orienta y fortalece en su trabajo. Ese es el milagro: el del trabajo realizado con la paciencia y esperanza que da el Señor (cfr. St 5, 7-8,11). La explicación del pueblo será la tan bella de los ángeles que araban en su lugar. La vida de San Isidro discurría envuelta en la fe y confianza filial en Dios, propia del Evangelio, alimentada por la oración eucarística, aprendida y practicada de la mano de la Virgen, descubierta en La Almudena de aquel Madrid medieval que se define para siempre como cristiano. Isidro vive en Jesucristo, “el Dios-con-nosotros”: como un sarmiento en la vid. “Su gozo es la ley del Señor” (Sal 1, 1-2; cfr. Jo 15, 1-7).

Mucho se ha hablado y escrito de la fe en Dios después del 11 de septiembre del pasado año ¡fecha dramática si las ha habido en la historia más reciente de la humanidad! El uso perverso del nombre de Dios por parte de los terroristas hizo pensar a algunos que se podría prescindir de Dios en el futuro, que las tesis de la negación y muerte de Dios eran las acertadas. ¡Qué grave y fatal equivocación! Si eso hiciésemos, habríamos sacado la peor conclusión de lo que ha constituido una blasfema y tremenda manipulación del nombre santo de Dios. Nos quedaríamos sin el Creador y Redentor de nuestras vidas, sin sentido final para ellas, sin verdad, esperanza y amor para el camino, sin fuerza para vencer el pecado, el odio y la muerte. En la génesis de la más grande tragedia de la humanidad contemporánea –la segunda guerra mundial–, y en su devastador desarrollo, intervinieron como agentes principales los negadores de Dios y de Aquél a quien había enviado: su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Tampoco debemos olvidarnos de que en las ideologías que inspiran las formas de terrorismo más próxima a nosotros –llámese ETA– no interviene con menor influencia teórica y práctica, que en las que desencadenaron la última conflagración mundial, la negación de Dios y de su Evangelio.

Muchas son las Iglesias del Madrid de hoy donde se puede entrar para la celebración pública de la Fe y para la adoración privada de Jesucristo Sacramentado. Necesitamos abrirlas cada vez más y cada vez más piadosamente. Dios está verdaderamente aquí. Nos espera. Es el Dios del perdón y de la misericordia que dura eternamente. Es el Dios del amor y de la paz.

 

Un hombre de la familia

La vida de San Isidro se desenvuelve toda ella en el marco de su familia, nacida de un matrimonio contraído en la juventud con una joven de Torrelaguna, conocida por la tradición popular como María de la Cabeza, de la que tuvo un hijo, Illán o Juan. En su familia encuentra Isidro el ámbito primero y fundamental del amor cristiano, el que se expresa y realiza en la donación de uno mismo a Dios y al prójimo. Del amor puro y sencillo de los esposos nace el hijo, y de ese amor, que imita al amor de Cristo a su Iglesia, vive la familia en los momentos más halagüeños y en los del dolor, del sacrificio y de la muerte. La familia es hogar para ellos y casa abierta para todos los vecinos. Los pobres son siempre bienvenidos en la casa de Isidro, el labrador. El matrimonio y la familia atraviesan hoy tiempos difíciles. Y no solamente ciertas formas institucionales o culturales heredadas del pasado, en las que las ha plasmado la experiencia social y religiosa determinadas épocas de la historia, ya obsoletas; sino que es su misma esencia y valor primordial como esa primera célula de la relación humana, –de lo humano– donde el hombre y la mujer se donan mutuamente en amor y para las nuevas vidas, lo que está en juego. Puesto que no hay futuro para la humanidad si no se configura como familia humana, es imprescindible para lograr que así sea, que la sociedad se entreteja y desarrolle como organismo vivo a partir de la familia, tal como viene exigida y ofrecida por la vocación, el ser y la dignidad del hombre, del modo como ha sido creado y salvado por Dios.

La familia necesita hoy en Madrid –como en toda España y Europa– de una decidida protección en todos los órdenes de la vida pública: protección económica, laboral, socio-política, jurídica y cultural, sin tacaños y desvaídos condicionamientos y falsas y nocivas equiparaciones. Y, por supuesto, de un cuidado ético y educativo y de una atención pastoral de primer orden. ¡Cuánto lo necesitan los niños y los jóvenes, tantas veces rotos por los dramas matrimoniales y familiares! ¡Cuánto se necesita para conseguir y afianzar un clima escolar y ciudadano, respetuoso y sanamente festivo, que aleje la tentación de la violencia y de la ofensa al prójimo, la prosperidad material y espiritual de la familia!

 

Un hombre de la caridad

En la tradición biográfica de San Isidro Labrador se hace mención de uno de los detalles más conmovedoramente evangélicos que se podían observar en las costumbres de su casa: siempre se preparaba un plato de más en la mesa familiar por si hacía su aparición y llamaba a la puerta un pobre. Era la consecuencia práctica, llevada a la vida diaria, del amor de Dios, encontrado y cultivado en el amor a Jesucristo, presente en la Eucaristía, partícipe de su oblación al Padre y ofrecido a los hermanos. San Isidro y los suyos, su esposa Santa María de la Cabeza y su hijo, compartían el amor de Cristo. No podía, por tanto, producirse otro resultado en sus relaciones con el prójimo: amaban a los pobres. La familia se configuraba como “pequeña Iglesia”, según el modelo de la primitiva comunidad cristiana: “lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch. 4, 32).

Tampoco faltan hoy los pobres que se asoman a nuestras puertas en Madrid pidiendo la ayuda del amor de Cristo. Las nuevas formas de la pobreza las conocemos: la dificultad para encontrar trabajo, los fracasos personales y familiares, el abandono y la soledad en la enfermedad y en la vejez, la angustia de los inmigrantes que han venido ilegalmente engañados y explotados por las mafias, o que no saben y les cuesta integrarse en nuestra sociedad…

A las medidas de política social, de apoyo de las instituciones y a las iniciativas sociales, ha de preceder y acompañar la apertura sincera del corazón y la generosidad del alma, movida por el amor de Cristo, que no ve en el otro hombre sino a un prójimo y a un hermano. Para éste amor no hay barreras insuperables, ni proyectos de justicia y solidaridad social que no sean abordables.

A ese hombre de Dios, de su familia y de los pobres, que fue San Isidro Labrador, Patrono de Madrid, devoto fidelísimo de la Virgen de La Almudena, le encomendamos una vez más en el día de su Fiesta del 2002, con firme confianza, el bien de Madrid, de sus ciudadanos y autoridades, el bien de todas sus familias: la Paz.

Amén.