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El Cardenal
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Homilía en el acto de acogida – Visita del Santo Padre

Visita del Santo Padre

3 – 4.V.03

Plaza de Oriente. 2.V.03, 20:00 horas

Mis queridos hermanos y amigos:

Con el gozo que sienten los hermanos cuando se reúnen convocados por los padres para celebrar los grandes acontecimientos familiares, os recibimos y acogemos hoy en MADRID las tres Diócesis que componen en la actualidad la Provincia Eclesiástica madrileña después de la reciente división de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá: Madrid, Alcalá de Henares y Getafe. Los pastores y fieles de las tres comunidades diocesanas os abren de par en par todas sus puertas, las de sus hogares y las de su corazón, sobre todo a vosotros los jóvenes peregrinos que acudís a la cita de Juan Pablo II con pies ligeros y el alma presta el diálogo hondo y sincero con sus propuestas, con su invitación y llamamiento a que seáis testigos valientes de Jesucristo y de su Evangelio. El Papa llegará mañana a España para la canonización de cinco nuevos santos españoles del siglo XX que sintieron muy jóvenes el paso del Señor en sus vidas, escucharon su voz y le siguieron sin vacilar. No dudaron en la respuesta: una respuesta de amor total que les marcó para siempre. La palabra “fidelidad” fue desde ese instante de la vocación, percibida y correspondida prontamente, el hilo conductor de todos sus proyectos, compromisos y obras al servicio de la Iglesia y de los hombres. Juan Pablo II viene para que los católicos españoles, y muy especialmente los jóvenes, a la luz de la historia larga y gloriosa -casi interminable- de los Santos de España, tomen nueva conciencia del valor de su fe cristiana, de la esperanza pascual que irradia y de la caridad desbordante a la que conduce, capaz de convertir y transformar a todo hombre en hijo de Dios y a todo lo humano en surco para la siembra evangélica de la semilla del Reino de Cristo. O, lo que viene a ser lo mismo, el Papa viene para que renovemos todos ante el Señor, en la cercanía de su Madre y nuestra Madre, la Virgen María, el propósito de ser sus testigos con el estilo y la aceptación plena de la vocación misionera que distinguió a nuestros mayores, dentro y fuera de los confines de España.
¡Sentíos “en casa” al llegar a Madrid, queridos jóvenes de España! Esta ciudad y su comunidad, fruto histórico y sociológico de la confluencia en ella de personas y familias procedentes de todos los rincones de nuestra patria, es de por sí un espacio humano ampliamente abierto a todo el que llega y la visita. Muchos de vosotros tendréis en Madrid familiares y amigos y viceversa: los madrileños saben que sus raíces se encuentran en las más variadas geografías hispánicas. La casi totalidad de los que habitamos aquí procedemos de otros lugares de España. El “Madrid castizo” se ha convertido hace ya mucho tiempo en la ciudad de todos los españoles. Sentíos, sobre todo, “en casa”, porque la Iglesia en Madrid es verdaderamente la vuestra. Hay Iglesias particulares y diócesis diversas más acá y más allá de nuestras fronteras; pero en todas ellas vive y existe la única Iglesia de Jesucristo. Por eso os podemos decir con toda verdad que Madrid quiere ser hoy para vosotros -y lo será los días de la visita del Santo Padre- el espacio eclesial y la comunidad fraterna donde podáis experimentar la presencia y el calor cristiano de la única Iglesia de Jesucristo: la Iglesia Una Santa Católica y Apostólica. Desde ahora mismo, y con toda la intensidad del afecto y amor fraterno del que somos capaces por la gracia de Dios, nos esforzaremos en reproducir entre nosotros el clima espiritual y el ambiente familiar de la Casa y Hogar de Nazareth, con Jesús, María y José.
Os recibimos como lo hizo Isabel con su prima la Virgen María, la Madre del Señor: con el mismo júbilo y fundado en análogas razones. Nos traéis con vuestra visita como una presencia renovada del Señor. Nos estimuláis con el testimonio de vuestra fe en el deseo de ser fieles servidores de la Buena Noticia de la Salvación y nos animáis a purificar y a ahondar nuestra vivencia de la comunión eclesial compartiendo los mismos sentimientos de María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. Y porque además, al acoger con vosotros al Papa en España, el Pastor de la Iglesia Universal, el que representa visiblemente a Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia de un modo específico y eminente, se hace densa y plena la cercanía del Señor. Nosotros reconocemos al Papa sin reserva alguna como el Vicario de Cristo en la tierra según una venerable fórmula doctrinal nacida de la fuente de la mejor espiritualidad cristiana y eclesial de la que han bebido abundantemente los nuevos Santos del domingo próximo. Por ello, todos juntos, pastores y fieles, niños, jóvenes y mayores, unidos en la Comunión de la Iglesia Madre, queremos vivir su visita a Madrid como un encuentro verdaderamente pastoral de toda la Iglesia de España, y de España misma, con el que es el primer testigo y maestro del Evangelio para la edificación de la Iglesia, el servicio salvador del hombre y la gloria de Dios.
¿Cómo no vamos pues a saludaros con palabras de bendición, como las que Isabel dirigió a María, la Madre de su Señor, percibiendo cómo se va gestando en estos días de la visita de Juan Pablo II a Madrid, en nuestro interior y en el alma colectiva de los españoles como un nuevo y gran acontecimiento de gracia que conmueve y renueva nuestras vidas? ¡Dichosos vosotros los que habéis creído, porque lo que nos ha dicho el Señor se cumplirá! (Cfr. Lc.1, 43)
¡Sí, se cumplirá la promesa de una nueva primavera de la Iglesia en España florecida y rejuvenecida con los frutos espirituales de la visita del Santo Padre! ¡Sí, se cumplirán los compromisos de sus jóvenes con el “seréis mis testigos” que oirán de labios de Juan Pablo II con los tonos nuevos, exigentes y vibrantes del siglo XXI y del tercer milenio!
¿Y cómo no vamos a entonar todos juntos con MARIA, el MAGNIFICAT con el alma emocionada y con la alabanza jubilosa en nuestros labios? Con María, la que por su humildad mereció dar su carne y su sangre -nuestra humanidad- el Hijo de Dios; la que lo portó en sus entrañas, debajo de su corazón, en su regazo, a la vera de la Cruz; la que lo acogió muerto en sus brazos, la Dolorosa, pero que se alegró como nadie, como Reina del Cielo, por su Resurrección y acompañó el alumbramiento de su Iglesia, su Cuerpo Místico, por el Espíritu Santo el día de Pentecostés. ¡Que el canto de María, de la pequeña María, de la humilde sierva de Nazareth, acompañe y acompase el ritmo espiritual de nuestras vidas! ¡Inunde nuestros corazones hoy y siempre!
Sí, ¡”MAGNIFICAT ANIMA MEA DOMINUM”!
Nuestra alma engrandece al Señor y nuestro espíritu se regocija en Dios nuestro Salvador.
La Virgen nos espera en su Altar de La Almudena, en la Catedral de Madrid. Oremos por el papa, por sus intenciones, por los frutos de su viaje apostólico a España, por los jóvenes y por la paz. ¡Confiadle, mis queridos jóvenes, vuestro corazón, vuestras alegrías y vuestras penas y, sobre todo, contadle lo de vuestra vocación! ¡Decidle que quereis ser santos! ¡María no os defraudará!
AMEN.